sábado, 8 de mayo de 2021
domingo, 2 de mayo de 2021
En el MES DE MARÍA, evocamos VIRGO FIDELIS de San Juan Pablo II
"...De entre tantos
títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de
los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen
fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son las dimensiones de
esa fidelidad?
La primera dimensión se
llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el
sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. “Quomodo fiet?
-¿Cómo sucederá esto? ”, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el
Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de
rara belleza y extraordinario contenido espiritual: “buscar el Rostro del
Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y
generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta,
para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es
la respuesta.
La segunda dimensión se
llama acogida, aceptación. El “quomodo fiet” se transforma, en los labios de
María, en un “fiat”. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento
crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás
comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de
misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo.
Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón
así como “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Es el momento en el que el hombre se abandona
al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma,
a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser
habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa
aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser
al misterio que se revela.
Coherencia, es la tercera
dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la
propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones
antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la
coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.
Pero toda fidelidad debe
pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta
dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o
algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser
coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la
tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo
de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación encuentra su plenitud en
el “fiat” silencioso que repite al pie de la Cruz. Ser fiel es no traicionar en
las tinieblas lo que se aceptó en público.
De todas les enseñanzas que
la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de
fidelidad..."
San
Juan Pablo II
Homilía en la Catedral de
México. 26 de enero de 1979
domingo, 25 de abril de 2021
San Juan Pablo II nos invita a pedir por buenos pastores
“El Buen Pastor, según las
palabras de Cristo,es precisamente el que
"viendo venir al lobo",no huye, sino que está
dispuesto a exponer la propia vida,luchando con el ladrón, para
que ninguna de las ovejas se pierda.Si no estuviese dispuesto a
esto,no sería digno del nombre de
Buen Pastor.Sería mercenario, pero no
pastor” San Juan Pablo IIAudiencia General
Coincidiendo con el Domingo
del Buen Pastor, la Iglesia dedica este día a la Oración por las Vocaciones
Sacerdotales y Religiosas. La siguiente es una oración compuesta por San Juan Pablo II:
Padre Bueno, en Cristo tu
Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la
posibilidad de descubrir, en tu voluntad, los rasgos de nuestro verdadero
rostro.
Padre santo, Tú nos llamas a
ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia
ministros y apóstoles santos que, con la palabra y con los sacramentos,
preparen el camino para el encuentro contigo.
Padre misericordioso, da a
la Humanidad extraviada, hombres y mujeres, que, con el testimonio de una vida
transfigurada, a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás
hermanos y hermanas hacia la patria celestial.
Padre nuestro, con la voz de
tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos
ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean testimonios valientes de
tu infinita bondad. ¡Amén!
lunes, 8 de marzo de 2021
A ti mujer (carta de San Juan Pablo II a las mujeres)
A ti mujer:
Te doy gracias, mujer-madre,
que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto
de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que
viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento,
punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias,
mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante
una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y
mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida
social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias,
mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social,
económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación
que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento,
a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación
de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias,
mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de
Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios,
ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta
«esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer
con su criatura.
Te doy gracias, mujer...
¡Por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad
enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las
relaciones humanas.
(San Juan Pablo II – 1995)
sábado, 27 de febrero de 2021
Oración a María Madre de la Esperanza
María, Madre de la
esperanza... ¡Camina con nosotros!
Enséñanos a proclamar al
Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos
serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia,
constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que
actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
Aurora de un mundo nuevo...
¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
Vela por la Iglesia en el
mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión;
que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza
para la paz y la alegría de todos.
Reina de la Paz... ¡Protege
la humanidad del tercer milenio!
Vela por todos los
cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para
la concordia del todo el mundo.
Vela por los jóvenes,
esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
Vela por los responsables de
las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten
la dignidad y los derechos de todos.
María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz
que lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la
Iglesia, y de la humanidad.
Él vive con nosotros, entre
nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos «Ven, Señor
Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros
corazones dé frutos de justicia y de paz.
San
Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125
martes, 19 de enero de 2021
viernes, 1 de enero de 2021
Santa María Madre de Dios
La contemplación del
misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a
dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a
reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya
desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del
patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada
solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad
cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el
Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de
Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos,
aunque en ellos se habla de la “Madre de Jesús” y se afirma que él es Dios (Jn
20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del
Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 2223).
Ya en el siglo III, como se
deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a
María con esta oración: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no
desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh
siempre Virgen gloriosa y bendita” (Liturgia de las Horas). En este antiguo
testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotokos,
“Madre de Dios”.
En el siglo IV, el término
Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La
piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya
había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia. Por ello se
comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando
Nestorio puso en duda la legitimidad del título “Madre de Dios”. En efecto, al
pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que
sólo era correcta doctrinalmente la expresión “Madre de Cristo”. Lo que indujo
a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de
la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos
naturalezas ―divina y humana― presentes en él. El concilio de Éfeso, en el año
431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y
de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de
Dios.
Así pues, al proclamar a
María “Madre de Dios”, la Iglesia desea afirmar que ella es la “Madre del Verbo
encarnado, que es Dios”. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad,
sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella
la naturaleza humana. La maternidad es una relación entre persona y persona:
una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su
seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado
según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es
Madre de Dios.
Cuando proclama a María
“Madre de Dios”, la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y
en la Madre. Esta unión aparece ya en el concilio de Éfeso; con la definición
de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en
la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre
la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los
tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han
convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su
amor a la Virgen.
San Juan Pablo II
martes, 8 de diciembre de 2020
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Meditación del jueves 8 de diciembre de 1994Solemnidad de la Inmaculada
Concepción La Iglesia contempla hoy con gratitud y asombro las
maravillas realizadas por el Señor en María, la Mujer a la que el pueblo
cristiano aclama con las palabras de la antigua antífona: «Toda hermosa eres,
María; no hay en Ti mancha del pecado original».
El misterio de gracia y de hermosura que envuelve a la
Virgen Madre tiene su origen en la Ternura de Dios que, ya desde el primer
instante de su existencia la preservó del pecado original y de sus
consecuencias, preparándola para convertirse en la digna Madre de su Hijo. De
ese modo, el Señor puso a María por encima de todas las demás criaturas,
haciéndola llena de gracia, espejo admirable de su santidad.
La Inmaculada es el signo de la fidelidad de Dios, que
no se rinde ante el pecado del hombre. Su plenitud de gracia nos recuerda
también las inmensas posibilidades de bien de belleza, de grandeza y de gozo
que están al alcance del hombre cuando se deja guiar por la Voluntad de Dios, y
rechaza el pecado.
A la luz de la Mujer que el Señor nos regala como
Abogada de gracia y Modelo de santidad, aprendemos a huir siempre del pecado.
Pidamos a la Virgen que nos conceda la alegría de vivir bajo su mirada materna
con pureza y santidad de vida.
San Juan Pablo II
domingo, 29 de noviembre de 2020
Mensaje de Adviento de San Juan Pablo II
«Vayamos jubilosos al
encuentro del Señor» es un estribillo que está perfectamente en armonía con el
jubileo. Es, por decir así, un «estribillo jubilar», según la etimología de la
palabra latina iubilar, que encierra una referencia al júbilo. ¡Vayamos, pues,
con alegría! Caminemos jubilosos y vigilantes a la espera del tiempo que
recuerda la venida de Dios en la carne humana, tiempo que llegó a su plenitud
cuando en la cueva de Belén nació Cristo. Entonces se cumplió el tiempo de la
espera.
Viviendo el Adviento,
esperamos un acontecimiento que se sitúa en la historia y a la vez la
trasciende. Al igual que los demás años, tendrá lugar en la noche de la Navidad
del Señor. A la cueva de Belén acudirán los pastores; más tarde, irán los Magos
de Oriente. Unos y otros simbolizan, en cierto sentido, a toda la familia
humana. La exhortación que resuena en la liturgia de hoy: «Vayamos jubilosos al
encuentro del Señor» se difunde en todos los países, en todos los continentes,
en todos los pueblos y naciones. La voz de la liturgia, es decir, la voz de la
Iglesia, resuena por doquier e invita a todos al gran jubileo.
Nosotros podemos encontrar a
Dios, porque Él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho, como el padre de la
parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), porque es Rico en Misericordia,
Dives in Misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro sin importarle de qué
parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene a nuestro encuentro,
tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e incluso si lo hemos
evitado. Él sale primero a nuestro encuentro, con los brazos abiertos, como un
padre amoroso y misericordioso.
Si Dios se pone en
movimiento para salir a nuestro encuentro, ¿podremos nosotros volverle la
espalda? Pero no podemos ir solos al encuentro con el Padre. Debemos ir en
compañía de cuantos forman parte de «la familia de Dios». Para prepararnos
convenientemente al jubileo debemos disponernos a acoger a todas las personas.
Todos son nuestros hermanos y hermanas, porque son hijos del mismo Padre
celestial. (...)
En el Evangelio [leemos] la
invitación del Señor a la vigilancia. «Velad, porque no sabéis qué día vendrá
vuestro Señor». Y a continuación: «Estad preparados, porque a la hora que menos
penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24, 42.44). La exhortación a velar
resuena muchas veces en la liturgia, especialmente en Adviento, tiempo de
preparación no sólo para la Navidad, sino también para la definitiva y gloriosa
venida de Cristo al final de los tiempos. Por eso, tiene un significado
marcadamente escatológico e invita al creyente a pasar cada día, cada momento,
en presencia de Aquel «que es, que era y que vendrá» (Ap 1, 4), al que
pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta es la esperanza cristiana. Sin
esta perspectiva, nuestra existencia se reduciría a un vivir para la muerte.
Cristo es nuestro Redentor:
Redentor del mundo y Redentor del hombre. Vino a nosotros para ayudarnos a
cruzar el umbral que lleva a la puerta de la vida, la «Puerta Santa» que es Él
mismo.
Que esta consoladora verdad
esté siempre muy presente ante nuestros ojos, mientras caminamos como
peregrinos hacia el gran jubileo. Esa verdad constituye la razón última de la
alegría a la que nos exhorta la liturgia: «Vayamos jubilosos al encuentro del
Señor». Creyendo en Cristo Crucificado y Resucitado, creemos en la resurrección
de la carne y en la vida eterna.
San
Juan Pablo II
Extracto de la Homilía del
Domingo I de Adviento.
Domingo 29 de noviembre de
1998
martes, 17 de noviembre de 2020
sábado, 7 de noviembre de 2020
sábado, 5 de septiembre de 2020
Palabras de San Juan Pablo II sobre Santa Teresa de Calcuta
Poco antes de su partida a la Casa del Padre, el Papa Juan Pablo II,
amigo personal de la religiosa, dedicó el rezo dominical del Ángelus en la
Plaza San Pedro a la madre Teresa de quien dijo lo siguiente:
"La querida Religiosa reconocida universalmente como la Madre de
los Pobres, nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no creyentes.
Nos deja el testimonio del amor de Dios. Las obras por ella realizadas hablan
por sí mismas y ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto
significado que tiene la vida".
"Misionera de la Caridad. Su misión comenzaba todos los días antes
del amanecer, delante de la Eucaristía. En el silencio de la contemplación,
Madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: tengo sed. Ese
grito la empujaba hacia las calles de Calcuta y de todas las periferias del
mundo, a la búsqueda de Jesús en el pobre, el abandonado, el moribundo".
"Misionera de la Caridad, dando un ejemplo tan arrollador, que
atrajo a muchas personas, dispuestas a dejar todo por servir a Cristo, presente
en los jóvenes".
"Ella sabía por experiencia que la vida adquiere todo su valor
cuando encuentra el amor y siguiendo el Evangelio fue el buen samaritano de las
personas que encontró, de toda existencia en crisis y despreciada".
sábado, 15 de agosto de 2020
La Asunción de la Santísima Virgen
En
esta homilía, San Juan Pablo II, nos da una hermosa explicación sobre la
Asunción de la Virgen María al Cielo:
La Asunción de la Virgen
María (o la Asunción de la Virgen) es una doctrina de la Iglesia Católica que
enseña que después de la muerte de la madre de Jesús, ella fue resucitada,
glorificada y llevada corporalmente al cielo (es decir, físicamente y
espiritualmente), para vivir con Dios Padre, con su hijo (Jesucristo), con el
Espíritu Santo, los Ángeles y todos los santos del Cielo por toda la eternidad
La palabra asunción se toma
de una palabra latina que significa "tomar". La Asunción de María es
enseñada tanto por la Iglesia Católica, así como por la Iglesia Ortodoxa
Oriental en menor grado.
Todos los seres humanos
tenemos que esperar hasta el fin de los tiempos para nuestra resurrección
corporal, pero el cuerpo de María fue capaz de ir directamente al cielo porque
su alma no había sido contaminada por el pecado original (Inmaculada).
Nadie se ha sumergido como
María en el corazón del misterio de la redención. Nadie como ella puede acercar
este misterio a nosotros. Ella se encuentra en el centro mismo del misterio.
Nos encontramos, en el día
de la solemnidad de la Asunción de María al cielo, cuando la Iglesia proclama
la gloria de su nacimiento definitivo para el cielo.
Oración a la Virgen María
asunta al Cielo
¡Oh Madre de la Iglesia!
Ante esta humanidad que parece siempre fascinada por lo temporal, y cuando la
dominación sobre el mundo oculta la perspectiva del destino eterno del hombre en
Dios, sé tú misma un testimonio de Dios; tú, su Madre.
¿Quién puede resistir al
testimonio de una madre? Tú que has nacido para las fatigas de esta tierra:
concebida de forma inmaculada. Tú que has nacido para la gloria del cielo:
asunta al cielo.
Tú que estás vestida del sol
de la insondable Divinidad, del sol de la impenetrable Trinidad, llena del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Tú, a quien la Trinidad se
da como único Dios, el Dios de la alianza y de la redención, el Dios del
comienzo y del fin. El Alfa y Omega. El Dios-Verdad. El Dios-Amor. El
Dios-Gracia. El Dios-Santidad. El Dios que lo supera todo y lo abraza todo. El
Dios que es todo en todos.
Tú que estás vestida del
sol. ¡Hermana nuestra! ¡Madre nuestra! Sé el testimonio de Dios (…) ante
nosotros, hijos de Eva en el destierro. ¡Sé el testimonio de Dios!
Amén.
domingo, 26 de julio de 2020
Juan Pablo II salvó la vida de una niña que salía del campo de concentración
Era enero de 1945. Edith
Zierer tenía trece años y salía del campo de concentración en la ciudad de
Częstochowa. No podía imaginar que todos sus familiares habían muerto a manos
de los alemanes. Apenas se mantenía en pie. Un joven seminarista la ayudó en la
estación de trenes. Ese seminarista era Karol Wojtyła. De no ser por él, ella
habría muerto de frío y hambre.
Después de abandonar el
campo, Edith se subió a un vagón de tren que transportaba carbón. Se estaba
quedando sin fuerzas. Se bajó en una estación de trenes en Jędrzejów (provincia
de Świętokrzyskie). Y cayó al suelo, totalmente exhausta. Allí quedó tendida, helada y hambrienta, vestida
únicamente con un fino uniforme a
rayas del campo de trabajo infestado de piojos. Nadie miraba en su dirección y ya no podía moverse. Solamente un hombre se detuvo a ayudarla.
Como más tarde recordaría, el hombre era apuesto y
vigoroso. Preguntó a la muchacha qué hacía en un lugar como ese.
Ella respondió que estaba intentando llegar a Cracovia. Cuando Karol
Wojtyła le preguntó por su nombre, los ojos de la chica se llenaron de
lágrimas. Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba por su nombre de
pila. Hasta hacía muy poco, había sido un mero número. El joven desapareció un
rato para regresar con té
caliente, pan y queso.
Cabe mencionar que, durante
la ocupación de Polonia por la Alemania nazi, Karol Wojtyła se estaba preparando
para el sacerdocio. Más tarde, como Papa, recordando los tiempos difíciles de
la guerra, Juan Pablo II comentó que sus estudios tuvieron lugar parcialmente
en la cantera de Solvay en Cracovia y durante clases clandestinas en el Palacio
de los arzobispos de Cracovia. El 1 de noviembre de 1946, Karol Wojtyła fue
ordenado en el sacerdocio por el cardenal Adam Sapieha.
“Intenta
levantarte”, la animó el hombre. Por desgracia, la chica no podía. Estaba tan agotada que su cuerpo se hundía
como el plomo. Al verlo, el seminarista la
tomó en sus brazos y cargó con ella durante tres kilómetros hasta la estación
de donde salía el tren a Cracovia.
Los otros judíos presentes
en el mismo vagón de ganado del tren “advirtieron” a la chica de que quizás el
estudiante de sacerdote querría meterla en un convento. Wojtyła cubrió a Edith con un abrigo. La
chica estaba muy asustada.
Cuando el tren se detuvo, la
muchacha se bajó y escondió detrás de los tanques de leche. Wojtyła la llamó
por la versión polaca de su nombre: “¡Edyta, Edyta!”. Ella recordaría el nombre de
él en su memoria para siempre.
Cuando el campo de
concentración fue liberado por los rusos. Edith quiso entonces encontrar a sus
seres queridos. Estaba completamente sola, aunque todavía no lo sabía. Sus
padres habían muerto en Dachau y su hermana había sido asesinada en Auschwitz. Menos
mal que «un ángel» se cruzó en su duro camino. Recibió la ayuda de un hombre
que estudiaba para ser sacerdote, Karol Wojtyła. Recordaría su nombre
perfectamente. Toda su vida le estaría profundamente agradecida. Ninguno de los
dos tenía familia. El joven sacerdote ya había perdido a su madre, su padre y
su hermano. Igual que Edith.
Cuando en 1978 Edith se
enteró de que Wojtyła se había convertido en Papa, la inundó una alegría tal
que lloró de pura felicidad. Por entonces vivía en Israel, tras abandonar
Polonia en 1951. Ahora tenía su propia familia: era esposa, madre y trabajaba
como técnica dental. Le escribió una carta a Juan Pablo II y le agradeció que
le salvara la vida.
El Papa la recordaba y la
invitó a visitarle en el Vaticano. Se encontraron por primera vez después de
tantísimos años en 1998. El Santo Padre le dijo: “Habla alto, hija mía. Soy un
hombre viejo”. Bendijo a la mujer y le dijo: “Regresa, hija mía”. (Foto que ilustra esta nota)
En 2000, durante su
peregrinación a Tierra Santa, Juan Pablo II visitó el Instituto Yad Vashem y
depositó allí una corona de flores. Dirigiéndose a él, una mujer dijo: “Quien
salva una vida salva al mundo entero”. Este lema está inscrito en la medalla
que se concede a los Justos entre las Naciones o aquellos que salvaron vidas de
judíos durante el Holocausto.
Edith volvería a escribir al
Papa y él le respondería. Sin embargo, no volvieron a verse. Zierer falleció en
2014.
(Fuente:
Aleteia)
sábado, 20 de junio de 2020
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