miércoles, 30 de mayo de 2012
La Visitación de María a su prima Isabel
En el relato de la Visitación, Lucas muestra cómo la
gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y
alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de
Su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su
venida al mundo.
El evangelista, describiendo la salida de María hacia
Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento.
Considerando que este verbo se usa en los evangelios pare indicar la
Resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7. 46) o acciones
materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 2728; 15, 18. 20),
podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso
vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al
mundo el Salvador.
El texto evangélico refiere, además, que María realice el
viaje "con prontitud" (Lc 1, 39). También la expresión "a la
región montañosa" (Lc 1, 39), en el contexto de San Lucas, es mucho más
que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de
la buena nueva descrito en el libro de Isaías: "¡Qué hermosos son sobre
los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas,
que anuncia salvación, que dice a Sión: 'Ya reina tu Dios'!" (Is 52, 7).
Así como manifiesta San Pablo, que reconoce el
cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom
10, 15), así también San Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista,
que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.
La dirección del viaje de la Virgen Santísima es
particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino
misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).
En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el
preludio de la Misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su
maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el Modelo de quienes
en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a
los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.
El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso
acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía
familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el
mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible:
"Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (Lc 1, 40).
San Lucas refiere que "cuando oyó Isabel el saludo
de María, saltó de gozo el niño en su seno" (Lc 1, 41). El saludo de María
suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa
de Isabel, gracias a Su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que
el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.
Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría
mesiánica y "quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz,
dijo: 'Bendita Tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno' " (Lc
1, 4142).
En virtud de una iluminación superior, comprende la
grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el
Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno,
Jesús, el Mesías.
La exclamación de Isabel "con gran voz"
manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría
sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza
de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de Su Hijo.
Isabel, proclamándola "Bendita entre las
mujeres" indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe:
"¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas
de parte del Señor!" (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen
origen en el hecho de que Ella es la que cree.
Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué
honor constituye pare ella su visita: "¿De dónde a mí que la Madre de mi
Señor venga a mí?" (Lc 1, 43). Con la expresión "mi Señor",
Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María. En efecto,
en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. 1 R
1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del reymesías (Sal 110, 1). El ángel había dicho
de Jesús: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre" (Lc 1,
32). Isabel, "llena de Espíritu Santo", tiene la misma intuición. Más
tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que
entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch
2, 3436).
Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos
invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida
de cada creyente.
En la Visitación la Virgen lleva el Cristo, que derrama
el Espíritu Santo, a la madre del Bautista. Las mismas palabras de Isabel
expresan bien este papel de mediadora: "Porque, apenas llegó a mis oídos
la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno" (Lc 1, 44). La
intervención de María produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un
preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con
la Encarnación, esta destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación
divina.
Beato Juan Pablo II
2 de octubre de 1996
Fuente: El camino de María
.
sábado, 26 de mayo de 2012
¡Ven Espíritu de amor y paz!
Espíritu creador, misterioso artífice del Reino, guía la
Iglesia con la fuerza de tus santos dones para cruzar con valentía el umbral
del nuevo milenio y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra
que salva.
Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el
universo, ven y renueva la faz de la tierra. Suscita en los cristianos el deseo
de la plena unidad, para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento de
la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.
¡Ven, Espíritu de amor y paz!
Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia, haz
que la riqueza de los carismas y ministerios contribuya a la unidad del Cuerpo
de Cristo, y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados
colaboren juntos en la edificación del único Reino de Dios.
Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz,
suscita solidaridad para con los necesitados, da a los enfermos el aliento
necesario, infunde confianza y esperanza en los que sufren, acrecienta en todos
el compromiso por un mundo mejor.
¡Ven, Espíritu de amor y paz!
Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el
corazón, orienta el camino de la ciencia y la técnica al servicio de la vida,
de la justicia y de la paz. Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras
religiones. y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.
Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne en
el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha, haznos dóciles a las
muestras de tu amor y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos que
Tú pones en el curso de la Historia.
¡Ven, Espíritu de amor y paz!
A Ti, Espíritu de amor, junto con el Padre omnipotente y
el Hijo unigénito, alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Beato Juan Pablo II
Oración compuesta con ocasión del 2do. año del preparación al Jubileo
del año 2000 dedicado al Espíritu Santo.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Juan Pablo II, un gigante
Ciudad del Vaticano , 21 May. 12 (AICA)
En el Salón Deskur de la sede del Pontificio Consejo para
las Comunicaciones Sociales se proyectó el filme “Un Gigante”, dedicado a la
figura de Juan Pablo II de Italo Moscati producido en colaboración con el
Centro Televisivo Vaticano y la RAI, radio televisión italiana, que utiliza las
imágenes en 3D de la beatificación del Papa Wojtyla, presidida por Benedicto
XVI el 1º de mayo del 2011 en la Plaza de San Pedro, alternadas con imágenes en
2D que recorren la vida de Karol Wojtyla y su ministerio apostólico durante los
casi 27 años de Pontificado.
El filme tiene una duración de 22 minutos y ya había sido
presentado el pasado 14 de marzo durante una conferencia de prensa, fue transmitido
el 1º de abril en el marco del séptimo aniversario de la muerte de Juan Pablo
II, en un especial televisivo.
En la proyección participaron los cardenales Angelo
Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, el arzobispo Claudio Maria Celli,
presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, y el
director del Centro Televisivo Vaticano,
padre Federico Lombardi, quien destacó que como comunicadores de
realidades con significado religioso y espiritual es necesario ser muy
sensibles a la relación entre una técnica comunicativa tendiente a caer en lo
espectacular, y el mensaje profundo que el hecho quiere comunicar.
El padre Lombardi destacó que es una tarea decisiva el
hacer que el mundo en 3D tenga la posibilidad de ofrecer en un futuro también
espacio para una presencia religiosa.
.
domingo, 20 de mayo de 2012
La Ascensión, misterio anunciado
En los misterios gloriosos del Rosario reviven las
esperanzas del cristiano: las esperanzas de la vida eterna que comprometen la
omnipotencia de Dios y las expectativas del tiempo presente que obligan a los
hombres a colaborar con Dios. En Cristo Resucitado resurge el mundo entero y se
inauguran los cielos nuevos y la tierra nueva que llegarán a cumplimiento a su
vuelta gloriosa, cuando «la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos,
ni trabajo, porque todo esto es ya pasado» (Ap 21, 4).
En la Ascensión de Cristo al Cielo, se exalta a la
naturaleza humana que se sienta a la diestra de Dios, y se da a los discípulos
la consigna de evangelizar al mundo. Además, al subir Cristo al Cielo, no se
eclipsa de la tierra, sino que se oculta en el rostro de cada hombre,
especialmente de los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los
marginados, los perseguidos...
Al infundir el Espíritu Santo en Pentecostés, dio a los
discípulos la fuerza de amar y difundir la verdad, pidió comunión en la
construcción de un mundo digno del hombre redimido y concedió capacidad de
santificar todas las cosas con la obediencia a la voluntad del Padre celestial.
De este modo encendió de nuevo el gozo de donar en el ánimo de quien da, y la
certeza de ser amado en el corazón del desgraciado.
En la gloria de la Virgen elevada al Cielo, contemplamos
entre otras cosas la sublimación real de los vínculos de la sangre y los
afectos familiares, pues Cristo glorificó a María no sólo por ser inmaculada y
arca de la presencia divina, sino también por honrar a su Madre como Hijo. No
se rompen en el Cielo los vínculos santos de la tierra; por el contrario, en
los cuidados de la Virgen Madre elevada para ser Abogada y protectora nuestra y
tipo de la Iglesia victoriosa, descubrimos también el modelo inspirador del
amor solícito de nuestros queridos difuntos hacia nosotros, amor que la muerte
no destruye, sino que acrecienta a la Luz de Dios.
Y, finalmente, en la visión de María ensalzada por todas
las criaturas, celebramos el misterio escatológico de una humanidad rehecha en
Cristo en unidad perfecta, sin divisiones ya ni otra rivalidad que no sea la de
aventajarse en amor uno a otro. Porque Dios es Amor.
Así es que en los misterios del Santo Rosario
contemplamos y revivimos los gozos, dolores y gloria de Cristo y su Madre
Santa, que pasan a ser gozos, dolores y esperanzas del hombre.
Beato Juan Pablo II
Ángelus . 6 de noviembre, 1983
Tomado de “El camino de María”
.
jueves, 17 de mayo de 2012
A 92 años de su nacimiento
El 18 de Mayo de 1920, en Wadowice, cerca de Cracovia, Polonia, nació Karol Jósef Wojtyla, quien en Octubre de 1978 llegaría a ocupar el Trono de Pedro al ser elegido Papa, adoptando el nombre de Juan Pablo II.
En este modesto blog destinado a exaltar su memoria para aprender de su constante ejemplo de vida y santidad, queremos presentar a continuación tres videos acerca de su vida que fueron realizados en 1994 (once años antes de su muerte) por ABC News.
sábado, 12 de mayo de 2012
Juan Pablo II y la Virgen de Fátima, una historia de amor filial
Al recorrer el Pontificado de Juan Pablo II, resulta
evidente -y el mismo Santo Padre así lo ha indicado- la presencia maternal de
la Virgen de Fátima.
Esta historia de amor filial comenzó el 13 de mayo de
1981. Juan Pablo II tenía poco más de dos años como Pontífice y ese mismo día,
salvó de morir en un atentado perpetrado por el turco Alí Agca en la Plaza San
Pedro.
"Cuando fui alcanzado por la bala no me di cuenta en
un primer momento que era el aniversario del día en que la Virgen se apareció a
tres niños en Fátima", reveló poco después el Pontífice y agregó que fue
su secretario personal quien lo notó después de la operación en la que le
extrajeron un proyectil del intestino.
Durante su convalecencia, el Papa pidió que le entreguen
un informe sobre las apariciones de Fátima, que estudió en detalle hasta llegar
a la conclusión que debía su vida a la amorosa intercesión de la Virgen.
Un año después del atentado, el 13 de mayo de 1982, Juan
Pablo II viajó por primera vez a Fátima para "agradecer a la Virgen su
intervención para la salvación de mi vida y el restablecimiento de mi
salud".
En diciembre de 1983, el Papa visitó en la cárcel al
hombre que intentó matarlo. El mismo Alí Agca habló de Fátima. "¿Por qué
no murió? Yo sé que apunté el arma como debía y sé que la bala era devastante y
mortal. ¿Por qué entonces no murió? ¿Por qué todos hablan de Fátima?"
Un año más tarde, Juan Pablo II formalizó su devoción y
agradecimiento a la Virgen donando al santuario de Fátima la bala que le
extrajeron, la misma que desde 1984 está engarzada en la aureola de la corona
de la imagen mariana que preside el santuario.
Asimismo, donó la faja blanca que llevaba el día del
atentado al santuario polaco de Jasna Gora, cuya Virgen es venerada desde hace
siglos por sus compatriotas como símbolo de la unidad nacional.
En 1991 el Santo Padre regresó al santuario, donde afirmó
que "la Virgen me regaló otros diez años de vida". En más de una
ocasión ha señalado que considera todos sus años de Pontificado posteriores al
atentado como un regalo de la Divina Providencia a través de la intercesión de
la Virgen de Fátima.
El Papa también se ha referido a los dos mensajes
conocidos de la Virgen de Fátima y en su visita de 1982, Juan Pablo II consagró
solemnemente el mundo entero al corazón inmaculado de María, siguiendo una de
las recomendaciones dadas por la Virgen a los pastorcitos.
Tras un encuentro con la hermana Lucía, la tercera
vidente y única sobreviviente de Fátima, Juan Pablo II repitió la consagración
dos años más tarde, luego de escribir una carta a los obispos de los cinco
continentes para que se unieran a la celebración.
Sobre el tercer secreto no revelado de Fátima se han
hecho múltiples especulaciones. El Santo Padre, conocedor del mismo, ha escrito
al respecto que "Cristo triunfará a través de Ella, porque quiere que las
victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el futuro estén unidas a
ella".
(ACI)
.
miércoles, 9 de mayo de 2012
25 años de la Visita de Juan Pablo II a Argentina
Con motivo de los 25 años de la segunda visita de Juan
Pablo II a la Argentina, los Obispos realizaron una Misa de Acción de Gracias.
El siguiente es el texto de la Homilía realizada por Mons. Héctor Luis
Villalba, Arzobispo Emérito de Tucumán
La visita del Beato Juan Pablo II a nuestro país fue una
gracia singular. Estuvo entre nosotros del 6 al 12 de abril de 1987. El
magisterio y la actividad que desplegó nos llaman la atención. Recorrió diez
diócesis y pronunció veintisiete discursos.
Su paso dejó una huella profunda. Su presencia y su
palabra, a través de la radio y la televisión llegaron a todos los rincones.
Nuestro Pueblo recorrió en su persona el Vicario de Cristo y ha escuchado de sus
labios la palabra del Señor. El Papa vino a la Argentina para darnos nuevos
motivos de esperanza.
Descubrimos los gestos de delicadeza del Papa, como
cuando secó las lágrimas de aquel rostro con sus propias manos, al amor
preferencial que tiene por los enfermos, los ancianos y los niños. Recibimos el
testimonio del Papa orante. Una oración
constante, una oración que contagia. El papa, como Jesús, nos enseña a rezar.
Juntos a los gestos elocuentes, nos dejo su enseñanza. Juan
Pablo II nos dijo que venía para “que la semilla del Evangelio penetre más
profundamente en todos los ambientes de esta noble y fecunda tierra argentina”.
El 12 de abril nos habló a los obispos. Comenzó diciendo
que “Este encuentro ya casi en las últimas horas de mi permanencia en vuestro
país, quiere ser un momento análogo a aquél que Jesús quiso compartir con sus
Apóstoles cuando después de la misión de los a las aldeas de Israel, los invitó
a un lugar retirado, cerca de Betsaida para hacerles descansar y quedarse a
solas con ellos: Vengan ustedes solos a un lugar desierto para descansar un
poco. Hoy es el mismo Jesús quien nos convoca y nos reúne; el mismo Jesús está
en medio de nosotros para guiarnos con su luz y su gracia”.
Nos dijo en esa oportunidad. “Quiero recordaros, en
nombre del Señor, algo que está muy dentro de vuestro corazón sacerdotal: el
presente y el futuro de la evangelización de Argentina está en vuestras manos”.
Y agregó el Papa: “la evangelización ha de apoyarse, como
es su fundamento en vuestra unidad de Pastores, modelo y causa visible de la
comunión eclesial recordad la plegaria del Señor Jesús que dirigió al Padre por
los Apóstoles: Que todos sean uno: como tú Padre, estás en mí y yo en ti, que
también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Estas palabras contienen la voluntad divina de unidad para los Apóstoles y para
los Sucesores, los Obispos: unidad de pensamiento, de palabra, de sentimiento y
de acción entre todos los obispos, miembros de un mismo colegio, cuya cabeza
visible es el Papa”.
El 10 de abril en el estadio de Vélez Sársfield tuvo
lugar el encuentro con los sacerdotes, los consagrados y los agentes de
pastoral de todo el país. En la homilía de la Misa nos dijo: “Iglesia en
Argentina ¡Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz, y la gloria del
Señor alborea sobre ti!” (cf. Is. 60,1).
Sin dudas que uno de los frutos de la visita del papa a
la Argentina son Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. A menos de un
mes de la partida del Papa, el 3 de mayo, se realiza la Asamblea Episcopal. En
la declaración conclusiva: “Iglesia en Argentina ¡levántate!: Se decide
proyectar líneas fundamentales para la nueva evangelización, con la
participación de todo el Pueblo de Dios.
Fue conmovedor
como el domingo de Pascua de 2005, marcado por el sufrimiento, el Papa Juan
Pablo II se asomó a la ventana de su escritorio en la Plaza San Pedro e impartió, por última vez, su bendición.
Pidamos ahora, asomado a la ventana de la casa del Padre
no bendiga desde el cielo.
.
sábado, 28 de abril de 2012
miércoles, 25 de abril de 2012
Dios, creador del cielo y de la tierra, Padre de Jesús y
Padre nuestro
Bendito seas Señor, Padre que estás en el Cielo, porque
en tu infinita Misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos
has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y
Redentor. Gracias, Padre bueno, por el don de este año; haz que sea un tiempo
favorable, el año del gran retorno a la casa paterna, donde Tú, lleno de Amor,
esperas a tus hijos descarriados para darles el abrazo del perdón y sentarlos a
tu mesa, vestidos con el traje de fiesta.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Clemente, que en este año se fortalezca nuestro
amor a Ti y al prójimo: que los discípulos de Cristo promuevan la justicia y la
paz; se anuncie a los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir
su amor de predilección a los pequeños y marginados.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Justo, que este año sea una ocasión propicia para
que todos los católicos descubran el gozo de vivir en la escucha de tu Palabra,
abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la comunión fraterna
partiendo juntos el pan y alabándote con himnos y cánticos espirituales.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Misericordioso, que este año sea un tiempo de
apertura, de diálogo y de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los
miembros de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu
Misericordia con todos.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
Padre Omnipotente, haz que todos tus hijos sientan que en
su caminar hacia Ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosamente la
Virgen María, icono del Amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de
la Iglesia.
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
A Ti, Padre de la vida, Principio sin principio, suma
Bondad y eterna Luz, con el Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y
gratitud por los siglos sin fin. Amén.
Juan Pablo II
Oración para la celebración del Gran Jubileo del año
2000
.
domingo, 22 de abril de 2012
María Mediadora
Entre los títulos atribuidos a María en el culto de la
Iglesia, el capítulo VIII de la Lumen gentium recuerda el de «Mediadora».
Aunque algunos padres conciliares no compartían plenamente esa elección (cf.
Acta Synodalia III, 8, 163-164), este apelativo fue incluido en la constitución
dogmática sobre la Iglesia, confirmando el valor de la verdad que expresa.
Ahora bien, se tuvo cuidado de no vincularlo a ninguna teología de la
mediación, sino sólo de enumerarlo entre los demás títulos que se le reconocían
a María.
El mismo Concilio quiso responder a las dificultades
manifestadas por algunos padres conciliares sobre el término «Mediadora»,
afirmando que María «es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium,
61). Recordemos que la mediación de María es cualificada fundamentalmente por
su maternidad divina. Además, el reconocimiento de su función de mediadora está
implícito en la expresión «Madre nuestra», que propone la doctrina de la
mediación mariana, poniendo el énfasis en la maternidad. Por último, el título
«Madre en el orden de la gracia» aclara que la Virgen coopera con Cristo en el
renacimiento espiritual de la humanidad.
La mediación materna de María no hace sombra a la única y
perfecta mediación de Cristo. En efecto, el Concilio, después de haberse
referido a María «mediadora», precisa a renglón seguido: «Lo cual, sin embargo,
se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la
eficacia de Cristo, único Mediador» (ib., 62). Y cita, a este respecto, el
conocido texto de la primera carta a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y
también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre
también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2,5-6).
Así pues, lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la
única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia.
«En efecto, todo el influjo de la santísima Virgen en la salvación de los
hombres no tiene su origen en ninguna necesidad objetiva, sino en que Dios lo
quiso así. Brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su
mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (ib.).
Al proclamar a Cristo único Mediador (cf. 1 Tm 2,5-6), el
texto de la carta de san Pablo a Timoteo excluye cualquier otra mediación
paralela, pero no una mediación subordinada. En efecto, antes de subrayar la
única y exclusiva mediación de Cristo, el autor recomienda «que se hagan
plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres» (1
Tm 2,1). ¿No son, acaso, las oraciones una forma de mediación? Más aún, según
san Pablo, la única mediación de Cristo está destinada a promover otras
mediaciones dependientes y ministeriales. Proclamando la unicidad de la de
Cristo, el Apóstol tiende a excluir sólo cualquier mediación autónoma o en
competencia, pero no otras formas compatibles con el valor infinito de la obra
del Salvador.
¿Qué es, en verdad, la mediación materna de María sino un
don del Padre a la humanidad? Por eso, el Concilio concluye: «La Iglesia no
duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la
recomienda al corazón de sus fieles» (ib.).
María realiza su acción materna en continua dependencia
de la mediación de Cristo y de él recibe todo lo que su corazón quiere dar a
los hombres. La Iglesia, en su peregrinación terrena, experimenta
«continuamente» la eficacia de la acción de la «Madre en el orden de la
gracia».
Catequesis de Juan Pablo II (1-X-97)
.
miércoles, 18 de abril de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
Domingo de la Misericordia Divina
En la meditación antes del rezo del Regina Coeli del
Domingo 23 de abril de 1995, Juan Pablo II expresó:
«Hoy concluye la octava de Pascua, durante la cual la
Iglesia repite con júbilo las palabras del salmo: «Éste es el día en que actuó
el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118, 24). Toda la octava es
como un único día, el día nuevo, el día de la nueva creación. Venciendo la
muerte Cristo creó un mundo nuevo (cf. Ap 21, 5). De la Pascua brotan para los
creyentes novedad de vida, paz y alegría.
Sin embargo, la paz y la alegría de la Pascua no son sólo
para la Iglesia: son para el mundo entero. La alegría es la victoria sobre el
miedo, sobre la violencia y sobre la muerte. La paz es lo contrario de la
angustia. Saludando a los Apóstoles atemorizados y desalentados por su pasión y
muerte, el Resucitado les dice: «La paz con vosotros» (Jn 20, 19). Cuando
Cristo se aparece a san Juan en la isla de Patmos, le dirige esta invitación:
«No temas, soy Yo, el Primero y el Último, el que Vive; estuve muerto, pero
ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte
y del infierno» (Ap 1, 17-18).
La Pascua vence el miedo del hombre, porque da la única
respuesta verdadera a uno de sus problemas mayores: la muerte. La Iglesia,
anunciando la Resurrección de Jesús, quiere transmitir a la humanidad la fe en
la resurrección de los muertos y en la vida eterna. El anuncio cristiano es
esencialmente evangelio de la vida.
«Dad gracias al Señor porque es bueno» (Sal 118, 1). Este
domingo es, de modo particular, un día de acción de gracias por la bondad que
Dios muestra al hombre en todo el misterio pascual. Por eso se le llama Domingo de la Misericordia Divina. En su
esencia, la Misericordia de Dios, como ayuda a comprender mejor la experiencia
mística de Faustina Kowalska, revela precisamente esta verdad: el bien vence al
mal, la vida es más fuerte que la muerte y el Amor de Dios es más poderoso que
el pecado. Todo esto se manifiesta en el misterio pascual de Cristo. Aquí Dios
se muestra como es: un Padre de infinita ternura, que no se rinde frente a la
ingratitud de sus hijos, y que siempre está dispuesto a perdonar.
Debemos experimentar personalmente esta Misericordia, si
queremos ser también nosotros misericordiosos. ¡Aprendamos a perdonar! Sólo el
milagro del perdón puede interrumpir la espiral del odio y de la violencia, que
ensangrienta el camino de tantas personas y de tantas naciones.
Que María obtenga a toda la humanidad este don de la
Misericordia divina, para que los hombres y los pueblos, tan probados por
enfrentamientos y guerras fratricidas, venzan el odio y adopten actitudes concretas
de reconciliación y de paz"
.
sábado, 7 de abril de 2012
Ha resucitado ¡Aleluya!
"Ha resucitado del sepulcro el Señor, que por
nosotros fue colgado de la cruz" ¡Aleluya! Resuena alegre el anuncio pascual: ¡Cristo ha resucitado,
ha resucitado verdaderamente! El que "padeció bajo el poder de Poncio
Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado", Jesús, el Hijo de Dios
nacido de la Virgen María, "resucitó al tercer día, según las
Escrituras" (Credo).
Este anuncio es el fundamento de la esperanza de la
humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana
nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la
muerte nos tendrían a todos como rehenes. Con su muerte, Jesús ha quebrantado y
vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.
"¡Paz a vosotros!" (Jn 20,19.20). Éste es el
primer saludo del Resucitado a sus discípulos; saludo que hoy repite al mundo
entero. ¡Oh Buena Noticia tan esperada y deseada! ¡Oh anuncio consolador para
quien está oprimido bajo el peso del pecado y de sus múltiples estructuras!
Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, proclamamos hoy la
esperanza de la paz, de la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del
amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad.
"Pacem en
terris....". "La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la
humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni
consolidarse sino se respeta fielmente el orden establecido por Dios"
(Enc. Pacem in terris, Introd.). Con estas palabras comienza la histórica
Encíclica, con la cual hace cuarenta años el beato Papa Juan XXIII indicó al
mundo el camino de la paz. Son palabras actuales como nunca al alba del tercer
milenio, tristemente oscurecido por violencias y conflictos.
Que se trunque la cadena del odio que amenaza el
desarrollo ordenado de la familia humana. Que Dios nos conceda ser liberados
del peligro de un dramático choque entre las culturas y las religiones. Que la
fe y el amor a Dios hagan a los creyentes de cada religión valientes artífices
de comprensión y perdón, pacientes constructores de un provechoso diálogo
interreligioso, que inaugure un era nueva de justicia y de paz.
Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago,
Cristo repite a los hombres de nuestro tiempo: "¡Ánimo, soy yo, no
temáis!" (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Aunque
parezco muy oscuro el horizonte de la humanidad, hoy celebramos el triunfo
esplendoroso de la alegría pascual. Si un viento contrario obstaculiza el
camino de los pueblos, si se hace borrascoso el mar de la historia, ¡que nadie
ceda al desaliento y a la desconfianza! Cristo ha resucitado; Cristo está vivo
entre nosotros; realmente presente en el sacramento de la Eucaristía, Él se
ofrece como Pan de salvación, como Pan de los pobres, como Alimento de los
peregrinos.
¡Oh divina presencia de amor, oh vivo memorial de Cristo
nuestra Pascua, Tú eres viático para los que sufren y los que mueren, para
todos eres prenda segura de vida eterna! María, primer tabernáculo de la
historia, Tú, testigo silencioso de los prodigios pascuales, ayúdanos a cantar
con la vida tu mismo "Magnificat" de alabanza y agradecimiento,
porque hoy "ha resucitado del sepulcro el Señor, que por nosotros fue
colgado de la cruz".
Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. Ha
resucitado. ¡Aleluya!
Beato Juan Pablo II
Homilía 20-Abril-2003
.
miércoles, 4 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
Meditaciones del Domingo de Ramos
El pensamiento se centra hoy, al comienzo de la Semana
Santa, en el Calvario, donde estaba junto a la Cruz de Jesús la Madre, y
también un joven, Juan, el discípulo al que amaba Jesús, el discípulo que en la
última Cena reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor, "sacando de su
seno los secretos de la sabiduría y los misterios de la piedad". Él
escribió y entregó a la Iglesia lo que los otros Evangelistas no dijeron:
"Estaba junto a la Cruz de Jesús su Madre".
El largo, silencioso itinerario de la Virgen, que se
inició con el "Fiat" gozoso de Nazaret y se cubrió de oscuros
presagios en la presentación del Primogénito en el templo, encontró en el
Calvario su coronamiento salvífico. "La Madre miraba con ojos de piedad
las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo".
Crucificada con el Hijo crucificado, contemplaba con angustia de Madre y con
heroica fe de discípula, la muerte de su Dios; "consintiendo amorosamente
en la inmolación de la Víctima que Ella; misma había engendrado" para ese
Sacrificio. Entonces pronunció su último "Fiat", cumpliendo la Voluntad
del Padre en favor nuestro y acogiéndonos a todos como a hijos, en virtud del
testamento de Cristo: "Mujer, he ahí a tu hijo".
"He ahí a tu Madre", dijo Jesús al discípulo;
"y desde aquella hora el discípulo la recibía en su casa": el
discípulo acogió a la Virgen Madre como su luz, su tesoro, su bien, como el don
más querido heredado del Señor. Y la amó tiernamente con corazón de hijo.
"Por esto, no me maravillo -escribe Ambrosio- de que haya narrado los
divinos misterios mejor que los otros aquel que tuvo junto a sí a la morada de
los misterios celestes".
Acoged a María Santísima en vuestro corazón y en vuestra
vida: que sea Ella la idea inspiradora de vuestra fe, la estrella luminosa de
vuestro camino pascual, para construir un mundo nuevo en la luz del Resucitado,
esperando la Pascua eterna del Reino.
Beato Juan Pablo II.
Ángelus. 15 de abril de 1984
Oh María, Tú que has recorrido
el camino de la Cruz junto con tu Hijo,
quebrantada por el dolor en tu Corazón de madre,
pero recordando siempre el "fiat"
e íntimamente confiada en que Aquél
para quien nada es imposible
cumpliría sus promesas,
suplica para nosotros
y para los hombres de las generaciones futuras
la gracia del abandono en el Amor de Dios.
Haz que, ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba,
por dura y larga que sea,
jamás dudemos de su Amor.
A Jesús, tu Hijo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
Beato Juan Pablo II
.
.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Oración por la vida
Oh, María aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes a Ti confiamos la causa de la
vida; mira Madre, el número inmenso de niños a quienes se les impide nacer, de
pobres a quienes se les hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de
violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o
de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con
firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo, el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de
celebrarlo con gratitud durante toda su existencia y la valentía de
testimoniarlo con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena
voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de
Dios Creador y amante de la vida.
Beato Juan Pablo II
.
domingo, 25 de marzo de 2012
María y la Anunciación
Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, y precioso que tiene, incluido su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María Santísima, a quien los santos llaman el Tesoro de Dios, de cuya plenitud se enriquecen los hombres. (n.23)
Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó tesorera de todo cuanto el Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica sus méritos a sus miembros, les comunica virtudes y les distribuye sus gracias. María constituye su canal misterioso, su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias. (n.24)
Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee. De manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales. Porque tal es la voluntad de Dios que quiere que todo lo tengamos por María. Y porque así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada por su humildad. Estos son los sentimientos de la iglesia y de los Santos Padres. (n.25)
San Luis María Grignión de Monfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen.
"San Luis María Grignion de Montfort, contempla todos los misterios a partir de la Encarnación, que se realizó en el momento de la Anunciación. Así, en el Tratado de la verdadera devoción, María aparece como "el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán", la "tierra virgen e inmaculada" de la que Él fue modelado (n. 261). Ella es también la nueva Eva, asociada al nuevo Adán en la obediencia que repara la desobediencia original del hombre y de la mujer... Por medio de esta obediencia, el Hijo de Dios entra en el mundo. Incluso la Cruz ya está misteriosamente presente en el instante de la Encarnación, en el momento de la Concepción de Jesús en el seno de María. En efecto, el "ecce venio" de la Carta a los Hebreos (cf. Hb 10, 5-9) es el acto primordial de obediencia del Hijo al Padre, con el que aceptaba su sacrificio redentor "ya cuando entró en el mundo".
Beato Juan Pablo II
Beato Juan Pablo II
.
Quisiéramos ver a Jesús
"En el Evangelio del quinto Domingo de Cuaresma, Jesús explica el sentido de su muerte sirviéndose de la imagen del grano de trigo que, muriendo, da fruto (cf. Jn 12, 24). La ocasión para esta reflexión se la ofrece el hecho de que, entre la multitud que fue a recibirlo mientras se acercaba a Jerusalén, había también extranjeros, precisamente algunos griegos, que manifestaron a los Apóstoles su deseo de verlo: «Quisiéramos ver a Jesús» (Jn 12, 21). Con estas palabras, se hacen en cierto modo portavoces de toda la humanidad, destacando el valor universal de la salvación ofrecida por Jesús.
¡Quisiéramos ver a Jesús! Este es el grito que la humanidad dirige también hoy a los discípulos de Cristo, pidiéndoles que muestren, con su vida y sus obras, el rostro divino. Lo acogemos con emoción, sabiendo que, como dice el apóstol Pablo, llevamos un tesoro en «recipientes de barro» (2 Co 4, 7). No ignoramos que la historia cristiana, aunque es tan rica en santidad, muestra también mucha fragilidad humana.
El Concilio ha observado que, con frecuencia, precisamente la incoherencia de los creyentes constituye un obstáculo en el camino de cuantos buscan al Señor (cf. Gaudium et spes, 19). Por esta razón, el camino de la Iglesia tiene que ser un serio itinerario de conversión, un esfuerzo de renovación personal y comunitaria a la luz del Evangelio...Cuanto más se refleje Cristo en nuestra vida, tanto más mostrará la atracción irresistible que Él mismo anunció hablando de su muerte en la cruz: «Cuando Yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12, 32)"
Hoy oímos que el Señor Jesús preanuncia su muerte. Este es ya el V domingo de Cuaresma; estamos muy próximos a la Semana Santa, al triduo sacro que nos recordará nuevamente de modo particular su pasión, muerte y resurrección. Por esto las palabras con que el Señor anuncia su fin ya cercano hablan de la gloria: «Es llegada la hora en que el Hijo del hombre será glorificado... Ahora mi alma se siente turbada. ¿Y qué diré?... Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12, 23. 27-28). Y finalmente pronuncia las palabras que manifiestan tan profundamente el misterio de la muerte redentora: «Ahora es el juicio de este mundo... Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (Jn 12, 31-32). Esta elevación de Cristo sobre la tierra es anterior a la elevación en la gloria: elevación sobre el leño de la cruz, elevación de martirio, elevación de muerte.
Jesús preanuncia su muerte también en estas palabras misteriosas: «En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto» (Jn 12, 24). Su muerte es prenda de la vida, es la fuente de la vida para todos nosotros. El Padre Eterno preordinó esta muerte en el orden de la gracia y de la salvación, igual que está establecida, en el orden de la naturaleza, la muerte del grano de trigo bajo la tierra, para que pueda despuntar la espiga dando fruto abundante. El hombre después se alimenta de este fruto que se hace pan cotidiano. También el sacrificio realizado en la muerte de Cristo se hace comida de nuestras almas bajo las apariencias de pan.
Preparémonos a vivir la Semana Santa, el triduo sacro, la muerte y la resurrección. Aceptemos esta vida cuya fuente es su sacrifico. Vivamos esta vida alimentándonos con la comida del Cuerpo y la Sangre del Redentor, crezcamos en ella para alcanzar la vida eterna.
Beato Juan Pablo II
.
jueves, 22 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
Dios Padre da su Hijo al mundo
«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna».
Estas palabras, pronunciadas por Cristo en el coloquio con Nicodemo, nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra «da» («dio») indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el Amor, el Amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso «da» a su Hijo. Este es el Amor hacia el hombre, el Amor por el « mundo»: el Amor salvífico.
Estas palabras, pronunciadas por Cristo en el coloquio con Nicodemo, nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra «da» («dio») indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el Amor, el Amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso «da» a su Hijo. Este es el Amor hacia el hombre, el Amor por el « mundo»: el Amor salvífico.
El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, éstas se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna. La misión del Hijo unigénito consiste en vencer el pecado y la muerte. Él vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence la muerte con su Resurrección.
Cuando se dice que Cristo con su misión toca el mal en sus mismas raíces, nosotros pensamos no sólo en el mal y el sufrimiento definitivo, escatológico (para que el hombre «no muera, sino que tenga la vida eterna »), sino también —al menos indirectamente— en el mal y el sufrimiento en su dimensión temporal e histórica. El mal, en efecto, está vinculado al pecado y a la muerte. Y aunque se debe juzgar con gran cautela el sufrimiento del hombre como consecuencia de pecados concretos (esto indica precisamente el ejemplo del justo Job), sin embargo, éste no puede separarse del pecado de origen, de lo que en San Juan se llama « el pecado del mundo», del trasfondo pecaminoso de las acciones personales y de los procesos sociales en la historia del hombre. Si no es lícito aplicar aquí el criterio restringido de la dependencia directa (como hacían los tres amigos de Job), sin embargo no se puede ni siquiera renunciar al criterio de que, en la base de los sufrimientos humanos, hay una implicación múltiple con el pecado.
De modo parecido sucede cuando se trata de la muerte. Esta muchas veces es esperada incluso como una liberación de los sufrimientos de esta vida. Al mismo tiempo, no es posible dejar de reconocer que ella constituye casi una síntesis definitiva de la acción destructora tanto en el organismo corpóreo como en la psique. Pero ante todo la muerte comporta la disociación de toda la personalidad psicofísica del hombre. El alma sobrevive y subsiste separada del cuerpo, mientras el cuerpo es sometido a una gradual descomposición según las palabras de Dios, pronunciadas después del pecado cometido por el hombre al comienzo de su historia terrena: «Polvo eres, y al polvo volverás». Aunque la muerte no es pues un sufrimiento en el sentido temporal de la palabra, aunque en un cierto modo se encuentra más allá de todos los sufrimientos, el mal que el ser humano experimenta contemporáneamente con ella, tiene un carácter definitivo y totalizante. Con su obra salvífica el Hijo unigénito libera al hombre del pecado y de la muerte. Ante todo Él borra de la historia del hombre el dominio del pecado, que se ha radicado bajo la influencia del espíritu maligno, partiendo del pecado original, y da luego al hombre la posibilidad de vivir en la gracia santificante. En línea con la victoria sobre el pecado, Él quita también el dominio de la muerte, abriendo con su Resurrección el camino a la futura resurrección de los cuerpos. Una y otra son condiciones esenciales de la «vida eterna», es decir, de la felicidad definitiva del hombre en unión con Dios; esto quiere decir, para los salvados, que en la perspectiva escatológica el sufrimiento es totalmente cancelado.
Como resultado de la obra salvífica de Cristo, el hombre existe sobre la tierra con la esperanza de la vida y de la santidad eternas. Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su Cruz y Resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana, ni libera del sufrimiento toda la dimensión histórica de la existencia humana, sin embargo, sobre toda esa dimensión y sobre cada sufrimiento esta victoria proyecta una luz nueva, que es la luz de la salvación. Es la luz del Evangelio, es decir, de la Buena Nueva.
En el centro de esta luz se encuentra la verdad propuesta en el coloquio con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo». Esta verdad cambia radicalmente el cuadro de la historia del hombre y su situación terrena. A pesar del pecado que se ha enraizado en esta historia como herencia original, como «pecado del mundo » y como suma de los pecados personales, Dios Padre ha amado a su Hijo unigénito, es decir, lo ama de manera duradera; y luego, precisamente por este amor que supera todo, Él «entrega» este Hijo, a fin de que toque las raíces mismas del mal humano y así se aproxime de manera salvífica al mundo entero del sufrimiento, del que el hombre es partícipe
Beato Juan Pablo II
Carta Apostólica Salvifici Doloris -extracto-
Fuente: El Camino de María
.
miércoles, 14 de marzo de 2012
"No tengáis miedo"
"No tengáis miedo" fueron las primeras palabras que Juan Pablo II lanzó al mundo entero desde la Plaza de San Pedro, cuando inauguró su pontificado, el 22 de octubre de 1978. Esas palabras recorrieron, como una melodía, todo su trabajo como Vicario de Cristo, hasta su muerte santa en el 2005.
"No tengáis miedo a la verdad de vosotros mismos"; es decir, el Papa propuso superar el miedo "del hombre y de lo que ha creado": "¡no tengáis miedo de vosotros mismos!".
Desde el inicio hasta el fin de su pontificado el Papa exhortó a confiar en el hombre, desde la humilde aceptación de su contingencia y de su pecado, dirigiendo la mirada al único horizonte de esperanza: Jesucristo.
Jesucristo es el vencedor del mal y del pecado, el Autor de una nueva creación y de una humanidad reconciliada por su Muerte y Resurrección.
"¡No tengáis miedo a abrir de par en par las puertas a Cristo!" Esta expresión es, posiblemente, uno de los gritos más esperanzadores y revolucionarios del mundo contemporáneo, que se debate entre la angustia y los miedos hacia los monstruos que él mismo ha creado: la guerra, la cultura de la muerte, la pérdida de la dignidad humana...
.
domingo, 11 de marzo de 2012
Ruega por nosotros
Desde el profundo azul de tu mirada,
se desbordaba el cielo, en llamaradas
de amor y paz, que el Señor sembró en tus manos,
siembra, que con tu vida derramaste
con la fuerza universal de los océanos.
La fervorosa juventud te aclamaba
dándote su corazón como estandarte de fe,
peregrinando sobre las huellas de tus pasos,
profundas huellas bendecidas con tu sangre.
El egoísmo del mundo que tanto amabas,
venció tu paternal y augusta espalda.
Siempre delante de ti la Cruz Sagrada,
proclamando el Evangelio con tu Cruz y tu Rosario
y esa gran sabiduría que fluía de tus palabras,
dando con ellas el alma que de a poco se elevaba,
hacia ese mágico azul que se llevó tu mirada.
Fuiste un gran hombre, un justo, fuiste Santo en mi morada
tan llena de indiferencia, de soberbia y de pecados.
Haz que esa bella luz que desde el cielo irradias
alumbre la ceguera del caído en tu rebaño.
Haznos escuchar tu voz, llámanos tú Padre Santo,
no permitas que nos falte ese amor que derramabas.
Apóstol peregrino de los caminos de Dios;
amabas pobres y ricos, pecadores como justos;
tu bondad fue testimonio de inolvidable perdón,
como aquél perdón de Cristo perdonando a su verdugo.
Ya te ganaste en la tierra tu gloriosa santidad;
eres remanso, eres vida, por toda la eternidad.
Fuiste soldado del cielo cumpliendo tu gran misión,
a nuestra Madre llevabas muy dentro del corazón;
Fue tu Reina, la elegida de tu más bella oración.
¡Amadísimo discípulo de Cristo Juan Pablo II
ruega por nosotros, ruega por el mundo!
.
Mary Deliberto de De Aurelli
Junín – Mendoza - Argentina
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

















