viernes, 23 de noviembre de 2018

El Reino de Jesucristo

En el calendario litúrgico postconciliar la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo va unida al domingo último del año eclesiástico. Y está bien así.

Efectivamente, las verdades de la fe que queremos manifestar, el misterio que queremos vivir, encierran, en cierto sentido, cada una de las dimensiones de la historia, cada una de las etapas del tiempo humano, y abren al mismo tiempo la perspectiva “de un cielo nuevo y de una tierra nueva” (Ap 21, 1), la perspectiva de un Reino que “no es de este mundo” (Jn 18, 36).

Es posible que se entienda erróneamente el significado de las palabras sobre el “Reino” que pronunció Cristo ante Pilato, es decir sobre el Reino que no es de este mundo. Sin embargo, el contexto singular del acontecimiento en cuyo ámbito fueron pronunciadas no permite comprenderlas así. Debemos admitir que el Reino de Cristo, gracias al cual se abren ante el hombre las perspectivas extraterrestres, las perspectivas de la eternidad, se forma en el mundo y en la temporalidad. Se forma, pues, en el hombre mismo mediante “el testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) que Cristo dio en ese momento dramático de su misión mesiánica: ante Pilato, ante la muerte en cruz que pidieron al juez sus acusadores (…)

Cristo subió a la cruz como un Rey singular: como el testigo eterno de la verdad. “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Este testimonio es la medida de nuestras obras, la medida de la vida. La verdad por la que Cristo ha dado la vida –y que la ha confirmado con la resurrección–, es la fuente fundamental de la dignidad del hombre. El Reino de Cristo se manifiesta, como enseña el Concilio, en la “realeza” del hombre. Es necesario que, bajo esta luz, sepamos participar en toda esfera de la vida contemporánea y formarla (…)

Cristo, en cierto sentido, está siempre ante el tribunal de las conciencias humanas, como una vez se encontró ante el tribunal de Pilato. Él nos revela siempre la verdad de su Reino.

Por esto, que él se encuentre aún cercano a nosotros. Que su reino esté cada vez más en nosotros. Correspondamos con el amor al que nos ha llamado, y amemos en él siempre más y más la dignidad de cada hombre. Entonces seremos verdaderamente partícipes de su misión. Nos convertiremos en apóstoles de su reino.

San Juan Pablo II
Homilía 25-11-1979 (extracto)

sábado, 10 de noviembre de 2018

San Juan Pablo II en el mes de María

¡Oh Virgen naciente, esperanza y aurora de la salvación para todo el mundo!, vuelve benigna tu mirada maternal hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias.

¡Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro preciado transmitido por nuestros padres.

¡Oh Virgen poderosa, que con tu pie aplastas la cabeza de la serpiente tentadora!, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las que hemos renunciado a Satanás, a sus obras y seducciones, y sepamos dar al mundo un gozoso testimonio de esperanza cristiana.

¡Oh Virgen clemente, que siempre has abierto tu corazón maternal a las invocaciones de la humanidad, a veces lacerada por el desamor y hasta, desgraciadamente, por el odio y la guerra! enséñanos a crecer, todos juntos, según las enseñanzas de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial. Amén.

San Juan Pablo II

jueves, 1 de noviembre de 2018

Fiesta de Todos los Santos: La fe en la vida eterna

Ángelus de San Juan Pablo II en la Solemnidad de Todos los Santos 1 de noviembre de 1978
Queridos hermanos y hermanas:

Con interés especial hoy os pido a los que estáis aquí reunidos, para rezar conmigo el Ángelus, que os detengáis un momento a reflexionar sobre el misterio de la liturgia del día.

La Iglesia vive con una gran perspectiva, la acompaña siempre, la forja continuamente y la proyecta hacia la eternidad. La liturgia del día pone en evidencia la realidad escatológica, una realidad que brota de todo el plan de salvación y, a la vez de la historia del hombre, realidad que da el sentido último a la existencia misma de la Iglesia y a su misión.

Por esto vivimos con tanta intensidad la Solemnidad de todos los Santos, así como también el día de mañana, Conmemoración de los Difuntos. Estos dos días engloban en sí de modo muy especial la fe en la "vida eterna" (últimas palabras del Credo apostólico). Si bien estos dos días enfocan ante los ojos de nuestra alma lo ineludible de la muerte, dan también al mismo tiempo testimonio de la vida.

El hombre que está "condenado a muerte", según las leyes de la naturaleza, el hombre que vive con la perspectiva de la aniquilación de su cuerpo, este hombre desarrolla su existencia al mismo tiempo con perspectivas de vida futura y está llamado a la gloria.

La Solemnidad de todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a los que han alcanzado ya la plenitud de su llamada a la unión con Dios. El día de la Conmemoración de los Difuntos hace converger nuestros pensamientos en quienes, después de dejar este mundo, en la expiación esperan alcanzar la plenitud de amor que requiere la unión con Dios.

Se trata de dos días grandes en la Iglesia que "prolonga su vida" de cierta manera en sus santos y en todos los que se han preparado a esa vida sirviendo a la verdad y al amor.

Por ello los primeros días de noviembre la Iglesia se une de modo especial a su Redentor, que nos ha introducido en la realidad misma de esa vida a través de su Muerte y Resurrección. Al mismo tiempo ha hecho de nosotros "un reino de sacerdotes" para su Padre.

Por ello, a nuestra oración común uniré una intención especial por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia de todo el mundo. Me dirijo a Cristo para que llame a muchos jóvenes y les diga: "Ven y sígueme". Y pido a los jóvenes que no se opongan, que no contesten "no". A todos ruego que oren y colaboren en favor de las vocaciones.

La mies es grande. La Solemnidad de todos los Santos nos dice precisamente que la mies es abundante. No la mies de la muerte, sino la de la salvación; no la mies del mundo que pasa, sino la mies de Cristo que perdura a través de los siglos.
San Juan Pablo II
Fuente: El Camino de María