sábado, 19 de marzo de 2016

San José, patrono universal de la Iglesia

Celebramos hoy la solemnidad de san José, esposo de María (cf. Mt 1, 24; Lc 1, 27). La liturgia nos lo señala como "padre" de Jesús (cf. Lc 2, 27. 33. 41. 43. 48), dispuesto a realizar los planes divinos, incluso cuando el hombre es incapaz de comprenderlos. A él, "hijo de David" (Mt 1, 20; Lc 1, 27), Dios Padre encomendó la custodia del Verbo eterno hecho hombre, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María. San José, al que el Evangelio define como "hombre justo" (Mt 1, 19), es para todos los creyentes un modelo de vida en la fe.

2. La palabra "justo" evoca su rectitud moral, su sincera adhesión al cumplimiento de la ley y su actitud de total apertura a la voluntad del Padre celestial. Incluso en los momentos difíciles, y a veces dramáticos, el humilde carpintero de Nazaret nunca se arrogó el derecho de poner en tela de juicio el proyecto de Dios. Espera la llamada de lo alto y en silencio respeta el misterio, dejándose guiar por el Señor. Una vez recibida la misión, la cumple con dócil responsabilidad: escucha solícitamente al ángel cuando se trata de tomar como esposa a la Virgen de Nazaret (cf. Mt 1, 18-25), en la huida a Egipto (cf. Mt 2, 13-15) y al volver a Israel (cf. Mt 2, 19-23). Con pocos rasgos, pero significativos, lo describen los evangelistas como solícito custodio de Jesús, esposo atento y fiel, que ejerce la autoridad familiar con una constante actitud de servicio. La Sagrada Escritura no nos dice nada más de él, pero este silencio refleja el estilo mismo de su misión: una existencia vivida en la sencillez de la vida ordinaria, pero con una fe cierta en la Providencia.

3. Cada día san José tuvo que proveer a las necesidades de la familia con el duro trabajo manual. Por eso, con razón, la Iglesia lo presenta como patrono de los trabajadores.
La solemnidad de hoy constituye, por consiguiente, una ocasión propicia para reflexionar también sobre la importancia del trabajo en la existencia del hombre, en la familia y en la comunidad.
El hombre es sujeto y protagonista del trabajo y, a la luz de esta verdad, se puede percibir muy bien el nexo fundamental que existe entre persona, trabajo y sociedad. La actividad humana -recuerda el Concilio- procede del hombre y se ordena al hombre. Según el designio y la voluntad de Dios, debe ser conforme al verdadero bien de la humanidad y permitir "al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su vocación" (Gaudium et spes, 35).

Para cumplir esta tarea, hace falta cultivar una "comprobada espiritualidad del trabajo humano" (Laborem exercens, 26), fundada, con sólidas raíces, en el "evangelio del trabajo", y los creyentes están llamados a proclamar y testimoniar, en sus diversas actividades, el significado cristiano del trabajo (cf. ib.).

4. Que san José, santo tan grande y tan humilde, sea ejemplo en el que se inspiren los trabajadores cristianos, invocándolo en todas las circunstancias. Al próvido custodio de la Sagrada Familia de Nazaret quisiera encomendar hoy a los jóvenes que se preparan para su profesión futura, a los que sufren a causa del desempleo, a las familias y a todo el mundo del trabajo, con las expectativas y los desafíos, los problemas y las perspectivas que lo caracterizan.

Que san José, patrono universal de la Iglesia, vele sobre toda la comunidad eclesial y, dado que era hombre de paz, obtenga para la humanidad entera, especialmente para los pueblos amenazados en estas horas por la guerra, el valioso don de la concordia y de la paz.

San Juan Pablo II
Miércoles 19 de marzo de 2003

sábado, 12 de marzo de 2016

El amor misericordioso de Dios

La liturgia del V Domingo de Cuaresma nos propone hoy la página del Evangelio de San Juan que pone a Cristo ante una mujer sorprendida en adulterio. El Señor no la condena; por el contrario, la salva de la lapidación. No le dice: no has pecado, sino: “Yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8, 11). En realidad, sólo Cristo puede salvar al hombre, porque toma sobre sí su pecado y le ofrece la posibilidad de cambiar.

Este pasaje evangélico enseña claramente que el perdón cristiano no es sinónimo de simple tolerancia, sino que implica algo más arduo. No significa olvidar el mal, o peor todavía, negarlo. Dios no perdona el mal, sino a la persona, y enseña a distinguir el acto malo, que como tal hay que condenar, de la persona que lo ha cometido, a la que le ofrece la posibilidad de cambiar. Mientras que el hombre tiende a identificar al pecador con su pecado, cerrándole así toda vía de salida, el Padre Celestial, en cambio, envió a su Hijo al mundo para ofrecer a todos un camino de salvación. Cristo es este camino: muriendo en la Cruz, nos ha redimido de nuestros pecados.

A los hombres y mujeres de todas las épocas, Jesús les repite: “Yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8, 11).

¿Cómo reflexionar sobre este Evangelio, sin experimentar una sensación de confianza? ¿Cómo no reconocer en él una «buena noticia» para los hombres y mujeres de nuestros días, deseosos de redescubrir el verdadero sentido de la misericordia y del perdón?
Hay necesidad de perdón cristiano, que infunda esperanza y confianza sin debilitar la lucha contra el mal. Hay necesidad de dar y recibir misericordia. Pero no seremos capaces de perdonar, si antes no nos dejamos perdonar por Dios, reconociéndonos objeto de su Misericordia. Sólo estaremos dispuestos a perdonar las faltas de los demás si tomamos conciencia de la deuda enorme que se nos ha perdonado.

El pueblo cristiano invoca a la Virgen como Madre de Misericordia. En Ella el Amor Misericordioso de Dios se hizo carne, y su Corazón Inmaculado es siempre y en todo lugar refugio seguro para los pecadores. Guiados por Ella, apresuremos nuestros pasos hacia Jerusalén, hacia la Pascua de nuestra salvación, ya cercana. Sigamos al Hijo que va al encuentro de su Pasión, y que nos repite también a nosotros: «Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). En el Gólgota se realiza el juicio universal del amor de Dios, para que cada uno pueda reconocer que Cristo crucificado pagó el precio de nuestro rescate.

Que la Virgen nos ayude a acoger con renovada alegría el don de la salvación, a fin de que reencontremos confianza y esperanza para caminar en una vida nueva.

San Juan Pablo II
29-Marzo-1998
Fuente: El Camino de María

martes, 8 de marzo de 2016

San Juan Pablo II: Carta a las Mujeres

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te doy gracias, mujer-esposa, que unes tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «esponsal»  que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.

San Juan Pablo II

sábado, 20 de febrero de 2016

Transfiguración del Señor: "Hijo amado del Padre"

«Este es mi Hijo amado,en quien tengo mi complacencia; escuchadlo»(Mt.17, 5)

La invitación que el Padre dirige a los discípulos, testigos privilegiados del extraordinario acontecimiento de la Transfiguración, resuena de nuevo hoy para nosotros y para toda la Iglesia. Como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros estamos invitados a subir al monte Tabor junto con Jesús y a quedar fascinados por el resplandor de su gloria. En este segundo domingo de Cuaresma contemplamos a Cristo envuelto en luz, en compañía de los autorizados portavoces del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. A él le renovamos nuestra adhesión personal: es el «Hijo amado» del Padre.

Escuchadlo. Esta apremiante exhortación nos impulsa a intensificar el camino cuaresmal. Es una invitación a dejar que la luz de Cristo ilumine nuestra vida y nos comunique la fuerza para anunciar y testimoniar el Evangelio a nuestros hermanos. Como bien sabemos, es un compromiso que implica a veces muchas dificultades y sufrimientos.

La experiencia de la transfiguración de Jesús prepara a los Apóstoles para afrontar los dramáticos acontecimientos del Calvario, presentándoles anticipadamente lo que será la plena y definitiva revelación de la gloria del Maestro en el misterio pascual. Al meditar en esta página evangélica, nos preparamos para revivir también nosotros los acontecimientos decisivos de la muerte y resurrección del Señor, siguiéndolo por el camino de la cruz para llegar a la luz y a la gloria. En efecto, «sólo por la pasión podemos llegar con él al triunfo de la resurrección».

¿No es verdad que, precisamente por conocer a Cristo, su persona, su amor y su verdad, cuantos lo experimentan personalmente sienten un deseo irresistible de anunciarlo a todos, de evangelizar y de guiar también a los demás al descubrimiento de la fe? Os deseo de corazón a cada uno que este anhelo de Cristo, fuente de auténtico espíritu misionero, os anime cada vez más.
-Homilía del Papa San Juan Pablo II en el Segundo Domingo de Cuaresma, 28 de Febrero de 1999-

sábado, 13 de febrero de 2016

Las tentaciones de Jesús en el desierto

Queridos hermanas y hermanos:

«Jesús (...) fue llevado por el Espíritu al desierto, y tentado allí por el diablo durante cuarenta días» (Lc 4, 1-2). Antes de comenzar su actividad pública, Jesús, llevado por el Espíritu Santo, se retira al desierto durante cuarenta días. Allí, como leemos hoy en el Evangelio, el diablo lo pone a prueba, presentándole tres tentaciones comunes en la vida de todo hombre: el atractivo de los bienes materiales, la seducción del poder humano y la presunción de someter a Dios a los propios intereses.

La lucha victoriosa de Jesús contra el tentador no termina con los días pasados en el desierto; continúa durante los años de su vida pública y culmina en los acontecimientos dramáticos de la Semana Santa. Precisamente con su muerte en la Cruz, el Redentor triunfa definitivamente sobre el mal, liberando a la humanidad del pecado y reconciliándola con Dios. Parece que San Lucas quiere anunciar, ya desde el comienzo, el cumplimiento de la salvación en el Gólgota. En efecto, concluye la narración de las tentaciones mencionando a Jerusalén, donde precisamente se sellará la victoria pascual de Jesús.

La escena de las tentaciones de Cristo en el desierto se renueva cada año al comienzo de la Cuaresma. La liturgia invita a los creyentes a entrar con Jesús en el desierto y a seguirlo en el típico itinerario penitencial de este tiempo cuaresmal, que ha comenzado el miércoles pasado con el austero rito de la ceniza. […]

Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que nos pide claramente el Señor para entrar en el clima auténtico de la Cuaresma. Quiere que en el desierto de estos cuarenta días aprendamos a afrontar al enemigo de nuestras almas, a la luz de su palabra de salvación. Pidamos al Espíritu Santo que vivifique nuestra oración, para que estemos dispuestos a afrontar con valentía la incesante lucha de vencer el mal con el bien.

[…] Al comienzo del itinerario cuaresmal volvemos a las raíces de nuestra fe para prepararnos, con la oración, la penitencia, el ayuno y la caridad, a participar con corazón renovado interiormente en la Pascua de Cristo.

Que la Virgen Santísima nos ayude en esta Cuaresma a compartir con dignos frutos de conversión el Camino de Cristo, desde el desierto de las tentaciones hasta Jerusalén, para celebrar con Él la Pascua de nuestra redención.

San Juan Pablo II
Homilía (extracto) en la Santa Misa del 1er. Domingo de Cuaresma. 1 de marzo de1998 

lunes, 8 de febrero de 2016

Con la ceniza iniciamos la Cuaresma

El Miércoles de Ceniza, al comenzar la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos dirige a todos los fieles una intensa invitación a la conversión con las palabras del Apóstol Pablo: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Corintios 5, 20).

La Cuaresma es un período de penitencia y de reconciliación con Dios por medio de la Cruz de Cristo. Esta reconciliación constituye el fruto de la gracia de la Redención, que se ofrece sobreabundantemente al hombre de todas las generaciones y épocas, de todas las naciones y razas. Nos la ofrece a cada uno de nosotros el Espíritu Santo, que "nos ha sido dado".

"...Así pues, dejémonos guiar por el Espíritu Santo durante este tiempo privilegiado: para preparar a Jesús a su misión, lo impulsó al desierto de la tentación y lo confortó luego en la hora de la prueba, acompañándolo desde el monte de los olivos hasta el Gólgota. El Espíritu Santo está a nuestro lado mediante la gracia de los sacramentos. En particular, en el Sacramento de la Reconciliación nos lleva, por el camino del arrepentimiento y de la confesión de nuestras culpas, a los brazos misericordiosos del Padre.

Deseo de corazón que la Cuaresma sea para cada cristiano una ocasión propicia para este camino de conversión, que tiene su referencia fundamental e irrenunciable en el sacramento de la penitencia. Esta es la condición para llegar a una experiencia más íntima y profunda del amor del Padre.

Que nos acompañe, a lo largo de este itinerario cuaresmal, María, ejemplo de dócil acogida del Espíritu de Dios. A Ella nos dirigimos hoy, en el momento en que, junto con los creyentes de todo el mundo, entramos en el clima austero y penitencial de la Cuaresma."

San Juan Pablo II. 
25 de febrero de 1998

domingo, 24 de enero de 2016

La nueva evangelización: tarea principal de la Iglesia

Desde el inicio de su pontificado el Papa San Juan Pablo II estuvo empeñado en llamar y comprometer a todos los hijos de la Iglesia en la tarea de una nueva evangelización: «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión».

Pero, como recordaba el Santo Padre, «si a partir de la Evangelii nuntiandi se repite la expresión nueva evangelización, eso es solamente en el sentido de los nuevos retos que el mundo contemporáneo plantea a la misión de la Iglesia» ... «Hay que estudiar a fondo –decía el Papa- en qué consiste esta Nueva Evangelización, ver su alcance, su contenido doctrinal e implicaciones pastorales; determinar los "métodos" más apropiados para los tiempos en que vivimos; buscar una "expresión" que la acerque más a la vida y a las necesidades de los hombres de hoy, sin que por ello pierda nada de su autenticidad y fidelidad a la doctrina de Jesús y a la tradición de la Iglesia».

En esta tarea el Papa San Juan Pablo II tenía una profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia, preocupación que se refleja claramente en su Encíclica Christifideles laici y en el impulso que dio al desarrollo de los diversos Movimientos eclesiales. Por eso mismo, en la tarea de la nueva evangelización «la Iglesia trata de tomar una conciencia más viva de la presencia del Espíritu que actúa en ella (...) Uno de los dones del Espíritu a nuestro tiempo es, ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales, que desde el inicio de mi pontificado he señalado y sigo señalando como motivo de esperanza para la Iglesia y para los hombres».

Pero San Juan Pablo II no entendía la nueva evangelización simplemente como una "misión hacia afuera": la misión hacia adentro (es decir, la reconciliación vivida en el ámbito interno de la misma Iglesia) ha sido también destacada por el Santo Padre como una urgente necesidad y tarea, pues ella es un signo de credibilidad para el mundo entero. Desde esta perspectiva hay que comprender también el fuerte empeño ecuménico alentado por el Santo Padre, muy en la línea del rumbo marcado por los pontífices precedentes y por los Padres conciliares.
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sábado, 16 de enero de 2016

María en el milagro de Caná

En el episodio de las Bodas de Caná, San Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo. Ya desde el inicio del relato, el evangelista anota que «estaba allí la Madre de Jesús» (Jn 2,1) y, como para sugerir que esa presencia estaba en el origen de la invitación dirigida por los esposos al mismo Jesús y a sus discípulos, añade: «Fue invitado a la boda también Jesús con sus discípulos» (Jn 2,2). Con esas palabras, San Juan parece indicar que en Caná, como en el acontecimiento fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador.

El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiesta cuando llega a faltar el vino. Ella, como experta y solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para ayudar a los esposos en su dificultad. Dirigiéndose a Jesús con las palabras: «No tienen vino» (Jn 2,3), María le expresa su preocupación por esa situación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente, según algunos exégetas, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no disponía de vino.
 
La opción de María, que habría podido tal vez conseguir en otra parte el vino necesario, manifiesta la valentía de su fe porque, hasta ese momento, Jesús no había realizado ningún milagro, ni en Nazaret ni en la vida pública.

En Caná, la Virgen muestra una vez más su total disponibilidad a Dios. Ella que, en la Anunciación, creyendo en Jesús antes de verlo, había contribuido al prodigio de la concepción virginal, aquí, confiando en el poder de Jesús aún sin revelar, provoca su «primer signo», la prodigiosa transformación del agua en vino. De ese modo, María precede en la fe a los discípulos que, como refiere San Juan, creerán después del milagro: Jesús «manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11). Más aún, al obtener el signo prodigioso, María brinda un apoyo a su fe.
 
La respuesta de Jesús a las palabras de María: «Mujer, ¿qué nos va a Mí y a ti? Todavía no ha llegado Mi hora» (Jn 2,4), expresa un rechazo aparente, como para probar la fe de su Madre.  Según una interpretación, Jesús, desde el inicio de su misión, parece poner en tela de juicio su relación natural de hijo, ante la intervención de su Madre. En efecto, en la lengua hablada del ambiente, esa frase da a entender una distancia entre las personas, excluyendo la comunión de vida. Esta lejanía no elimina el respeto y la estima; el término «mujer», con el que Jesús se dirige a su madre, se usa en una acepción que reaparecerá en los diálogos con la cananea (ver Mt 15,28), la samaritana (ver Jn 4,21), la adúltera (ver Jn 8,10) y María Magdalena (ver Jn 20,13), en contextos que manifiestan una relación positiva de Jesús con sus interlocutoras.

Con la expresión: «Mujer, ¿qué nos va a Mi y a Ti?», Jesús desea poner la cooperación de María en el plano de la salvación que, comprometiendo su fe y su esperanza, exige la superación de su papel natural de madre.
 
Mucho más fuerte es la motivación formulada por Jesús: «Todavía no ha llegado Mi hora» (Jn 2,4). Algunos estudiosos del texto sagrado, siguiendo la interpretación de San Agustín, identifican esa «hora» con el acontecimiento de la Pasión. Para otros, en cambio, se refiere al primer milagro en que se revelaría el poder mesiánico del profeta de Nazaret. Hay otros, por último, que consideran que la frase es interrogativa y prolonga la pregunta anterior: «¿Qué nos va a Mí y a ti? ¿No ha llegado ya Mi hora?» (Jn 2,4). Jesús da a entender a María que Él ya no depende de Ella, sino que debe tomar la iniciativa para realizar la obra del Padre. María, entonces, dócilmente deja de insistir ante Él y, en cambio, se dirige a los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes.

En cualquier caso, su confianza en el Hijo es premiada. Jesús, al que Ella ha dejado totalmente la iniciativa, hace el milagro, reconociendo la valentía y la docilidad de su Madre: «Jesús les dice: "Llenad las tinajas de agua". Y las llenaron hasta el borde» (Jn 2,7). Así, también la obediencia de los sirvientes contribuye a proporcionar vino en abundancia.  La exhortación de María: «Haced lo que Él os diga», conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la vida de cada uno. Invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.

De la misma manera que en el relato de la cananea (ver Mt 15,24-26) el rechazo aparente de Jesús exalta la fe de la mujer, también las palabras del Hijo «Todavía no ha llegado Mi hora», junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la Fe de la Madre y la fuerza de su oración.  El episodio de las bodas de Caná nos estimula a ser valientes en la fe y a experimentar en nuestra vida la verdad de las palabras del Evangelio: «Pedid y se os dará» (Mt 7,7; Lc 11,9).

San Juan Pablo II
Audiencia General. 26 de febrero de  1997

sábado, 9 de enero de 2016

Con su Bautismo, comienza la vida pública del Redentor

1. La fiesta litúrgica del Bautismo de Jesús, nos recuerda el acontecimiento que inauguró la vida pública del Redentor, y comenzó así a manifestarse el misterio ante el pueblo. 

El relato evangélico pone de relieve la conexión que hay, desde el comienzo, entre la predicación de Juan Bautista y la de Jesús. Al recibir aquel bautismo de penitencia, Jesús manifiesta la voluntad de establecer una continuidad entre su misión y el anuncio que el Precursor había hecho de la proximidad de la venida mesiánica. Considera a Juan Bautista como el último de la estirpe de los Profetas y "más que un profeta" (Mt 11, 9), ya que fue encargado de abrir el camino al Mesías.

En este acto del Bautismo aparece la humildad de Jesús: Él, el Hijo de Dios, aunque es consciente de que su misión transformará profundamente la historia del mundo, no comienza su ministerio con propósitos de ruptura con el pasado, sino que se sitúa en el cauce de la tradición judaica, representada por el Precursor. Esta humildad queda subrayada especialmente en el Evangelio de San Mateo, que refiere las palabras de Juan Bautista: "Soy yo quien debe ser por Tí bautizado, ¿y vienes Tú a mí?" (3, 14). Jesús responde, dejando entender que en ese gesto se refleja su misión de establecer un régimen de justicia, o sea, de santidad divina, en el mundo: "Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia" (3, 15).

2. La intención de realizar a través de su humanidad una obra de santificación, anima el gesto del bautismo y hace comprender su significado profundo. El bautismo que administraba Juan Bautista era un bautismo de penitencia con miras a la remisión de los pecados. Era conveniente para los que, reconociendo sus culpas, querían convertirse y retornar a Dios. Jesús, absolutamente santo e inocente, se halla en una situación diversa. No puede hacerse bautizar para la remisión de sus pecados. Cuando Jesús recibe un bautismo de penitencia y de conversión, es para la remisión de los pecados de la humanidad. Ya en el Bautismo comienza a realizarse todo lo que se había anunciado sobre el siervo doliente en el oráculo del libro de Isaías: allí el siervo es representado como un justo que llevaba el peso de los pecados de la humanidad y se ofrecía en sacrificio para obtener a los pecadores el perdón divino (53, 4-12).

El Bautismo de Jesús es, pues, un gesto simbólico que significa el compromiso en el sacrificio para la purificación de la humanidad.

El hecho de que en ese momento se haya abierto el Cielo, nos hace comprender que comienza a realizarse la reconciliación entre Dios y los hombres. El pecado había hecho que el Cielo se cerrase; Jesús restablece la comunicación entre el Cielo y la tierra. El Espíritu Santo desciende sobre Jesús para guiar toda su misión, que consistirá en instaurar la alianza entre Dios y los hombres.

3. Como nos relatan los Evangelios, el Bautismo pone de relieve la filiación divina de Jesús: el Padre lo proclama su Hijo predilecto, en el que se ha complacido. Es clara la invitación a creer en el misterio de la Encarnación y, sobre todo, en el misterio de la Encarnación redentora, porque está orientada hacia el sacrificio que logrará la remisión de los pecados y ofrecerá la reconciliación al mundo. Efectivamente, no podemos olvidar que Jesús presentará más tarde este sacrificio como un bautismo, cuando pregunte a dos de sus discípulos: "¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo he de ser bautizado?" (M 10, 38). Su Bautismo en el Jordán es sólo una figura; en la Cruz recibirá el Bautismo que va a purificar al mundo.

Mediante este Bautismo, que primero tuvo expresión en las aguas del Jordán y que luego fue realizado en el Calvario, el Salvador puso el fundamento del bautismo cristiano. El Bautismo que se practica en la Iglesia se deriva del sacrificio de Cristo.

Es el Sacramento con el cual, a quien se hace cristiano y entra en la Iglesia, se le aplica el fruto de este sacrificio: la comunicación de la vida divina con la liberación del estado de pecado.

El rito del Bautismo, rito de purificación con el agua, evoca en nosotros el Bautismo de Jesús en el Jordán. En cierto modo reproduce ese primer Bautismo, el del Hijo de Dios, para conferir la dignidad de la filiación divina a los nuevos bautizados. Sin embargo, no se debe olvidar que el rito bautismal produce actualmente su efecto en virtud del sacrificio ofrecido en la Cruz. A los que reciben el Bautismo se les aplica la reconciliación obtenida en el Calvario.

He aquí, pues, la gran verdad: el Bautismo, al hacernos partícipes de la Muerte y Resurrección del Salvador, nos llena de una vida nueva. En consecuencia, debemos evitar el pecado o, según la expresión del Apóstol Pablo, "estar muertos al pecado", y "vivir para Dios en Cristo Jesús" (Rom 6, 11).

En toda nuestra existencia cristiana el Bautismo es fuente de una vida superior, que se otorga a los que, en calidad de hijos del Padre en Cristo, deben llevar en sí mismos la semejanza divina.

San Juan Pablo II

martes, 29 de diciembre de 2015

San Juan Pablo II y el Año Nuevo

“[…] La luz de Belén ilumina también el paso al Año Nuevo. En efecto, a Belén ―como dice el Evangelista Juan― llegó “la luz verdadera que ilumina a todo hombre... Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1, 9. 16). La Navidad nos exhorta y nos impele a tener confianza y valor para hacer el bien, para dar testimonio de la fe cristiana con la integridad de la doctrina y la coherencia de vida, para comprometernos en la labor de santificación personal, levantando siempre la mirada del tiempo hacia la eternidad: “¡Oh día luminosísimo de la eternidad ―exclama el autor de la Imitación de Cristo―, que la noche no puede oscurecer porque la suma Verdad lo hace siempre resplandecer: Día siempre alegre, siempre seguro y que nunca sufre cambios!” (L. III, cap. 48, n. 1).

¡Amadísimos! La luz de Navidad ilumine y acompañe a cada uno de vosotros en vuestro trabajo, en vuestros afanes, en la dedicación a vuestras familias, durante todo el Año Nuevo que vamos a comenzar, y para el que os doy mis felicitaciones más cordiales. ¡Que María, a la que hemos consagrado todo un año de especial meditación y de devoción más intensa, os asista y os inspire con la fascinación de su ejemplo y con la ternura de su amor materno!”

San Juan Pablo II
AudienciaGeneral 28 de diciembre de 1988

jueves, 24 de diciembre de 2015

«¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad!»

«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). Hoy se renueva el misterio de la Navidad: nace también para los hombres de nuestro tiempo este Niño que trae la salvación al mundo; nace llevando alegría y paz a todos. Nos acercamos al Portal conmovidos para encontrar, junto a María, al Esperado de los pueblos, al Redentor del hombre. Contemplemos con María el rostro de Cristo: en aquel Niño envuelto e pañales y acostado en el pesebre (cf. Lc 2, 7), es Dios que viene a visitarnos para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cf Lc 1, 79). María lo contempla, lo acaricia y lo arropa, interrogándose sobre el sentido de los prodigios que rodean el misterio de la Navidad.

La Navidad, misterio de alegría En esa noche los ángeles han cantado: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14). Han anunciado el acontecimiento a los pastores como «una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (Lc 2, 10). Alegría, incluso estando lejos de casa, la pobreza del pesebre, la indiferencia del pueblo, la hostilidad del poder. Misterio de alegría a pesar de todo, porque «hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador» (Lc 2, 11). De este mismo gozo participa la Iglesia, inundada hoy por la luz del Hijo de Dios: las tinieblas jamás podrán apagarla. Es la gloria del Verbo eterno, que, por amor, se ha hecho uno de los nuestros.

La Navidad, misterio de amor. Amor del Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida (cf. 1 Jn 4, 8-9). Amor del «Dios con nosotros», el Emmanuel, que ha venido a la tierra para morir en la Cruz. En el frío Portal, en medio del silencio, la Virgen Madre, con presentimientos en el corazón, siente ya el drama del Calvario. Será una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor. El Príncipe de la paz, nacido hoy en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor.

Navidad, misterio de paz. Desde la gruta de Belén se eleva hoy una llamada apremiante para que el mundo no caiga en la indiferencia, la sospecha y la desconfianza, aunque el trágico fenómeno del terrorismo acreciente incertidumbres y temores. Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación, están llamados a construir la paz: ante todo en Tierra Santa, para detener finalmente la inútil espiral de ciega violencia, y en Oriente Medio, para apagar los siniestros destellos de un conflicto, que puede ser evitado con el esfuerzo de todos; en África, donde carestías devastadoras y luchas intestinas agravan las condiciones, ya precarias, de pueblos enteros, si bien no faltan indicios de optimismo; en Latinoamérica, en Asia, en otras partes del mundo, donde crisis políticas, económicas y sociales inquietan a numerosas familias y naciones. ¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad!

Misterio adorable del Verbo Encarnado Junto a ti, Virgen Madre, permanecemos pensativos ante el pesebre donde está acostado el Niño, para participar de tu mismo asombro ante la inmensa condescendencia de Dios. Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura. Ayúdanos a ser testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, caracterizado aún por tensos contrastes e inauditas violencias, reconozcan en el Niño que está en tus brazos al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran en lo más profundo del corazón.

«¡Feliz Navidad! Que la Paz de Cristo reine en vuestros corazones, en la familias y en todos los pueblos».                                                   
- Homilía de San Juan Pablo II en Navidad 2002 -

domingo, 20 de diciembre de 2015

San Juan Pablo II invita a vivir una Navidad sencilla y sobria

Es necesario redescubrir el auténtico significado de la Navidad. Lo afirmó Juan Pablo II al encontrarse, como todos los domingos, con miles de peregrinos en la plaza de San Pedro para rezar la oración mariana del Ángelus.

Cuando quedan pocos días para que los productores de champaña, fuegos de artificio, y otros productos típicos, hagan el negocio del milenio, el Pontífice explicó que estos gestos de alegría no son negativos, pero es importante no olvidar lo esencial: qué es lo que festejamos o, más bien, Quién es el festejado.

Las luces de las calles recuerdan un aspecto de la fiesta, el más exterior que, si bien no es negativo en sí mismo, corre el riesgo de distraer del auténtico espíritu de la Navidad, explicó el Santo Padre.

Ciertamente la Navidad se ha convertido, y con toda la razón, en la fiesta de los regalos, pues celebra el regalo por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad en la persona de Jesús. Pero es necesario que esta tradición sea vivida en sintonía con el sentido del acontecimiento, con un estilo sencillo y sobrio, expresó el Papa.

Para hacer que esta Navidad del Jubileo sea única, el sucesor de Pedro propuso acompañarla con la oración, con un examen de conciencia que prepare el espíritu a recibir el perdón de Dios con el sacramento de la Reconciliación, y con gestos de caridad hacia el prójimo, especialmente, hacia los más necesitados.

Juan Pablo II explicó que la Navidad no es simplemente el recuerdo del acontecimiento enternecedor que tuvo lugar hace dos mil años, cuando, según los Evangelios, la potencia de Dios asumió la debilidad de un bebé. Se trata de una vivencia que vuelve a repetirse cada año en el corazón de los creyentes.

El misterio de la Noche Santa, que tuvo lugar históricamente hace dos mil años, se vive, como acontecimiento, en el hoy de la Liturgia.

El Verbo que hizo su morada en el seno de María, viene a tocar al corazón de cada hombre con singular intensidad en la próxima Navidad, declaró el Pontífice.

Por último, el Papa explicó que el gesto de apertura de la Puerta Santa, con el que pocos minutos antes de la medianoche navideña comenzó el Jubileo del año 2000, expresa simbólicamente que Dios ha abierto ante todos el camino de la salvación.

Al cruzar su umbral, cada peregrino quiere mostrar su disponibilidad a abrir el espacio de la propia existencia al amor de Dios.

En Navidad, añadió el Santo Padre citando el Evangelio de Juan, viene al mundo la luz verdadera, la que ilumina a cada hombre; y el Año Santo del 2000 tiene por objetivo hacer llegar esta luz a toda persona y a toda situación.

San Juan Pablo II
Navidad 2000

sábado, 12 de diciembre de 2015

San Juan Pablo II y Nuestra Señora de Guadalupe


¡Oh Madre! Tú conoces los caminos que siguieron los primeros evangelizadores del Nuevo Mundo, desde la isla Guanahani y La Española hasta las selvas del Amazonas y las cumbres andinas, llegando hasta la tierra del Fuego en el Sur y los grandes lagos y montañas del Norte. Acompaña a la Iglesia que desarrolla su labor en las naciones americanas, para que sea siempre evangelizadora y renueve su espíritu misionero. Alienta a todos aquellos que dedican su vida a la causa de Jesús y a la extensión de su Reino.

¡Oh dulce Señora del Tepeyac, Madre de Guadalupe! Te presentamos esta multitud incontable de fieles que rezan a Dios en América. Tú que has entrado dentro de su corazón, visita y conforta los hogares, las parroquias y las diócesis de todo el Continente. Haz que las familias cristianas eduquen ejemplarmente a sus hijos en la fe de la Iglesia y en el amor del Evangelio, para que sean semillero de vocaciones apostólicas. Vuelve hoy tu mirada sobre los jóvenes y anímalos a caminar con Jesucristo.

¡Oh Señora y Madre de América! Confirma la fe de nuestros hermanos y hermanas laicos, para que en todos los campos de la vida social, profesional, cultural y política actúen de acuerdo con la verdad y la ley nueva que Jesús ha traído a la humanidad. Mira propicia la angustia de cuantos padecen hambre, soledad, marginación o ignorancia. Haznos reconocer en ellos a tus hijos predilectos y danos el ímpetu de la caridad para ayudarlos en sus necesidades.

¡Virgen Santa de Guadalupe, Reina de la Paz! Salva a las naciones y a los pueblos del Continente. Haz que todos, gobernantes y ciudadanos, aprendan a vivir en la auténtica libertad, actuando según las exigencias de la justicia y el respeto de los derechos humanos, para que así se consolide definitivamente la paz.

¡Para Ti, Señora de Guadalupe, Madre de Jesús y Madre nuestra, todo el cariño, honor, gloria y alabanza contínua de tus hijos e hijas americanos!.."  

San Juan Pablo II (1999)
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martes, 8 de diciembre de 2015

San Juan Pablo II y la Inmaculada Concepción

"Establezco hostilidades entre ti y la mujer... ella te herirá en la cabeza" 
(Gen 3, 15).

Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original: "hostilidad": lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.

Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.

Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.

La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.

Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado, entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.

Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta "hostilidad" que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el "padre de la mentira", el "príncipe de las tinieblas" y, a la vez, el "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).

Tú, que "aplastas la cabeza de la serpiente", 
no permitas que cedamos.
No permitas que nos dejemos vencer por el mal, 
sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.
Oh, Tú, victoriosa en tu Inmaculada Concepción, 
victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerzas de la gracia.
Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.
Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, 
tu Hijo crucificado y resucitado.
Mira que te abraza la potencia del Altísimo: 
el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.
La heredad del pecado es extraña a Ti.
Eres "llena de gracia".
Se abre en Ti el reino de Dios mismo.
Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, 
del hombre redimido, liberado del pecado.
Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, 
las tinieblas que se extienden sobre la tierra, 
que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.
¡Oh Inmaculada! "Madre que nos conoces, permanece con tus hijos".
Amén.

San Juan Pablo II
Plaza de España, 8 de diciembre de 1984

jueves, 3 de diciembre de 2015

El Rosario es mi oración preferida

“El Rosario es mi oración preferida. Oración maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta oración repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó de boca del ángel y de su prima Isabel. A estas palabras se asocia toda la Iglesia.

Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, una oración-comentario del último capítulo de la Constitución “Lumen Gentium” del Vaticano II, capítulo que trata de la admirable presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Sobre el fondo de las palabras “Dios te salve, María”, pasan ante los ojos del que las reza los principales episodios de la vida de Cristo, con sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, que nos hacen entrar en comunión con Cristo, podríamos decir, a través del corazón de su Madre.

Nuestro corazón puede encerrar en estas decenas del Rosario todos los hechos que componen la vida de cada individuo, de cada familia, de cada nación, de la Iglesia y de la humanidad: los acontecimientos personales y los del prójimo y, de modo particular, de los que más queremos. Así, la sencilla oración del Rosario late al ritmo de la vida humana”.

San Juan Pablo II