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martes, 13 de mayo de 2025

San Juan Pablo II y la Virgen de Fátima, una historia de amor filial



Al recorrer el Pontificado de Juan Pablo II, resulta evidente -y el mismo Santo Padre así lo ha indicado- la presencia maternal de la Virgen de Fátima.

Esta historia de amor filial comenzó el 13 de mayo de 1981. Juan Pablo II tenía poco más de dos años como Pontífice y ese mismo día, salvó de morir en un atentado perpetrado por el turco Alí Agca en la Plaza San Pedro.

"Cuando fui alcanzado por la bala no me di cuenta en un primer momento que era el aniversario del día en que la Virgen se apareció a tres niños en Fátima", reveló poco después el Pontífice y agregó que fue su secretario personal quien lo notó después de la operación en la que le extrajeron un proyectil del intestino.

Durante su convalecencia, el Papa pidió que le entreguen un informe sobre las apariciones de Fátima, que estudió en detalle hasta llegar a la conclusión que debía su vida a la amorosa intercesión de la Virgen.

Un año después del atentado, el 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II viajó por primera vez a Fátima para "agradecer a la Virgen su intervención para la salvación de mi vida y el restablecimiento de mi salud".

En diciembre de 1983, el Papa visitó en la cárcel al hombre que intentó matarlo. El mismo Alí Agca habló de Fátima. "¿Por qué no murió? Yo sé que apunté el arma como debía y sé que la bala era devastante y mortal. ¿Por qué entonces no murió? ¿Por qué todos hablan de Fátima?"

Un año más tarde, Juan Pablo II formalizó su devoción y agradecimiento a la Virgen donando al santuario de Fátima la bala que le extrajeron, la misma que desde 1984 está engarzada en la aureola de la corona de la imagen mariana que preside el santuario.

Asimismo, donó la faja blanca que llevaba el día del atentado al santuario polaco de Jasna Gora, cuya Virgen es venerada desde hace siglos por sus compatriotas como símbolo de la unidad nacional.

En 1991 el Santo Padre regresó al santuario, donde afirmó que "la Virgen me regaló otros diez años de vida". En más de una ocasión ha señalado que considera todos sus años de Pontificado posteriores al atentado como un regalo de la Divina Providencia a través de la intercesión de la Virgen de Fátima.

El Papa también se ha referido a los dos mensajes conocidos de la Virgen de Fátima y en su visita de 1982, Juan Pablo II consagró solemnemente el mundo entero al corazón inmaculado de María, siguiendo una de las recomendaciones dadas por la Virgen a los pastorcitos.

Tras un encuentro con la hermana Lucía, la tercera vidente y única sobreviviente de Fátima, Juan Pablo II repitió la consagración dos años más tarde, luego de escribir una carta a los obispos de los cinco continentes para que se unieran a la celebración.

Sobre el tercer secreto no revelado de Fátima se han hecho múltiples especulaciones. El Santo Padre, conocedor del mismo, ha escrito al respecto que "Cristo triunfará a través de Ella, porque quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el futuro estén unidas a ella".

(Fuente: ACI)

domingo, 27 de octubre de 2024

Oración a María Madre de la Esperanza

María, Madre de la esperanza... ¡Camina con nosotros!
 
Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
 
Aurora de un mundo nuevo... ¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
 
Vela por la Iglesia en el mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.
 
Reina de la Paz... ¡Protege la humanidad del tercer milenio!
 
Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia del todo el mundo.
 
Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
 
Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.
 
María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia, y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia.
 
Contigo decimos «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.
 
San Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125

sábado, 5 de octubre de 2024

San Juan Pablo II, María y el mes del Rosario

El centro de nuestra fe es Cristo, el Redentor de la humanidad, recordó el papa Juan Pablo II, el 16 de octubre de 2002. María no lo opaca; Ella no oculta su obra salvífica. Llevada al cielo en cuerpo y alma, es la Virgen la primera en probar los frutos de la Pasión y Resurrección de su Hijo, es quien de la forma más segura nos conduce a Cristo, el fin último de nuestras acciones y de toda nuestra existencia...
 
Para contemplar el rostro de Cristo con María, ¿hay algún instrumento mejor que rezar el Rosario? Sin embargo, debemos redescubrir la profundidad mística contenida en la simplicidad de esta oración, tan preciada por la tradición popular.
 
En su estructura, esta oración mariana es, de hecho, sobre todo una meditación de los misterios de la vida y obra de Cristo. Al repetir la invocación del Ave María, podemos profundizar en los acontecimientos esenciales de la misión del Hijo de Dios en la tierra, los cuales nos han sido transmitidos por el Evangelio y la Tradición.

domingo, 25 de agosto de 2024

San Juan Pablo II y la Virgen

La Virgen siempre protegió a Karol Wojtyla, aun desde su época de seminarista, mucho tiempo antes que llegara a ser el papa Juan Pablo II.

Se conoce que el 6 de agosto de 1944, festividad litúrgica de la Transfiguración, permanecerá en Cracovia como el «domingo negro»: la Gestapo barre la ciudad y detiene a los jóvenes para impedir que se repita el alzamiento de Varsovia.
 
El arzobispo Sapieha convoca inmediatamente a sus seminaristas clandestinos con la intención de esconderlos en su residencia. (...) Cuando llega al lugar, Malinski pregunta «¿Karol Wojtyla está aquí ?» Y, sí, ahí estaba, pero se había salvado de milagro. Durante la redada de la víspera, la Gestapo había registrado los dos primeros pisos de la casa del N° 10 de Tyniecka. Pero Karol estaba en su apartamento situado en el subsuelo, detrás de una puerta, con el corazón que se le salía del pecho, rezando... Los alemanes se marcharon con las manos vacías.
 
Es apenas un ejemplo de los tantos que se pueden citar sobre la forma en que San Juan Pablo II estuvo unido y protegido siempre por María, a la que se declaraba “Todo Tuyo” (Totus Tuus).

sábado, 10 de agosto de 2024

Totus Tuus Maria: ¿por qué?

El 2 de abril de 2005, hace poco más de 15 años, murió san Juan Pablo II, después de una larga enfermedad que vivió ofreciendo un testimonio extraordinario. ¿Qué nos dice la vida y el ejemplo de Karol Wojtyla hoy, en un contexto dramático como el que estamos experimentando debido al coronavirus?
 
La propagación de la epidemia y el informe diario sobre el número de víctimas han encontrado una sociedad mal preparada y han dejado ver el vacío espiritual de muchos. El periodista Indro Montanelli, poco antes de su muerte, hizo esta consideración lúcida y honesta: "Si debiera cerrar los ojos sin saber de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer en esta tierra, ¿valdría la pena abrir los ojos? ¡Mi opinión es una declaración de fracaso!”. Estas palabras de Montanelli son una fotografía de la situación de una parte de la sociedad actual. También por esta razón la epidemia es aterradora: porque en muchas personas, la fe se ha extinguido. Juan Pablo II era un creyente, un creyente acérrimo, un creyente constante y la fe iluminó su camino de vida.
 
Todos recordamos el último Viernes Santo de Juan Pablo II. La escena que vimos en la televisión es inolvidable: el Papa, entonces impotente, sostuvo el crucifijo en sus manos y lo miró con gran amor y se podía sentir que estaba diciendo: “Jesús, yo también estoy en la cruz como tú, pero contigo espero la Resurrección”.
 
Juan Pablo II quiso que estas palabras aparecieran en su escudo de armas como lema: Totus Tuus Maria. ¿Por qué? La Virgen estaba cerca de Jesús a la hora de la crucifixión y Ella creyó que era el momento de la victoria de Dios sobre la maldad humana. ¿Cómo? A través del amor, que es la fuerza todopoderosa de Dios.
 
Y María, poco antes de que Jesús consumara su sacrificio de amor en la cruz, escuchó las palabras exigentes que Jesús le dirigió: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”. Es decir, "No pienses en mí, sino en los demás, ayúdalos a transformar el dolor en amor, ayúdalos a creer que la bondad es la fuerza que vence la maldad”. Desde ese momento, María se ha preocupado por nosotros y, cuando nos dejamos guiar por Ella, estamos en buenas manos. Juan Pablo II creía en ello, confiaba en María y con María, transformó el dolor en amor.
(Extraido de Sitio Santísima Virgen)

domingo, 30 de junio de 2024

Oración a María Madre de la Esperanza

María, Madre de la esperanza... ¡Camina con nosotros!
 
Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
 
Aurora de un mundo nuevo... ¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
 
Vela por la Iglesia en el mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.
 
Reina de la Paz... ¡Protege la humanidad del tercer milenio!
 
Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia del todo el mundo.
 
Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
 
Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.
 
María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia, y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia.
 
Contigo decimos «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.
 
San Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125

domingo, 31 de marzo de 2024

La Virgen María en la Resurrección de Jesús

Es legítimo pensar que verosímilmente Jesús Resucitado se apareció a su Madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (ver Mc 16,1; Mt 28,1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que Ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la Resurrección, por Voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe.
 
La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.
 
En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el «¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera.
 
San Juan Pablo II
21 de mayo de 1997

sábado, 6 de noviembre de 2021

María Mediadora de todas las gracias

María es Madre de la humanidad en el orden de la Gracia. El Concilio Vaticano II destaca este papel de María, vinculándolo a su cooperación en la Redención de Cristo. Ella, «por decisión de la divina Providencia, fue en la tierra la excelsa Madre del Divino Redentor, la compañera más generosa de todas y la humilde esclava del Señor» (Lumen gentium, 61).
 
Con estas afirmaciones, la Constitución Lumen gentium pretende poner de relieve, como se merece, el hecho de que la Virgen estuvo asociada íntimamente a la Obra redentora de Cristo, haciéndose «la compañera» del Salvador «más generosa de todas». A través de los gestos de toda madre, desde los más sencillos hasta los más arduos, María coopera libremente en la obra de la salvación de la humanidad, en profunda y constante sintonía con su Divino Hijo.
    
María, durante su vida terrena, manifestó su maternidad espiritual hacia la Iglesia por un tiempo muy breve. Sin embargo, esta función suya asumió todo su valor después de la Asunción, y está destinada a prolongarse en los siglos hasta el fin del mundo.  Ella, tras entrar en el Reino eterno del Padre, estando más cerca de su Divino Hijo y, por tanto, de todos nosotros, puede ejercer en el Espíritu de manera más eficaz la función de intercesión materna que le ha confiado la Divina Providencia.
 
Con su Amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (Lumen gentium, 62).  Estos apelativos, sugeridos por la fe del pueblo cristiano, ayudan a comprender mejor la naturaleza de la intervención de la Madre del Señor en la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles.
    
María ejerce su papel de «Abogada», cooperando tanto con el Espíritu Paráclito como con Aquel que en la Cruz intercedía por sus perseguidores (cf. Lc 23,34) y al que Juan llama nuestro «Abogado ante el Padre» (cf. 1 Jn 2,1). Como Madre, Ella defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus mismas culpas.
 
Los cristianos invocan a María como «Auxiliadora», reconociendo su amor materno, que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesto a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna.
 
La convicción de que María está cerca de cuantos sufren o se hallan en situaciones de peligro grave, ha llevado a los fieles a invocarla como «Socorro». La misma confiada certeza se expresa en la más antigua oración mariana con las palabras: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita» (Breviario romano).
 
Como Mediadora maternal, María presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas, y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en nuestro favor.
 
San Pablo II
Audiencia General Miércoles 24 de septiembre de 1997

sábado, 11 de septiembre de 2021

San Juan Pablo II invocaba a María ante el terrorismo mundial

Llama la atención la cantidad de veces que el papa san Juan Pablo II invocó a María y pidió a los católicos que le rezaran en un momento del avance del terrorismo internacional, especialmente en las fechas del aniversario de los ataques del 11 de septiembre o alrededor de ellos.
 
Al día siguiente de los atentados, miércoles 12 de septiembre de 2001, el papa Juan Pablo II presidió una oración por la paz durante la Audiencia General, después de haber confiado el mundo a la Virgen María: “Roguemos al Señor para que la espiral del odio y la violencia no prevalezca. Que la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, suscite en el corazón todos pensamientos de sabiduría e intenciones de paz”.
 
Al año siguiente, en 2002, el 11 de septiembre fue un miércoles, día de Audiencia General. El Papa presidió una oración universal de intercesión por las víctimas del atentado y sus familias, y por la paz mundial. En árabe, la oración decía: “Por los creyentes de todas las religiones, para que, en Nombre de Dios misericordioso y amante de la paz, rechacen firmemente cualquier forma de violencia, dentro del respeto a las diferentes experiencias históricas, culturales y religiosas”.
 
El 11 de septiembre de 2003, el Papa estaba de viaje en Eslovaquia, pero el día antes de su partida, miércoles 10 de septiembre, al finalizar la Audiencia General, habló de la Virgen María, en italiano, recordando que nosotros acabábamos de celebrar su Natividad y que el 12 de septiembre la Iglesia celebraba el Santo Nombre de María.
 
Y, el sábado 11 de septiembre de 2004, envió un mensaje a los obispos de Estados Unidos en el que llamó a la paz: “Me uno a sus oraciones para que cese la plaga del terrorismo y crezca la civilización del amor”. E invitó a los obispos a confiar en María, “¡Que encuentren sabiduría y fortaleza por intercesión de María Inmaculada, patrona de su país!”. Él mismo los confió a la Virgen: “Los encomiendo a todos con gran afecto a la oración de María, Madre de la Iglesia”.

sábado, 12 de junio de 2021

San Juan Pablo II y el Inmaculado Corazón de María

«Madre de los hombres y de los pueblos, Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el Amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza».
(San Juan Pablo II. «Acto de consagración». Basílica de Santa María la Mayor)
 
María dio a luz a Aquel que es nuestra reconciliación; Ella estaba al pie de la Cruz cuando, en la Sangre del Hijo,  Dios reconcilió "con Él todas las cosas" (Col 1,20); ahora, glorificada en el cielo, tiene -como recuerda una plegaria litúrgica- "un corazón lleno de misericordia hacia los pecadores, que, volviendo la mirada a su caridad materna, en Ella se refugian e imploran el perdón de Dios..." 
(San Juan Pablo II. Ángelus. Domingo 3 de septiembre de 1989)

domingo, 2 de mayo de 2021

En el MES DE MARÍA, evocamos VIRGO FIDELIS de San Juan Pablo II

"...De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado:
Virgo Fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son las dimensiones de esa fidelidad?
 
La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. “Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto? ”, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: “buscar el Rostro del Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.
 
La segunda dimensión se llama acogida, aceptación. El “quomodo fiet” se transforma, en los labios de María, en un “fiat”. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.  Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.
 
Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.
 
Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el “fiat” silencioso que repite al pie de la Cruz. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público.
 
De todas les enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de fidelidad..."
 
San Juan Pablo II
Homilía en la Catedral de México. 26 de enero de 1979

sábado, 27 de febrero de 2021

Oración a María Madre de la Esperanza

María, Madre de la esperanza... ¡Camina con nosotros!
Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
Aurora de un mundo nuevo... ¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
Vela por la Iglesia en el mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.
Reina de la Paz... ¡Protege la humanidad del tercer milenio!
Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia del todo el mundo.
Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.
María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la Iglesia, y de la humanidad.
Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.
 
San Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125

sábado, 2 de mayo de 2020

San Juan Pablo II en el Mes de María: Virgo Fidelis

"...De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son les dimensiones de esa fidelidad?

La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. ¿Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto?, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: buscar el Rostro del Señor. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.

La segunda dimensión se llama acogida, aceptación. El quomodo fiet se transforma, en los labios de María, en un fiat’. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo ¡por Alguien! más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.

Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El fiat’ de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat’ silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es no traicionar en les tinieblas lo que se aceptó en público.

De todas les enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de fidelidad..."

San Juan Pablo II
Homilía en la Catedral de México. 26 de enero de 1979

miércoles, 9 de octubre de 2019

Juan Pablo II, María y el Santo Rosario

Es conocida la devoción mariana de Juan Pablo II. La figura de María tenía que estar fuertemente presente en el magisterio de un Papa que, como Juan Pablo II, ha querido llevar en su escudo papal no sólo el anagrama de María, sino las palabras “Totus tuus” (Todo tuyo), que sintetizan el núcleo fundamental de su consagración personal mariana, hecha mucho antes de su pontificado y renovada ante la imagen de la Virgen de Czestochowa en su primer viaje como Papa a Polonia.

Proclamó en 1987, un Año Mariano, como pórtico al gran Jubileo conmemorativo de los 2.000 años del nacimiento de Jesús. Pensó que había que recordar igualmente, unos años antes del segundo milenio, el nacimiento de su Madre.

Luego, nunca dejó pasar una ocasión para hablar de María. Le dedicó la encíclica “Redemptoris Mater” (25 de marzo de 1987) donde exalta a María en su función de co-redentora: María nueva Eva, asociada a Jesús, el nuevo Adán, en su obra salvadora, tema al que el Papa hace referencia tres veces a lo largo de su gran documento mariano. Si junto al primer Adán existió una figura de mujer, Eva, que cooperó en la obra de nuestra ruina en cuanto que, tras un diálogo con el demonio, su desobediencia trajo ruina y muerte al mundo, existe una figura señera de mujer que, en la plenitud de los tiempos, dialogó con el ángel Gabriel, y obedeciendo a Dios trajo al mundo al Salvador y, con Él, la salvación.

El atentado contra su vida el 13 de mayo de 1981 en la plaza San Pedro, significó que salvara milagrosamente su vida, cosa que Juan Pablo II atribuyó a la intervención prodigiosa de la Virgen de Fátima a la que un año después entregó la bala extraída de su cuerpo y que quedó engarzada en la corona de la Madre.

Las visitas reiteradas a santuarios marianos (Cracovia, Lourdes, Fátima, Guadalupe, Luján, etc) son otro testimonio de María como hilo conductor de su ministerio Petrino.

El 16 de octubre de 2002 dio a conocer la encíclica “Rosarium Virginis Mariae” donde manifiesta que "El Rosario es mi oración preferida. Oración maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta oración repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó de boca del ángel y de su prima Isabel. A estas palabras se asocia toda la Iglesia (...) Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor”.

Y fue precisamente entonces cuando Juan Pablo II regaló a la Iglesia los Misterios Luminosos del Santo Rosario, que desde el año 2002 se rezan los días jueves.

Que la Santísima Virgen María del Rosario del Milagro, patrona de Córdoba, y San Juan Pablo II, su hijo dilecto, sean nuestra motivación para el rezo diario de esta oración a nuestra Madre del cielo.

sábado, 19 de enero de 2019

María en las bodas de Caná

En el episodio de las bodas de Caná, San Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo.

Ya desde el inicio del relato, el evangelista anota que «estaba allí la madre de Jesús» (Jn 2,1) y, como para sugerir que esa presencia estaba en el origen de la invitación dirigida por los esposos al mismo Jesús y a sus discípulos, añade: «Fue invitado a la boda también Jesús con sus discípulos» (Jn 2,2). Con esas palabras, San Juan parece indicar que en Caná, como en el acontecimiento fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador.

El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiesta cuando llega a faltar el vino. Ella, como experta y solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para ayudar a los esposos en su dificultad.

Dirigiéndose a Jesús con las palabras: «No tienen vino» (Jn 2,3), María le expresa su preocupación por esa situación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente, según algunos exégetas, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no disponía de vino.

La respuesta de Jesús a las palabras de María: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4), expresa un rechazo aparente, como para probar la fe de su madre. Jesús desea poner la cooperación de María en el plano de la salvación que, comprometiendo su fe y su esperanza, exige la superación de su papel natural de madre.

Mucho más fuerte es la motivación formulada por Jesús: «Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Algunos estudiosos del texto sagrado, siguiendo la interpretación de San Agustín, identifican esa «hora» con el acontecimiento de la Pasión. Para otros, en cambio, se refiere al primer milagro en que se revelaría el poder mesiánico del profeta de Nazaret. Hay otros, por último, que consideran que la frase es interrogativa y prolonga la pregunta anterior: «¿Qué nos va a mí y a ti? ¿No ha llegado ya mi hora?» (Jn 2,4) Jesús da a entender a María que Él ya no depende de Ella, sino que debe tomar la iniciativa para realizar la obra del Padre. María, entonces, dócilmente deja de insistir ante Él y, en cambio, se dirige a los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes.

En cualquier caso, su confianza en el Hijo es premiada. Jesús, al que Ella ha dejado totalmente la iniciativa, hace el milagro, reconociendo la valentía y la docilidad de su Madre: «Jesús les dice: "Llenad las tinajas de agua". Y las llenaron hasta el borde» (Jn 2,7). Así, también la obediencia de los sirvientes contribuye a proporcionar vino en abundancia.

La exhortación de María: «Haced lo que Él os diga», conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la vida de cada uno. Invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.

De la misma manera que en el relato de la cananea (ver Mt 15,24-26) el rechazo aparente de Jesús exalta la fe de la mujer, también las palabras del Hijo «Todavía no ha llegado mi hora», junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la fe de la Madre y la fuerza de su oración.

El episodio de las bodas de Caná nos estimula a ser valientes en la fe y a experimentar en nuestra vida la verdad de las palabras del Evangelio: «Pedid y se os dará» (Mt 7,7; Lc 11,9).

San Juan Pablo II
Audiencia General del miércoles 26 de febrero de 1997

sábado, 10 de noviembre de 2018

San Juan Pablo II en el mes de María

¡Oh Virgen naciente, esperanza y aurora de la salvación para todo el mundo!, vuelve benigna tu mirada maternal hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias.

¡Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro preciado transmitido por nuestros padres.

¡Oh Virgen poderosa, que con tu pie aplastas la cabeza de la serpiente tentadora!, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las que hemos renunciado a Satanás, a sus obras y seducciones, y sepamos dar al mundo un gozoso testimonio de esperanza cristiana.

¡Oh Virgen clemente, que siempre has abierto tu corazón maternal a las invocaciones de la humanidad, a veces lacerada por el desamor y hasta, desgraciadamente, por el odio y la guerra! enséñanos a crecer, todos juntos, según las enseñanzas de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial. Amén.

San Juan Pablo II

miércoles, 1 de agosto de 2018

María, Reina del Santo Rosario

El Santo Rosario es una oración que se refiere a María unida a Cristo en su misión salvífica.

Al mismo tiempo es una oración a María, nuestra mejor Mediadora ante el Hijo.

También el Rosario es una oración que de modo especial rezamos con María, lo mismo que oraban juntos con Ella los Apóstoles en el Cenáculo, preparándose para recibir el Espíritu Santo.

Al respecto San Juan Pablo II expresaba lo siguiente en su alocución del 28 de octubre de 1981.

Al rezar el Santo Rosario, penetramos en los misterios de la vida de Jesús, que son, a la vez, los misterios de su Madre.

Esto se advierte muy claramente en los misterios gozosos, comenzando por la Anunciación, pasando por la Visitación y el Nacimiento en la noche de Belén, y luego por la Presentación del Señor, hasta su encuentro en el Templo, cuando Jesús tenía ya 12 años.

Aunque pueda parecer que los misterios dolorosos no nos muestran directamente a la Madre de Jesús -con excepción de los dos últimos: el Vía Crucis y la Crucifixión-, sin embargo, ¿podemos pensar que estuviese espiritualmente ausente la Madre, cuando su Hijo sufría de modo tan terrible en Getsemaní, en la flagelación y en la coronación de espinas?

Y los misterios gloriosos son también misterios de Cristo, en los que encontramos la presencia espiritual de María, el primero entre todos el Misterio de la Resurrección. Al hablar de la Ascensión, la Sagrada Escritura no menciona la presencia de María, pero, ¿pudo no estar ella presente, si inmediatamente después leemos que se hallaba en el Cenáculo con los mismos Apóstoles, que habían despedido poco antes a Cristo que subía al cielo? Con ellos se prepara María a la venida del Espíritu Santo y participa en la misma el día de Pentecostés. Los dos últimos misterios gloriosos orientan nuestro pensamiento directamente a la Madre de Dios, cuando contemplamos su Asunción y Coronación en la gloria celeste.

Que María, «Reina del Santo Rosario», nos ayude a meditar en nuestro corazón y a comprender con nuestra inteligencia, los distintos textos sobre el Santo Rosario.

martes, 1 de mayo de 2018

San Juan Pablo II y la Virgen María

Al iniciarse el Mes de María, recopilamos diez reflexiones breves sobre Ella, de San Juan Pablo II, el papa que tan devoto fuera de le Santísima Virgen:

“En el rostro materno de María los cristianos reconocen una expresión particularísima del amor misericordioso de Dios que, con la mediación de una presencia materna, hace comprender mejor su propia solicitud y bondad de Padre”.

“En el Verbo encarnado y en María Santísima la distancia infinita entre el Creador y la criatura se ha transformado en máxima cercanía. Ellos son el espacio santo de las misteriosas bodas de la naturaleza divina con la humana, el lugar donde la Trinidad se manifiesta por vez primera y donde María representa a la humanidad nueva, dispuesta a reanudar, con amor obediente, el diálogo de la alianza”.

“María nos enseña que para llevar al mundo la paz y la alegría es preciso acoger antes en el corazón al Príncipe de la paz y fuente de la alegría: Jesucristo”.

María, la Virgen Madre de Dios y de los hombres, no sólo es un modelo que se debe imitar, sino también una dulce presencia de Madre y Hermana en la que se puede confiar”.

“La sublime belleza de la Virgen inmaculada, reflejo de la de Cristo, es para todos los creyentes prenda de la victoria de la gracia divina sobre el pecado y la muerte”.

“Madre de la Iglesia, tú eres la inmaculada sensibilidad del corazón humano, con respecto a todo lo que se refiere a Dios”.

“¡Contemplemos siempre a María, modelo insuperable! Ella es la ‘memoria’ contemplativa de la Iglesia, que vive con el deseo de unirse a más profundamente a su Esposo para influir aún más en nuestra sociedad”.

“María es madre de la gracia divina. Encomendaos a ella con plena confianza. Resplandeceréis con la belleza de Cristo”.

“Si Cristo es la estrella que lleva a Dios, María es la estrella que lleva a Jesús”.

“Que María, Reina del cielo y de la tierra, nos ayude a hacer de nuestra vida un cántico de alabanza y fidelidad a Dios, santo y misericordioso”.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Natividad de María - Oración de San Juan Pablo II

¡Oh Virgen naciente,
esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias!

¡Oh Virgen fiel,
que siempre estuviste dispuesta y fuiste solícita para acoger, conservar y meditar la Palabra de Dios, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro precioso que nos han transmitido nuestros padres!

¡Oh Virgen potente,
que con tu pie aplastaste la cabeza de la serpiente tentadora, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las cuales hemos renunciado a satanás, a sus obras y a sus seducciones, y que sepamos dar en el mundo un testimonio alegre de esperanza cristiana!

¡Oh Virgen clemente,
que abriste siempre tu Corazón materno a las invocaciones de la humanidad, a veces dividida por el desamor y también, desgraciadamente, por el odio y por la guerra, haz que sepamos siempre crecer todos, según la enseñanza de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial! Amén.

Oración de San Juan Pablo II
8 de septiembre de 1980