domingo, 29 de mayo de 2016

Corpus Christi: el sacramento de la cercanía de Dios con el hombre

Cada año, el Jueves Santo, al comienzo del triduo sacro, nos reúne en el Cenáculo, donde celebramos el memorial de la Última Cena. Y éste precisamente sería el día más adecuado a fin de meditar con veneración todo lo que es para la Iglesia la Eucaristía, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Pero se ha demostrado en el curso de la historia que este día más adecuado, único, no basta. Está, además, insertado orgánicamente en el conjunto del recuerdo pascual; toda la Pasión, Muerte y Resurrección ocupan entonces nuestros pensamientos y nuestros corazones. No podemos decir, pues, de la Eucaristía todo aquello de lo que están colmados nuestros corazones.

Por esto, desde la Edad Media, y precisamente desde 1264, la necesidad de la adoración, al mismo tiempo litúrgica y pública del Santísimo Sacramento ha encontrado su expresión en una Solemnidad aparte, que la Iglesia celebra el primer jueves después del Domingo de la Santísima Trinidad: la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (N. de R. : pasa del jueves al domingo siguiente)

La Eucaristía nos acerca a Dios de modo único. Y es el Sacramento de su cercanía en relación con el hombre. Dios en la Eucaristía es precisamente este Dios que ha querido entrar en la historia del hombre. Ha querido aceptar la humanidad misma. Ha querido hacerse hombre. El Sacramento del Cuerpo y de la Sangre nos recuerda continuamente su Divina Humanidad.

Es el Sacramento del descenso de Dios hacia el hombre, del acercamiento a todo lo que es humano. Es el Sacramento de la divina "condescendencia". La Eucaristía, Sacramento del Cuerpo y de la Sangre, nos recuerda sobre todo la muerte, que Cristo sufrió en la Cruz; la recuerda y, en cierto modo, es decir, incruento, renueva su realidad histórica.

Lo testifican las palabras pronunciadas en el Cenáculo separadamente sobre el pan y sobre el vino, las palabras que, en la institución de Cristo, realizan el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre; el sacramento de la muerte, que fue sacrificio expiatorio. El sacramento de la muerte, en el que se expresa toda la potencia del Amor. El sacramento de la muerte, que consistió en dar la vida para reconquistar la plenitud de la vida. "Come la vida, bebe la vida: tendrás la vida, y es la vida total" (San Agustín)

La Eucaristía es el Sacramento de la comunión. Cristo se da a Sí mismo a cada uno de nosotros, que lo recibimos bajo las especies eucarísticas. Se da a Sí mismo a cada uno de nosotros que comemos el manjar eucarístico y bebemos la bebida eucarística. Este comer es signo de la comunión. Es signo de la unión espiritual, en la que el hombre recibe a Cristo, se le ofrece la participación en su Espíritu, encuentra de nuevo en Él particularmente íntima la relación con el Padre: siente particularmente cercano el acceso a Él.

Nos acercamos a la comunión eucarística, recitando antes el "Padrenuestro". La comunión es un vínculo bilateral. Nos conviene decir, pues, que no sólo recibimos a Cristo, no sólo lo recibe cada uno de nosotros en este signo eucarístico, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Por así decirlo, Él acepta siempre en este Sacramento al hombre, lo hace Su amigo, tal como dijo en el Cenáculo: "Vosotros sois Mis amigos" (Jn 15, 14).

San Juan Pablo II
Audiencia general del miércoles, 13 de junio de 1979 (extracto)
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