sábado, 11 de noviembre de 2017

Mes de María . Virgo Fidelis

El 8 de noviembre se inició en los países del Hemisferio Sur  
el mes consagrado a María Santísima, que culmina el 8 de diciembre
con la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción del María.
La piedad popular ha visto en este mes una excelente ocasión
para multiplicar las iniciativas de piedad mariana.
"VIRGO FIDELIS"

"...De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son les dimensiones de esa fidelidad?

La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. “¿Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto?”, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: “buscar el Rostro del Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.

La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida, aceptación. El “quomodo fiet” se transforma, en los labios de María, en un “fiat”. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.

Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el “fiat” silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es no traicionar en les tinieblas lo que se aceptó en público.

De todas les enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de fidelidad..."

Extracto de la Homilía de San Juan Pablo II en la Catedral de la ciudad de México del 26 de enero de 1979.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La fe en la vida eterna

Ángelus de San Juan Pablo II en la Solemnidad de todos los Santos
1 de noviembre de 1978
Queridos hermanos y hermanas:

Con interés especial hoy os pido a los que estáis aquí reunidos, para rezar conmigo el Ángelus, que os detengáis un momento a reflexionar sobre el misterio de la liturgia del día.

La Iglesia vive con una gran perspectiva, la acompaña siempre, la forja continuamente y la proyecta hacia la eternidad. La liturgia del día pone en evidencia la realidad escatológica, una realidad que brota de todo el plan de salvación y, a la vez de la historia del hombre, realidad que da el sentido último a la existencia misma de la Iglesia y a su misión.

Por esto vivimos con tanta intensidad la Solemnidad de todos los Santos, así como también el día de mañana, Conmemoración de los Difuntos. Estos dos días engloban en sí de modo muy especial la fe en la "vida eterna" (últimas palabras del Credo apostólico). Si bien estos dos días enfocan ante los ojos de nuestra alma lo ineludible de la muerte, dan también al mismo tiempo testimonio de la vida.

El hombre que está "condenado a muerte", según las leyes de la naturaleza, el hombre que vive con la perspectiva de la aniquilación de su cuerpo, este hombre desarrolla su existencia al mismo tiempo con perspectivas de vida futura y está llamado a la gloria.

La Solemnidad de todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a los que han alcanzado ya la plenitud de su llamada a la unión con Dios. El día de la Conmemoración de los Difuntos hace converger nuestros pensamientos en quienes, después de dejar este mundo, en la expiación esperan alcanzar la plenitud de amor que requiere la unión con Dios.

Se trata de dos días grandes en la Iglesia que "prolonga su vida" de cierta manera en sus santos y en todos los que se han preparado a esa vida sirviendo a la verdad y al amor.

Por ello los primeros días de noviembre la Iglesia se une de modo especial a su Redentor, que nos ha introducido en la realidad misma de esa vida a través de su Muerte y Resurrección. Al mismo tiempo ha hecho de nosotros "un reino de sacerdotes" para su Padre.

Por ello, a nuestra oración común uniré una intención especial por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia de todo el mundo. Me dirijo a Cristo para que llame a muchos jóvenes y les diga: "Ven y sígueme". Y pido a los jóvenes que no se opongan, que no contesten "no". A todos ruego que oren y colaboren en favor de las vocaciones.

La mies es grande. La Solemnidad de todos los Santos nos dice precisamente que la mies es abundante. No la mies de la muerte, sino la de la salvación; no la mies del mundo que pasa, sino la mies de Cristo que perdura a través de los siglos.
San Juan Pablo II
Fuente: El Camino de María

domingo, 22 de octubre de 2017

22 de Octubre: San Juan Pablo II

Hoy es el día dedicado a la memoria litúrgica del amado San Juan Pablo II, en recuerdo de un aniversario más del comienzo de su pontificado en al año 1978 (el año próximo serán 40 años).

Karol Józef Wojtyła nació en Wadowice (Polonia) el 18 de mayo de 1920. Durante la ocupación nazi tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química. Estudió en las universidades de Cracovia, Roma y Lublin. Se ordenó de sacerdote en 1946 y en 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia. Participó en el Concilio Vaticano II. Elegido papa el 16 de octubre de 1978, tomó el nombre de Juan Pablo II. Ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero. Realizó muchos viajes apostólicos. Celebró innumerables encuentros con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones. Su amor a los jóvenes le impulsó a iniciar en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. Su atención hacia la familia se puso de manifiesto con los encuentros mundiales de las familias, inaugurados por él en 1994. Promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones. Para mostrar al pueblo ejemplos de santidad de hoy, declaró 1338 beatos y 482 santos. Publicó incontables documentos, reformó el Código de Derecho Canónico. Falleció el 2 de abril de 2005.

Es ampliamente conocida la devoción mariana de San Juan Pablo II, que él mismo relataba que se había iniciado cuando a los diez años, siendo un niño, había recibido en un Monasterio Carmelita de Wadowice el escapulario que luego conservó puesto toda su vida.

De su Encíclica Evangeliu Vitae tomamos esta oración de San Juan Pablo II a la Santísima Virgen:
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Amén.

sábado, 7 de octubre de 2017

San Juan Pablo II y el Rosario

De la Carta Apostólica "Rosarium Virginis Mariae", de San Juan Pablo II:

El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del Rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. (...) ("Rosarium Virginis Mariae" 1)

"...El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador..." ("Rosarium Virginis Mariae", 17)

«Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para Ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el Cielo». ("Rosarium Virginis Mariae", 43)

sábado, 30 de septiembre de 2017

La Papieska Kremowka el dulce preferido de San Juan Pablo II

El Papa Juan Pablo II habitualmente almorzaba y cenaba de un modo muy simple y bastante temprano ya que su día comenzaba a las 5.30 de la mañana, su primera comida era la más importante, la espiritual en la Santa Misa, luego tomaba el desayuno con té y pan con manteca, al almuerzo para él era fundamental todo los días comenzar con un plato de sopa, y generalmente comía sutiles porciones de carne con bastante verduras, para terminar con la fruta. En la cenas, comía lo que avanzaba del almuerzo. Todo cuidadosamente preparado por las monjas polacas.

Pero de tanto en tanto se daba un gusto goloso, añoranzas de su amado país y que se hizo famoso con el nombre de Papieska Kremowka (pastel de crema papal), un dulce hecho con pasta de hojaldra rellena con crema. Cuando era estudiante, recordaba papa Wojtyla, con sus amigos para festejar la promoción del liceo, organizó una competencia para ver quien lograba comer más Kremowka, Karol llegó a comer 18 pero no fue el ganador.

Esta es la receta para la Kremowka:

Ingredientes:
2 capas de hojaldre
500 ml. de leche
4 yemas
125 gr. de azúcar
50 gr.de fécula de maíz
1 cucharadita de esencia de vainilla
La piel de un limón
1 cucharada de manteca

Preparación:
Hornear dos masas de hojaldres de esas que se compran en el supermercado, o comprar directamente las hojas de hojaldres ya preparadas.

Para la crema colocar la leche en una cacerola calentar y agregar la mitad del azúcar y la vainilla. Tamizar la fécula de maíz y el azúcar restante para evitar grumos, agregar las yemas mezclando sin batir. Verter la mitad de la leche sobre el batido de yemas, mezclando bien.

Llevar al fuego el resto de la leche. Cuando rompa el hervor, volcar la preparación de yemas, mezclando con batidor para evitar la formación de grumos. Cocinar durante un minuto, removiendo bien para que no se pegue. Quitarla del fuego y dejarla enfriar.

Cuando la crema pastelera esté fría, extenderla sobre una de las capas de hojaldre y luego taparla con la segunda hoja de hojaldre. Espolvorear con azúcar impalpable, cortar y servir.

Algunos también agregan un poco de rhum o nata a la crema, para darle más sabor, pero a san Juan Pablo II le gustaba más la tradicional si estos agregados.

Y recuerda como él mismo dijo en la XVII Jornada Mundial de la Juventud: “Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida”

sábado, 23 de septiembre de 2017

San Juan Pablo II y el Santo Padre Pío de Pietrelcina

El Padre Pío de Pietrelcina y Juan Pablo II (Karol Wojtyla) han sido dos enormes santos de nuestro tiempo. Ambos vivieron durante el siglo XX, y en algún momento sus vidas “se cruzaron” de manera providencial:

Cuando Karol Wojtyla era un sacerdote en su nativa Polonia, cada vez que visitaba a Italia viajaba a San Giovanni Rotondo para confesarse con el Padre Pío. En una de esas ocasiones, el Padre Pío pareció entrar en un breve trance y le dijo: "Vas a ser Papa"… y continuó: "También veo sangre... Vas a ser Papa y veo sangre".

Ciertamente todos sabemos que en octubre de 1978 Karol pasó a ser el papa Juan Pablo II. Y recordamos también que el 13 de mayo de 1981, ocurrió el atentado contra aquel mismo sacerdote polaco, ahora S.S. Juan Pablo II.

La sangre fue derramada ese día en la plaza del Vaticano. El mensaje del Padre Pío coincide con el mensaje de la tercera parte del secreto de Fátima aunque este era aún secreto cuando ocurrió la profecía.

Para aumentar este vínculo celestial entre ambos santos, fue el propio papa Juan Pablo II el que beatificó al Padre Pío el 2 de mayo de 1999, y luego lo canonizó el 16 de junio de 2002.

jueves, 14 de septiembre de 2017

De San Juan Pablo II a la Virgen de los Dolores

"Mis queridos hermanos y hermanas: Junto a vosotros está siempre Santa María, como estuvo al pie de la Cruz de Jesús. Acudid a Ella exponiéndole vuestros dolores. La mano y la mirada maternales de la Virgen os aliviará y consolará, como sólo Ella sabe hacerlo. Cuando recéis el Santo Rosario, poned especial acento en aquella invocación de la letanía: "Salud de los enfermos, ruega por nosotros". "

- San Juan Pablo II. Conclusión del Discurso a los enfermos. Catedral de Córdoba (Argentina) 8 de abril de 1987 -

viernes, 8 de septiembre de 2017

Natividad de María - Oración de San Juan Pablo II

¡Oh Virgen naciente,
esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias!

¡Oh Virgen fiel,
que siempre estuviste dispuesta y fuiste solícita para acoger, conservar y meditar la Palabra de Dios, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro precioso que nos han transmitido nuestros padres!

¡Oh Virgen potente,
que con tu pie aplastaste la cabeza de la serpiente tentadora, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las cuales hemos renunciado a satanás, a sus obras y a sus seducciones, y que sepamos dar en el mundo un testimonio alegre de esperanza cristiana!

¡Oh Virgen clemente,
que abriste siempre tu Corazón materno a las invocaciones de la humanidad, a veces dividida por el desamor y también, desgraciadamente, por el odio y por la guerra, haz que sepamos siempre crecer todos, según la enseñanza de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial! Amén.

Oración de San Juan Pablo II
8 de septiembre de 1980

sábado, 2 de septiembre de 2017

María, "Mujer Eucarística"

"Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del Rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía. Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete Eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es «mujer  eucarística» con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio." (CARTA ENCÍCLICA ECCLESIA DE EUCHARISTIA, 53). 

San Juan Pablo II

martes, 22 de agosto de 2017

San Juan Pablo II y María Reina

La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.

Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157).

Mi venerado predecesor Pío XII en la Encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La Encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46 [1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635).

En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.

El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.

Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia.

Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo.

San Juan Pablo II

lunes, 14 de agosto de 2017

La Asunción de María al Cielo

¡Ave María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo! Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos, nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza para celebrar las Misericordia del Señor, para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde Sierva del Señor,
gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer de dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el Amor de Cristo,
a detenernos Contigo ante las cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de fe,
primera entre los discípulos!
Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes,
Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

Oración de San Juan Pablo II
14 de agosto de 2004

sábado, 5 de agosto de 2017

La Transfiguración: El Padre da testimonio del Hijo

Los Evangelios -y todo el Nuevo Testamento- dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, “engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado” luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio (y de todo el Nuevo Testamento), en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo.

Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos, primero en la narración del Bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración.  

La teofanía de la Transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. “Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos...”.  Esta transfiguración va acompañada de la “aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús”. Y cuando, superado el “susto” ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo (“bueno es estarnos aquí”), “se formó una nube... y se dejó oír desde la nube una voz: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5).

La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la Transfiguración en el monte Tabor, confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16, 16). Confirma en cierto modo “desde el exterior” lo que el Padre había ya “revelado desde el interior”. Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo -“Este es mi Hijo amado: escuchadle”-, parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que “mientras bajaban del monte” Jesús les ordenará: “No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9). La teofanía en el monte de la Transfiguración del Señor se halla así relacionada con el conjunto del misterio pascual de Cristo.

El Hijo del Hombre que se acerca a su “hora” pascual, es Aquel de quien la voz de lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración: “Mi Hijo... amado... en quien tengo mis complacencias... el elegido”. En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre el Hijo. El autor de la segunda Carta de Pedro, recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe pasa consolar a los cristianos en un momento de dura persecución: “(Jesucristo)... al recibir de Dios Padre honor y gloria, de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que hablaba) en estos términos: 'Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias'. Y esta voz bajada del Cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo” (2 Pe 1, 16-18).

San Juan Pablo II
Audiencia General. 27 de mayo de 1987

sábado, 29 de julio de 2017

Señor Jesús, ¡quédate con nosotros!

Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.

Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.

Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad.

En la Eucaristía te has hecho “remedio de inmortalidad”: danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin.

Quédate con nosotros, Señor!
Quédate con nosotros! Amén.

domingo, 16 de julio de 2017

San Juan Pablo II y la Virgen del Carmen

Este domingo 16 de julio se celebra una de las adovaciones marianas más celebradas y arraigadas: la de la Virgen del Carmen, con millones de devotos. Uno de los más conocidos y que más habló del escapulario y de la importancia de María fue San Juan Pablo II.

Muchas son las referencias que muestran cómo a lo largo de toda la vida del santo polaco, desde que era niño, en su corazón estaba la Virgen del Carmen. Cari Filii News recuerda esta devoción:

En el año 2001 se celebraba el 750º aniversario de la entrega del Escapulario del Carmen a San Simón Stock, y con ese motivo el Papa reinante, San Juan Pablo II, proclamó un Año Mariano Carmelitano. El 25 de marzo, festividad de la Anunciación, dirigió una carta-mensaje a la Orden del Carmen donde hacía una confesión: “También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen”.

“Desde mi juventud“, reiteró el 16 de julio de 2003 en Castelgandolfo, “llevo en el cuello el escapulario de la Virgen y me refugio con confianza bajo el manto de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Jesús. Espero que el escapulario sea para todos, particularmente para los fieles que lo llevan, ayuda y defensa en los peligros, sello de paz y signo del auxilio de María”.

Para entonces ya era bien conocida esta devoción del Papa polaco a la Virgen del Carmen, que está en la raíz de su interés por San Juan de la Cruz. Siendo estudiante universitario leyó las obras del místico español y pensó ingresar en un convento carmelita donde solía hacer con los religiosos los ejercicios espirituales. No llegó a cumplir ese deseo (fue el cardenal Stefan Sapieha, arzobispo de Cracovia, quien disipó sus dudas, confesaría luego), pero sí le consagró su tesis doctoral, defendida años después en el Angelicum de Roma. Había, pues, un plan de Dios, como había reconocido él mismo en 1988 al coronar (como haría varias veces a lo largo de su pontificado) una imagen de Nuestra Señora del Carmen o del Monte Carmelo, en aquella ocasión la que se venera en Czerna. Fue durante su viaje apostólico a su Polonia natal, y no dudó en afirmar: “Hoy admiro los designios de la Providencia, que me ha incorporado a la espiritualidad carmelitana… Mi primer escapulario, al que he permanecido fiel, y el cual constituye mi fuerza“.

Así explicó él mismo la influencia de la espiritualidad carmelitana en sus primeros años: “Al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana, La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia, y de la parroquia de Wadowice… En Wadowice había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía un reflejo en la difundida devoción al Escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía diez años; y aún lo llevo. Se iba a los carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia”.

Ya como Papa, esa devoción se tradujo en un hecho significativo, que recuerda el padre carmelita Enrique Llamas: “Él ostenta el récord entre todos los Papas por el número de documentos marianos publicados, y en particular por el número de documentos sobre la Virgen del Carmen, el Escapulario, y los Carmelitas”.

Y otro dato: cuando la reforma litúrgica implantada por el Beato Pablo VI en 1969 relegó la festividad de la Virgen del Carmen al rango litúrgico de “memoria libre”, Karol Wojtyla, ya arzobispo de Cracovia, fue uno de los numerosos obispos del mundo que escribieron a la Santa Sede que fuese restablecida y conservase al menos el rango de “memoria obligatoria“, como finalmente se hizo.

La razón de esta preferencia por la advocación del Carmen no es solamente pietista o referida a su devoción infantil, sino profundamente teológica, en cuanto arraiga en el simbolismo bíblico del Monte Carmelo. Así lo expresó el mismo san Juan Pablo II el 16 de julio de 2000, en el rezo del Angelus en el Valle de Aosta, donde se encontraba pasando unos días de descanso: “Al contemplar estas montañas mi mente acude hoy al Monte Carmelo, cantado en la Biblia por su belleza. Y es que celebramos la fiesta de la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo. Sobre ese monte, el santo profeta Elías defendió con arrojo la integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido del Dios vivo. En esta misma montaña. reuniéronse algunos ermitaños que se dedicaron a la contemplación y a la penitencia. El Carmelo indica simbólicamente el monte de la plena adhesión a la voluntad divina. Todos estamos llamados a escalar esta montaña…”.


Si alguien encarna esa adhesión a la voluntad divina es la mujer del Fiat! a la Encarnación redentora. Y si alguien encarna el auxilio para encaramarnos a ese monte, es la mediadora de todas las gracias. La Virgen del Carmen, esa que, según propia confesión, constituía “toda la fuerza” del Papa Wojtyla.
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