miércoles, 23 de septiembre de 2020

Oración al Santo Padre Pío compuesta por San Juan Pablo II

Santo padre Pío, enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha prometido revelar los misterios de su Reino.
 
Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.
 
Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
 
Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
 
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra.
 
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
 
(Oración pronunciada por Juan Pablo II en la Misa de canonización del padre Pío)

sábado, 5 de septiembre de 2020

Palabras de San Juan Pablo II sobre Santa Teresa de Calcuta


Poco antes de su partida a la Casa del Padre, el Papa Juan Pablo II, amigo personal de la religiosa, dedicó el rezo dominical del Ángelus en la Plaza San Pedro a la madre Teresa de quien dijo lo siguiente:

"La querida Religiosa reconocida universalmente como la Madre de los Pobres, nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no creyentes. Nos deja el testimonio del amor de Dios. Las obras por ella realizadas hablan por sí mismas y ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto significado que tiene la vida".

"Misionera de la Caridad. Su misión comenzaba todos los días antes del amanecer, delante de la Eucaristía. En el silencio de la contemplación, Madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: tengo sed. Ese grito la empujaba hacia las calles de Calcuta y de todas las periferias del mundo, a la búsqueda de Jesús en el pobre, el abandonado, el moribundo".

"Misionera de la Caridad, dando un ejemplo tan arrollador, que atrajo a muchas personas, dispuestas a dejar todo por servir a Cristo, presente en los jóvenes".

"Ella sabía por experiencia que la vida adquiere todo su valor cuando encuentra el amor y siguiendo el Evangelio fue el buen samaritano de las personas que encontró, de toda existencia en crisis y despreciada".

sábado, 29 de agosto de 2020

Totus Tuus Maria: ¿por qué?

El 2 de abril de 2005, hace poco más de 15 años, murió san Juan Pablo II, después de una larga enfermedad que vivió ofreciendo un testimonio extraordinario. ¿Qué nos dice la vida y el ejemplo de Karol Wojtyla hoy, en un contexto dramático como el que estamos experimentando debido al coronavirus?
 
La propagación de la epidemia y el informe diario sobre el número de víctimas han encontrado una sociedad mal preparada y han dejado ver el vacío espiritual de muchos. El periodista Indro Montanelli, poco antes de su muerte, hizo esta consideración lúcida y honesta: "Si debiera cerrar los ojos sin saber de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer en esta tierra, ¿valdría la pena abrir los ojos? ¡Mi opinión es una declaración de fracaso!”. Estas palabras de Montanelli son una fotografía de la situación de una parte de la sociedad actual. También por esta razón la epidemia es aterradora: porque en muchas personas, la fe se ha extinguido. Juan Pablo II era un creyente, un creyente acérrimo, un creyente constante y la fe iluminó su camino de vida.
 
Todos recordamos el último Viernes Santo de Juan Pablo II. La escena que vimos en la televisión es inolvidable: el Papa, entonces impotente, sostuvo el crucifijo en sus manos y lo miró con gran amor y se podía sentir que estaba diciendo: “Jesús, yo también estoy en la cruz como tú, pero contigo espero la Resurrección”.
 
Juan Pablo II quiso que estas palabras aparecieran en su escudo de armas como lema: Totus Tuus Maria. ¿Por qué? La Virgen estaba cerca de Jesús a la hora de la crucifixión y Ella creyó que era el momento de la victoria de Dios sobre la maldad humana. ¿Cómo? A través del amor, que es la fuerza todopoderosa de Dios.
 
Y María, poco antes de que Jesús consumara su sacrificio de amor en la cruz, escuchó las palabras exigentes que Jesús le dirigió: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”. Es decir, "No pienses en mí, sino en los demás, ayúdalos a transformar el dolor en amor, ayúdalos a creer que la bondad es la fuerza que vence la maldad”. Desde ese momento, María se ha preocupado por nosotros y, cuando nos dejamos guiar por Ella, estamos en buenas manos. Juan Pablo II creía en ello, confiaba en María y con María, transformó el dolor en amor.
(Extraido de Sitio Santísima Virgen)

sábado, 15 de agosto de 2020

La Asunción de la Santísima Virgen

En esta homilía, San Juan Pablo II, nos da una hermosa explicación sobre la Asunción de la Virgen María al Cielo:
 
La Asunción de la Virgen María (o la Asunción de la Virgen) es una doctrina de la Iglesia Católica que enseña que después de la muerte de la madre de Jesús, ella fue resucitada, glorificada y llevada corporalmente al cielo (es decir, físicamente y espiritualmente), para vivir con Dios Padre, con su hijo (Jesucristo), con el Espíritu Santo, los Ángeles y todos los santos del Cielo por toda la eternidad
 
La palabra asunción se toma de una palabra latina que significa "tomar". La Asunción de María es enseñada tanto por la Iglesia Católica, así como por la Iglesia Ortodoxa Oriental en menor grado.
 
Todos los seres humanos tenemos que esperar hasta el fin de los tiempos para nuestra resurrección corporal, pero el cuerpo de María fue capaz de ir directamente al cielo porque su alma no había sido contaminada por el pecado original (Inmaculada).
 
Nadie se ha sumergido como María en el corazón del misterio de la redención. Nadie como ella puede acercar este misterio a nosotros. Ella se encuentra en el centro mismo del misterio.
 
Nos encontramos, en el día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo, cuando la Iglesia proclama la gloria de su nacimiento definitivo para el cielo.
 
Oración a la Virgen María asunta al Cielo
 
¡Oh Madre de la Iglesia! Ante esta humanidad que parece siempre fascinada por lo temporal, y cuando la dominación sobre el mundo oculta la perspectiva del destino eterno del hombre en Dios, sé tú misma un testimonio de Dios; tú, su Madre.
 
¿Quién puede resistir al testimonio de una madre? Tú que has nacido para las fatigas de esta tierra: concebida de forma inmaculada. Tú que has nacido para la gloria del cielo: asunta al cielo.
 
Tú que estás vestida del sol de la insondable Divinidad, del sol de la impenetrable Trinidad, llena del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
 
Tú, a quien la Trinidad se da como único Dios, el Dios de la alianza y de la redención, el Dios del comienzo y del fin. El Alfa y Omega. El Dios-Verdad. El Dios-Amor. El Dios-Gracia. El Dios-Santidad. El Dios que lo supera todo y lo abraza todo. El Dios que es todo en todos.
 
Tú que estás vestida del sol. ¡Hermana nuestra! ¡Madre nuestra! Sé el testimonio de Dios (…) ante nosotros, hijos de Eva en el destierro. ¡Sé el testimonio de Dios!
 
Amén.

jueves, 6 de agosto de 2020

San Juan Pablo II y la Transfiguración del Señor

Amadísimos hermanos y hermanas:
 
La solemnidad de la Transfiguración, que celebramos hoy, cobra para nosotros, en Castelgandolfo, un carácter íntimo y familiar desde que, hace veintitrés años, mi inolvidable predecesor el siervo de Dios Pablo VI concluyó precisamente aquí, en este palacio apostólico, su existencia terrena. Mientras la liturgia invitaba a contemplar a Cristo transfigurado, él terminaba su camino en la tierra y entraba en la eternidad, donde el rostro santo de Dios brilla en todo su esplendor. Por tanto, este día está vinculado a su memoria, envuelta por el singular misterio de luz que irradia esta solemnidad.
 
Ese venerado Pontífice solía subrayar también el aspecto "eclesial" del misterio de la Transfiguración. Aprovechaba cualquier ocasión para poner de relieve que la Iglesia, cuerpo de Cristo, participa por gracia en el mismo misterio de su Cabeza. "Yo quisiera -exhortaba a los fieles- que fueseis capaces de entrever en la Iglesia la luz que lleva dentro, de descubrir a la Iglesia transfigurada, de comprender todo lo que el Concilio ha expuesto tan claramente en sus documentos". "La Iglesia -añadía- encierra una realidad misteriosa, un misterio profundo, inmenso, divino. (...) La Iglesia es el sacramento, el signo sensible de una realidad escondida, que es la presencia de Dios entre nosotros" (Homilía durante la misa celebrada en la parroquia de San Pedro Damián, 27 de febrero de 1972: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de marzo de 1972, p. 4).
 
Estas palabras muestran su extraordinario amor a la Iglesia. Esa fue la gran pasión de toda su vida. Que Dios nos conceda a todos y cada uno servir fielmente, como él, a la Iglesia, llamada hoy a una nueva y audaz evangelización.
 
Eso es lo que pediremos al Señor durante esta santa eucaristía por intercesión de María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización.
 
San Juan Pablo II
(Aciprensa)

domingo, 26 de julio de 2020

Juan Pablo II salvó la vida de una niña que salía del campo de concentración

Era enero de 1945. Edith Zierer tenía trece años y salía del campo de concentración en la ciudad de Częstochowa. No podía imaginar que todos sus familiares habían muerto a manos de los alemanes. Apenas se mantenía en pie. Un joven seminarista la ayudó en la estación de trenes. Ese seminarista era Karol Wojtyła. De no ser por él, ella habría muerto de frío y hambre.
 
Después de abandonar el campo, Edith se subió a un vagón de tren que transportaba carbón. Se estaba quedando sin fuerzas. Se bajó en una estación de trenes en Jędrzejów (provincia de Świętokrzyskie). Y cayó al suelo, totalmente exhausta. Allí quedó tendida, helada y hambrienta, vestida únicamente con un fino uniforme a rayas del campo de trabajo infestado de piojos. Nadie miraba en su dirección y ya no podía moverse. Solamente un hombre se detuvo a ayudarla.
 
Como más tarde recordaría, el hombre era apuesto y vigoroso. Preguntó a la muchacha qué hacía en un lugar como ese. Ella respondió que estaba intentando llegar a Cracovia. Cuando Karol Wojtyła le preguntó por su nombre, los ojos de la chica se llenaron de lágrimas. Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba por su nombre de pila. Hasta hacía muy poco, había sido un mero número. El joven desapareció un rato para regresar con té caliente, pan y queso.
 
Cabe mencionar que, durante la ocupación de Polonia por la Alemania nazi, Karol Wojtyła se estaba preparando para el sacerdocio. Más tarde, como Papa, recordando los tiempos difíciles de la guerra, Juan Pablo II comentó que sus estudios tuvieron lugar parcialmente en la cantera de Solvay en Cracovia y durante clases clandestinas en el Palacio de los arzobispos de Cracovia. El 1 de noviembre de 1946, Karol Wojtyła fue ordenado en el sacerdocio por el cardenal Adam Sapieha.
 
“Intenta levantarte”, la animó el hombre. Por desgracia, la chica no podía. Estaba tan agotada que su cuerpo se hundía como el plomo. Al verlo, el seminarista la tomó en sus brazos y cargó con ella durante tres kilómetros hasta la estación de donde salía el tren a Cracovia.
 
Los otros judíos presentes en el mismo vagón de ganado del tren “advirtieron” a la chica de que quizás el estudiante de sacerdote querría meterla en un convento. Wojtyła cubrió a Edith con un abrigo. La chica estaba muy asustada.
 
Cuando el tren se detuvo, la muchacha se bajó y escondió detrás de los tanques de leche. Wojtyła la llamó por la versión polaca de su nombre: “¡EdytaEdyta!”. Ella recordaría el nombre de él en su memoria para siempre.
 
Cuando el campo de concentración fue liberado por los rusos. Edith quiso entonces encontrar a sus seres queridos. Estaba completamente sola, aunque todavía no lo sabía. Sus padres habían muerto en Dachau y su hermana había sido asesinada en Auschwitz. Menos mal que «un ángel» se cruzó en su duro camino. Recibió la ayuda de un hombre que estudiaba para ser sacerdote, Karol Wojtyła. Recordaría su nombre perfectamente. Toda su vida le estaría profundamente agradecida. Ninguno de los dos tenía familia. El joven sacerdote ya había perdido a su madre, su padre y su hermano. Igual que Edith.
 
Cuando en 1978 Edith se enteró de que Wojtyła se había convertido en Papa, la inundó una alegría tal que lloró de pura felicidad. Por entonces vivía en Israel, tras abandonar Polonia en 1951. Ahora tenía su propia familia: era esposa, madre y trabajaba como técnica dental. Le escribió una carta a Juan Pablo II y le agradeció que le salvara la vida.
 
El Papa la recordaba y la invitó a visitarle en el Vaticano. Se encontraron por primera vez después de tantísimos años en 1998. El Santo Padre le dijo: “Habla alto, hija mía. Soy un hombre viejo”. Bendijo a la mujer y le dijo: “Regresa, hija mía”. (Foto que ilustra esta nota)
 
En 2000, durante su peregrinación a Tierra Santa, Juan Pablo II visitó el Instituto Yad Vashem y depositó allí una corona de flores. Dirigiéndose a él, una mujer dijo: “Quien salva una vida salva al mundo entero”. Este lema está inscrito en la medalla que se concede a los Justos entre las Naciones o aquellos que salvaron vidas de judíos durante el Holocausto.
 
Edith volvería a escribir al Papa y él le respondería. Sin embargo, no volvieron a verse. Zierer falleció en 2014.
(Fuente: Aleteia)

jueves, 16 de julio de 2020

San Juan Pablo II devoto de la Virgen del Carmen

Todos los 16 de julio se celebra una de las advocaciones marianas más celebradas y arraigadas: la de la Virgen del Carmen, con millones de devotos. Uno de los más conocidos y que más habló del escapulario y de la importancia de María fue San Juan Pablo II.
 
Muchas son las referencias que muestran cómo a lo largo de toda la vida del santo polaco, desde que era niño, en su corazón estaba la Virgen del Carmen. Cari Filii News recuerda esta devoción:
 
En el año 2001 se celebraba el 750º aniversario de la entrega del Escapulario del Carmen a San Simón Stock, y con ese motivo el Papa reinante, San Juan Pablo II, proclamó un Año Mariano Carmelitano. El 25 de marzo, festividad de la Anunciación, dirigió una carta-mensaje a la Orden del Carmen donde hacía una confesión: “También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen”.
 
“Desde mi juventud“, reiteró el 16 de julio de 2003 en Castelgandolfo, “llevo en el cuello el escapulario de la Virgen y me refugio con confianza bajo el manto de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Jesús. Espero que el escapulario sea para todos, particularmente para los fieles que lo llevan, ayuda y defensa en los peligros, sello de paz y signo del auxilio de María”.
 
Para entonces ya era bien conocida esta devoción del Papa polaco a la Virgen del Carmen, que está en la raíz de su interés por San Juan de la Cruz. Siendo estudiante universitario leyó las obras del místico español y pensó ingresar en un convento carmelita donde solía hacer con los religiosos los ejercicios espirituales. No llegó a cumplir ese deseo (fue el cardenal Stefan Sapieha, arzobispo de Cracovia, quien disipó sus dudas, confesaría luego), pero sí le consagró su tesis doctoral, defendida años después en el Angelicum de Roma. Había, pues, un plan de Dios, como había reconocido él mismo en 1988 al coronar (como haría varias veces a lo largo de su pontificado) una imagen de Nuestra Señora del Carmen o del Monte Carmelo, en aquella ocasión la que se venera en Czerna. Fue durante su viaje apostólico a su Polonia natal, y no dudó en afirmar: “Hoy admiro los designios de la Providencia, que me ha incorporado a la espiritualidad carmelitana… Mi primer escapulario, al que he permanecido fiel, y el cual constituye mi fuerza“.
 
Así explicó él mismo la influencia de la espiritualidad carmelitana en sus primeros años: “Al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana, La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia, y de la parroquia de Wadowice… En Wadowice había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía un reflejo en la difundida devoción al Escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía diez años; y aún lo llevo. Se iba a los carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia”.
 
Ya como Papa, esa devoción se tradujo en un hecho significativo, que recuerda el padre carmelita Enrique Llamas: “Él ostenta el récord entre todos los Papas por el número de documentos marianos publicados, y en particular por el número de documentos sobre la Virgen del Carmen, el Escapulario, y los Carmelitas”.
 
Y otro dato: cuando la reforma litúrgica implantada por el San Pablo VI en 1969 relegó la festividad de la Virgen del Carmen al rango litúrgico de “memoria libre”, Karol Wojtyla, ya arzobispo de Cracovia, fue uno de los numerosos obispos del mundo que escribieron a la Santa Sede que fuese restablecida y conservase al menos el rango de “memoria obligatoria“, como finalmente se hizo.
 
La razón de esta preferencia por la advocación del Carmen no es solamente pietista o referida a su devoción infantil, sino profundamente teológica, en cuanto arraiga en el simbolismo bíblico del Monte Carmelo. Así lo expresó el mismo san Juan Pablo II el 16 de julio de 2000, en el rezo del Angelus en el Valle de Aosta, donde se encontraba pasando unos días de descanso: “Al contemplar estas montañas mi mente acude hoy al Monte Carmelo, cantado en la Biblia por su belleza. Y es que celebramos la fiesta de la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo. Sobre ese monte, el santo profeta Elías defendió con arrojo la integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido del Dios vivo. En esta misma montaña reuniéronse algunos ermitaños que se dedicaron a la contemplación y a la penitencia. El Carmelo indica simbólicamente el monte de la plena adhesión a la voluntad divina. Todos estamos llamados a escalar esta montaña…”.
 
Si alguien encarna esa adhesión a la voluntad divina es la mujer del Fiat a la Encarnación redentora. Y si alguien encarna el auxilio para encaramarnos a ese monte, es la mediadora de todas las gracias. La Virgen del Carmen, esa que, según propia confesión, constituía “toda la fuerza” del Papa Wojtyla.
(Religión en Libertad)

domingo, 14 de junio de 2020

Corpus Christi: una globalización del amor

Así se expresó Juan Pablo II en la Solemnidad de Corpus Christi de 1998, el 11 de junio, dos años antes del año 2000. Ya se hablaba de la globalización y la Eucaristía, el don por excelencia, es una promesa desde el principio de la historia de la humanidad e incluye a todos los pueblos, todos los tiempos. Una globalización del amor.

 
Oh Jesús, alimento sobrenatural de las almas, a ti llega este inmenso pueblo. Se vuelven para penetrar en su vocación humana y cristiana de nuevo impulso, de virtud interior, con disposición al sacrificio, del que Tú diste inimitable sabiduría y ejemplo, con la palabra y el ejemplo.
 
Hermano nuestro primogénito, Tú has precedido, oh Cristo Jesús, los pasos de cada hombre, has perdonado las faltas de cada uno; a todos y cada uno los elevas a un testimonio de vida más noble, más convencido, más activo.
 
Oh Jesús, panis vere, único alimento sustancial de las almas, reúne a todos los pueblos alrededor de Tu mesa: es la realidad divina en la tierra, es una prenda de los favores celestiales, es la seguridad de la justa comprensión entre los pueblos y de la competencia pacífica para el verdadero progreso de la civilización.
 
Alimentados por Ti y de Ti, oh Jesús, los hombres y mujeres serán fuertes en la fe, alegres en la esperanza, activos en las muchas aplicaciones de la caridad.

domingo, 31 de mayo de 2020

San Juan Pablo II en Pentecostés


En los últimos días de su vida terrena, Jesús prometió a sus discípulos el don del Espíritu Santo como su verdadera herencia, continuación de su misma presencia. Pentecostés, descrito por los Hechos de los Apóstoles, es el acontecimiento que hace evidente y público, cincuenta días después, este don que Jesús hizo a los suyos la tarde misma del día de Pascua.

La Iglesia de Cristo está siempre, por decirlo así, en estado de Pentecostés. Siempre reunida en el Cenáculo para orar, está, al mismo tiempo, bajo el viento impetuoso del Espíritu, siempre en camino para anunciar. La Iglesia se mantiene perennemente joven y viva, una, santa, católica y apostólica, porque el Espíritu desciende continuamente sobre ella para recordarle todo lo que su Señor le dijo, y para guiarla a la verdad plena.

Al mirar a María y a José, que presentan al Niño en el templo o que van en peregrinación a Jerusalén, los padres cristianos pueden reconocerse mientras participan con sus hijos en la Eucaristía dominical o se reúnen en sus hogares para rezar. A este propósito, me complace recordar el programa que, hace años, vuestros obispos propusieron desde Nin:  "La familia católica croata reza todos los días y el domingo celebra la Eucaristía". Para que esto pueda suceder, es de fundamental importancia el respeto del carácter sagrado del día festivo, que permite a los miembros de la familia reunirse y juntos dar a Dios el culto debido.

La familia requiere hoy una atención privilegiada y medidas concretas que favorezcan y tutelen su constitución, desarrollo y estabilidad. Pienso en los graves problemas de la vivienda y del empleo, entre otros. No hay que olvidar que, ayudando a la familia, se contribuye también a la solución de otros graves problemas, como por ejemplo la asistencia a los enfermos y a los ancianos, el freno a la difusión de la criminalidad, y un remedio contra la droga.

La sociedad actual está dramáticamente fragmentada y dividida. Precisamente por eso, está tan profundamente insatisfecha. Pero el cristiano no se resigna al cansancio y a la inercia. Sed el pueblo de la esperanza. Sed un pueblo que reza: "Ven, Espíritu, desde los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan" (Ez 37, 9). Sed un pueblo que cree en las palabras que nos dijo Dios y que se realizaron en Cristo: "Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago" (Ez 37, 14).

Cristo desea que todos sean uno en él, para que en todos esté la plenitud de su alegría. También hoy expresa este deseo para la Iglesia que somos nosotros. Por eso, juntamente con el Padre, envió al Espíritu Santo. El Espíritu actúa de forma incansable para superar toda dispersión y sanar toda herida.

San Pablo nos ha recordado que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí" (Ga 5, 22-23). El Papa invoca estos dones para todos los que participáis en esta celebración y que aquí renováis vuestro compromiso de dar testimonio de Cristo y de su Evangelio.

"¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!" (Aleluya). ¡Ven, Espíritu Santo! Amén.

San Juan Pablo II
Santa Misa para las familias en Rijeka, Croacia
Domingo de Pentecostés, 8 de junio de 2003

domingo, 24 de mayo de 2020

La Ascensión, misterio anunciado

Los símbolos de fe más antiguos ponen después del artículo sobre la Resurrección de Cristo, el de su Ascensión. A este respecto los textos evangélicos refieren que Jesús Resucitado, después de haberse aparecido a sus discípulos durante cuarenta días en lugares diversos, se sustrajo plena y definitivamente a las leyes del tiempo y del espacio, para subir al Cielo, completando así el “retorno al Padre” iniciado ya con la Resurrección de entre los muertos.

Jesús anunció su Ascensión (o regreso al Padre) hablando de ella con la Magdalena y con los discípulos en los días pascuales y en los anteriores a la Pascua.  
 
Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podemos advertir que la Ascensión al Cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios, consustancial al Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación.
 
Hacia el final de su ministerio, cerca ya la Pascua, Jesús repitió claramente que era Él el que abriría a la humanidad el acceso a la “Casa del Padre” por medio de su Cruz: “Cuando sea levantado en la tierra, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32).
 
La presencia invisible de Cristo se actúa en la Iglesia también de modo sacramental. En el centro de la Iglesia se encuentra la Eucaristía. Cuando Jesús anunció su institución por vez primera, muchos “se escandalizaron” (cf. Jn 6, 61), ya que hablaba de “Comer su Cuerpo y beber su Sangre”. Pero fue entonces cuando Jesús reafirmó: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?... El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada” (Jn 6, 61-63).
 
Jesús habla aquí de su Ascensión al Cielo: cuando su Cuerpo terreno se entregue a la muerte en la Cruz, se manifestará el Espíritu “que da la vida”. Cristo subirá al Padre, para que venga el Espíritu. Y, el día de Pascua, el Espíritu glorificará el Cuerpo de Cristo en la Resurrección. El día de Pentecostés el Espíritu sobre la Iglesia para que, renovado en la Eucaristía el Memorial de la Muerte de Cristo, podamos participar en la nueva vida de su Cuerpo glorificado por el Espíritu y de este modo prepararnos para entrar en las “moradas eternas”, donde nuestro Redentor nos ha precedido para prepararnos un lugar en la “Casa del Padre” (Jn 14, 2).
 
San Juan Pablo II
Audiencia General del miércoles 5 de abril  de 1989
Fuente: El camino de María

lunes, 18 de mayo de 2020

A cien años del nacimiento de San Juan Pablo II

El mundo católico celebra hoy, 18 de mayo, el centenario del nacimiento en 1920 en Wadowice, un pequeño pueblo en el sur de Polonia, en el seno de una familia humilde, de Karol Wojtyla, quien se convertiría en el primer papa no italiano en cientos de años, con numerosos récord en su largo pontificado.
 
El diario vaticano «Osservatore Romano» dedica un número especial de varias páginas a la vida de San Juan Pablo II. En la portada digital del diario, que se ha dejado de imprimir debido a la pandemia, se observa la foto del papa polaco y un pensamiento de Francisco pidiendo su intercesión.
 
«Recordando el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II, recurrimos a él para pedirle su intercesión: Intercede para que siempre permanezcamos fieles al Evangelio. Intercede para que sepamos cómo abrir las puertas a Cristo (…) Intercede para que sepamos cómo responder a las necesidades de nuestros hermanos que sufren», se lee.
 
También el papa emérito Benedicto XVI, retirado desde el pasado febrero de 2013, escribió una carta para con motivo del centenario del papa con quien compartió muchos años de trabajo en la Curia.
 
Benedicto XVI, de 93 años, estuvo al lado de Wojtila durante casi todo el pontificado al estar al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981. «Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada», recuerda en su carta el pontífice alemán.
 
El papa emérito añade «la tarea, que superaba las fuerzas humanas, esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: ¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo! Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia».
 
Francisco celebrará hoy lunes una misa especial para recordar los 100 años del nacimiento del pontífice polaco desde la capilla de la tumba del santo que se encuentra en la basílica vaticana. La misa servirá de homenaje a Karol Wojtila, papa desde el 16 de octubre de 1978 hasta su muerte el 2 de abril de 2005, y canonizado por Jorge Bergoglio en 2014.
 
Tuvo el tercer pontificado más largo en la historia de la iglesia católica, de casi 27 años (1978-2005), beatificó a 1.340 personas y canonizó a 483 santos y realizó 104 viajes en los que visitó 129 países.
 
El 13 mayo de 1981, dos balas disparadas por el turco Ali Mehmet Agca hirieron de gravedad al Papa mientras saludaba en papamóvil a los fieles durante la audiencia general en la plaza de San Pedro y después el terrorista fue perdonado por el pontífice que le visitó en la cárcel.
 
En estos días se ha publicado el documental «Wojtyla: La investigación» del periodista español José María Zavala, una cinta que recoge momentos nunca antes conocidos de la vida de Juan Pablo II y de un pontificado en medio de la guerra fría, del fin de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín y las varias conspiraciones para acabar con su vida.
 
El postulador de la causa de canonización del pontífice, el sacerdote polaco Slawomir Oder, también es el encargado del proceso para beatificar a los padres del papa polaco que avanza en estos días, según adelantó esta semana en una videoconferencia con periodistas.
 
Reveló Oder que después de atentado, el papa mantuvo una gran amistad con los médicos y que cuando uno falleció «fue a casa de la familia para rezar frente al ataúd y consolar a la viuda y a sus hijos». Era como pide ahora Francisco «un verdadero pastor con olor a oveja», aseguró el sacerdote polaco.

miércoles, 13 de mayo de 2020

San Juan Pablo II y la Virgen de Fátima, una historia de amor filial



Al recorrer el Pontificado de Juan Pablo II, resulta evidente -y el mismo Santo Padre así lo ha indicado- la presencia maternal de la Virgen de Fátima.

Esta historia de amor filial comenzó el 13 de mayo de 1981. Juan Pablo II tenía poco más de dos años como Pontífice y ese mismo día, salvó de morir en un atentado perpetrado por el turco Alí Agca en la Plaza San Pedro.

"Cuando fui alcanzado por la bala no me di cuenta en un primer momento que era el aniversario del día en que la Virgen se apareció a tres niños en Fátima", reveló poco después el Pontífice y agregó que fue su secretario personal quien lo notó después de la operación en la que le extrajeron un proyectil del intestino.

Durante su convalecencia, el Papa pidió que le entreguen un informe sobre las apariciones de Fátima, que estudió en detalle hasta llegar a la conclusión que debía su vida a la amorosa intercesión de la Virgen.

Un año después del atentado, el 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II viajó por primera vez a Fátima para "agradecer a la Virgen su intervención para la salvación de mi vida y el restablecimiento de mi salud".

En diciembre de 1983, el Papa visitó en la cárcel al hombre que intentó matarlo. El mismo Alí Agca habló de Fátima. "¿Por qué no murió? Yo sé que apunté el arma como debía y sé que la bala era devastante y mortal. ¿Por qué entonces no murió? ¿Por qué todos hablan de Fátima?"

Un año más tarde, Juan Pablo II formalizó su devoción y agradecimiento a la Virgen donando al santuario de Fátima la bala que le extrajeron, la misma que desde 1984 está engarzada en la aureola de la corona de la imagen mariana que preside el santuario.

Asimismo, donó la faja blanca que llevaba el día del atentado al santuario polaco de Jasna Gora, cuya Virgen es venerada desde hace siglos por sus compatriotas como símbolo de la unidad nacional.

En 1991 el Santo Padre regresó al santuario, donde afirmó que "la Virgen me regaló otros diez años de vida". En más de una ocasión ha señalado que considera todos sus años de Pontificado posteriores al atentado como un regalo de la Divina Providencia a través de la intercesión de la Virgen de Fátima.

El Papa también se ha referido a los dos mensajes conocidos de la Virgen de Fátima y en su visita de 1982, Juan Pablo II consagró solemnemente el mundo entero al corazón inmaculado de María, siguiendo una de las recomendaciones dadas por la Virgen a los pastorcitos.

Tras un encuentro con la hermana Lucía, la tercera vidente y única sobreviviente de Fátima, Juan Pablo II repitió la consagración dos años más tarde, luego de escribir una carta a los obispos de los cinco continentes para que se unieran a la celebración.

Sobre el tercer secreto no revelado de Fátima se han hecho múltiples especulaciones. El Santo Padre, conocedor del mismo, ha escrito al respecto que "Cristo triunfará a través de Ella, porque quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el futuro estén unidas a ella".

(Fuente: ACI)

viernes, 8 de mayo de 2020

San Juan Pablo II en la Basílica de Nuestra Señora de Luján (1982)

En 1982, en pleno conflicto bélico entre Argentina y Gran Bretaña por las Islas Malvinas, el papa Juan Pablo II visitó la República Argentina y se hizo presente en la Basílica de Nuestra Señora de Luján donde rezó por la paz.

"Vengo a orar por todos aquellos que han perdido la vida: por las víctimas de ambas partes; por las familias que sufren, como lo hice igualmente en Gran Bretaña. Vengo a orar por la paz, por una digna y justa solución del conflicto armado"

En la estación de ferrocarril, el Santo Padre fue recibido por el Obispo de Mercedes, Mons. Emilio Ogñenovich. Al aparecer el Santo Padre sobre la Avenida Nuestra Señora de Luján se estremeció la multitud y comenzaron a agitarse las banderas y banderines entre vítores y aplausos. Luego, Juan Pablo II fue a postrarse ante la Sagrada Imagen de Luján, bajada expresamente desde su Templete al altar Papal.

Su Santidad oró ante Ella. Luego se acercó a la bendita Imagen y le colocó el estuche abierto que contenía la Rosa de Oro que, con admiración inesperada de todos, como obsequio y distinción excepcional el Santo Padre ofrendaba a Nuestra Señora de Luján.

sábado, 2 de mayo de 2020

San Juan Pablo II en el Mes de María: Virgo Fidelis

"...De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son les dimensiones de esa fidelidad?

La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. ¿Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto?, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: buscar el Rostro del Señor. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.

La segunda dimensión se llama acogida, aceptación. El quomodo fiet se transforma, en los labios de María, en un fiat’. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo ¡por Alguien! más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.

Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El fiat’ de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat’ silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es no traicionar en les tinieblas lo que se aceptó en público.

De todas les enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de fidelidad..."

San Juan Pablo II
Homilía en la Catedral de México. 26 de enero de 1979