
"Durante toda su existencia San Antonio fue un hombre evangélico. Y si nosotros lo honramos como tal, es porque nosotros creemos que el Espíritu Santo vivió en él de modo extraordinario enriqueciéndolo con sus maravillosos dones y moviéndolo "desde dentro" para emprender una actividad que fue extraordinaria en los treinta y seis años de su existencia, pero que está muy lejos de haberse acabado en el tiempo, ya que prosigue, vigorosamente y providencialmente, todavía en nuestros días.
Quisiera pediros a vosotros que meditéis exactamente sobre esta marca de perfil evangélico. Ésta es también la razón por la cual San Antonio es proclamado "el Santo".
Sin hacer exclusiones o preferencias, esta es una señal que en él la santidad ha conseguido vetas de extraordinaria altitud. La santidad se ha impuesto sobre todo el resto por medio del poder del ejemplo y ha dado a la devoción a San Antonio una expansión extrema en el mundo. Es realmente difícil encontrar una ciudad o un pueblo en el mundo católico donde no haya al menos un altar o una estatua del Santo. Su rostro sereno ilumina, con una amable sonrisa, millones de casas cristianas, donde, a través de él, la fe nutre la esperanza en la providencia del Padre celestial.
Los creyentes, los más pequeños y los más indefensos sobre todo, lo sienten y lo consideran su Santo, un intercesor siempre a punto y enérgico a su favor.
Exulta, Lusitania felix; O felix Padua, gaude. Exulta, feliz Portugal; oh feliz Padua, alégrate. Yo repito estas palabras junto con mi predecesor Pío XII. Alégrate Padua, en tus orígenes romanos y también pre-romanos; a los espléndidos eventos de tu historia tú añades el nobilísimo título de guardián de la viviente y palpitante memoria de San Antonio en su gloriosa tumba. De ti, de hecho, su nombre se ha difundido y resuena todavía en todo el mundo, por esta especial característica: la autenticidad de su perfil evangélico".
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