jueves, 27 de junio de 2013

Juan Pablo II y la Virgen del Perpetuo Socorro

Siempre hemos oído hablar de la devoción del Beato Juan Pablo II a María Santísima bajo esta advocación, devoción que cultivó ya desde joven. El 30 de junio de 1991 visitó la Iglesia de San Alfonso en Roma con motivo de la celebración de los 125 años del culto público al icono del Perpetuo Socorro en dicha Iglesia. En la charla que mantuvo con la comunidad tras la celebración religiosa dijo expresamente: 

"...Recuerdo que en la última guerra, durante el periodo de la ocupación nazi de Polonia y siendo yo obrero en una fábrica de Cracovia, me paraba siempre en una iglesia, precisamente la de los redentoristas, que se encontraba en mi camino de regreso de la fábrica a casa. En aquella Iglesia había una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. ¡Cuántas veces me detuve ante dicha imagen! y no sólo porque me caía de paso, sino también porque la encontraba muy bella. Aún después de ser Obispo y Cardenal de Cracovia volví a visitar dicha Iglesia. Prediqué en ella muchas veces y también en ella administré Sacramentos, sobre todo el de la Confirmación. Se comprende fácilmente, pues, que el venir hoy aquí me resulte como si hiciese un viaje hacia mi pasado, hacia mi juventud..."

Oración de Juan Pablo II a la Virgen del Perpetuo Socorro
(Manila, Filipinas, el 17 de febrero de 1981)

Oh Madre del Perpetuo Socorro,

A Ti, Reina de los Mártires y Madre de la Iglesia, deseo confiar de modo especial este ministerio papal mío y sus múltiples dimensiones. Ya desde los comienzos, de la sangre de los mártires precisamente nació y creció con fuerza la Iglesia de tu Hijo, la Iglesia de Jesucristo, con cuyo sacrificio en la Cruz, Tú, Madre, cooperaste, con el sacrificio maternal de tu Corazón (cf. Lumen gentium, 58).

Son muchos ciertamente los ejemplos que encontramos de tal testimonio prestado por mártires santos y bienaventurados en varias partes del gran continente de Asia. Los fundamentos de la fe sellados con la sangre parecen estar hondamente arraigados ya en el terreno de la historia. Pero no somos nosotros, que somos seres humanos, quienes podemos medir y decir si estos fundamentos son suficientes para construir el servicio al Evangelio y a la Iglesia en estas extensas tierras y en las incontables islas que las rodean. Este juicio lo dejamos a la Misericordia del mismo Dios, al Corazón de nuestro Redentor y Señor, y al Espíritu Santo que guía a la humanidad y a la Iglesia a través del testimonio de sangre prestado al Reino de Amor y de Verdad.

No obstante, todo el trabajo inmenso que se presenta ante nosotros, yo, Juan Pablo II, con plena conciencia de mi debilidad humana y de mi indignidad deseo confiarlo a Ti, Madre de Cristo y de la Iglesia, que velas con tu incesante amor maternal sobre ella en todas partes, dispuesta a prestar toda clase de ayuda a cada corazón humano y en medio de todos los pueblos. Y sobre todo entre quienes están probados más duramente por el sufrimiento, la pobreza y toda clase de aflicciones imaginables.

Así, en el umbral de mi visita pastoral a Extremo Oriente, te encomiendo y consagro con confianza absoluta, como a Madre de nuestro Redentor, todas las naciones y pueblos de Asia y de las islas que la rodean. Te encomiendo y confío la Iglesia, particularmente los lugares donde padece más dificultades, donde no es comprendida debidamente su misión ni tampoco su irreprimible deseo de servir a los individuos y a los pueblos. En el umbral de esta peregrinación te encomiendo hoy las hospitalarias Filipinas y la Iglesia que al estar arraigada aquí con fuerza particular, siente con la misma fuerza particular su responsabilidad misionera. Que no le falte la fuerza necesaria para la obra de evangelización. Que persevere en el servicio de su pueblo y en la apertura a todos los demás, como siervo fiel que espera constantemente la llegada del Señor.

Oh Madre del Perpetuo Socorro, acoge esta consagración humilde y deposítala en el Corazón de tu Hijo, Tú que cuando estabas al pie de su Cruz en el Calvario nos fuiste dada a cada uno de nosotros como Madre. Amen.