miércoles, 29 de mayo de 2013

Juan Pablo II y los exorcismos

Del fallecido Papa se asegura que realizó dos en sus veintisiete años de pontificado, y ocurrieron en 1982 y en 2000

Los exorcismo no son sólo material de película, en la realidad existen aunque en menor medida de lo que se vende en el cine. La Iglesia sólo reconoce contados casos de posesión y por tanto, realiza escasos exorcismos. Del fallecido Papa Juan Pablo II se asegura que realizó dos en sus veintisiete años de pontificado. El sacerdote Gabriele Amorth, uno de los más conocidos exorcistas italianos, declaró en 2003 que tres años antes Juan Pablo II realizó en la plaza de San Pedro un exorcismo para sacar el diablo a una muchacha endemoniada que participaba en una audiencia general.

Según el sacerdote, unos padres llevaron a la plaza a su hija, una joven que caminaba jorobada, ladeada. La muchacha fue colocada en la fila primera, junto a los enfermos. Nada más aparecer el Papa, la joven comenzó a gritar, como una poseída por el demonio. Los guardias procedieron a sacarla del lugar y, tras darse cuenta, Juan Pablo II pidió que la llevaran a un lugar tranquilo ya que tras la audiencia quería bendecirla. Después de la audiencia, según Amorth, el Papa se dirigió a una habitación cercana al Arco de las Campanas, la entrada principal del Vaticano, donde había sido llevada la muchacha y allí en presencia de sus padres y de responsables vaticanos rezó durante media hora junto a la joven.

También se aseguró que en 1982 expulsó al diablo del cuerpo de una mujer italiana, Francesca, que había sido llevada a su apartamento en el Vaticano por el por entonces obispo de Spoleto, monseñor Alberti. El entonces Sumo Pontífice quedó muy impresionado, y comentó que era la primera vez que le sucedía algo así, "una verdadera escena bíblica", según sus propias palabras. Un año después, la mujer volvió al Vaticano acompañada de su marido y fue recibida en audiencia por el Papa, a quien contó ilusionada que esperaba un hijo. Ese supuesto exorcismo fue confirmado en 1993 por el ex prefecto de la Casa Pontificia el cardenal Jacques Martin.

Fuente: Foro Juan Pablo II

domingo, 26 de mayo de 2013

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Bendito seas, Padre, que en Tu infinito Amor nos has dado a Tu Hijo Unigénito, hecho carne por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen María y nacido en Belén hace dos mil años. Él se hizo nuestro Compañero de viaje y dio nuevo significado a la historia, que es un camino recorrido juntos en las penas y los sufrimientos, en la fidelidad y el amor, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva en los cuales Tú, vencida la muerte, serás Todo en todos.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Que por tu gracia, Padre, este tiempo sea un tiempo de conversión y de gozoso retorno a Ti; que sea un tiempo de reconciliación entre los hombres y de nueva concordia entre las naciones; un tiempo en que las espadas se cambien por arados y al ruido de las armas le sigan los cantos de la paz. Concédenos, Padre, poder vivir dóciles a la voz del Espíritu, fieles en el seguimiento de Cristo, asiduos en la escucha de la Palabra y en el acercarnos a las fuentes de la gracia.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu, los esfuerzos de la Iglesia en la nueva evangelización y guía nuestros pasos por los caminos del mundo, para anunciar a Cristo con la propia vida orientando nuestra peregrinación terrena hacia la Ciudad de la Luz. Que los discípulos de Jesús brillen por su amor hacia los pobres; que sean solidarios con los necesitados y generosos en las obras de misericordia; que sean indulgentes con los hermanos para alcanzar de Ti ellos mismos indulgencia y perdón.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Concede, Padre, que los discípulos de Tu Hijo, purificada la memoria y reconocidas las propias culpas, sean una sola cosa para que el mundo crea. Se extienda el diálogo entre los seguidores de las grandes religiones y todos los hombres descubran la alegría de ser hijos tuyos. A la voz suplicante de María, Madre de todos los hombres, se unan las voces orantes de los apóstoles y de los mártires cristianos, de los justos de todos los pueblos y de todos los tiempos, para que este tiempo sea para cada uno y para la Iglesia causa de renovada esperanza y de gozo en el Espíritu.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!


A Ti, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, Por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia. En el Espíritu que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Beato Juan Pablo II
Fuente: El Camino de María

sábado, 18 de mayo de 2013

Oración al Espíritu Santo


Espíritu Santo, dulce huésped del alma,
muéstranos el sentido profundo del gran jubileo
y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,
en la esperanza que no defrauda,
en la caridad que no espera recompensa.

Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios,
memoria y profecía de la Iglesia,
dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret
el Señor de la gloria, el Salvador del mundo,
la culminación de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,
guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones
para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras
la luz de la Palabra que salva.

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo,
ven y renueva la faz de la tierra.
Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,
para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados
colaboren juntos en la edificación del único reino de Dios.

Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz,
suscita solidaridad para con los necesitados,
da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren,
acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón,
orienta el camino de la ciencia y de la técnica
al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones,
y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.

Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne
en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha,
haznos dóciles a las muestras de tu Amor
y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos
que Tú pones en el curso de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

A Ti, Espíritu de Amor,
junto con el Padre omnipotente
y el Hijo unigénito,
alabanza, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén

Beato Juan Pablo II
Jubileo Año 2000

sábado, 11 de mayo de 2013

La Ascensión del Señor


"Dios asciende entre aclamaciones" (Antífona del Salmo responsorial). Estas palabras de la liturgia de hoy nos introducen en la solemnidad de la Ascensión del Señor. Revivimos el momento en que Cristo, cumplida su misión terrena, vuelve al Padre. Esta fiesta constituye el coronamiento de la glorificación de Cristo, realizada en la Pascua. Representa también la preparación inmediata para el don del Espíritu Santo, que sucederá en Pentecostés. Por tanto, no hay que considerar la Ascensión del Señor como un episodio aislado, sino como parte integrante del único misterio pascual.

En realidad, Jesús resucitado no deja definitivamente a sus discípulos; más bien, empieza un nuevo tipo de relación con ellos. Aunque desde el punto de vista físico y terreno ya no está presente como antes, en realidad su presencia invisible se intensifica, alcanzando una profundidad y una extensión absolutamente nuevas. Gracias a la acción del Espíritu Santo prometido, Jesús estará presente donde enseñó a los discípulos a reconocerlo: en la palabra del Evangelio, en los sacramentos y en la Iglesia, comunidad de cuantos creerán en él, llamada a cumplir una incesante misión evangelizadora a lo largo de los siglos.

La liturgia nos exhorta hoy a mirar al cielo, como hicieron los Apóstoles en el momento de la Ascensión, pero para ser los testigos creíbles del Resucitado en la tierra (cf. Hch 1, 11), colaborando con él en el crecimiento del reino de Dios en medio de los hombres. Nos invita, además, a meditar en el mandato que Jesús dio a los discípulos antes de subir al cielo: predicar a todas las naciones la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47).

Todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo están llamados a dar su contribución a vuestra acción de compromiso apostólico y de renovación eclesial. Pienso de modo especial en vosotros, amadísimos jóvenes… Con la misma alegría id al encuentro de vuestros coetáneos, y sed acogedores y abiertos con ellos. Además, también podéis hacer mucho por los ancianos. Es sabido que entre jóvenes y ancianos se crea a menudo un vínculo que puede resultar para vosotros un óptimo camino de profundización de la fe, a la luz de su experiencia. Asimismo, podéis comunicar a los ancianos el entusiasmo típico de vuestra edad, para que vivan mejor el otoño de su existencia. De este modo se realiza un útil intercambio de dones en beneficio de toda la comunidad. Que la comprensión y la cooperación recíprocas entre todos sean el estilo permanente de vuestra vida familiar y parroquial.

"Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido" (Lc 24, 49). Jesús habla aquí de su Espíritu, el Espíritu Santo. También nosotros, al igual que los discípulos, nos disponemos a recibir este don en la solemnidad de Pentecostés. Sólo la misteriosa acción del Espíritu puede hacernos nuevas criaturas; sólo su fuerza misteriosa nos permite anunciar las maravillas de Dios. Por tanto, no tengamos miedo; no nos encerremos en nosotros mismos. Por el contrario, con pronta disponibilidad colaboremos con él, para que la salvación que Dios ofrece en Cristo a todo hombre lleve a la humanidad entera al Padre.

Permanezcamos en espera de la venida del Paráclito, como los discípulos en el Cenáculo, juntamente con María. Que ella, como Reina de nuestro corazón, haga de todos los creyentes una familia unida en el amor y en la paz.

Beato Juan Pablo II
Festividad de la Ascensión del Señor 2001
Imagen tomada de Google

miércoles, 8 de mayo de 2013

Consagración de Argentina a la Virgen de Luján por Juan Pablo II


1. ¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del Redentor!
Ante tu imagen de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, Patrona de Argentina, me postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida, cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la Palabra, con tu cooperación maternal.

2. ¡Dichosa tú porque has creído!
En el día del triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan de Él la salvación. Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.

3. ¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!
Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.

Te encomiendo y te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.
Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la Vida.
Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.

4. ¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!
Te encomiendo a todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad y entre la juventud. Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.
Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia saladora en nuestro mundo Aquel que, por tu amor de Madre, es
para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos.
Amén.

Beato Juan Pablo II
Buenos Aires (Argentina)
Domingo 12 de abril de 1987

sábado, 4 de mayo de 2013

De Juan Pablo II a Francisco


Para intentar algún paralelismo entre el papa Juan Pablo II y nuestro papa Francisco, habría mucho para decir porque Jorge Bergoglio expresaba una sentida admiración por Juan Pablo II. Pero destacaría cinco semejanzas que me parecen muy nítidas:

En primer lugar, recuerdo la convicción de Juan Pablo II de que tenía que salir de la comodidad del Vaticano y acercarse a la gente, peregrinando incansablemente por todo el mundo. Iba también allí donde muchos no querían viajar, para no contraer enfermedades, para no ser mal vistos o para no exponerse a atentados. Los argentinos recibimos su visita en pleno conflicto con Inglaterra. Frecuentemente rompía el protocolo, besaba a los enfermos, llegaba a los márgenes.

Recuerdo la convicción de Juan Pablo II de que tenía que salir de la comodidad del Vaticano

Bergoglio, como obispo,  tuvo siempre la misma convicción de que la Iglesia no debe ser autoreferencial, y las mismas actitudes de hermano cercano y accesible. A los curas les insistía en la necesidad de ir a las periferias. Nunca marcó distancias, iba en colectivo a visitar barrios olvidados, reflejando así las actitudes de Jesús, que caminaba sin cesar por los polvorientos caminos de su tierra, hasta los confines más lejanos.

Otra semejanza es el fervor, el entusiasmo, las ganas de evangelizar, de ofrecer la luz de Jesucristo al mundo, de cambiar las cosas. Los dos han mostrado con sus vidas que hay que darlo todo, hasta el fin, hasta el límite de la resistencia física. Bergoglio siempre se dejó absorber de tal manera que a algunos nos ha parecido casi milagroso que pudiera atender tantas personas, responder tantas cartas, devolver tantos llamados todos los días. Algunas veces ha reprochado a los curas cierta falta de fuego y de entrega generosa, y siempre los ha alentado a ser más entregados, a poner más ganas, más pilas, más empuje, más dinamismo, a darlo todo sin reservas.

Nadie puede presentar contra ellos alguna acusación de avidez por el dinero o los bienes

En tercer lugar, destacaría la permanente disposición al diálogo ecuménico e interreligioso y a profundizar las relaciones con el judaísmo. Ambos lo han hecho con generosidad, dedicación constante, cariño, pero al mismo tiempo sin desdibujar la propia identidad, sin restar ni una pizca de valor y de belleza a la opción por ser católicos hasta los tuétanos. "Máxima identidad con máximo diálogo" decía Juan Pablo II.

Remarcaría también un fuerte acento en la dignidad humana, que a ambos les viene del Evangelio, pero también del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II dijo que el ser humano es el camino de la Iglesia, y su defensa de la dignidad humana fue inclaudicable, ante la guerra, las injusticias y cualquier mal que afecte a las personas. Bergoglio lo ha expresado constantemente, no sólo en sus homilías sino en sus miles de gestos de amor a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a aquellos que muchas veces definía como los "descartables" del mundo actual. A algunos nos ha parecido casi milagroso que pudiera atender tantas personas, responder tantas cartas, devolver tantos llamados todos los días.

Finalmente, nadie puede presentar contra ellos alguna acusación de avidez por el dinero o los bienes, ni de gusto por la vida regalada. Juan Pablo II era austero al máximo, aun dentro de la asombrosa riqueza artística del Vaticano. Bergoglio no eligió el nombre de Francisco porque sí, sino porque toda su vida imitó la existencia  despojada del pobre de Asís.

Por todas estas razones creo que el papa Francisco puede ofrecer un liderazgo espiritual que el mundo necesita y reclama, y que se parecerá al que aportó Juan Pablo II.

Si me piden marcar alguna diferencia, o algún aporte distintivo que pueda traer el papa Francisco, podría decir que está en el lenguaje. Allí se parece más a Juan Pablo I, quien en su corto papado ofreció unas catequesis sencillas que cualquiera podía comprender. El nuevo Pontífice ama un lenguaje llano, que diga mucho en pocas palabras, que evite abstracciones incomprensibles para el hombre de la calle. Puede sorprender gratamente al mundo con sus ingeniosas ocurrencias y con sus exhortaciones sin vueltas. Posiblemente por eso, cuando hace unos días Bergoglio pidió la palabra ante el Colegio de Cardenales, terminó de cautivar a muchos indecisos.

Autor: Jose de Rafael.
Fuente: Foro Juan Pablo II

martes, 30 de abril de 2013

San José, hombre de trabajo


"Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor" (Col 3, 23 s.)

¿Cómo no ver en estas palabras de la liturgia de hoy el programa y la síntesis de toda la existencia de San José, cuyo testimonio de generosa dedicación al trabajo propone la Iglesia a nuestra reflexión en este primer día de mayo? San José, "hombre justo", pasó gran parte de su vida trabajando junto al banco de carpintero, en un humilde pueblo de Palestina. Una existencia aparentemente igual que la de muchos otros hombres de su tiempo, comprometidos, como él, en el mismo duro trabajo. Y, sin embargo, una existencia tan singular y digna de admiración, que llevó a la Iglesia a proponerla como modelo ejemplar para todos los trabajadores del mundo.

¿Cuál es la razón de esta distinción? No resulta difícil reconocerla. Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de San José. La presencia en la casa de Nazaret del Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su esposa María, ofrecía a José el cotidiano por qué de volver a inclinarse sobre el banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la familia. Realmente "todo lo que hizo", José lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".

Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este "hombre justo". La experiencia singular de San José se refleja, de algún modo, en la vida de cada uno de ellos. Efectivamente, por muy diverso que sea el trabajo a que se dedican, su actividad tiende siempre a satisfacer alguna necesidad humana, está orientada a servir al hombre. Por otra parte, el creyente sabe bien que Cristo ha querido ocultarse en todo ser humano, afirmando explícitamente que "todo lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a Él mismo" (cf. Mt 25, 40). Por lo tanto, en todo trabajo es posible servir a Cristo, cumpliendo la recomendación de San Pablo e imitando el ejemplo de San José, custodio y servidor del Hijo de Dios.

Al dirigir hoy, primer día de mayo, un saludo cordialísimo a todos vosotros, (...), mi pensamiento va con todo afecto especialmente a los trabajadores presentes y, mediante ellos, a todos los trabajadores del mundo, exhortándoles a tomar renovada conciencia de la dignidad que les es propia: con su fatiga sirven a los hermanos: sirven al hombre y, en el hombre, a Cristo. Que San José les ayude a ver el trabajo en esta perspectiva, para valorar toda su nobleza y para que nunca les falten motivaciones fuertes a las que pueden recurrir en los momentos difíciles.

Autor: Beato Juan Pablo II
Fuente: Catholic.net

sábado, 27 de abril de 2013

Juan Pablo II y el mandamiento del amor


En el antiguo Israel el mandamiento fundamental del amor a Dios estaba incluido en la oración que se rezaba diariamente: «El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estos mandamientos que te doy hoy. Se los repetirás a tus hijos y les hablarás siempre de ellos, cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 6, 4-7)

El libro del Deuteronomio recuerda dos características esenciales de ese amor. La primera es que el hombre nunca sería capaz de tenerlo, si Dios no le diera la fuerza mediante la «circuncisión del corazón» (cf. Dt 30, 6), que elimina del corazón todo apego al pecado. La segunda es que ese amor, lejos de reducirse al sentimiento, se hace realidad «siguiendo los caminos» de Dios, «cumpliendo sus mandamientos, preceptos y normas» (Dt 30, 16). Ésta es la condición para tener «vida y felicidad», mientras que volver el corazón hacia otros dioses lleva a encontrar «muerte y desgracia» (Dt 30, 15).

El mandamiento del Deuteronomio no cambia en la enseñanza de Jesús, que lo define «el mayor y el primer mandamiento», uniéndole íntimamente el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 4-40). Al volver a proponer ese mandamiento con las mismas palabras del Antiguo Testamento, Jesús muestra que en este punto la Revelación ya había alcanzado su cima.

Al mismo tiempo, precisamente en la persona de Jesús el sentido de este mandamiento asume su plenitud. En efecto, en Él se realiza la máxima intensidad del amor del hombre a Dios. Desde entonces en adelante amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, significa amar al Dios que se reveló en Cristo y amarlo participando del amor mismo de Cristo, derramado en nosotros «por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

La caridad constituye la esencia del «mandamiento» nuevo que enseñó Jesús. En efecto, la caridad es el alma de todos los mandamientos, cuya observancia es ulteriormente reafirmada, más aún, se convierte en la demostración evidente del amor a Dios: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a Jesús, representa la condición para ser amados por el Padre: «El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y Yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21).

El amor a Dios, que resulta posible gracias al don del Espíritu, se funda, por tanto, en la mediación de Jesús, como Él mismo afirma en la oración sacerdotal: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Esta mediación se concreta sobre todo en el don que Él ha hecho de su vida, don que por una parte testimonia el amor mayor y, por otra, exige la observancia de lo que Jesús manda: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 13-14).

La caridad cristiana acude a esta fuente de amor, que es Jesús, el Hijo de Dios entregado por nosotros. La capacidad de amar como Dios ama se ofrece a todo cristiano como fruto del misterio pascual de muerte y Resurrección.

La Iglesia ha expresado esta sublime realidad enseñando que la caridad es una virtud teologal, es decir, una virtud que se refiere directamente a Dios y hace que las criaturas humanas entren en el círculo del amor trinitario. En efecto, Dios Padre nos ama como ama Cristo, viendo en nosotros Su imagen. Ésta, por decirlo así, es dibujada en nosotros por el Espíritu Santo, que como un artista de iconos la realiza en el tiempo.

También es el Espíritu Santo quien traza en lo más íntimo de nuestra persona las líneas fundamentales de la respuesta cristiana. El dinamismo del amor a Dios brota de una especie de «con-naturalidad» realizada por el Espíritu Santo, que nos «diviniza», según el lenguaje de la tradición oriental.

Con la fuerza del Espíritu Santo, la caridad anima la vida moral del cristiano, orienta y refuerza todas las demás virtudes, las cuales edifican en nosotros la estructura del hombre nuevo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «el ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es el "vínculo de la perfección" (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino» (n. 1827). Como cristianos, estamos siempre llamados al amor.

Beato Juan Pablo II
Audiencia del miércoles 13 de octubre de 1999
Fuente: Juan Pablo Magno.org

miércoles, 24 de abril de 2013

Canonización de Juan Pablo II avanza a pasos agigantados


CIUDAD DEL VATICANO, 23 de abril.- 
El proceso que llevará a Juan Pablo II a la santidad dio un paso más y “se acerca a pasos agigantados” el día de su reconocimiento como santo de la Iglesia, tras la certificación de un grupo de médicos del Vaticano a un “milagro” atribuido a su intercesión.

En días pasados los científicos de la Congregación para las Causas de los Santos reconocieron como inexplicable una curación que habría tenido lugar luego de insistentes rezos a la memoria del beato Karol Wojtyla, según reveló este martes el diario italiano La Stampa.

Este trámite corresponde al primer escalón de cara a la santidad. Ahora el “milagro” debe ser analizado y certificado por una comisión de teólogos, primero, y un grupo de cardenales, después. Si todos dan su voto positivo, entonces el expediente será sometido a la atención del papa Francisco.

La normatividad eclesiástica establece como necesaria la certificación de dos “milagros” para que una persona sea reconocida como santa. En el caso de Juan Pablo II su beatificación llegó tras la curación inexplicable del mal de Parkinson de una monja, Marie Simone Pierre.

“Todo ha tenido lugar con un gran secreto, con la máxima discreción. En enero, el postulador de la causa, monseñor Slawomir Oder, presentó a la Congregación vaticana para los santos para un dictamen preliminar una presunta curación milagrosa”, indicó el reporte de La Stampa.

“Los pasados días ha sido discutido por una comisión de siete médicos, presidida por el doctor Patrizio Polisca, cardiólogo de Juan Pablo II, médico personal de Benedicto XVI y ahora del papa Francisco”, agregó.

Tras el visto bueno de la comisión médica, el expediente fue turnado a los teólogos. La velocidad con la cual está avanzando el proceso hace pensar que el reconocimiento como santo de Wojtyla podría llegar incluso durante el presente año.

El Papa polaco ya tuvo una beatificación en tiempo récord, apenas poco más de seis años después de su muerte. La presidió Benedicto XVI el 1 de mayo de 2011.

Aunque califica como “prematuro” indicar fechas para la canonización, el periódico indica como una posibilidad el próximo domingo 20 de octubre, aprovechando la fiesta litúrgica asignada al beato Wojtyla fijada el 22 de ese mismo mes.
 Fuente: www.excelsior.com.mx

sábado, 20 de abril de 2013

Domingo del Buen Pastor y de las Vocaciones


“El Buen Pastor, según las palabras de Cristo, es precisamente el que "viendo venir al lobo", no huye, sino que está dispuesto a exponer la propia vida, luchando con el ladrón, para que ninguna de las ovejas se pierda. Si no estuviese dispuesto a esto, no sería digno del nombre de Buen Pastor. Sería mercenario, pero no pastor”

Beato Juan Pablo II
Audiencia General
Miércoles 9 de mayo de 1979

Coincidentemente con el Domingo del Buen Pastor, la Iglesia dedica este día a la Oración por las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas. La siguiente es una oración compuesta por el Beato Juan Pablo II:

Padre Bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la posibilidad de descubrir, en tu voluntad, los rasgos de nuestro verdadero rostro.

Padre santo, Tú nos llamas a ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y con los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.

Padre misericordioso, da a la Humanidad extraviada, hombres y mujeres, que, con el testimonio de una vida transfigurada, a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial.

Padre nuestro, con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean testimonios valientes de tu infinita bondad. 

¡Amén!

sábado, 13 de abril de 2013

La misión pastoral de Pedro

En el Evangelio del Domingo III de Pascua (San Juan, capítulo 21, versículos 1-19) leemos el momento en que Jesús confirma a Pedro como piedra
fundamental de la Iglesia.                    
Al respecto el Beato Juan Pablo II expresó lo siguiente en su Catequesis del 10 de marzo de 1993:

"...De los pasajes del Nuevo Testamento que hemos analizado varias veces en las catequesis anteriores se deduce que Jesús manifestó su intención de dar a Pedro las llaves del Reino, como respuesta a una profesión de fe. En ella Pedro habló, en nombre de los Doce, en virtud de una revelación que venía del Padre. Expresó su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esta adhesión de fe a la Persona de Jesús no es una simple actitud de confianza, sino que incluye claramente la afirmación de una doctrina cristológica. La función de piedra fundamental de la Iglesia que Jesús confirió a Pedro comporta, por consiguiente, un aspecto doctrinal (cf. Mt 16, 18-19). La misión de confirmar a sus hermanos en la fe, que también le confió Jesús (cf. Lc 22, 32), va en la misma dirección. Pedro goza de una oración especial del Maestro para desempeñar este papel de ayudar a sus hermanos a creer. Las palabras «Apacienta mis corderos», «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17) no enuncian explícitamente una misión doctrinal, pero sí la implican. Apacentar el rebaño es proporcionarle un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe. De ahí se sigue que, según los textos evangélicos, la misión pastoral universal del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, comporta una misión doctrinal. Como Pastor universal, el Papa tiene la misión de anunciar la doctrina revelada y promover en toda la Iglesia la verdadera fe en Cristo. Es el sentido integral del ministerio petrino”.

Se puede leer la catequesis completa de Juan Pablo II en Audiencia General en la Plaza San Pedro del 30 de mayo de 1992 haciendo clic acá.

Fuente: El camino de María

miércoles, 10 de abril de 2013

«Se parece a Wojtyla»


Poco después de las 7, cerradas ya las puertas de la Basílica Vaticana, Francisco fue a rezar ante la tumba de Juan Pablo II, y allí estuvo a la hora, en la que se cumplían 8 años exactos de su muerte. El Papa acudió en compañía del cardenal Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, y del secretario personal que ha tomado prestado de Benedicto XVI, el monseñor maltés Alfred Xuereb. Después, Francisco se detuvo brevemente ante las tumbas del Beato Juan XXIII y de san Pío X.

No hubo palabras públicas del Papa Francisco en el octavo aniversario de la muerte de Juan Pablo II, pero Radio Vaticano rescató antiguas intervenciones del cardenal Bergogio. «Recordamos a un hombre coherente que una vez nos dijo que este siglo no necesita de maestros, necesita de testigos, y el coherente es un testigo. Un hombre que pone su carne en el asador y avala con su carne y con su vida entera, con su transparencia, aquello que predica», decía el arzobispo de Buenos Aires en la muerte de Juan Pablo. «Este coherente que por pura coherencia se embarró las manos, nos salvó de una masacre fraticida», añadía hace 8 años; «este coherente que gozaba tomando a los chicos en brazos porque creía en la ternura. Este coherente que más de una vez hizo traer a los hombres de la calle, para hablarles y darles una nueva condición de vida. Este coherente que cuando se sintió bien de salud pidió permiso para ir a la cárcel a hablar con el hombre que había intentado matarlo».

Continuidad espiritual

Al informar en una nota de la visita de Francisco a la tumba de Juan Pablo II, la Santa Sede resaltó que tanto este gesto como la visita el día anterior a la tumba de san Pedro y a las grutas vaticanas, «expresa la profunda continuidad espiritual del ministerio petrino que el Papa Francisco vive y siente intensamente». El lunes, además de la tumba de Pedro, Francisco visitó las de Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo I. La Santa Sede aludió también al «encuentro y los diversos coloquios telefónicos» del Papa con su predecesor Benedicto XVI.

Francisco ha hablado estos días por teléfono también con monseñor Loris Capovilla, secretario personal de Juan XXIII. El prelado, de 97 años, ha contado emocionado la cariñosa llamada que recibió el lunes de Pascua de Francisco, que quería darle las gracias por la invitación a una breve obra de teatro escrita por Capovilla con motivo del Año de la Fe. El Papa le prometió que le visitaría pronto. El  próximo jueves 11 de abril, por cierto, se cumple el 50 aniversario de la encíclica Pacem in Terris.

«Se parece a Wojtyla»

El Papa Francisco ha sido comparado en reiteradas ocasiones con Juan XXIII, tanto por carácter, como incluso por semejanzas físicas, pero muchos han preferido destacar el parecido con Juan Pablo II, ya sea por su impulso misionero, por su ánimo decidido o por su devoción a la Divina Misericordia.

«A pesar de la lejanía geográfica, por lo que me consta, tuvieron varios encuentros y se profesaron una gran estima recíproca, ha dicho el postulador de Wojtyla, Slawomir Oder, en declaraciones al diario Avvenire. En la entrevista, afirma también que sería «bello verlo canonizado» durante este Año de la Fe, tal como se rumorea intensamente en Roma.

«Se parece a Wojtyla», dice, en una entrevista a Vatican Insider, el cardenal Stanislaw Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia, y antiguo secretario personal de Juan Pablo II. «Estoy convencido de que la historia los unirá en una obra: haber abierto las puertas de la iglesia a todos, haciéndola más cercana a la vida cotidiana y concreta de la gente; por haber creado puentes incluso con mundos lejanos y adversos. Partiendo de la comunicación: Francisco tiene una forma de comunicar semejante a la de Wojtyla; lo hemos visto en estos primeros días, respeta el protocolo, pero adora hablar improvisando, con un lenguaje directo y claro».

Destaca también Dziwisz que si «Wojtyla luchó contra los extremismos del comunismo», Bergoglio combatió «las distorsiones de la teología de la liberación», e incluso encuentra semejanzas en las primeras palabras de ambos tras su elección: «Que Dios los perdone por lo que hicieron», les dijo el argentino a los cardenales. «¿Qué es lo que han hecho», fue la reacción de Wojtyla. «El sentido y la ironía son los mismos», dice el cardenal arzobispo de Cracovia.

En esa entrevista, Dziwisz se refiere también a las palabras que algunos medios pusieron en su boca, contraponiendo la renuncia de Benedicto XVI, a la heroica permanencia de Juan Pablo II, que no se bajó de la cruz. «Todavía me duele esa polémica, me atormenta todos los días, porque no dije eso... Yo quiero muchísimo a Joseph Ratzinger, inmensamente».

Foro Juan Pablo II

sábado, 6 de abril de 2013

Juan Pablo II y la devoción a la Divina Misericordia

La fiesta que celebramos el Domingo II de Pascua es, de entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia, la que tiene mayor rango. Jesús habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931 en Plock el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”. Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Santa Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Beato Juan Pablo II instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección. Con la institución de esta Fiesta, el Beato Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo: “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia”.  Dicha Fiesta constituye uno de los elementos centrales del Mensaje de la Divina Misericordia según le fuera revelado por nuestro Señor a Sor Faustina.

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martes, 2 de abril de 2013

Siempre estás en nuestros corazones


Hace hoy exactamente ocho años, nuestro amado e inolvidable Juan Pablo II, terminaba su santa misión en esta tierra y se abrían para él las puertas del cielo.

En verdad, él nunca nos dejó… Sus enseñanzas, su ejemplo de vida, su amor por todos, siempre están con nosotros.

¿Cómo no recordarlo cuando nos decía: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito hoy con fuerza: ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos a su amor!”

Ya no está físicamente con nosotros, pero se ha ganado un triple lugar desde donde nos sigue acompañando: en el cielo, en los altares y en nuestros corazones que siempre lo tienen en vivo recuerdo.

Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros.
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