domingo, 23 de diciembre de 2012

Ya está cerca...


Faltan ya pocos días para la celebración de la Navidad del Señor y queremos vivirlos siguiendo las huellas de María y haciendo nuestros, en la medida de lo posible, los sentimientos que ella experimentó en la trémula espera del nacimiento de Jesús. Podemos intuir cuáles eran los sentimientos de María, totalmente abandonada en las manos del Señor. Ella es la mujer creyente: en la profundidad de su obediencia interior madura la plenitud de los tiempos.

Por estar enraizada en la fe, la Madre del Verbo hecho hombre encarna la gran esperanza del mundo. En ella confluye tanto la espera mesiánica de Israel como el anhelo de salvación de la humanidad entera. Preparémonos para Navidad con la fe y la esperanza de María. Dejemos que el mismo amor que vibra en su adhesión al plan divino toque nuestro corazón.

¡Oh Emmanuel! Hoy, antevíspera de la solemnidad de la santa Navidad, la liturgia se dirige al Mesías con este título. Se trata de una invocación que, en cierto sentido, resume en sí todas las de los días pasados. El Hijo de la Virgen ha recibido el nombre profético de “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros”. Ese nombre recuerda la profecía hecha siete siglos antes por boca del profeta Isaías. Con el nacimiento del Mesías, Dios asegura su presencia plena y definitiva en medio de su pueblo. Esa presencia constituye la respuesta divina a la necesidad fundamental del hombre de todos los lugares y todos los tiempos.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Es necesario redescubrir el auténtico significado de la Navidad.


Cuando quedan pocos días para que los productores de champaña, fuegos de artificio, y otros productos típicos, hagan el negocio del milenio, Juan Pablo II explicó que estos gestos de alegría no son negativos, pero es importante no olvidar lo esencial: qué es lo que festejamos o, más bien, Quién es el festejado.

Las luces de las calles recuerdan un aspecto de la fiesta, el más exterior que, si bien no es negativo en sí mismo, corre el riesgo de distraer del auténtico espíritu de la Navidad, explicó el Santo Padre.

Ciertamente la Navidad se ha convertido, y con toda la razón, en la fiesta de los regalos, pues celebra el regalo por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad en la persona de Jesús. Pero es necesario que esta tradición sea vivida en sintonía con el sentido del acontecimiento, con un estilo sencillo y sobrio, expresó el Papa.

Para hacer que esta Navidad sea única, el sucesor de Pedro propuso acompañarla con la oración, con un examen de conciencia que prepare el espíritu a recibir el perdón de Dios con el sacramento de la Reconciliación, y con gestos de caridad hacia el prójimo, especialmente, hacia los más necesitados.

Juan Pablo II explicó que la Navidad no es simplemente el recuerdo del acontecimiento enternecedor que tuvo lugar hace dos mil años, cuando, según los Evangelios, la potencia de Dios asumió la debilidad de un bebé. Se trata de una vivencia que vuelve a repetirse cada año en el corazón de los creyentes.

El misterio de la Noche Santa, que tuvo lugar históricamente hace dos mil años, se vive, como acontecimiento, en el hoy de la Liturgia.

El Verbo que hizo su morada en el seno de María, viene a tocar al corazón de cada hombre con singular intensidad en la próxima Navidad, declaró el Pontífice.

En Navidad, añadió el Santo Padre citando el Evangelio de Juan, viene al mundo la luz verdadera, la que ilumina a cada hombre; y el Año Santo del 2000 tiene por objetivo hacer llegar esta luz a toda persona y a toda situación.

Beato Juan Pablo II
Navidad 1999

sábado, 15 de diciembre de 2012

¡Alegraos! porque el Señor está cerca...


Queridos hermanas y hermanos:

«Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos. El Señor está cerca».

De esta apremiante invitación a la alegría, que caracteriza la liturgia de hoy, recibe su nombre el 3er Domingo de Adviento, llamado tradicionalmente Domingo «Gaudete». En efecto, ésta es la primera palabra en latín de la misa de hoy: «Gaudete», es decir, alegraos porque el Señor está cerca.

El texto evangélico nos ayuda a comprender el motivo de nuestra alegría, subrayando el gran misterio de salvación que se realiza en Navidad. El evangelista san Mateo nos habla de Jesús, «el que ha de venir» (Mt 11, 3), que se manifiesta como el Mesías esperado mediante su obra salvífica: «Los ciegos ven y los cojos andan, (...) y se anuncia a los pobres la buena nueva» (Mt 11, 5). Viene a consolar, a devolver la serenidad y la esperanza a los que sufren, a los que están cansados y desmoralizados en su vida.

También en nuestros días son numerosos los que están envueltos en las tinieblas de la ignorancia y no han recibido la luz de la fe; son numerosos los cojos, que tienen dificultades para avanzar por los caminos del bien; son numerosos los que se sienten defraudados y desalentados; son numerosos los que están afectados por la lepra del mal y del pecado y esperan la salvación. A todos ellos se dirige la «buena nueva» del Evangelio, encomendada a la comunidad cristiana. La Iglesia proclama con vigor que Cristo es el verdadero liberador del hombre, el que lleva de nuevo a toda la humanidad al abrazo paterno y misericordioso de Dios.

«Sed fuertes, no temáis. Vuestro Dios va a venir a salvaros» (Is 35, 4).

Amadísimos hermanos y hermanas al saludaros con gran afecto, hago mías las palabras del profeta Isaías que acabamos de proclamar: «Sed fuertes, no temáis. (...) El Señor va a venir a salvaros ». Estas palabras expresan mi mejor deseo, que renuevo a todos aquellos con quienes Dios me permite encontrarme en cualquier parte del mundo.

«Sed fuertes». No temáis las dificultades que se han de afrontar en el anuncio del Evangelio. Sostenidos por la gracia del Señor, no os canséis de ser apóstoles de Cristo en nuestra ciudad que, aunque se ciernen sobre ella los numerosos peligros de la secularización típicos de las metrópolis, mantiene firmes sus raíces cristianas, de las que puede recibir la savia espiritual necesaria para responder a los desafíos de nuestro tiempo. Los frutos positivos que la misión ciudadana está produciendo, y por los que damos gracias al Señor, son estímulos para proseguir sin vacilación la obra de la nueva evangelización.

«El Espíritu del Señor (...) me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres».

Estas palabras del Aleluya reflejan bien el clima de la misión ciudadana, en la que todos los cristianos son impulsados a llevar el Evangelio a los diversos ambientes del mundo. En efecto, su esfuerzo puede convertirlo en lugar vital de colaboración, comunión y relaciones marcadas por el respeto y la estima recíproca, por la colaboración y la solidaridad, y por el testimonio coherente con los valores morales de la propia profesión. Como recuerda la Escritura: "Un hermano ayudado por su hermano es como una plaza fuerte (cf. Pr 18, 19)» (n. 6).

«Tened paciencia (...) hasta la venida del Señor» (St 5, 7). Al mensaje de alegría, típico de este domingo «Gaudete », la liturgia une la invitación a la paciencia y a la espera vigilante, con vistas a la venida del Salvador, ya próxima.

Abramos nuestro espíritu a esa invitación; avancemos con alegría hacia el misterio de la Navidad. María, que esperó en silencio y orando el nacimiento del Redentor, nos ayude a hacer que nuestro corazón sea una morada para acogerlo dignamente. Amén.

Beato Juan Pablo II
Homilía en la Santa Misa del Domingo 13 de diciembre de 1998
Fuente: El Camino de María

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Juan Pablo II y la Virgen de Guadalupe


De todos es conocida la devoción mariana que Juan Pablo II tan intensamente experimentaba. Por ello no es extraño que varias veces se haya referido de manera específica a la Virgen de Guadalupe. Usando el registro de homilías e intervenciones papales llevado por el Vaticano, encontramos que el Papa Viajero se refirió de forma particular a Nuestra Señora de Guadalupe seis veces.

Las homilías

Cuatro de estas intervenciones han sido en las Misas que presidió en la basílica de la Virgen de Guadalupe, estas fueron en los años: 1979, 1981, 1997,1999 y 2002. En 1979 Juan Pablo II pidió la intercesión guadalupana para que la Iglesia fuera fiel al espíritu y planteamientos de la Conferencia de Obispos llevada a cabo en Medellín (Colombia) 10 años antes.

En 1981, el cardenal secretario de Estado, Agostino Casaroli, leyó la homilía papal en la Basílica. Allí se resaltó el  aspecto maternal y evangelizador de Guadalupe, «la imagen mestiza de María que une en sí dos razas, constituye un hito histórico de creatividad connatural de una nueva cultura cristiana en un país y, paralelamente, en un continente».

En 1997, con motivo de la clausura de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos, después de exhortar a los pastores allí presentes a no olvidar su responsabilidad de anunciar el Evangelio, de hacer vida las líneas pastorales marcadas por la asamblea, desde el Vaticano expresa una sentida oración: «Haz que todos, gobernantes y súbditos, aprendan a vivir en paz, se eduquen para la paz, cumplan todo lo que exigen la justicia y el respeto de los derechos de cada hombre, para que así se consolide la paz. Escúchanos, Virgen «morenita», Madre de la Esperanza, Madre de Guadalupe»

En 1999, en el marco de la Misa conclusiva para el Sínodo de las Américas, predica una homilía en la Basílica donde expone claramente sus motivos: «he venido aquí para poner a los pies de la Virgen mestiza del Tepeyac, Estrella del Nuevo Mundo, la exhortación apostólica Ecclesia in America, que recoge las aportaciones y sugerencias pastorales de dicho Sínodo, confiando a la Madre y Reina de este Continente el futuro de su evangelización». Da un mensaje en los cuatro idiomas del continente: inglés, español, portugués y francés; termina con una oración de encomienda a la Virgen.

La homilía del 2002, es particularmente emotiva pues surge en el contexto de la canonización de Juan Diego. Allí Su Santidad describe las virtudes del mensajero de Guadalupe y hace manifiesta su solidaridad con los pueblos originarios: «deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan».

Por Omar Árcega E.
Fuente “El observador en línea”

sábado, 8 de diciembre de 2012

El triunfo de la Gracia sobre el pecado


«Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te».

La Iglesia contempla hoy con gratitud y asombro las maravillas realizadas por el Señor en María, la Mujer a la que el pueblo cristiano aclama con las palabras de la antigua antífona: «Toda hermosa eres, María; no hay en Ti mancha del pecado original».

El misterio de gracia y de hermosura que envuelve a la Virgen Madre tiene su origen en la Ternura de Dios que, ya desde el primer instante de su existencia la preservó del pecado original y de sus consecuencias, preparándola para convertirse en la digna Madre de su Hijo. De ese modo, el Señor puso a María por encima de todas las demás criaturas, haciéndola llena de gracia, espejo admirable de su santidad.

La Inmaculada es el signo de la fidelidad de Dios, que no se rinde ante el pecado del hombre. Su plenitud de gracia nos recuerda también las inmensas posibilidades de bien de belleza, de grandeza y de gozo que están al alcance del hombre cuando se deja guiar por la Voluntad de Dios, y rechaza el pecado.

A la luz de la Mujer que el Señor nos regala como Abogada de gracia y Modelo de santidad, aprendemos a huir siempre del pecado. Pidamos a la Virgen que nos conceda la alegría de vivir bajo su mirada materna con pureza y santidad de vida.

Beato Juan Pablo II
Meditación antes del rezo del Ángelus del 8 de diciembre de 1994

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Un enamorado de Cristo


Cuenta el Cardenal Coppa, sobre un viaje del Papa a República Checa en el año 1995, cuando ya comenzaba a usar bastón a causa de su salud:

“La primera noche de aquel viaje, luego de volver de la cena con los obispos, bajó a la capilla ante el Santísimo. Las hermanas habían preparado para él un gran reclinatorio, pero prefirió rezar en uno de las bancas habituales. Yo lo acompañaba, esperándolo afuera de la capilla...

La noche siguiente tuve que responder a una llamada urgente y no pude acompañarlo a la capilla. Llegué luego, cuando ya estaba arrodillado. Antes de entrar escuché como una música distinta, y cuando abrí silenciosamente la puerta, escuché como, arrodillado en la banca, cantaba sumisamente ante el tabernáculo.

El Papa cantaba en voz baja ante Jesús Eucaristía: el Papa y Cristo en la Hostia, Pedro y Cristo. Fue para mí una cosa emocionante, un fortísimo reclamo de fe y amor para la Eucaristía, y a la realidad del ministerio petrino.

Nunca he olvidado ese delicado canto, que era como un coloquio de amor con Cristo...

Ese canto nos demuestra, de modo superlativo, que Juan Pablo II ha sido verdaderamente un enamorado de Cristo.”

sábado, 24 de noviembre de 2012

Jesucristo, Mesías Rey

Catequesis del Beato Juan Pablo II (11 de febrero de 1987)

El Evangelista Mateo concluye su genealogía de Jesús, Hijo de María, colocada al comienzo de su Evangelio, con las palabras “Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). El término “Cristo” es el equivalente griego de la palabra hebrea “Mesías”, que quiere decir “Ungido”. Israel, el pueblo elegido por Dios, vivió durante generaciones en la espera del cumplimiento de la promesa del Mesías, a cuya venida fue preparado a través de la historia de la Alianza. El Mesías, es decir el “Ungido” enviado por Dios, había de dar cumplimiento a la vocación del pueblo de la Alianza, al cual, por medio de la Revelación se le había concedido el privilegio de conocer la verdad sobre el mismo Dios y su proyecto de salvación.

El atribuir el nombre “Cristo” a Jesús de Nazaret es el testimonio de que los Apóstoles y la Iglesia primitiva reconocieron que en Él se habían realizado los designios del Dios de la Alianza y las expectativas de Israel. Es lo que proclamó Pedro el día de Pentecostés cuando, inspirado por el Espíritu Santo, habló por la primera vez a los habitantes de Jerusalén y a los peregrinos que habían llegado a las fiestas: “Tenga pues por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Act 2, 36).

El discurso de Pedro y la genealogía de Mateo vuelven a proponernos el rico contenido de la palabra “Mesías-Cristo” que se encuentra en el Antiguo Testamento y sobre el que hablaremos en las próximas catequesis.

La palabra “Mesías”, incluyendo la idea de unción, sólo puede comprenderse en conexión con la institución religiosa de la unción con el aceite, que era usual en Israel y que -como bien sabemos- pasó de la Antigua Alianza a la Nueva. En la historia de la Antigua Alianza recibieron esta unción personas llamadas por Dios al cargo y a la dignidad de rey, o de sacerdote o de profeta. En esta catequesis intentamos detenernos en el oficio y la dignidad de Cristo en cuanto Rey.

Cuando el ángel Gabriel anuncia a la Virgen María que había sido escogida para ser la Madre del Salvador, le habla de la realeza de su Hijo: “...le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Estas palabras parecen corresponder a la promesa hecha al rey David: “Cuando se cumplieren tus días... suscitaré a tu linaje después de ti... y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre y yo estableceré su trono por siempre. Yo le seré a él padre, y él me será a mi hijo” (2 Sam 7, 12-14). Se puede decir que esta promesa se cumplió en cierta medida con Salomón, hijo y directo sucesor de David. Pero el sentido pleno de la promesa iba más allá de los confines de un reino terreno y se refería no sólo a un futuro lejano, sino ciertamente a una realidad que iba más allá de la historia, del tiempo y del espacio: “Yo estableceré su trono por siempre” (2 Sam 7, 13).

En la Anunciación se presenta a Jesús como Aquél en el que se cumple la antigua promesa. De ese modo la verdad sobre Cristo-Rey se sitúa en la tradición bíblica del “Rey mesiánico” (del Mesías-Rey); así se la encuentra muchas veces en los Evangelios que nos hablan de la misión de Jesús de Nazaret y nos transmiten su enseñanza.

Es significativa a este respecto la actitud del mismo Jesús, por ejemplo cuando Bartimeo, el mendigo ciego, para pedirle ayuda le grita: “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47). Jesús, que nunca se ha atribuido ese título, acepta como dirigidas a Él las palabras pronunciadas por Bartimeo. En todo caso se preocupa de precisar su importancia. En efecto, dirigiéndose a los fariseos, pregunta: “¿Qué os parece de Cristo? ¿De quién es hijo? Dijéronle ellos: De David. Les replicó: “Pues ¿cómo David, en espíritu le llama Señor, diciendo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra mientras pongo a tus enemigos bajo tus pies?’ (Sal 109/110, 1). Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo es hijo suyo?” (Mt 22, 42-45).

Como vemos, Jesús llama la atención sobre el modo “limitado” e insuficiente de comprender al Mesías teniendo sólo como base la tradición de Israel, unida a la herencia real de David. Sin embargo, Él no rechaza esta tradición, sino que la cumple en el sentido pleno que ella contenía, y que ya aparece en las palabras pronunciadas en la Anunciación y que se manifestará en su Pascua.

Otro hecho significativo es que, al entrar en Jerusalén en vísperas de su Pasión, Jesús cumple, tal como destacan los Evangelistas Mateo (21, 5) y Juan ( 12, 15), la profecía de Zacarías, en la que se expresa la tradición del “Rey mesiánico”: “Alégrate sobremanera, hoja de Sión. Grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna” (Zac 9, 9). “Decid a la hija de Sión: he aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de una bestia de carga” (Mt 21, 5). Precisamente sobre un pollino cabalga Jesús durante su entrada solemne en Jerusalén, acompañado por la turba entusiasta: “Hosanna al Hijo de David” (cf. Mt 21, 1-10). A pesar de la indignación de los fariseos, Jesús acepta la aclamación mesiánica de los “pequeños” (cf. Mt 21, 16; Lc 19, 40), sabiendo muy bien que todo equívoco sobre el título de Mesías se disiparía con su glorificación a través de la Pasión.

La comprensión de la realeza como un poder terreno entrará en crisis. La tradición no quedará anulada por ello, sino clarificada. Los días siguientes a la entrada de Jesús en Jerusalén se verá cómo se han de entender las palabras del Ángel en la Anunciación. “Le dará el Señor Dios el trono de David, su padre... reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin”. Jesús mismo explicará en qué consiste su propia realeza, y por lo tanto la verdad mesiánica, y cómo hay que comprenderla.

El momento decisivo de esta clarificación se da en el diálogo de Jesús con Pilato, que trae el Evangelio de Juan. Puesto que Jesús ha sido acusado ante el gobernador romano de “considerarse rey” de los judíos, Pilato le hace una pregunta sobre esta acusación que interesa especialmente a la autoridad romana porque, si Jesús realmente pretendiera ser “rey de los judíos” y fuese reconocido como tal por sus seguidores, podría constituir una amenaza para el imperio. Pilato, pues, pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos? Responde Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de Mí?”; y después explica: “Mi Reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi Reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí”. Ante la insistencia de Pilato: “Luego, ¿tú eres rey?”, Jesús declara: “Tú dices que soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad; todo el que es de la Verdad oye mi Voz” (cf. Jn 18, 33-37). Estas palabras inequívocas de Jesús contienen la afirmación clara de que el carácter o munus real, unido a la misión del Cristo-Mesías enviado por Dios, no se puede entender en sentido político como si se tratara de un poder terreno, ni tampoco en relación al “pueblo elegido”, Israel.

La continuación del proceso de Jesús confirma la existencia del conflicto entre la concepción que Cristo tiene de Sí mismo como “Mesías-Rey” y la terrestre o política, común entre el pueblo. Jesús es condenado a muerte bajo la acusación de que “se ha considerado rey”. La inscripción colocada en la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, probará que para la autoridad romana éste es su delito. Precisamente los judíos que, paradójicamente, aspiraban al restablecimiento del “reino de David”, en sentido terreno, al ver a Jesús azotado y coronado de espinas, tal como se lo presentó Pilato con las palabras: “¡Ahí tenéis a vuestro rey!”, habían gritado: “¡Crucifícale!... Nosotros no tenemos más rey que al Cesar” (Jn 19, 15).

En este marco podemos comprender mejor el significado de la inscripción puesta en la Cruz de Cristo, refiriéndonos por lo demás a la definición que Jesús había dado a Sí mismo durante el interrogatorio ante el procurador romano. Sólo en ese sentido el Cristo-Mesías es “el Rey”; sólo en ese sentido Él actualiza la tradición del “Rey mesiánico”, presente en el Antiguo Testamento e inscrita en la historia del pueblo de la Antigua Alianza.

Finalmente, en el Calvario un último episodio ilumina la condición mesiánico-real de Jesús. Uno de los dos malhechores crucificados junto con Jesús manifiesta esta verdad de forma penetrante, cuando dice: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23, 42). En este diálogo encontramos casi una confirmación última de las palabras que el Ángel había dirigido a María en la Anunciación: Jesús “reinará... y su Reino no tendrá fin” (Lc 1, 33).

Texto e imagen:
El Camino de María

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Juan Pablo II previó la caída del muro de Berlín dos años antes


A mediados de los 80, cuando los propios alemanes ni siquiera soñaban con la reunificación, Juan Pablo II aseguró al actual arzobispo de Colonia, el cardenal Joaquín Meisner, que sería «el primero de muchos alemanes del Este que vayan a Alemania occidental». Su fuente -añadió- eran sus servicios secretos de Arriba, y el entonces cardenal Ratzinger tenía asumido que se trataba de «misterios de fe» del Papa.

«Serás el primero de muchos alemanes del Este que vayan a Alemania occidental, y muchos alemanes del Oeste irán a Alemania oriental».

Juan Pablo II le hizo este anuncio al entonces obispo de Berlín, el hoy cardenal Joaquín Meisner, en septiembre de 1987, al anunciarle su nombramiento como arzobispo de Colonia. El cardenal contó en público esta anécdota el pasado 3 de octubre, en el 22º aniversario de la reunificación alemana.

El Papa Wojtyla -explicó el cardenal Meisner- quería vencer con esas palabras los reparos del cardenal Meisner, que consideraba imposible, por coherencia, aceptar el nuevo cargo. En ese tiempo, el cardenal era Presidente de la Conferencia Episcopal de Berlín, y siempre intentaba convencer a sus fieles de que no huyeran de la República Democrática de Alemania, diciéndoles que «nuestra tarea está aquí».

La reunificación de Alemania parecía por aquel entonces tan lejana, que el cardenal no dio crédito a las palabras del Papa. «Santo Padre, no estás hablando ex catedra, sino ex banco del jardín», pues estaban en ese lugar del palacio de Castelgandolfo. Juan Pablo II reconoció que no hablaba «ex catedra, pero el Papa tiene razón».

Ante la seguridad del Santo Padre, el cardenal Meisner le preguntó si tenía información privilegiada de los servicios secretos. La respuesta fue: «Arriba está mi servicio secreto». Al día siguiente, movido por la sorpresa y la curiosidad, Meisner le preguntó a su compatriota, el cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación  para la Doctrina de la Fe: «¿Tú cómo te lo explicas?» Éste afirmó: «El Papa tiene sus misterios de fe, en eso no entro». Poco más de dos años después, caía el Muro de Berlín, un acontecimiento histórico, del que mañana se cumplen 23 años.

Foro Juan Pablo II


sábado, 17 de noviembre de 2012

Oración a Dios Padre


Bendito seas, Padre,
que en tu infinito amor
nos has dado a tu Hijo unigénito,
hecho carne por obra del Espíritu Santo
en el seno purísimo de la Virgen María
y nacido en Belén hace dos mil años.
Él se hizo nuestro compañero de viaje
y dio nuevo significado a la historia,
que es un camino recorrido juntos
en las penas y los sufrimientos,
en la fidelidad y el amor,
hacia los cielos nuevos y la tierra nueva
en los cuales Tú,              
vencida la muerte, serás Todo en todos

Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu,
los esfuerzos de la Iglesia en la Nueva Evangelización
y guía nuestros pasos por los caminos del mundo,
para anunciar a Cristo con la propia vida
orientando nuestra peregrinación terrena
hacia la Ciudad de la Luz.
Que los discípulos de Jesús brillen por su amor
hacia los pobres y oprimidos;
que sean solidarios con los necesitados
y generosos en las obras de misericordia;
que sean indulgentes con los hermanos
para alcanzar de Ti ellos mismos indulgencia y perdón.

A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Beato Juan Pablo II
Fuente: El camino de María

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La intercesión de la Madre del Redentor


María es Madre de la humanidad en el orden de la Gracia. El Concilio Vaticano II destaca este papel de María, vinculándolo a su cooperación en la Redención de Cristo. Ella, «por decisión de la divina Providencia, fue en la tierra la excelsa Madre del Divino Redentor, la compañera más generosa de todas y la humilde esclava del Señor» (Lumen Gentium, 61). Con estas afirmaciones, la Constitución Lumen Gentium pretende poner de relieve, como se merece, el hecho de que la Virgen estuvo asociada íntimamente a la Obra redentora de Cristo, haciéndose «la compañera» del Salvador «más generosa de todas». A través de los gestos de toda madre, desde los más sencillos hasta los más arduos, María coopera libremente en la obra de la salvación de la humanidad, en profunda y constante sintonía con su Divino Hijo.

El Concilio pone de relieve también que la cooperación de María estuvo animada por las virtudes evangélicas de la obediencia, la fe, la esperanza y la caridad, y se realizó bajo el influjo del Espíritu Santo. Además, recuerda que precisamente de esa cooperación le deriva el don de la maternidad espiritual universal: asociada a Cristo en la Obra de la Redención, que incluye la regeneración espiritual de la humanidad, se convierte en Madre de los hombres renacidos a una vida nueva.

Al afirmar que María es «nuestra Madre en el orden de la Gracia» (ib.), el Concilio pone de relieve que su maternidad espiritual no se limita solamente a los discípulos, como si se tuviese que interpretar en sentido restringido la frase pronunciada por Jesús en el Calvario: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26). Efectivamente, con estas palabras el Crucificado, estableciendo una relación de intimidad entre María y el discípulo predilecto, figura tipológica de alcance universal, trataba de ofrecer a su Madre como Madre a todos los hombres.

Por otra parte, la eficacia universal del Sacrificio redentor y la cooperación consciente de María en el ofrecimiento sacrificial de Cristo, no tolera una limitación de su amor materno. Esta misión maternal de María Santísima se ejerce en el contexto de su singular relación con la Iglesia. Con su solicitud hacia todo cristiano, más aún, hacia toda criatura humana, Ella guía la fe de la Iglesia hacia una acogida cada vez más profunda de la palabra de Dios, sosteniendo su esperanza, animando su caridad y su comunión fraterna, y alentando su dinamismo apostólico.

María, durante su vida terrena, manifestó su maternidad espiritual hacia la Iglesia por un tiempo muy breve. Sin embargo, esta función suya asumió todo su valor después de la Asunción, y está destinada a prolongarse en los siglos hasta el fin del mundo. El Concilio afirma expresamente: «Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos» (Lumen Gentium, 62). Ella, tras entrar en el Reino eterno del Padre, estando más cerca de su Divino Hijo y, por tanto, de todos nosotros, puede ejercer en el Espíritu de manera más eficaz la función de intercesión materna que le ha confiado la Divina Providencia.

El Padre ha querido poner a María cerca de Cristo y en comunión con Él, que puede «salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Hb 7,25): a la intercesión sacerdotal del Redentor ha querido unir la intercesión maternal de la Virgen. Es una función que Ella ejerce en beneficio de quienes están en peligro y tienen necesidad de favores temporales y, sobre todo, de la salvación eterna: «Con su Amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (Lumen Gentium, 62). Estos apelativos, sugeridos por la fe del pueblo cristiano, ayudan a comprender mejor la naturaleza de la intervención de la Madre del Señor en la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles.

María ejerce su papel de «Abogada», cooperando tanto con el Espíritu Paráclito como con Aquel que en la Cruz intercedía por sus perseguidores (cf. Lc 23,34) y al que Juan llama nuestro «Abogado ante el Padre» (cf. 1 Jn 2,1). Como Madre, Ella defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus mismas culpas.

Los cristianos invocan a María como «Auxiliadora», reconociendo su amor materno, que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesto a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna.

La convicción de que María está cerca de cuantos sufren o se hallan en situaciones de peligro grave, ha llevado a los fieles a invocarla como «Socorro». La misma confiada certeza se expresa en la más antigua oración mariana con las palabras: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita» ( Breviario romano).

Como Mediadora maternal, María presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas, y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en nuestro favor.

Beato Juan Pablo II
Audiencia General -  Miércoles 24 de septiembre de 1997

domingo, 4 de noviembre de 2012

Oración para un Año de Gracia


Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.

Señor Jesús, plenitud de los tiempos y señor de la historia, dispón nuestro corazón a celebrar con fe este Año de Gracia y de Misericordia. Danos un corazón humilde y sencillo, para que contemplemos con renovado asombro el misterio de la Encarnación, por el que Tú, Hijo del Altísimo, en el seno de la Virgen, santuario del Espíritu, te hiciste nuestro Hermano.

Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.

Jesús, principio y perfección del hombre nuevo, convierte nuestros corazones a Ti, para que, abandonando las sendas del error, caminemos tras tus huellas por el sendero que conduce a la vida. Haz que, fieles a las promesas del Bautismo, vivamos con coherencia nuestra fe, dando testimonio constante de tu palabra, para que en la familia y en la sociedad resplandezca la luz vivificante del Evangelio.

Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.

Jesús, fuerza y sabiduría de Dios, enciende en nosotros el amor a la divina Escritura, donde resuena la voz del Padre, que ilumina e inflama, alimenta y consuela. Tú, Palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el ardor misionero, para que todos los pueblos lleguen a conocerte, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, único Mediador entre Dios y el hombre.

Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.

Jesús, fuente de unidad y de paz, fortalece la comunión en tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que con la fuerza de tu Espíritu, todos tus discípulos sean uno. Tú que nos has dado como norma de vida el mandamiento nuevo del amor, haznos constructores de un mundo solidario, donde la guerra sea vencida por la paz, la cultura de la muerte por el compromiso en favor de la vida.

Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre.

Jesús, Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, luz que ilumina a todo hombre, da a quien te busca con corazón sincero la abundancia de tu Vida. A Ti, Redentor del hombre, principio y fin del tiempo y del cosmos, al Padre, fuente inagotable de todo bien, y al Espíritu Santo, sello del infinito amor, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. 
Amén.

Beato Juan Pablo II

miércoles, 31 de octubre de 2012

Mantener vivo el recuerdo del Beato Juan Pablo II


Señaló Mons. Ivo Scapolo, Nuncio Apostólico en Chile, durante la ceremonia de bendición de la primera capilla que se consagra al Beato Juan Pablo II en Chile y está ubicada en la Diócesis de San Bernardo.

La solemne ceremonia de dedicación del templo, ubicado en el sector de Colonia Kennedy en la localidad de Hospital, se celebró este 22 de octubre, día en el cual se conmemoró en todo el mundo la fiesta del Beato Juan Pablo II. Esta capilla se pudo consagrar al Beato gracias a un permiso especial solicitado por Mons. Juan Ignacio González al Santo Padre en Roma.

Los fieles se reunieron en horas de la tarde en las afueras del templo para participar de la Misa de Dedicación y Bendición de la nueva construcción. Los vecinos del lugar estaban muy emocionados, pues durante muchos años contaron con una pequeña capilla de madera, lo que ahora se transformó en una hermosa y sólida construcción.

En su homilía Mons. Ivo Scapolo señaló que se debe "Mantener vivo el recuerdo del Beato Juan Pablo II... Deben ser conocedores de su magisterio para un enriquecimiento espiritual, moral y renovar nuestro compromiso de comunión al Santo Padre, nuestra cercanía y cariño".

Además destacó que "Hay que vivir con especial devoción este Año de la Fe. Que ésta nueva capilla sea un lugar especial de encuentro personal con Jesús".

En silencio y con mucho respeto por parte de los numerosos asistentes, se desarrolló el Rito Bendición, que comenzó con la oración de Dedicación, el altar fue ungido con el Santo Crisma, al igual que los muros del nuevo templo.

Una vez incensado el tabernáculo, los fieles y los muros de la iglesia, se dio paso a la celebración de la Eucarística presidida por el representante del Santo Padre en Chile y concelebrada por Monseñor Juan Ignacio González y el Padre Clobert Suazo, del Oratorio Mariano y párroco del lugar.

Al finalizar la ceremonia el Prelado de San Bernardo hizo un significativo e importante presente a la comunidad parroquial, les regaló una Cruz Pectoral obsequiada por el Papa Juan Pablo II en una visita, donde Mons. Juan Ignacio se reunión con el Pontífice en Roma. Los asistentes agradecieron emocionados y con aplausos éste generoso presente del Obispo diocesano.

Además, los niños de las catequesis en representación de la Colonia Kennedy entregaron un presente con productos típicos de la zona a Mons. Ivo Scapolo, Nuncio Apostólico en Chile.

La nueva Capilla ya abrió oficialmente sus puertas a todos los fieles del sector para que puedan celebrar los sacramentos, además en ella se encuentra una reliquia del Beato Juan Pablo II para su veneración.

Fuente: CAMINEO.INFO 

sábado, 27 de octubre de 2012

La trayectoria Mariana de Juan Pablo II


Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de las clases, acudían los estudiantes del instituto. También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la Virgen.

Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo en la difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los Carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación del examen final.

Cuando me encontraba en Cracovia, en el barrio Debniki, entré en el grupo del "Rosario vivo'', en la parroquia salesiana. Allí se veneraba de modo especial a María Auxiliadora. En Debniki mi manera de entender el culto a la Madre de Dios experimentó un cierto cambio. Estaba ya convencido de que María nos lleva a Cristo, pero en aquel período empecé a entender que también Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me cuestioné de alguna manera mi culto a María, considerando que éste, si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo. Me ayudó entonces el libro de San Luis María Grignion de Montfort titulado "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen''. En él encontré la respuesta a mis dudas. Efectivamente, María nos acerca a Cristo, con tal de que se viva su misterio en Cristo. El tratado de San Luis María Grignion de Montfort puede cansar un poco por su estilo un tanto enfático y barroco, pero la esencia de las verdades teológicas que contiene es incontestable. El autor es un teólogo notable. Su pensamiento mariológico está basado en el Misterio trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios.

Comprendí entonces por qué la Iglesia reza el Ángelus tres veces al día. Entendí lo cruciales que son las palabras de esta oración: "El Ángel del Señor anunció a María. Y Ella concibió por obra del Espíritu Santo... He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros..." ¡Son palabras verdaderamente decisivas! Expresan el núcleo central del acontecimiento más grande que ha tenido lugar en la historia de la humanidad. Esto explica el origen del Totus Tuus. La expresión deriva de San Luis María Grignion de Montfort. Es la abreviatura de la forma más completa de la consagración a la Madre de Dios, que dice: Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.

De ese modo, gracias a San Luis, empecé a descubrir todas las riquezas de la devoción mariana, desde una perspectiva en cierto sentido nueva. Por ejemplo, cuando era niño escuchaba "Las Horas de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María'', cantadas en la iglesia parroquial, pero sólo después me di cuenta de la riqueza teológica y bíblica que contenían. Lo mismo sucedió con los cantos populares, por ejemplo con los cantos navideños polacos y las Lamentaciones sobre la Pasión de Jesucristo en Cuaresma, entre las cuales ocupa un lugar especial el diálogo del alma con la Madre Dolorosa.

Sobre la base de estas experiencias espirituales fue perfilándose el itinerario de oración v contemplación que orientó mis pasos en el camino hacia el sacerdocio, y después en todas las vicisitudes sucesivas hasta el día de hoy. Este itinerario desde niño, y más aún como sacerdote y como obispo, me llevaba frecuentemente por los senderos marianos de Kalwaria Zebrzydowska. Kalwaria es el principal santuario mariano de la Archidiócesis de Cracovia. Iba allí con frecuencia y caminaba en solitario por aquellas sendas presentando en la oración al Señor los diferentes problemas de la Iglesia, sobre todo en el difícil período que se vivía bajo el comunismo. Mirando hacia atrás constato como "todo está relacionado'': hoy como ayer nos encontramos con la misma intensidad en los rayos del mismo misterio.

Libro "Don y Misterio" de Juan Pablo II

miércoles, 24 de octubre de 2012

Su largo pontificado es también ejemplo de nueva evangelización, dijo Benedicto XVI, invocando su intercesión, inaugurando el Sínodo. Con su misma voz, recordamos al Beato Juan Pablo II en los primeros momentos de su Pontificado: «¡Alabado sea Jesucristo! Queridísimos hermanos y hermanas: Todos estamos apenados todavía por la muerte de nuestro amadísimo Papa Juan Pablo I. Y he aquí que los Eminentísimos Cardenales han designado un nuevo Obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano..., lejano pero muy cercano siempre por la comunión en la fe y tradición cristiana. He sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con confianza plena en su Madre María Santísima. No sé si podré explicarme bien en vuestra... nuestra lengua italiana; si me equivoco, me corregiréis. Y así me presento a todos vosotros para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza y nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia; y también para comenzar de nuevo el camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres».

Era el 16 de octubre de 1978... el primer saludo de Juan Pablo II, que el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro, cuyo pontificado, uno de los más largos de la historia de la Iglesia, duró casi 27 años. Con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la "sollicitudo omnium Ecclesiarum" y por la caridad abierta a toda la humanidad.

Más de 17.600.000 peregrinos participaron en sus 1.166 Audiencias Generales. Sin contar las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas -más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000- y los millones de fieles que Juan Pablo II encontró durante las visitas pastorales en Italia y en el resto del mundo. Bajo su guía, la Iglesia se acercó al tercer milenio y celebró el Gran Jubileo del año 2000, según las líneas que indicó en la carta apostólica Tertio millennio adveniente; y se asomó después a la nueva época, recibiendo sus indicaciones en la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que mostraba a los fieles el camino del tiempo futuro. Presidió 15 Asambleas del Sínodo de los obispos...

Hace tan solo unos días Benedicto XVI, inaugurando el Año de la fe destacó el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre, y en la solemne apertura del Sínodo sobre la Nueva Evangelización, evocó a su amado predecesor, invocando la intercesión de los santos y evangelizadores: «Queridos hermanos y hermanas, encomendemos a Dios los trabajos de la Asamblea sinodal con el sentimiento vivo de la comunión de los santos, invocando la particular intercesión de los grandes evangelizadores, entre los cuales queremos contar con gran afecto al beato Juan Pablo II, cuyo largo pontificado ha sido también ejemplo de nueva evangelización».

martes, 16 de octubre de 2012

A 34 años de su elección: Un Papa viajero que amaba la paz


“Habemus Papa" fue el anunció que hizo el cardenal italiano Pericle Felici al mundo y a 100 mil fieles católicos que se encontraban en la Plaza de San Pedro, la tarde del 16 de octubre de 1978, a la expectativa de quien será el sucesor de Juan Pablo I, cuyo pontificado duró solo 33 días.

El nombramiento recayó sobre el cardenal polaco Karol Wojtyla, de 58 años, y causó sorpresa pues se terminaba con los 450 años de pontificados italianos.

Wojtyla, el Papa más joven del siglo, escogió como nombre Juan Pablo II en honor a sus antecesores: Juan XIII, Pablo VI y Juan Pablo I.

Desde un inicio, su carisma conquistó a los católicos del mundo. Tuvo convicciones muy claras que cumplió durante su pontificado, el tercero más largo de la historia con 26 años y medio.

Dijo que un Papa no debe ser un soberano sino un pastor que anuncie el Evangelio de Cristo, y así lo hizo: viajó 104 veces y visitó 129 ciudades, lo que equivale a un recorrido de 1,2 millones de kilómetros y haber estado fuera del Vaticano dos años y ocho meses.

Se lo conocía como el "Papa viajero", aunque la prensa en Latinoamérica lo catalogaba como el "goleador de la fe", "el atleta de Dios", "el trotamundos del Evangelio" o "el Papa de la juventud".

En sus perfiles, se destaca su fe inquebrantable, su temple para hacer respetar los derechos de los seres humanos, apelaba a mantener las familias unidas y una juventud sana. Esto, como él mismo lo dijo, se debía a que durante su juventud vivió dos sucesos extremos que marcaron el siglo XX: el nazismo y el comunismo.

De ahí, se explica también su deseo de luchar por el bienestar de los pueblos e inició un proceso de pacificación en el mundo, lo que lo convirtió en un personaje influyente a la hora de tomar decisiones políticas: contribuyó personalmente para que su natal Polonia y Rusia salgan del comunismo, apeló también en varias ocasiones como mediador entre naciones en conflicto, un ejemplo concreto es el Conflicto del Beagle, un paso interoceánico que no pertenece a ningún océano, entre la Argentina y Chile en 1978. Ambas naciones estaban al borde de la guerra, tenían militares en sus fronteras en disputa de unas islas que se encuentran en la parte del canal que comparten los dos países. Juan Pablo II consiguió que firmen un tratado de paz.

El Pontífice también tuvo influencia en la reanudación de las negociaciones de paz entre los estado del Oriente Medio.

Se mostraba opuesto a los extremos socialistas o capitalistas. Eso explicaría, según sus seguidores, su viaje a Cuba en 1998 a fin de intentar suavizar el sistema. No tuvo ningún reparo en reprender públicamente al cardenal nicaragüense Ernesto Cardenal, quien en 1983 se encontraba arrodillado frente a él a su llegada al aeropuerto de Managua. Lo increpó por su apoyo y trabajo al Frente Sandinista del Liberación Nacional, del presidente Daniel Ortega, y por ocupar el cargo de ministro de Educación, colaborando así a terminar con la dictadura de Anastasio Somoza.

Este suceso fue visto por los progresistas católicos como el alineamiento del Pontífice a las dictaduras militares, de hecho fue muy criticado por mantener buenas relaciones con el exdictador chileno Augusto Pinochet.

Fue duro y radical con lo sacerdotes que apostaban por la Teología de la Liberación y defendió con tenacidad los principios básicos de la Iglesia.

Sin embargo, respetaba los valores de otras religiones, lo que lo llevó a reunirse con ortodoxos, budistas y mahometanos

Al inicio de su pontificado, la Santa Sede tenía relaciones diplomáticas con 84 estados. Al fallecer este Papa, las tenía con 173.

Fue un devoto de la Virgen, algunos de sus biógrafos indican que el amor inmenso que sentía hacia ella surgió luego de la inesperada muerte de su madre.

Su vida estuvo marcada por trágicos sucesos que pusieron el él un dejo de tristeza, pero siempre estuvo lleno de fe y esperanza.

Cuando tenía 9 años, su madre murió mientras daba a luz a su hermana, quien también falleció. Entonces, su padre se dedicó de lleno a él y a su hermano, Edmund Wojtyla.

Edmund, 14 años mayor al Papa, estudiaba medicina y murió tras haber sido contagiado de una enfermedad infecciosa que causa erupciones en todo el cuerpo, llamada escarlatina.

Fue otro duró golpe en su vida, pero, ya más apegado a Dios, aceptó con humildad sus designios.

Durante su pontificado fue evidente el deterioro de salud, pero se mostraba con una gran fuerza interior. Tras el intento del asesinato en 1981, se le detectó cáncer al intestino y tuvo caídas, en las que se fracturó el hombro, en 1993; el fémur, en 1994, y fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson en 1996.

Fue la primera vez que un Papa dio a conocer abiertamente sus enfermedades. En septiembre de 2003, su salud empeoró notablemente y la Cúpula de la Iglesia comenzó a preparar a los católicos para su muerte.

Se negó a tomar medicinas y, aún sin casi poder hablar y con el mal de Parkinson avanzado, se opuso a la guerra contra Iraq.

A inicios de 2005, tuvo complicaciones respiratorias y, a finales de marzo, una fuerte infección a las vías urinarias. El 2 de abril a las 21:37 (hora de Italia) dijo: "Déjenme ir a la casa de mi padre", y murió.
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jueves, 11 de octubre de 2012

Oración del Beato Juan Pablo II a Nuestra Señora del Pilar


¡Dios te salve María, Madre de Cristo y de la Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra!

A tus cuidados confío esta tarde las necesidades de todas las familias, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos.

Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y empeño de cuantos trabajan por el Reino de Cristo.

En tus manos pongo la fatiga y el sudor de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su ciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad.

En tu Corazón dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres económicos, procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano, prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia.

Virgen Santa del Pilar: Aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad.  Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Y asiste maternalmente, oh María, a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así sea.

Beato Juan Pablo II
Zaragoza, 6 de noviembre de 1982
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sábado, 6 de octubre de 2012

La Virgen del Rosario continúa su obra de anunciar a Cristo

En el punto 17 de la Carta Apostólica "Rosarium Virginis Mariae", el Beato Papa Juan Pablo II, expresa que "La Virgen del Rosario continúa su obra de anunciar a Cristo".

El siguiente es el texto completo de dicho punto:

"...El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador..."

Nota: La foto que ilustra esta nota corresponde a la Visita Pastoral realizada por el Beato Papa Juan Pablo II al Santuario de la Santísima Virgen María del Santo Rosario de Pompeya, el martes 7 de octubre de 2003.
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jueves, 4 de octubre de 2012

Juan Pablo II y Santa Faustina Kowalska


Polaca de nacimiento y monja de devoción, Faustina tuvo otras tantas revelaciones entre las que destacan la Guerra Mundial y su propia muerte.

Múltiples teorías y teóricos nos han hablado del fin del mundo a lo largo de los años. La Biblia nos invita además, a reflexionar sobre ello y en base a sus textos se ha escrito muchísimo sobre el fin de los días. Una de esas personalidades que tomaron protagonismo en la imposición de la fecha de caducidad del universo fue Sor Faustina Kowalska.

Faustina nació en 1905 en Glogowice, una localidad cerca de Lodz, en Polonia. Allí creció en un entorno católico y recibió durante sus primeros pasos en el mundo una gran educación cristiana. A los 20 años, ingresaba en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de la Madre de Dios: las Magdalenas.

Estas monjas se dedicaban a la formación moral de las jovencitas necesitadas de ávidos consejos de vida. Seis años más tarde de ingresar en la Congregación, en 1931, Sor Faustina aseguró ver a Cristo. No verlo en sueños, no que le hablase y le mostrase el camino. No. Ella asegura haberlo visto físicamente, cerca de Cracovia.

Se le apareció y frente a ella levantó una mano en señal de bendición y otra la postró en su pecho. Faustina cuenta así lo que ocurrió en ese instante “De su manto brotaban dos rayos de luz: el uno rojo y el otro blanco. Él me dijo: estos dos rayos de luz representan la sangre y el agua que brotaron de mi corazón al ser herido por la lanza del soldado en la cruz. El rayo rojo significa la sangre y el blanco el agua. Debes mandar pintar una imagen mía así como la estás viendo ahora, y que lleve esta inscripción: “JESÚS, YO CONFÍO EN TÍ”.  “Deseo que esta imagen sea venerada en todas partes, y prometo que a quienes veneren mi imagen y confíen en mí, les concederé gracias y favores mucho más grandes de los que me pidan. Y los asistiré en el momento de su muerte”.

Sor Faustina fue recogida en el seno de la Congregación entre vítores de admiración. Había visto a Jesucristo.

Ocho años antes de la última guerra mundial, cuentan que predijo lo que ocurriría. También el bombardeo a Varsovia y algo que inquietó a muchos: la fecha de su propia muerte. Día, motivo (tuberculosis) y año exacto. Y así fue.

Pero antes de morir, cumplió con el encargo de Dios pintando la obra que le ordenó. Así nacía la devoción a la Divina Misericordia que, un cardenal polaco bien considerado en la iglesia y que por aquél entonces ocupaba el puesto de arzobispo de Cracovia, dio luz verde a esta práctica prohibida durante 19 años. Seis meses después llegaría a Sumo Pontífice bajo el nombre de Juan Pablo II.

Fue entonces cuando Sor Faustina tuvo una nueva revelación que dejó plasmada en sus escritos: “Esta mirada que aparece en mi rostro es la misma que desde la cruz dirigí en favor de los pecadores. Dile a los pecadores que si acuden a mi Misericordia, entonces por más grandes que sean sus pecados, en vez de castigarles, les concederé mi perdón. Que recurran a mi Misericordia y me supliquen perdón, antes de que les llegue mi justicia. Antes de venir como juez, abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Solamente quienes no quieran acudir a mi Misericordia tendrán que recibir todo el peso de mi justicia. Precediendo el día de la justicia, hará una señal en el cielo a todos los hombres. Toda luz será apagada en el firmamento y en la Tierra. Entonces aparecerá venida del Cielo la señal de la Cruz, de cada una de mis llagas de las manos y de los pies saldrán luces que iluminarán la Tierra por un momento. Quiero a Polonia de una manera especial. Si es fiel y dócil a mi voluntad, la elevaré en poder y santidad. De allí, de Polonia, saltará la chispa que preparará al mundo a mi última venida”.

Con esto Sor Faustina apunta a Juan Pablo II como el Papa previo al fin de los días coincidiendo con aquellas profecías de la Virgen en las apariciones de Umbe y Garabandal, cuando decía que Juan Pablo II era el último Papa previo al fin de los tiempos.

En no muchas ocasiones Jesús se manifiesta y muestra un aspecto como la Misericordia. Sólo el tiempo nos dirá si con Benedicto XVI llegó la última venida y el fin de los días.
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