sábado, 15 de mayo de 2010

Un Magníficat escrito por Juan Pablo II

Adora, alma mía, la gloria de tu Señor,
el Padre de la gran Poesía, tan lleno de bondad.
Él fortificó mi juventud con ritmo admirado,
mi canto, en yunque de roble, ha forjado.
Resuena, alma mía, con la gloria de tu Señor,
Hacedor del Saber angelical, benévolo Hacedor.
Apuro hasta los bordes la copa de vino, con gratitud,
en Tu fiesta celestial –cual un siervo orante–,
porque embelesaste extrañamente mi juventud,
porque de un tronco de tilo tallaste una forma rozagante.
¡Tú eres el Maravilloso, el Escultor de santos tallados!
– Por mi camino hay muchos abedules y robles numerosos.
– Soy como un surco soleado, un campo sembrado,
como una arista joven y brusca de los Tatras rocosos.
Bendigo Tu sementera, en Oriente y en Occidente,
¡siembra, Labrador, tu tierra, con generosidad!
Que, por la nostalgia y la vida, la juventud incipiente
se vuelva un fecundo trigal, una luminosa ciudad.
Que te adore la felicidad, el misterio grandioso,
me hinchaste tanto el pecho con la voz cantante,
permitiste en el azul hundir mi pobre rostro
y mandaste a mis cuerdas melodías incesantes.
Porque en esta melodía, como Cristo has aparecido.
Mira delante –Eslavo– las luces sanjuaneras...
El santo roble no perdió las hojas, tu rey sigue vivo,
porque es amo de su pueblo y sacerdote, y así era.
Adora al Señor, alma mía, por la corazonada sigilosa,
por la primavera que entona los sentimientos góticos,
por la juventud ardiente, la copa de alegrías gozosas,
por el otoño similar a rastrojos y brezos melancólicos.
¡Adóralo por la poesía; por la alegría y el dolor!
La alegría de dominar el azul y el oro, la eterna morada,
porque en palabras se encarne el gozo, el gran ardor,
porque recoges esta madurez, esta cosecha segada.
El dolor es la tristeza vespertina de expresiones inefables,
cuando con el éxtasis ondeante nos abraza la Belleza,
Dios se inclina hacia el arpa –mas el rayo se quiebra
en la vertiente rocosa–, las palabras no tienen fuerza.
Faltan las palabras. Soy como un Ángel caído,
una figura en un pedregal, en un pedestal de mármol;
Tú le insuflaste nostalgia a la figura y brazos esculpidos,
por eso se alza, desea. De estos ángeles soy.
Y aún Te adoraré, porque en Ti está la hospitalidad,
premio por cada canto, el día de la idea santa
y la alegría –vuelta canto del himno a la maternidad,
y la palabra silenciosa de fidelidad–. ¡Elí más cabal!
Sé bendito, Padre, por la tristeza del ángel,
por la lucha del canto contra la mentira,
combate inspirado del alma
y aniquila en nosotros toda la mezquindad de la palabra,
quebrántala, y la forma,
como a un hombre mentecato que se jacta.
Ando por tus caminos –yo, el trovador eslavo–.
En solsticios toco música a muchachas y peones,
pero el canto de mi oración, con tonos modulados,
lo arrojo a Ti Único, a Ti en el trono de roble.
¡Sea bendito el cantar entre los cantares!
¡De mi alma y de la luz, benditos sean los sembrados!
¡Adora, alma mía, a Él, quien cubrió con creces
mi espalda con el terciopelo y el raso de los potentados!
Bendito tallador de santos, eslavo y profeta,
–apiádate de mí– soy recaudador de impuestos inspirado.
Adóralo, alma mía, con canto, cercana es la meta,
para que el himno quede sonoro y consumado.
Y que el himno sea: ¡Poesía! ¡Poesía!
La semilla añora como el alma que sufre brechas,
mis caminos sean sombreados de robles y acacias,
para que agraden a Dios las juveniles cosechas.
¡Libro Eslavo de Añoranzas! Al final sigue resonante,
como de coros de Resurrección, la primaveral música,
con el canto santo y virgen, con la poesía prosternante
y con el himno de humanidad, el Divino Magníficat.