sábado, 27 de julio de 2019
sábado, 13 de julio de 2019
La parábola del Buen Samaritano
¡Qué elocuente es esta parábola! Porque aunque Jesús sitúe el relato en
el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse
en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí! Y ciertamente, se habrá repetido
más de una vez.
Cristo – el Buen samaritano por excelencia que cargó sobre Sí nuestros
dolores – seguirá actuando a través de todos los cristianos. No a través de
unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una
vocación de servicio. Esta vocación de servicio, que abarca todas las
dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce adecuado y fecundo en
la realización de cualquier trabajo honrado. Sin embargo, para algunos, esta
misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva
a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud,
procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la
actitud del buen samaritano.
La parábola del buen samaritano, que – como hemos dicho – pertenece al
Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la
Iglesia y del cristianismo; a lo largo de la historia del hombre y de la
humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico
del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad.
Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el
sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo.
Tomado del libro:
“La vida de Jesucristo en la predicación
de Juan Pablo II”
Selección de textos por Pedro Beteta
viernes, 28 de junio de 2019
San Juan Pablo II y el Sagrado Corazón de Jesús
Resumen
de la Carta de Juan Pablo II sobre el Corazón de Jesús en el tercer centenario
de la muerte de Sta. Margarita María de Alacoque.
Durante mi peregrinación en
1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo
que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente
restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer
el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el corazón de
Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.
Santa Margarita aprendió a
amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual:
"hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en
nosotros por medio de nuestras acciones" (Enero 1689)
Es el amor de Cristo lo que
hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y
capaz de amar.
"Tened en vosotros los
sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús: (Fip 2,5). Todos los relatos
evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios,
encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio
de los hombres, "manso y humilde de corazón", revela las riquezas de
su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus
palabras, sus silencios.
Y he aquí que somos llamados
a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria
capacidad de amar.
Aliento a los pastores, las
comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a
Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por
Santa Margarita María.
Juan Pablo II
(Junio 22,
1990)
sábado, 22 de junio de 2019
Corpus Christi: el Sacramento de la cercanía de Dios con el hombre
Cada año, el Jueves Santo, al comienzo del triduo
sacro, nos reúne en el Cenáculo, donde celebramos el memorial de la Última
Cena. Y éste precisamente sería el día más adecuado a fin de meditar con
veneración todo lo que es para la Iglesia la Eucaristía, el Sacramento del
Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Pero se ha demostrado en el curso de la historia que
este día más adecuado, único, no basta. Está, además, insertado orgánicamente
en el conjunto del recuerdo pascual; toda la Pasión, Muerte y Resurrección
ocupan entonces nuestros pensamientos y nuestros corazones. No podemos decir,
pues, de la Eucaristía todo aquello de lo que están colmados nuestros
corazones.
Por esto, desde la Edad Media, y precisamente desde
1264, la necesidad de la adoración, al mismo tiempo litúrgica y pública del
Santísimo Sacramento ha encontrado su expresión en una Solemnidad aparte, que
la Iglesia celebra el primer jueves después del Domingo de la Santísima
Trinidad: la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (N. de R. : pasa del
jueves al domingo siguiente)
La Eucaristía nos acerca a Dios de modo único. Y es el
Sacramento de su cercanía en relación con el hombre. Dios en la Eucaristía es
precisamente este Dios que ha querido entrar en la historia del hombre. Ha
querido aceptar la humanidad misma. Ha querido hacerse hombre. El Sacramento
del Cuerpo y de la Sangre nos recuerda continuamente su Divina Humanidad.
Es el Sacramento del descenso de Dios hacia el hombre,
del acercamiento a todo lo que es humano. Es el Sacramento de la divina
"condescendencia". La Eucaristía, Sacramento del Cuerpo y de la
Sangre, nos recuerda sobre todo la muerte, que Cristo sufrió en la Cruz; la
recuerda y, en cierto modo, es decir, incruento, renueva su realidad histórica.
Lo testifican las palabras pronunciadas en el Cenáculo
separadamente sobre el pan y sobre el vino, las palabras que, en la institución
de Cristo, realizan el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre; el sacramento de
la muerte, que fue sacrificio expiatorio. El sacramento de la muerte, en el que
se expresa toda la potencia del Amor. El sacramento de la muerte, que consistió
en dar la vida para reconquistar la plenitud de la vida. "Come la vida,
bebe la vida: tendrás la vida, y es la vida total" (San Agustín)
La Eucaristía es el Sacramento de la comunión. Cristo
se da a Sí mismo a cada uno de nosotros, que lo recibimos bajo las especies
eucarísticas. Se da a Sí mismo a cada uno de nosotros que comemos el manjar
eucarístico y bebemos la bebida eucarística. Este comer es signo de la
comunión. Es signo de la unión espiritual, en la que el hombre recibe a Cristo,
se le ofrece la participación en su Espíritu, encuentra de nuevo en Él
particularmente íntima la relación con el Padre: siente particularmente cercano
el acceso a Él.
Nos acercamos a la comunión eucarística, recitando
antes el "Padrenuestro". La comunión es un vínculo bilateral. Nos
conviene decir, pues, que no sólo recibimos a Cristo, no sólo lo recibe cada
uno de nosotros en este signo eucarístico, sino que también Cristo nos recibe a
cada uno de nosotros. Por así decirlo, Él acepta siempre en este Sacramento al
hombre, lo hace Su amigo, tal como dijo en el Cenáculo: "Vosotros sois Mis
amigos" (Jn 15, 14).
San Juan Pablo II
Audiencia general del miércoles, 13 de junio de 1979
(extracto)
sábado, 15 de junio de 2019
La Santisima Trinidad
«Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra»
(Sal 8, 2). Queridos hermanos y hermanas (…). Estas palabras del Salmo
responsorial de la liturgia de hoy nos ponen con temblor y adoración ante el
gran misterio de la Santísima Trinidad, cuya fiesta estamos celebrando
solemnemente. «¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». Y sin embargo,
la extensión del mundo y del universo, aun cuando ilimitado, no iguala la
inconmensurable realidad de la vida de Dios. Ante él hay que acoger más que
nunca con humildad la invitación del Sabio bíblico, cuando advierte: «Que tu
corazón no se apresure a proferir una palabra delante de Dios, que Dios está en
los cielos, y tú en la tierra» (Qo 5, 1).
Efectivamente, Dios es la única realidad que escapa a nuestras
capacidades de medida, de control, de dominio, de comprensión exhaustiva. Por
eso es Dios: porque es él quien nos mide, nos rige, nos guía, nos comprende,
aun cuando no tuviésemos conciencia de ello. Pero si esto es verdad para la
divinidad en general, vale mucho más para el misterio trinitario, esto es,
típicamente cristiano de Dios mismo. Él es a la vez Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Pero no se trata ni de tres dioses separados, lo cual sería una
blasfemia, ni siquiera de simples modos diversos e impersonales de presentarse
una sola persona divina, lo cual significaría empobrecer radicalmente su
riqueza de comunión interpersonal.
Nosotros podemos decir del Dios Uno y Trino mejor lo que no es que lo
que es. Por lo demás, si pudiésemos explicarlo adecuadamente con nuestra razón,
eso querría decir que lo habríamos apresado y reducido a la medida de nuestra
mente, lo habríamos como aprisionado en las mallas de nuestro pensamiento; pero
entonces lo habríamos empequeñecido a las dimensiones mezquinas de un ídolo.
En cambio: «¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». Es decir:
Qué grande eres a nuestros ojos, qué libre, que diverso! Sin embargo, he aquí
la novedad cristiana: el Padre nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo
unigénito; el Hijo, por amor, ha derramado su Sangre en favor nuestro; y el
Espíritu Santo, desde luego, «nos ha sido dado» de tal manera que introduce en
nosotros el amor mismo con que Dios nos ama (Rm 5, 5), como dice la segunda
lectura bíblica de hoy.
El Dios Uno y Trino no es, pues, solo algo diverso, superior,
inalcanzable. Al contrario, el Hijo de Dios «no se avergüenza de llamarnos
hermanos» (Hb 2, 11), «participando en la sangre y la carne» (Ib. 2, 14) de
cada uno de nosotros; y después de la resurrección de Pascua se realiza para
cada uno de los cristianos la promesa del Señor mismo, cuando dijo en la última
Cena: «Vendremos a él, y en él haremos nuestra morada» (Jn 14, 23).
Es evidente, pues, que la Trinidad no es tanto un misterio para nuestra
mente –como si se tratase de un teorema intrincado–, cuanto, y mucho más, de un
misterio para nuestro corazón (cf 1Jn 3, 20), puesto que es un misterio de
amor. Y nosotros nunca captaremos, no digo tanto la naturaleza ontológica de
Dios, cuanto más bien la razón por la que él nos ha amado hasta el punto de
identificarse ante nuestros ojos como el Amor mismo (cf 1Jn 4, 16)».
San Juan Pablo II
Homilía en la basílica de San Pedro
29-5-1983
jueves, 30 de mayo de 2019
¡Dichosa Tú que has creído!
―Tú que has creído con fe rebosante de alegría en la Anunciación,
Visitación, Natividad, Presentación en el Templo y Encuentro en el Templo.
―Tú que has creído con fe impregnada de dolor en toda la Pasión de
Getsemaní, flagelación, coronación de espinas, Via Crucis y al pie de la Cruz
del calvario.
―Tú que has creído con la fe de una gloria incipiente en la
glorificación de tu Hijo, en la Resurrección, Ascensión y Pentecostés.
―Tú, cuya fe se cumplía en la Asunción.
¡Madre nuestra adornada con la corona de la gloria celestial, ruega por
nosotros!
(San Juan Pablo II - Ángelus 14-octubre-1984)
Fuente: El Camino de María
viernes, 24 de mayo de 2019
San Juan Pablo II y María Auxiliadora
En nuestra peregrinación espiritual a los santuarios
de María hoy nos dirigimos con el pensamiento a Turín, a la basílica de María
Auxiliadora. Y lo hacemos con una intención particular muy entrañable para mí:
Efectivamente, este santuario es un monumento a la Virgen construido por San
Juan Bosco, cuyo primer centenario de su muerte recordamos hoy.
Don Bosco, como se le llama cariñosamente en todo el
mundo, y no sólo la gran familia salesiana de la que es fundador, veneró, amó,
imitó profundamente a la Virgen bajo el título de Auxilium Christianorum
difundió insistentemente su devoción, vio en Ella el fundamento de toda su ya
mundial obra en favor de la juventud y de la promoción y defensa de la fe. A él
le gustaba decir "María misma se ha construido su casa", como
subrayando el que la Virgen hubiese inspirado milagrosamente su camino
espiritual y apostólico de gran educador y, de un modo más amplio, el que María
hubiera sido puesta por Dios como ayuda y defensa de toda la Iglesia.
Tengo grabado en mí el recuerdo del gran cuadro
colocado sobre el altar mayor del santuario. En él Don Bosco quiso que se
expresara la visión que tenía de la función eclesial de la Virgen, la de ser
"Madre de la Iglesia y Auxilio de los cristianos" (cf. Maravigile
della Madre di Dio invocata sotto il titolo di Maria Ausiliatrice, Turín 1868,
pág. 6). En el cuadro, está en lo alto, iluminada por el Espíritu Santo y
rodeada de los Apóstoles. El Santo había pedido al pintor Lorenzone que
reprodujera alrededor de Ella los momentos más significativos de la historia,
en los que la Auxiliadora había mostrado su materna y extraordinaria protección
hacia la Iglesia. El artista le dijo que necesitarían todas las paredes del
templo, y no pudo plasmar en imágenes la grandiosa propuesta de Don Bosco. De
todos modos, el corazón del Santo veía a la Virgen precisamente en esta inmensa
y eclesial perspectiva.
Sabemos bien que la veneración a María como
Auxiliadora antecede en el tiempo a su gran devoto Don Bosco; pues el título se
encuentra en las Letanías lauretanas y subraya la presencia activa de María en
los momentos difíciles de la historia de la Iglesia: Presencia de salvación
inesperada, signo prodigioso de la segura asistencia del Espíritu de verdad y
de gracia.
Hoy, cuando la fe está sometida a dura prueba, y
diversos hijos e hijas del Pueblo de Dios están expuestos a tribulaciones a
causa de su fidelidad al Señor Jesús, cuando la humanidad, en su camino hacia
el gran jubileo del dos mil, manifiesta una grave crisis de valores
espirituales, la Iglesia siente la necesidad de la intervención maternal de
María: Para fortalecer su adhesión al único Señor y Salvador, para llevar
adelante con la espontaneidad y el coraje de los orígenes cristianos la
evangelización del mundo, para iluminar y guiar la fe de la comunidad y de cada
individuo, en particular para educar en el sentido cristiano de la vida a los
jóvenes, a los que Don Bosco se entregó totalmente como padre y maestro.
Que María Auxiliadora, desde su santuario de Turín,
nos ayude y nos bendiga a todos en este Año Mariano; que nos bendiga también su
devoto hijo, San Juan Bosco. "Maria Auxilium Christianorum ora pro
nobis".
San
Juan Pablo II
31 de Enero de 1988
sábado, 20 de abril de 2019
El sepulcro vacío y el encuentro con Cristo Resucitado
"...La profesión de fe
que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo 'al tercer día
resucitó de entre los muertos', se basa en los textos evangélicos que, a su
vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De
estas fuentes resulta que la fe en la Resurrección es, desde el comienzo, una
convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real, y no un mito o una
'concepción', una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad
post-pascual reunida en torno a los Apóstoles en Jerusalén, para superar junto
con ellos el sentido de desilusión consiguiente a la muerte de Cristo en Cruz.
De los textos resulta todo lo contrario y por ello, como he dicho, tal
hipótesis es también crítica e históricamente insostenible.
Los Apóstoles y los
discípulos no inventaron la Resurrección (y es fácil comprender que eran
totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación
personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento
deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como
real, casi por contraste y como compensación de la desilusión padecida. No hay
huella de un proceso creativo de orden psicológico-sociológico-literario ni
siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos.
Los Apóstoles fueron los
primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo había resucitado
simplemente porque vivieron la Resurrección como un acontecimiento real del que
pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo
nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas generaciones
cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de los Apóstoles y de los demás
discípulos como testigos creíbles. La fe cristiana en la Resurrección de Cristo
está ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión histórica
precisa..."
San Juan Pablo II (1989)
martes, 2 de abril de 2019
Sobre la muerte de San Juan Pablo II
Hoy se cumplen 14 años del fallecimiento de San Juan Pablo II, el Papa
peregrino que viajó por el mundo y se convirtió en uno de los líderes más
influyentes del siglo XX.
El Pontífice permaneció en la Cátedra de San Pedro 26 años y 5 meses,
siendo el suyo el tercer pontificado más largo en los más de 2000 años de
historia de la Iglesia.
Aquí 6 cosas que tal vez no sabías sobre su muerte.
1. Murió de un colapso cardiocirculatorio.
San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 9:37 pm (hora de
Roma) en la víspera del Domingo de la Misericordia, una fiesta establecida
durante su pontificado. Sufrió un “choque (shock) séptico con colapso
cardiocirculatorio debido a una infección, ya detectada, de vías urinarias”.
Así lo detalló un exhaustivo informa sobre su agonía y muerte realizado en el
Vaticano.
Durante la última semana de vida recibió comida procesada a través de
un tubo nasal. Los doctores decían que los problemas en la ingesta de alimentos
y en la respiración del Papa, de 84 años, eran consecuencia de la enfermedad de
Parkinson.
2. Su funeral duplicó la población de Roma.
A su funeral asistieron 75 jefes de estado, incluyendo presidentes,
príncipes, entre otras autoridades. La población de Roma se duplicó durante ese
evento y los asistentes esperaron más de 24 horas para verlo en cuerpo
presente.
Cuando la Plaza de San Pedro estuvo al tope de su capacidad, quedó
completamente en silencio.
3. Sus últimas palabras fueron en polaco.
El informe del Vaticano precisa que seis horas antes de su muerte, Juan
Pablo dijo en polaco, con una voz muy débil y con palabras murmuradas: “Déjame
ir a la casa del Padre”.
El diario ‘La República’ de Roma, citó a un sacerdote polaco, Jarek
Cielecki, diciendo que el Papa murió un instante después de pronunciar con gran
esfuerzo la palabra “amén”.
4. Escuchaba la oración de los fieles días antes de su muerte.
Miles de fieles se reunieron para orar en voz alta y hacer vigilia en
la Plaza de San Pedro en los días previos a su muerte.
El entonces Arzobispo de Cracovia y Secretario Personal de juan Pablo
II durante más de 40 años, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el Papa
escuchaba las oraciones de la multitud.
5. Sumamente enfermo dio una última bendición desde su ventana.
Tras su fallido y conmovedor intento de dar la bendición “Urbi et Orbi”
el último Domingo de Pascua de 2005, el cual arrancó aplausos y el llanto de
los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II, que
después de su segunda hospitalización sufría ‘déficit nutricional y marcada
debilidad’, volvió a asomarse a la ventana de su habitación el miércoles 30 de
marzo para dar la bendición.
Este nuevo intento tampoco tuvo éxito. Aquella comparecencia fue la
última estación pública de su doloroso Vía Crucis, dice un documento del
Vaticano.
6. “Concelebró” una misa en su agonía.
El informe del Vaticano detalló que los ojos de Juan Pablo II estaban
prácticamente cerrados durante una Misa celebrada al pie de su cama en la tarde
del 31 de marzo de 2005.
“Pero en el momento de la consagración, débilmente levantó su mano
derecha dos veces, es decir, cuando se eleva el pan y el vino. Hizo un gesto
indicando que estaba tratando de golpear su pecho durante la recitación de la
oración del Cordero de Dios”
Ese día el Cardenal Marian Jaworski, amigo íntimo desde que ambos eran
jóvenes sacerdotes en Polonia, le administró el sacramento de la unción de los
enfermos.
(Aciprensa)
martes, 26 de marzo de 2019
San Juan Pablo II: Mensaje para Cuaresma
El Miércoles de Ceniza, al comenzar la Cuaresma, la liturgia de la
Iglesia nos dirige a todos los fieles una intensa invitación a la conversión
con las palabras del Apóstol Pablo: «En nombre de Cristo os suplicamos:
¡Reconciliaos con Dios!» (2 Corintios 5, 20). La Cuaresma es un período de
penitencia y de reconciliación con Dios por medio de la Cruz de Cristo. Esta
reconciliación constituye el fruto de la gracia de la Redención, que se ofrece
sobreabundantemente al hombre de todas las generaciones y épocas, de todas las
naciones y razas. Nos la ofrece a cada uno de nosotros el Espíritu Santo, que
"nos ha sido dado".
"...Así pues, dejémonos guiar por el Espíritu Santo durante este
tiempo privilegiado: para preparar a Jesús a su misión, lo impulsó al desierto
de la tentación y lo confortó luego en la hora de la prueba, acompañándolo
desde el monte de los olivos hasta el Gólgota. El Espíritu Santo está a nuestro
lado mediante la gracia de los sacramentos. En particular, en el Sacramento de
la Reconciliación nos lleva, por el camino del arrepentimiento y de la
confesión de nuestras culpas, a los brazos misericordiosos del Padre.
Deseo de corazón que la Cuaresma sea para cada cristiano una ocasión
propicia para este camino de conversión, que tiene su referencia fundamental e
irrenunciable en el sacramento de la penitencia. Esta es la condición para
llegar a una experiencia más íntima y profunda del amor del Padre.
Que nos acompañe, a lo largo de este itinerario cuaresmal, María,
ejemplo de dócil acogida del Espíritu de Dios. A Ella nos dirigimos hoy, en el
momento en que, junto con los creyentes de todo el mundo, entramos en el clima
austero y penitencial de la Cuaresma.
San
Juan Pablo II (1998)
domingo, 10 de marzo de 2019
Jesús rechaza las tentaciones de Satanás
«Jesús (...) fue llevado por el Espíritu al desierto, y tentado allí
por el diablo durante cuarenta días» (Lc 4, 1-2). Antes de comenzar su
actividad pública, Jesús, llevado por el Espíritu Santo, se retira al desierto durante
cuarenta días. Allí, como leemos hoy en el Evangelio, el diablo lo pone a
prueba, presentándole tres tentaciones comunes en la vida de todo hombre: el
atractivo de los bienes materiales, la seducción del poder humano y la
presunción de someter a Dios a los propios intereses.
La lucha victoriosa de Jesús contra el tentador no termina con los días
pasados en el desierto; continúa durante los años de su vida pública y culmina
en los acontecimientos dramáticos de la Semana Santa. Precisamente con su muerte
en la Cruz, el Redentor triunfa definitivamente sobre el mal, liberando a la
humanidad del pecado y reconciliándola con Dios. Parece que San Lucas quiere
anunciar, ya desde el comienzo, el cumplimiento de la salvación en el Gólgota.
En efecto, concluye la narración de las tentaciones mencionando a Jerusalén,
donde precisamente se sellará la victoria pascual de Jesús.
La escena de las tentaciones de Cristo en el desierto se renueva cada
año al comienzo de la Cuaresma. La liturgia invita a los creyentes a entrar con
Jesús en el desierto y a seguirlo en el típico itinerario penitencial de este
tiempo cuaresmal, que ha comenzado el miércoles pasado con el austero rito de
la ceniza.
«Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que
Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 9). Las palabras del apóstol Pablo, que acabamos
de escuchar, ilustran bien el estilo y las modalidades de nuestra peregrinación
cuaresmal. ¿Qué es la penitencia sino un regreso humilde y sincero a las
fuentes de la fe, rechazando prontamente la tentación y el pecado, e
intensificando la intimidad con el Señor en la oración?
En efecto, sólo Cristo puede liberar al hombre de lo que lo hace
esclavo del mal y del egoísmo: de la búsqueda ansiosa de los bienes materiales,
de la sed de poder y dominio sobre los demás y sobre las cosas, de la ilusión
del éxito fácil, y del frenesí del consumismo y el hedonismo que, en
definitiva, perjudican al ser humano.
Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que nos pide claramente el
Señor para entrar en el clima auténtico de la Cuaresma. Quiere que en el
desierto de estos cuarenta días aprendamos a afrontar al enemigo de nuestras
almas, a la luz de su palabra de salvación. Pidamos al Espíritu Santo que
vivifique nuestra oración, para que estemos dispuestos a afrontar con valentía
la incesante lucha de vencer el mal con el bien.
«Entonces clamamos al Señor (...), y el Señor escuchó nuestra voz» (Dt
26, 7). La profesión de fe del pueblo de Israel, narrada en la primera lectura,
presenta el elemento fundamental alrededor del cual gira toda la tradición del
Antiguo Testamento: la liberación de la esclavitud de Egipto y el nacimiento
del pueblo elegido.
La Pascua de la antigua Alianza constituye la preparación y el anuncio
de la Pascua definitiva, en la que se inmolará el Cordero que quita el pecado
del mundo.
Queridos hermanos y hermanas, al comienzo del itinerario cuaresmal
volvemos a las raíces de nuestra fe para prepararnos, con la oración, la
penitencia, el ayuno y la caridad, a participar con corazón renovado
interiormente en la Pascua de Cristo.
San Juan Pablo II
martes, 5 de marzo de 2019
Miércoles de Ceniza: Inicio de Cuaresma
"...La Cuaresma, que se inicia con el austero y
significativo rito de la imposición de las cenizas, constituye un momento
privilegiado para intensificar un compromiso de conversión a Cristo. El
itinerario cuaresmal se convertirá, de este modo, en ocasión propicia para
examinarse a sí mismos con sinceridad y verdad, para volver a poner en orden la
propia vida, así como las relaciones con los demás y con Dios. «Convertíos y
creed en el Evangelio» (Marcos 1, 15). Que en este exigente camino espiritual
nos apoye la Virgen, Madre de Dios. Que nos haga dóciles a la escucha de la
palabra de Dios, que nos empuja a la conversión personal y a la fraterna
reconciliación. Que María nos guíe hacia el encuentro con Cristo en el misterio
pascual de su muerte y resurrección."
(San Juan Pablo II, Ángelus
22-2-2004)
miércoles, 20 de febrero de 2019
Oración de San Juan Pablo II al Espíritu Santo
Compuesta con ocasión del segundo año de preparación al Jubileo del año
2000
Espíritu Santo, dulce huésped del alma, muéstranos el sentido profundo
del gran Jubileo y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con la fe, en la
esperanza que no defrauda, en la caridad que no espera recompensa.
Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios, memoria y
profecía de la Iglesia, dirige la Humanidad para que reconozca en Jesús de
Nazaret el Señor de la gloria, el Salvador del mundo, la culminación de la
Historia.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu creador, misterioso artífice del Reino, guía la Iglesia con la
fuerza de tus santos dones para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva.
Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo, ven y
renueva la faz de la tierra. Suscita en los cristianos el deseo de la plena
unidad, para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad del género humano.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia, haz que la riqueza
de los carismas y ministerios contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo, y
que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados colaboren juntos en
la edificación del único Reino de Dios.
Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz, suscita
solidaridad para con los necesitados, da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren, acrecienta en todos el
compromiso por un mundo mejor.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón, orienta el
camino de la ciencia y la técnica al servicio de la vida, de la justicia y de
la paz. Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones. y que las
diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.
Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne en el seno de la
Virgen, mujer del silencio y de la escucha, haznos dóciles a las muestras de tu
amor y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos que Tú pones en el
curso de la Historia.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
A Ti, Espíritu de amor, junto con el Padre omnipotente y el Hijo
unigénito, alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
sábado, 19 de enero de 2019
María en las bodas de Caná
En el episodio de las bodas
de Caná, San Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública
de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo.
Ya desde el inicio del
relato, el evangelista anota que «estaba allí la madre de Jesús» (Jn 2,1) y,
como para sugerir que esa presencia estaba en el origen de la invitación
dirigida por los esposos al mismo Jesús y a sus discípulos, añade: «Fue
invitado a la boda también Jesús con sus discípulos» (Jn 2,2). Con esas
palabras, San Juan parece indicar que en Caná, como en el acontecimiento
fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador.
El significado y el papel
que asume la presencia de la Virgen se manifiesta cuando llega a faltar el vino.
Ella, como experta y solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e
interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para
ayudar a los esposos en su dificultad.
Dirigiéndose a Jesús con las
palabras: «No tienen vino» (Jn 2,3), María le expresa su preocupación por esa
situación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente, según
algunos exégetas, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no
disponía de vino.
La respuesta de Jesús a las
palabras de María: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi
hora» (Jn 2,4), expresa un rechazo aparente, como para probar la fe de su
madre. Jesús desea poner la cooperación de María en el plano de la salvación
que, comprometiendo su fe y su esperanza, exige la superación de su papel
natural de madre.
Mucho más fuerte es la
motivación formulada por Jesús: «Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4).
Algunos estudiosos del texto sagrado, siguiendo la interpretación de San
Agustín, identifican esa «hora» con el acontecimiento de la Pasión. Para otros,
en cambio, se refiere al primer milagro en que se revelaría el poder mesiánico
del profeta de Nazaret. Hay otros, por último, que consideran que la frase es
interrogativa y prolonga la pregunta anterior: «¿Qué nos va a mí y a ti? ¿No ha
llegado ya mi hora?» (Jn 2,4) Jesús da a entender a María que Él ya no depende
de Ella, sino que debe tomar la iniciativa para realizar la obra del Padre.
María, entonces, dócilmente deja de insistir ante Él y, en cambio, se dirige a
los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes.
En cualquier caso, su
confianza en el Hijo es premiada. Jesús, al que Ella ha dejado totalmente la
iniciativa, hace el milagro, reconociendo la valentía y la docilidad de su
Madre: «Jesús les dice: "Llenad las tinajas de agua". Y las llenaron
hasta el borde» (Jn 2,7). Así, también la obediencia de los sirvientes
contribuye a proporcionar vino en abundancia.
La exhortación de María:
«Haced lo que Él os diga», conserva un valor siempre actual para los cristianos
de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la
vida de cada uno. Invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no
se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.
De la misma manera que en el
relato de la cananea (ver Mt 15,24-26) el rechazo aparente de Jesús exalta la
fe de la mujer, también las palabras del Hijo «Todavía no ha llegado mi hora»,
junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la fe
de la Madre y la fuerza de su oración.
El episodio de las bodas de
Caná nos estimula a ser valientes en la fe y a experimentar en nuestra vida la
verdad de las palabras del Evangelio: «Pedid y se os dará» (Mt 7,7; Lc 11,9).
San
Juan Pablo II
Audiencia
General del miércoles 26 de febrero de 1997
domingo, 30 de diciembre de 2018
Fiesta de la Sagrada Familia - Oración por la Familia
Oh Dios, de
quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor
y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio
de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo,
fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las
generaciones porque siempre se renuevan.
Haz que tu
gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus
familias y de todas las familias del mundo.
Haz que las
jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el
amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más
fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan
nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia
en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en
la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El
Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu santo. Amén.
(San Juan Pablo II)
A Cristo, María y José encomiendo cada familia
(San Juan Pablo II)
A Cristo, María y José encomiendo cada familia
Que Cristo
Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en
cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él, en el
día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar generosamente
su aportación original para la venida de su Reino al mundo, «Reino de verdad y
de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz»
hacia el cual está caminando la historia.
Que la Virgen
María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la «Iglesia
doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar
a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y reviva el
misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de
acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a
los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de
cuantos sufren por las dificultades de sus familias.
Que San José,
«hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo de los tesoros a él
confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.
San Juan Pablo
II
Familiaris Consortio, 86
Familiaris Consortio, 86
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