sábado, 27 de abril de 2019

San Juan Pablo II, apóstol de la Divina Misericordia

1. Misericordia de vida
Karol Wojtyła vivió en tiempos muy difíciles. Los años de la Segunda Guerra Mundial y del comunismo de post-guerra en Polonia, como así también todos los años en los que llevó a cabo el ministerio de San Pedro, le permitieron observar los problemas, tan distintos entre sí y tan difíciles, de todo el mundo. De ahí que sus palabras sobre la misericordia no fueron meramente teóricas, sino que provinieron de una persona que sabe lo que es el sufrimiento, que experimentó el drama del pecado humano y el sufrimiento humano. Consciente de las amenazas existentes, escribió en 1980: “Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es « misericordioso y Dios de todo consuelo” Dives in Misericordia, 1).

Ser misericordioso es llevar a Dios dentro del drama humano. Incluso, si nosotros mismos no experimentamos grandes dificultades, no hay necesidad de viajar muy lejos para conocer personas para las que la misericordia es la única salvación.

2. Misericordia de paciencia
Inclusive antes de que Karol Wojtyła se convirtiera en Papa, vino a vivir a Cracovia. Pudo observar, y luego acompañar, la devoción a la Divina Misericordia que iba creciendo en torno de la misión de Sor Faustina. Digna de elogio fue su actitud única ante la prohibición de este culto que estuvo en vigor desde 1959 hasta 1978, prácticamente, todo lo que duró su ministerio como obispo de Cracovia. Como obispo, y luego cardenal, nunca criticó la decisión de la Santa Sede pero, dentro de los límites permitidos por la ley intentó, junto con otros obispos polacos, distender la prohibición.

Ser misericordioso significa también saber esperar. Ser capaz de entender a aquellos que aún no han recibido el don del entendimiento. Confiar en Dios que es Él quien, finalmente, determina los tiempos y los lugares de su obra.

3. Misericordia de palabra
San Juan Pablo II no habló mucho sobre la misericordia. Sin embargo, después de dos años de su elección en la Santa Sede escribió la primera encíclica dedicada a este misterio. 'Dives in misericordia' se refiere, ya desde el título, a la Divina Misericordia. Es necesario que todo el mundo que quiera, por lo menos, entender qué es la misericordia lo lea. Además, se necesita la lectura de esta encíclica para entender la homilía de la misa de canonización de Santa Faustina (Roma, 2000) y de la prédica durante la última peregrinación de San Juan Pablo II a su tierra (Cracovia, 2002).

Al momento de la canonización de Santa Faustina, Juan Pablo II dijo: “la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio.”

Ser misericordioso es también saber cómo hablar de la misericordia. San Juan Pablo II nos enseña cómo hablar ya que esto no es una simple cuestión humana sobre el amor, lo cual no necesita de Dios, ni una manera de hablar de Dios que no ayuda a nadie.

4. Misericordia del poder
Las decisiones de San Juan Pablo II, quien se convirtió en un hito en el camino del crecimiento de la devoción a la Divina Misericordia, son una bendición a la que podemos reconocer como una gracia. Ya como obispo de Cracovia comenzó el proceso de beatificación de Santa Faustina Kowalska (1968) encomendando el tratamiento de estas cuestiones teológicas a uno de los mejores dogmáticos: P. Profesor Ignacy Różycki. En 1993 proclamó beata a Sor Faustina Kowalska y, siete años más tarde, santa. En 1985 instituyó el Domingo de la Divina Misericordia en la Arquidiócesis de Cracovia; en 1995, en todas las diócesis de Polonia; y, en el 2000, durante la canonización de Santa Faustina, instituyó esta fiesta para la Iglesia del mundo.

Ser misericordioso es también saber tomar buenas decisiones. Tanto en lo personal, como en lo social, en la vida política o religiosa. No todos tienen la misma autoridad pero sí todos, dependiendo de la magnitud de la responsabilidad que le compete, pueden tomar determinadas decisiones de manera tal que Dios misericordioso pueda estar más cerca de los demás.

5. Misericordia de la armonía
En lo personal, me impresionó la armonía entre el amor y la verdad de San Juan Pablo II. Probablemente, quien lo haya conocido debe haber tenido la impresión de que estaba ante una persona que ama, ante una persona ante la cual hasta el mayor pecador puede llegar y convertirse en una mejor persona. No era posible encontrar en él ni un rastro de malicia, desdén o indiferencia. Dios misericordioso estaba presente en el rostro y en el corazón del Papa. Y, al mismo tiempo, nada en su actitud daba la sensación de intentar evitar ninguna de las verdades difíciles de la fe. Era capaz de mantener una especie de santa armonía entre la verdad y el amor, por eso todo el mundo sabía que el Papa amaba, aun cuando no estuviera de acuerdo o, incluso, cuando opinara de forma diametralmente opuesta de aquellos a quienes amaba.

Ser misericordioso es saber cómo mantener la armonía entre el amor y la verdad, lo que a veces puede ser muy difícil para una persona. Sin embargo, ni la misericordia sin la verdad, ni la verdad sin amor por las personas pueden aliviar a nadie.

6. Misericordia de la confianza
El acto de confiarle al mundo a la Divina Misericordia que llevó a cabo el Papa el 17 de agosto de 2002 en el Santuario de la Divina Misericordia en el barrio de Łagiewniki, Cracovia, todavía no se aprecia en toda su magnitud. Con estas palabras el Santo Padre encomendó a la humanidad en las manos de la Divina Misericordia:

“Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre.

Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal; haz que todos los habitantes de la tierra experimenten tu misericordia, para que en ti, Dios uno y trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza.

Padre eterno, por la dolorosa pasión y resurrección de tu Hijo, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Amén”

Confiar significa entregarse a Dios. Encomendar el mundo y los hombres a la misericordia de Dios significa proclamar públicamente la certeza de que únicamente Dios puede salvar al mundo, auxiliarlo, hacerlo un lugar mejor. Ser misericordioso siempre comienza con la certeza de que sin Dios, los hombres no pueden ser rescatados de la miseria, de la pobreza o del pecado.

7. Misericordia de la muerte
Ya en 1981, cuando el Papa perdonó a su asesino, Ali Agca, se mostró como un ser humano que sabe que la misericordia, más allá del sufrimiento personal, es la mejor respuesta a cualquier forma de miseria. Esta bondad del corazón del Papa también reveló la cruz de su enfermedad y de su muerte. A veces, es más fácil para nosotros ser misericordiosos con los demás mientras que no sabemos cómo ser misericordiosos con nosotros mismos. San Juan Pablo II se sumergió tanto en la Misericordia Divina durante sus últimos años y sus últimos días que Dios lo llamó a Su casa en la Vigilia del Domingo de la Divina Misericordia; el 2 de abril de 2005, a las 9:37 pm.

Ser voluntario de la Misericordia es también ser voluntario de la misericordia hacia ti mismo, ser misericordioso hacia la propia pobreza, hacia la miseria del propio pecado y hacia la propia cruz. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

sábado, 20 de abril de 2019

El sepulcro vacío y el encuentro con Cristo Resucitado

"...La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo 'al tercer día resucitó de entre los muertos', se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la fe en la Resurrección es, desde el comienzo, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real, y no un mito o una 'concepción', una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad post-pascual reunida en torno a los Apóstoles en Jerusalén, para superar junto con ellos el sentido de desilusión consiguiente a la muerte de Cristo en Cruz. De los textos resulta todo lo contrario y por ello, como he dicho, tal hipótesis es también crítica e históricamente insostenible.

Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la Resurrección (y es fácil comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como real, casi por contraste y como compensación de la desilusión padecida. No hay huella de un proceso creativo de orden psicológico-sociológico-literario ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos.

Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo había resucitado simplemente porque vivieron la Resurrección como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de los Apóstoles y de los demás discípulos como testigos creíbles. La fe cristiana en la Resurrección de Cristo está ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión histórica precisa..."

San Juan Pablo II (1989)

sábado, 13 de abril de 2019

Con el Domingo de Ramos se inicia la Semana Santa

Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Así, pues, sentado sobre un borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera "entrada solemne en Jerusalén".

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta "entrada". En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba a Jerusalén. Igual que ellos, tenemos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: "Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el Cielo y gloria en las alturas" (Lc 19, 38).

El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la Pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la Pasión del Señor.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en Él al Mesías, sólo Él, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su Misión; sólo Él, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre Él han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en Él con la verdad interior de su alma. Él, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su "entrada en Jerusalén", Él es "obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: "Maestro, reprende a tus discípulos"; Jesús contestó: "Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras" (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la Pasión del Señor. Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que las piedras.

San Juan Pablo II
Homilía del Domingo de Ramos
30 de marzo de 1980 (extracto)

martes, 2 de abril de 2019

Sobre la muerte de San Juan Pablo II

Hoy se cumplen 14 años del fallecimiento de San Juan Pablo II, el Papa peregrino que viajó por el mundo y se convirtió en uno de los líderes más influyentes del siglo XX.

El Pontífice permaneció en la Cátedra de San Pedro 26 años y 5 meses, siendo el suyo el tercer pontificado más largo en los más de 2000 años de historia de la Iglesia.

Aquí 6 cosas que tal vez no sabías sobre su muerte.

1. Murió de un colapso cardiocirculatorio.
San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 9:37 pm (hora de Roma) en la víspera del Domingo de la Misericordia, una fiesta establecida durante su pontificado. Sufrió un “choque (shock) séptico con colapso cardiocirculatorio debido a una infección, ya detectada, de vías urinarias”. Así lo detalló un exhaustivo informa sobre su agonía y muerte realizado en el Vaticano.
Durante la última semana de vida recibió comida procesada a través de un tubo nasal. Los doctores decían que los problemas en la ingesta de alimentos y en la respiración del Papa, de 84 años, eran consecuencia de la enfermedad de Parkinson.

2. Su funeral duplicó la población de Roma.
A su funeral asistieron 75 jefes de estado, incluyendo presidentes, príncipes, entre otras autoridades. La población de Roma se duplicó durante ese evento y los asistentes esperaron más de 24 horas para verlo en cuerpo presente.
Cuando la Plaza de San Pedro estuvo al tope de su capacidad, quedó completamente en silencio.

3. Sus últimas palabras fueron en polaco.
El informe del Vaticano precisa que seis horas antes de su muerte, Juan Pablo dijo en polaco, con una voz muy débil y con palabras murmuradas: “Déjame ir a la casa del Padre”.
El diario ‘La República’ de Roma, citó a un sacerdote polaco, Jarek Cielecki, diciendo que el Papa murió un instante después de pronunciar con gran esfuerzo la palabra “amén”.

4. Escuchaba la oración de los fieles días antes de su muerte.
Miles de fieles se reunieron para orar en voz alta y hacer vigilia en la Plaza de San Pedro en los días previos a su muerte.
El entonces Arzobispo de Cracovia y Secretario Personal de juan Pablo II durante más de 40 años, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el Papa escuchaba las oraciones de la multitud.

5. Sumamente enfermo dio una última bendición desde su ventana.
Tras su fallido y conmovedor intento de dar la bendición “Urbi et Orbi” el último Domingo de Pascua de 2005, el cual arrancó aplausos y el llanto de los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II, que después de su segunda hospitalización sufría ‘déficit nutricional y marcada debilidad’, volvió a asomarse a la ventana de su habitación el miércoles 30 de marzo para dar la bendición.
Este nuevo intento tampoco tuvo éxito. Aquella comparecencia fue la última estación pública de su doloroso Vía Crucis, dice un documento del Vaticano.

6. “Concelebró” una misa en su agonía.
El informe del Vaticano detalló que los ojos de Juan Pablo II estaban prácticamente cerrados durante una Misa celebrada al pie de su cama en la tarde del 31 de marzo de 2005.
“Pero en el momento de la consagración, débilmente levantó su mano derecha dos veces, es decir, cuando se eleva el pan y el vino. Hizo un gesto indicando que estaba tratando de golpear su pecho durante la recitación de la oración del Cordero de Dios”
Ese día el Cardenal Marian Jaworski, amigo íntimo desde que ambos eran jóvenes sacerdotes en Polonia, le administró el sacramento de la unción de los enfermos.
(Aciprensa)