sábado, 6 de agosto de 2011

La Madre de Dios nos indica el camino


En medio de las dificultades de la vida, el cristiano cuenta con una ayuda única: la figura de la Madre de Dios «que indica el camino, es decir, Cristo, único mediador que lleva en plenitud al Padre».

Juan Pablo II profundizó en la fuerza que puede infundir en un corazón azorado la figura de la Virgen.

Al levantar la mirada hacia Ella, explicó el Santo Padre, "podemos afirmar que María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y la liberación de la humanidad y el cosmos"

Queridos hermanos:

Recordemos una de las páginas del Apocalipsis. La mujer encinta que da a luz un hijo, ante un dragón rojo, como la sangre enfurecido con ella y con su hijo. Si el nacimiento del niño representa la venida del Mesías, la mujer personifica la Iglesia.

Contra María y la Iglesia se levanta el dragón, que evoca el mal, el color rojo es signo de guerra, de masacre; las «siete cabezas» coronadas indican poder inmenso; los «diez cuernos» evocan la fuerza impresionante del poder que amenaza a la historia.

María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad, de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia. El canto que sella el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo es confiado a  Cristo.

Ciertamente la Iglesia puede verse obligada a refugiarse en el desierto. El desierto es refugio tradicional de los perseguidos, el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina. En este refugio la mujer permanece durante un período de tiempo limitado, el tiempo de angustia, persecución y prueba no es definitivo.

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que María, junto a su Hijo, es la imagen perfecta de la liberación. La Iglesia deber mirar hacia ella, su madre, para comprender el sentido de su propia misión. Fijemos la mirada en María, imagen de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia. La Iglesia honra a la Madre de Dios como la que «indica el camino». En su inmaculada concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana.

La meta última de la vicisitud llegará cuando «Dios sea todo en todo», cuando «el mar deje de existir». El signo del caos destructor y del mal será eliminado. Esa será la hora del amor sin fisuras. Pero ya desde ahora, al mirar a la Virgen, la Iglesia comienza a experimentar la alegría que le será ofrecida en plenitud al final de los tiempos.

Juan Pablo II
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