sábado, 2 de agosto de 2014

¡No tengáis miedo!

«El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una oración fervorosa, humilde y confiada:

 ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en servidor, y lo sea, de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más aún, siervo de tus siervos.

¡Hermanos y hermanas! ¡No tengan miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!

¡Ayuden al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!

¡No tengan miedo! ¡Abran -aún más- abran de par en par las puertas a Cristo!

Abran a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengan miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación.

Permitan, pues, -se lo ruego, lo imploro con humildad y con confianza- permitan que Cristo hable al hombre.

¡Sólo El tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!

Mi pensamiento se dirige ahora hacia el mundo de lengua española, una porción tan considerable de la Iglesia de Cristo. A vosotros, hermanos e hijos queridos, llegue en este momento solemne el afectuoso saludo del nuevo Papa. Unidos por los vínculos de una común fe católica, sed fieles a vuestra tradición cristiana, hecha vida en un clima cada vez más justo y solidario, mantened vuestra conocida cercanía al Vicario de Cristo y cultivad intensamente la devoción a nuestra Madre, María Santísima.

Y me dirijo una vez más a todos los hombres, a cada uno de los hombres - ¡y con qué veneración el apóstol de Cristo debe pronunciar esta palabra: hombre! - ¡Recen por mí! ¡Ayúdenme para que pueda servirlos! Amén».

San Juan Pablo II
(Homilía 22 de octubre de 1978)