martes, 30 de abril de 2013

San José, hombre de trabajo


"Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor" (Col 3, 23 s.)

¿Cómo no ver en estas palabras de la liturgia de hoy el programa y la síntesis de toda la existencia de San José, cuyo testimonio de generosa dedicación al trabajo propone la Iglesia a nuestra reflexión en este primer día de mayo? San José, "hombre justo", pasó gran parte de su vida trabajando junto al banco de carpintero, en un humilde pueblo de Palestina. Una existencia aparentemente igual que la de muchos otros hombres de su tiempo, comprometidos, como él, en el mismo duro trabajo. Y, sin embargo, una existencia tan singular y digna de admiración, que llevó a la Iglesia a proponerla como modelo ejemplar para todos los trabajadores del mundo.

¿Cuál es la razón de esta distinción? No resulta difícil reconocerla. Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de San José. La presencia en la casa de Nazaret del Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su esposa María, ofrecía a José el cotidiano por qué de volver a inclinarse sobre el banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la familia. Realmente "todo lo que hizo", José lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".

Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este "hombre justo". La experiencia singular de San José se refleja, de algún modo, en la vida de cada uno de ellos. Efectivamente, por muy diverso que sea el trabajo a que se dedican, su actividad tiende siempre a satisfacer alguna necesidad humana, está orientada a servir al hombre. Por otra parte, el creyente sabe bien que Cristo ha querido ocultarse en todo ser humano, afirmando explícitamente que "todo lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a Él mismo" (cf. Mt 25, 40). Por lo tanto, en todo trabajo es posible servir a Cristo, cumpliendo la recomendación de San Pablo e imitando el ejemplo de San José, custodio y servidor del Hijo de Dios.

Al dirigir hoy, primer día de mayo, un saludo cordialísimo a todos vosotros, (...), mi pensamiento va con todo afecto especialmente a los trabajadores presentes y, mediante ellos, a todos los trabajadores del mundo, exhortándoles a tomar renovada conciencia de la dignidad que les es propia: con su fatiga sirven a los hermanos: sirven al hombre y, en el hombre, a Cristo. Que San José les ayude a ver el trabajo en esta perspectiva, para valorar toda su nobleza y para que nunca les falten motivaciones fuertes a las que pueden recurrir en los momentos difíciles.

Autor: Beato Juan Pablo II
Fuente: Catholic.net

sábado, 27 de abril de 2013

Juan Pablo II y el mandamiento del amor


En el antiguo Israel el mandamiento fundamental del amor a Dios estaba incluido en la oración que se rezaba diariamente: «El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estos mandamientos que te doy hoy. Se los repetirás a tus hijos y les hablarás siempre de ellos, cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 6, 4-7)

El libro del Deuteronomio recuerda dos características esenciales de ese amor. La primera es que el hombre nunca sería capaz de tenerlo, si Dios no le diera la fuerza mediante la «circuncisión del corazón» (cf. Dt 30, 6), que elimina del corazón todo apego al pecado. La segunda es que ese amor, lejos de reducirse al sentimiento, se hace realidad «siguiendo los caminos» de Dios, «cumpliendo sus mandamientos, preceptos y normas» (Dt 30, 16). Ésta es la condición para tener «vida y felicidad», mientras que volver el corazón hacia otros dioses lleva a encontrar «muerte y desgracia» (Dt 30, 15).

El mandamiento del Deuteronomio no cambia en la enseñanza de Jesús, que lo define «el mayor y el primer mandamiento», uniéndole íntimamente el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 4-40). Al volver a proponer ese mandamiento con las mismas palabras del Antiguo Testamento, Jesús muestra que en este punto la Revelación ya había alcanzado su cima.

Al mismo tiempo, precisamente en la persona de Jesús el sentido de este mandamiento asume su plenitud. En efecto, en Él se realiza la máxima intensidad del amor del hombre a Dios. Desde entonces en adelante amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, significa amar al Dios que se reveló en Cristo y amarlo participando del amor mismo de Cristo, derramado en nosotros «por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

La caridad constituye la esencia del «mandamiento» nuevo que enseñó Jesús. En efecto, la caridad es el alma de todos los mandamientos, cuya observancia es ulteriormente reafirmada, más aún, se convierte en la demostración evidente del amor a Dios: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a Jesús, representa la condición para ser amados por el Padre: «El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y Yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21).

El amor a Dios, que resulta posible gracias al don del Espíritu, se funda, por tanto, en la mediación de Jesús, como Él mismo afirma en la oración sacerdotal: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Esta mediación se concreta sobre todo en el don que Él ha hecho de su vida, don que por una parte testimonia el amor mayor y, por otra, exige la observancia de lo que Jesús manda: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 13-14).

La caridad cristiana acude a esta fuente de amor, que es Jesús, el Hijo de Dios entregado por nosotros. La capacidad de amar como Dios ama se ofrece a todo cristiano como fruto del misterio pascual de muerte y Resurrección.

La Iglesia ha expresado esta sublime realidad enseñando que la caridad es una virtud teologal, es decir, una virtud que se refiere directamente a Dios y hace que las criaturas humanas entren en el círculo del amor trinitario. En efecto, Dios Padre nos ama como ama Cristo, viendo en nosotros Su imagen. Ésta, por decirlo así, es dibujada en nosotros por el Espíritu Santo, que como un artista de iconos la realiza en el tiempo.

También es el Espíritu Santo quien traza en lo más íntimo de nuestra persona las líneas fundamentales de la respuesta cristiana. El dinamismo del amor a Dios brota de una especie de «con-naturalidad» realizada por el Espíritu Santo, que nos «diviniza», según el lenguaje de la tradición oriental.

Con la fuerza del Espíritu Santo, la caridad anima la vida moral del cristiano, orienta y refuerza todas las demás virtudes, las cuales edifican en nosotros la estructura del hombre nuevo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «el ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es el "vínculo de la perfección" (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino» (n. 1827). Como cristianos, estamos siempre llamados al amor.

Beato Juan Pablo II
Audiencia del miércoles 13 de octubre de 1999
Fuente: Juan Pablo Magno.org

miércoles, 24 de abril de 2013

Canonización de Juan Pablo II avanza a pasos agigantados


CIUDAD DEL VATICANO, 23 de abril.- 
El proceso que llevará a Juan Pablo II a la santidad dio un paso más y “se acerca a pasos agigantados” el día de su reconocimiento como santo de la Iglesia, tras la certificación de un grupo de médicos del Vaticano a un “milagro” atribuido a su intercesión.

En días pasados los científicos de la Congregación para las Causas de los Santos reconocieron como inexplicable una curación que habría tenido lugar luego de insistentes rezos a la memoria del beato Karol Wojtyla, según reveló este martes el diario italiano La Stampa.

Este trámite corresponde al primer escalón de cara a la santidad. Ahora el “milagro” debe ser analizado y certificado por una comisión de teólogos, primero, y un grupo de cardenales, después. Si todos dan su voto positivo, entonces el expediente será sometido a la atención del papa Francisco.

La normatividad eclesiástica establece como necesaria la certificación de dos “milagros” para que una persona sea reconocida como santa. En el caso de Juan Pablo II su beatificación llegó tras la curación inexplicable del mal de Parkinson de una monja, Marie Simone Pierre.

“Todo ha tenido lugar con un gran secreto, con la máxima discreción. En enero, el postulador de la causa, monseñor Slawomir Oder, presentó a la Congregación vaticana para los santos para un dictamen preliminar una presunta curación milagrosa”, indicó el reporte de La Stampa.

“Los pasados días ha sido discutido por una comisión de siete médicos, presidida por el doctor Patrizio Polisca, cardiólogo de Juan Pablo II, médico personal de Benedicto XVI y ahora del papa Francisco”, agregó.

Tras el visto bueno de la comisión médica, el expediente fue turnado a los teólogos. La velocidad con la cual está avanzando el proceso hace pensar que el reconocimiento como santo de Wojtyla podría llegar incluso durante el presente año.

El Papa polaco ya tuvo una beatificación en tiempo récord, apenas poco más de seis años después de su muerte. La presidió Benedicto XVI el 1 de mayo de 2011.

Aunque califica como “prematuro” indicar fechas para la canonización, el periódico indica como una posibilidad el próximo domingo 20 de octubre, aprovechando la fiesta litúrgica asignada al beato Wojtyla fijada el 22 de ese mismo mes.
 Fuente: www.excelsior.com.mx

sábado, 20 de abril de 2013

Domingo del Buen Pastor y de las Vocaciones


“El Buen Pastor, según las palabras de Cristo, es precisamente el que "viendo venir al lobo", no huye, sino que está dispuesto a exponer la propia vida, luchando con el ladrón, para que ninguna de las ovejas se pierda. Si no estuviese dispuesto a esto, no sería digno del nombre de Buen Pastor. Sería mercenario, pero no pastor”

Beato Juan Pablo II
Audiencia General
Miércoles 9 de mayo de 1979

Coincidentemente con el Domingo del Buen Pastor, la Iglesia dedica este día a la Oración por las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas. La siguiente es una oración compuesta por el Beato Juan Pablo II:

Padre Bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la posibilidad de descubrir, en tu voluntad, los rasgos de nuestro verdadero rostro.

Padre santo, Tú nos llamas a ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y con los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.

Padre misericordioso, da a la Humanidad extraviada, hombres y mujeres, que, con el testimonio de una vida transfigurada, a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial.

Padre nuestro, con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean testimonios valientes de tu infinita bondad. 

¡Amén!

sábado, 13 de abril de 2013

La misión pastoral de Pedro

En el Evangelio del Domingo III de Pascua (San Juan, capítulo 21, versículos 1-19) leemos el momento en que Jesús confirma a Pedro como piedra
fundamental de la Iglesia.                    
Al respecto el Beato Juan Pablo II expresó lo siguiente en su Catequesis del 10 de marzo de 1993:

"...De los pasajes del Nuevo Testamento que hemos analizado varias veces en las catequesis anteriores se deduce que Jesús manifestó su intención de dar a Pedro las llaves del Reino, como respuesta a una profesión de fe. En ella Pedro habló, en nombre de los Doce, en virtud de una revelación que venía del Padre. Expresó su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esta adhesión de fe a la Persona de Jesús no es una simple actitud de confianza, sino que incluye claramente la afirmación de una doctrina cristológica. La función de piedra fundamental de la Iglesia que Jesús confirió a Pedro comporta, por consiguiente, un aspecto doctrinal (cf. Mt 16, 18-19). La misión de confirmar a sus hermanos en la fe, que también le confió Jesús (cf. Lc 22, 32), va en la misma dirección. Pedro goza de una oración especial del Maestro para desempeñar este papel de ayudar a sus hermanos a creer. Las palabras «Apacienta mis corderos», «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17) no enuncian explícitamente una misión doctrinal, pero sí la implican. Apacentar el rebaño es proporcionarle un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe. De ahí se sigue que, según los textos evangélicos, la misión pastoral universal del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, comporta una misión doctrinal. Como Pastor universal, el Papa tiene la misión de anunciar la doctrina revelada y promover en toda la Iglesia la verdadera fe en Cristo. Es el sentido integral del ministerio petrino”.

Se puede leer la catequesis completa de Juan Pablo II en Audiencia General en la Plaza San Pedro del 30 de mayo de 1992 haciendo clic acá.

Fuente: El camino de María

miércoles, 10 de abril de 2013

«Se parece a Wojtyla»


Poco después de las 7, cerradas ya las puertas de la Basílica Vaticana, Francisco fue a rezar ante la tumba de Juan Pablo II, y allí estuvo a la hora, en la que se cumplían 8 años exactos de su muerte. El Papa acudió en compañía del cardenal Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, y del secretario personal que ha tomado prestado de Benedicto XVI, el monseñor maltés Alfred Xuereb. Después, Francisco se detuvo brevemente ante las tumbas del Beato Juan XXIII y de san Pío X.

No hubo palabras públicas del Papa Francisco en el octavo aniversario de la muerte de Juan Pablo II, pero Radio Vaticano rescató antiguas intervenciones del cardenal Bergogio. «Recordamos a un hombre coherente que una vez nos dijo que este siglo no necesita de maestros, necesita de testigos, y el coherente es un testigo. Un hombre que pone su carne en el asador y avala con su carne y con su vida entera, con su transparencia, aquello que predica», decía el arzobispo de Buenos Aires en la muerte de Juan Pablo. «Este coherente que por pura coherencia se embarró las manos, nos salvó de una masacre fraticida», añadía hace 8 años; «este coherente que gozaba tomando a los chicos en brazos porque creía en la ternura. Este coherente que más de una vez hizo traer a los hombres de la calle, para hablarles y darles una nueva condición de vida. Este coherente que cuando se sintió bien de salud pidió permiso para ir a la cárcel a hablar con el hombre que había intentado matarlo».

Continuidad espiritual

Al informar en una nota de la visita de Francisco a la tumba de Juan Pablo II, la Santa Sede resaltó que tanto este gesto como la visita el día anterior a la tumba de san Pedro y a las grutas vaticanas, «expresa la profunda continuidad espiritual del ministerio petrino que el Papa Francisco vive y siente intensamente». El lunes, además de la tumba de Pedro, Francisco visitó las de Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo I. La Santa Sede aludió también al «encuentro y los diversos coloquios telefónicos» del Papa con su predecesor Benedicto XVI.

Francisco ha hablado estos días por teléfono también con monseñor Loris Capovilla, secretario personal de Juan XXIII. El prelado, de 97 años, ha contado emocionado la cariñosa llamada que recibió el lunes de Pascua de Francisco, que quería darle las gracias por la invitación a una breve obra de teatro escrita por Capovilla con motivo del Año de la Fe. El Papa le prometió que le visitaría pronto. El  próximo jueves 11 de abril, por cierto, se cumple el 50 aniversario de la encíclica Pacem in Terris.

«Se parece a Wojtyla»

El Papa Francisco ha sido comparado en reiteradas ocasiones con Juan XXIII, tanto por carácter, como incluso por semejanzas físicas, pero muchos han preferido destacar el parecido con Juan Pablo II, ya sea por su impulso misionero, por su ánimo decidido o por su devoción a la Divina Misericordia.

«A pesar de la lejanía geográfica, por lo que me consta, tuvieron varios encuentros y se profesaron una gran estima recíproca, ha dicho el postulador de Wojtyla, Slawomir Oder, en declaraciones al diario Avvenire. En la entrevista, afirma también que sería «bello verlo canonizado» durante este Año de la Fe, tal como se rumorea intensamente en Roma.

«Se parece a Wojtyla», dice, en una entrevista a Vatican Insider, el cardenal Stanislaw Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia, y antiguo secretario personal de Juan Pablo II. «Estoy convencido de que la historia los unirá en una obra: haber abierto las puertas de la iglesia a todos, haciéndola más cercana a la vida cotidiana y concreta de la gente; por haber creado puentes incluso con mundos lejanos y adversos. Partiendo de la comunicación: Francisco tiene una forma de comunicar semejante a la de Wojtyla; lo hemos visto en estos primeros días, respeta el protocolo, pero adora hablar improvisando, con un lenguaje directo y claro».

Destaca también Dziwisz que si «Wojtyla luchó contra los extremismos del comunismo», Bergoglio combatió «las distorsiones de la teología de la liberación», e incluso encuentra semejanzas en las primeras palabras de ambos tras su elección: «Que Dios los perdone por lo que hicieron», les dijo el argentino a los cardenales. «¿Qué es lo que han hecho», fue la reacción de Wojtyla. «El sentido y la ironía son los mismos», dice el cardenal arzobispo de Cracovia.

En esa entrevista, Dziwisz se refiere también a las palabras que algunos medios pusieron en su boca, contraponiendo la renuncia de Benedicto XVI, a la heroica permanencia de Juan Pablo II, que no se bajó de la cruz. «Todavía me duele esa polémica, me atormenta todos los días, porque no dije eso... Yo quiero muchísimo a Joseph Ratzinger, inmensamente».

Foro Juan Pablo II

sábado, 6 de abril de 2013

Juan Pablo II y la devoción a la Divina Misericordia

La fiesta que celebramos el Domingo II de Pascua es, de entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia, la que tiene mayor rango. Jesús habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931 en Plock el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”. Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Santa Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Beato Juan Pablo II instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección. Con la institución de esta Fiesta, el Beato Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo: “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia”.  Dicha Fiesta constituye uno de los elementos centrales del Mensaje de la Divina Misericordia según le fuera revelado por nuestro Señor a Sor Faustina.

Información más amplia: clic acá.
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martes, 2 de abril de 2013

Siempre estás en nuestros corazones


Hace hoy exactamente ocho años, nuestro amado e inolvidable Juan Pablo II, terminaba su santa misión en esta tierra y se abrían para él las puertas del cielo.

En verdad, él nunca nos dejó… Sus enseñanzas, su ejemplo de vida, su amor por todos, siempre están con nosotros.

¿Cómo no recordarlo cuando nos decía: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito hoy con fuerza: ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos a su amor!”

Ya no está físicamente con nosotros, pero se ha ganado un triple lugar desde donde nos sigue acompañando: en el cielo, en los altares y en nuestros corazones que siempre lo tienen en vivo recuerdo.

Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros.
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viernes, 29 de marzo de 2013

La hora de Cristo


El Viernes Santo la Iglesia celebra la Muerte salvadora de Cristo. En el Acto litúrgico de la tarde, medita en la Pasión de su Señor, intercede por la salvación del mundo, adora la Cruz y conmemora su propio nacimiento del costado abierto del Salvador (Cfr. Jn 19,34)   El Via Crucis  es una de las manifestaciones de piedad popular más arraigadas de este día.

La Hora de la Pasión es la Hora de Cristo, la hora del cumplimiento de su Misión. El Evangelio de San Juan nos permite descubrir las disposiciones íntimas de Jesús al inicio de la última Cena: «Sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Por tanto, es la Hora del Amor, que quiere llegar «hasta el extremo», es decir, hasta la entrega suprema. En su sacrificio, Cristo nos revela el Amor perfecto: ¡no habría podido amarnos más profundamente!

Esa Hora decisiva es, al mismo tiempo, Hora de la Pasión y Hora de la Glorificación. Según el Evangelio de San Juan, es la Hora en que el Hijo del hombre es «elevado de la tierra» (Jn 12, 32). La elevación en la Cruz es signo de la elevación a la gloria celestial. Entonces empezará la fase de una nueva relación con la humanidad y, en particular, con sus discípulos, como Jesús mismo anuncia: «Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre» (Jn 16, 25).

La Hora suprema es, en definitiva, el tiempo en que el Hijo va al Padre. En ella se aclara el significado de su sacrificio y se manifiesta plenamente el valor que dicho sacrificio reviste para la humanidad redimida y llamada a unirse al Hijo en su regreso al Padre...

Beato Juan Pablo II
Audiencia General 14 de enero de 1998
Fuente: El camino de María

Vía Crucis de Juan Pablo II

Las Meditaciones del Via Crucis escritas por el Papa Juan Pablo II para el Año Santo 2000 pueden ser leídas y rezadas haciendo clic acá.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Missa "in cena domini"


"Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer" (Lc 22:15). Con estas palabras, Cristo declara el significado profético de la Cena Pascual que está a punto de celebrar con sus discípulos en el Cenáculo de Jerusalén.

En la Primera Lectura del Libro del Éxodo, la liturgia muestra cómo la Pascua de la Antigua Alianza provee el contexto para la Pascua de Jesús. Para los israelitas, la Pascua era el recuerdo de la comida de sus antepasados al momento del éxodo de Egipto, la liberación de la esclavitud. El texto sagrado prescribe que un poco de la sangre del cordero debía ser puesta en los umbrales y dinteles de las casas. Y continúa estipulando cómo debía comerse el cordero: "ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, y el bastón en vuestra mano; y lo comeréis de prisa… es Pascua del Señor. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, Yahvé. La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto" (Ex 12:11-13).

La sangre del cordero ganó para los hijos e hijas de Israel la liberación de la esclavitud de Egipto bajo el liderazgo de Moisés. El recuerdo de tan extraordinario evento se convirtió en una ocasión festiva para el pueblo, que agradeció a Dios por la libertad concedida, un regalo divino y una tarea humana constantemente relevante: "Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahvé de generación en generación" (Ex 12:14). ¡Ésta es la Pascua del Señor! ¡La Pascua de la Antigua Alianza!

En el Cenáculo, Cristo tuvo su Cena Pascual con sus discípulos siguiendo las prescripciones de la Antigua Alianza, pero le dio al rito una nueva substancia. Hemos escuchado cómo San Pablo lo explica en la Segunda Lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios. El texto, considerado como el relato más antiguo de la Cena del Señor, recuerda que Jesús, "la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío». Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuando veces la bebieres, hacedlo en recuerdo mío». Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Cor 11:23-26).

Estas son palabras solemnes que actualizan en todo tiempo el memorial de la institución de la Eucaristía. Cada año, en este día, los recordamos al regresar espiritualmente al Cenáculo. Esta noche los re-evoco con una emoción particular, porque está fresca en mi memoria y en mi corazón la imagen del Cenáculo, donde tuve el gozo de celebrar la Eucaristía durante mi reciente peregrinación jubilar a Tierra Santa. Esta emoción es aún más fuerte, porque éste es el año del Jubileo del 2000 aniversario de la Encarnación. Vista desde esta perspectiva, nuestra celebración de esta noche toma un significado especialmente profundo. En el Cenáculo, Jesús llenó las antiguas tradiciones con un nuevo significado y prefiguró los eventos del día siguiente, cuando su Cuerpo, el inmaculado cuerpo del Cordero de Dios, sería sacrificado y su Sangre derramada para la redención del mundo. ¡La palabra tomó carne precisamente con este evento, viendo la Pascua de Cristo, la Pascua de la Nueva Alianza!

"Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Cor 11:26). El apóstol nos urge a hacer un constante memorial de este misterio. Al mismo tiempo, nos invita a vivir cada día nuestra misión como testigos y heraldos del amor del Señor Crucificado, mientras esperamos su regreso glorioso.

Pero, ¿cómo vamos a hacer un memorial de este evento salvífico? ¿Cómo vamos a vivir mientras esperamos el regreso de Cristo? Antes de instituir el Sacramento de su Cuerpo y Sangre, Cristo, inclinado y arrodillado como un esclavo lo haría, para lavar los pies de sus discípulos en el Cenáculo. Así lo vemos al realizar este gesto, que en la cultura hebrea era la tarea de los siervos y las personas más humildes en las casas. Pedro al comienzo lo rechaza, pero el Maestro lo convence. Y él también al final, junto con los otros discípulos, permite que sus pies sean lavados. Inmediatamente después, sin embargo, revestido y sentado en la mesa, Jesús explica el significado de su gesto: "Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13:12-14). Éstas son palabras que relacionan el misterio eucarístico con el servicio de amor, y pueden entonces ser vistas como una preparación para la institución del sacerdocio ministerial.

Al instituir la Eucaristía, Jesús da a los apóstoles un lugar como ministros en su sacerdocio, el sacerdocio de la nueva y eterna Alianza. En esta Alianza, Él y sólo Él es siempre y donde sea la fuente y el ministro de la Eucaristía. Los apóstoles, por su parte, se convierten en ministros de este exaltado misterio de fe, destinado a durar hasta el fin del mundo. Al mismo tiempo, se convierten en siervos de todos aquellos que compartirán tan grande don y misterio.

La Eucaristía, el Sacramento supremo de la Iglesia, se une al sacerdocio ministerial, que también nace en el Cenáculo, como el don del gran amor del que, sabiendo "que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13:1).

¡La Eucaristía, el sacerdocio y el nuevo mandamiento del amor! Éste es el memorial viviente que tenemos ante nuestros ojos en este Jueves Santo.

"Hagan esto en memoria mía": ¡Ésta es la Pascua de la Iglesia! ¡Ésta es nuestra Pascua!

Homilía del Papa Juan Pablo II
Jueves Santo, 20 de abril del 2000
Aciprensa

lunes, 25 de marzo de 2013

Solemnidad de la Anunciación


Hoy los ojos de toda la Iglesia se dirigen a Nazaret... El evangelista San Lucas sitúa claramente el acontecimiento en el tiempo y en el espacio: "A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; (...) la virgen se llamaba María" (Lc 1, 26-27).

El plan divino se reveló gradualmente en el Antiguo Testamento, de manera especial en las palabras del profeta Isaías: "El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel" (Is 7, 14). Esta palabra significa "Dios-con-nosotros". Con estas palabras se anuncia el acontecimiento único que iba a tener lugar en Nazaret en la plenitud de los tiempos, y es el acontecimiento que estamos celebrando.

Nuestra peregrinación jubilar ha sido un viaje espiritual, que empezó siguiendo los pasos de Abraham, "nuestro padre en la fe" (Canon romano; cf. Rm 4, 11-12). Este viaje nos ha traído hoy a Nazaret, donde nos encontramos con María, la hija más auténtica de Abraham. María, más que cualquier otra persona, puede enseñarnos lo que significa vivir la fe de "nuestro padre". En muchos aspectos, María es claramente diferente de Abraham; sin embargo, de un modo más profundo, "el amigo de Dios" (cf. Is 41, 8) y la joven de Nazaret son muy parecidos.

Dios hace a ambos una maravillosa promesa. Abraham se convertiría en padre de un hijo, de quien nacería una gran nación. María se convertiría en madre de un Hijo que sería el Mesías, el Ungido. Gabriel le dice: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo. (...) El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, (...) y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 31-33).

Tanto para Abraham como para María la promesa divina es algo completamente inesperado. Dios altera el curso diario de su vida, modificando los ritmos establecidos y las expectativas comunes. Tanto a Abraham como a María la promesa les parece imposible. La mujer de Abraham, Sara, era estéril, y María no estaba aún casada: "¿Cómo será eso -pregunta-, pues no conozco varón?" (Lc 1, 34).

Como a Abraham, también a María se le pide que diga "sí" a algo que nunca antes había sucedido. Sara es la primera de las mujeres estériles de la Biblia que concibe por el poder de Dios, del mismo modo que Isabel será la última. Gabriel habla de Isabel para tranquilizar a María: "Ahí tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo" (Lc 1, 36).

Como Abraham, también María debe caminar en la oscuridad, confiando plenamente en Aquel que la ha llamado. Sin embargo, incluso su pregunta: "¿Cómo será eso?", sugiere que María está dispuesta a decir "sí", a pesar de su temor y de su incertidumbre. María no pregunta si la promesa es posible, sino únicamente cómo se cumplirá. Por eso, no nos sorprende que finalmente pronuncie su "sí": "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Con estas palabras, María se presenta como verdadera hija de Abraham, y se convierte en Madre de Cristo y en Madre de todos los creyentes.

¿Qué pedimos nosotros, peregrinos en nuestro itinerario hacia el tercer milenio cristiano, a la Madre de Dios? Aquí, en la ciudad que Pablo VI, cuando visitó Nazaret, definió "la escuela del Evangelio", donde "se aprende a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido, tan profundo y misterioso, de aquella simplicísima, humildísima y bellísima manifestación del Hijo de Dios" (Homilía en Nazaret, 5 de enero de 1964), pido, ante todo, una gran renovación de la fe de todos los hijos de la Iglesia. Una profunda renovación de la fe: no sólo una actitud general de vida, sino también una profesión consciente y valiente del Credo:  "Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, et homo factus est".

En Nazaret, donde Jesús "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52), pido a la Sagrada Familia que impulse a todos los cristianos a defender la familia contra las numerosas amenazas que se ciernen actualmente sobre su naturaleza, su estabilidad y su misión. A la Sagrada Familia encomiendo los esfuerzos de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad para defender la vida y promover el respeto a la dignidad de todo ser humano.

A María, la Theotókos, la gran Madre de Dios, consagro las familias de Tierra Santa, las familias del mundo. En Nazaret, donde Jesús comenzó su ministerio público, pido a María que ayude a la Iglesia por doquier a predicar la "buena nueva" a los pobres, como Él hizo (cf. Lc 4, 18). En este "año de gracia del Señor", le pido que nos enseñe el camino de la obediencia humilde y gozosa al Evangelio para servir a nuestros hermanos y hermanas, sin preferencias ni prejuicios.

"No desprecies mis súplicas, oh Madre del Verbo encarnado, antes bien dígnate aceptarlas y favorablemente escucharlas. Así sea"

Beato Juan Pablo II
Nazaret, Sábado 25 de marzo de 2000
Homilía en la Santa Misa celebrada
en la Basílica de la Anunciación

sábado, 16 de marzo de 2013

El amor misericordioso de Dios

Juan Pablo II creó Cardenal a Jorge Bergoglio (hoy Papa Francisco)
el 21 de Febrero de 2001 en San Pedro

La liturgia del V Domingo de Cuaresma nos propone hoy la página del evangelio de San Juan que pone a Cristo ante una mujer sorprendida en adulterio. El Señor no la condena; por el contrario, la salva de la lapidación. No le dice: no has pecado, sino: Yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más (cf. Jn 8, 11). En realidad, sólo Cristo puede salvar al hombre, porque toma sobre Sí su pecado y le ofrece la posibilidad de cambiar.

Este pasaje evangélico enseña claramente que el perdón cristiano no es sinónimo de simple tolerancia, sino que implica algo más arduo. No significa olvidar el mal, o peor todavía, negarlo. Dios no perdona el mal, sino a la persona, y enseña a distinguir el acto malo, que como tal hay que condenar, de la persona que lo ha cometido, a la que le ofrece la posibilidad de cambiar. Mientras que el hombre tiende a identificar al pecador con su pecado, cerrándole así toda vía de salida, el Padre Celestial, en cambio, envió a su Hijo al mundo para ofrecer a todos un camino de salvación. Cristo es este camino: muriendo en la Cruz, nos ha redimido de nuestros pecados.

A los hombres y mujeres de todas las épocas, Jesús les repite: Yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más (cf. Jn 8, 11).

¿Cómo reflexionar sobre este Evangelio, sin experimentar una sensación de confianza? ¿Cómo no reconocer en él una «buena noticia» para los hombres y mujeres de nuestros días, deseosos de redescubrir el verdadero sentido de la misericordia y del perdón?
Hay necesidad de perdón cristiano, que infunda esperanza y confianza sin debilitar la lucha contra el mal. Hay necesidad de dar y recibir misericordia.

Pero no seremos capaces de perdonar, si antes no nos dejamos perdonar por Dios, reconociéndonos objeto de su Misericordia. Sólo estaremos dispuestos a perdonar las faltas de los demás si tomamos conciencia de la deuda enorme que Dios nos ha perdonado.

El pueblo cristiano invoca a la Virgen como Madre de Misericordia. En ella el Amor Misericordioso de Dios se hizo carne, y su Corazón Inmaculado es siempre y en todo lugar refugio seguro para los pecadores.

Guiados por Ella, apresuremos nuestros pasos hacia Jerusalén, hacia la Pascua de nuestra salvación, ya cercana. Sigamos al Hijo que va al encuentro de su Pasión, y que nos repite también a nosotros: «Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). En el Gólgota se realiza el juicio universal del Amor de Dios, para que cada uno pueda reconocer que Cristo Crucificado pagó el precio de nuestro rescate. Que la Virgen nos ayude a acoger con renovada alegría el don de la salvación, a fin de que reencontremos confianza y esperanza para caminar en una vida nueva.

Beato Juan Pablo II

lunes, 11 de marzo de 2013

Perseverar en la oración unidos espiritualmente a María Santísima


"...Durante la Sede vacante, y sobre todo mientras se desarrolla la elección del Sucesor de Pedro, la Iglesia está unida de modo particular con los Pastores y especialmente con los Cardenales electores del Sumo Pontífice y pide a Dios un nuevo Papa como don de su Bondad y Providencia. En efecto, a ejemplo de la primera comunidad cristiana, de la que se habla en los Hechos de los Apóstoles (cf. 1, 14), la Iglesia universal, unida espiritualmente a María, la Madre de Jesús, debe perseverar unánimemente en la oración; de esta manera, la elección del nuevo Pontífice no será un hecho aislado del Pueblo de Dios que atañe sólo al Colegio de los electores, sino que en cierto sentido, será una acción de toda la Iglesia.

Por tanto, establezco que en todas las ciudades y en otras poblaciones, al menos las más importantes, conocida la noticia de la vacante de la Sede Apostólica, se eleven humildes e insistentes oraciones al Señor (cf. Mt 21, 22; Mc 11, 24), para que ilumine a los electores y los haga tan concordes en su cometido que se alcance una pronta, unánime y fructuosa elección, como requiere la salvación de las almas y el bien de todo el Pueblo de Dios."

Beato Juan Pablo II
Universi Dominici Gregis, 84