sábado, 31 de julio de 2021
Carta de San Juan Pablo II a las mujeres ("Te doy gracias mujer")
Te doy gracias, mujer-madre,
porque te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de
parto de una experiencia única, lo cual te hace sonrisa de Dios para el niño
que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su
crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
domingo, 25 de julio de 2021
Oración a San Juan Pablo II
Tú que conociste y padeciste
las atrocidades de los regímenes comunistas.
Tú que supiste lo que es
perder la libertad.
Tú que sufriste la
persecución por opinar.
Tú que entendiste el odio de
unos pocos hacia muchos.
Tú que viviste la opresión
de los regímenes militares.
Tú que presenciaste la
destrucción de las familias en pueblos como Cuba, Rusia o Polonia.
Tú que luchaste por los
derechos del hombre.
Tú que hiciste promover las
virtudes de sinceridad, honradez y
comprensión.
Tú que conociste la santidad
de más de un millar de personas que dedicaron su vida a Dios y al bien.
Tú que nos entiendes y que
gozas de la cercanía del Señor, pide que se nos conceda la gracia de no
dejarnos caer en el comunismo.
Por Jesucristo Nuestro
Señor. Amén.
sábado, 17 de julio de 2021
Karol Wojtyla seminarista se salvó de ser fusilado por los soviéticos

Karol Wojtyla y Joseph Stalin
Juan Pablo II no hubiera
llegado a ser Papa si, en el año 1945, en Cracovia, un oficial de la Armada
Roja de la Unión Soviética, culto y amante de la historia, no hubiera decidido
salvar la vida, a pesar de las órdenes de Stalin, a un joven seminarista llamado
Karol Wojtyla, que le había ayudado a traducir libros sobre la caída del
Imperio romano.
Este episodio, poco conocido
de la vida del Papa, fue narrado al semanario italiano «Famiglia Cristiana» por
el protagonista, el mayor Vasilyi Sirotenko.
Sirotenko, profesor de
historia medieval, formó parte de la 59ª Armada del general Ivan Stepanovich
Konev que arrebató a los alemanes Cracovia el 17 de enero de 1945. Al día
siguiente el soldado se encontraba entre los hombres que ocuparon una mina de
piedra de la empresa Solvay a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. «También
allí los alemanes se rindieron y escaparon casi inmediatamente -recuerda-. Los
obreros polacos se habían escondido: cuando llegamos comenzamos a gritar: sois
libres, salid, salid, estáis libres. Cuando los contamos, eran ochenta. Poco
después descubrí que 18 de ellos eran seminaristas».
La guerra de Stalin no era
un banquete de gala. Los soldados robaban lo que podían: dinero, relojes, ropa…
Los primeros rusos que entraron a Cracovia lo único que buscaban era comida.
Sirotenko, sin embargo, causó en más de alguno un dejo de risa: él buscaba
libros en latín y alemán.
Por este motivo, al ver a
los seminaristas se puso muy contento. «Llamé a uno de ellos y le pregunté si
era capaz de traducir del latín y del italiano -revela Sirotenko-. Me dijo que
no era muy bueno en estas materias, que había estudiado poco. Estaba
aterrorizado, e inmediatamente añadió que tenía un compañero muy inteligente y
capaz para los idiomas. Un cierto Karol Wojtyla».
«Entonces di la orden de
encontrar a ese tal Karol», continúa diciendo el antiguo soldado. «Descubrí que
era bastante bueno en ruso pues su madre era una "russinka", es decir
una "ukrainka" con raíces rusas. Por eso le hice traducir también
documentos del ruso al polaco».
Vasilyj se hizo amigo de
Karol y pidió que le tradujera también artículos sobre la caída del Imperio
romano, que era fruto de todo tipo de interpretaciones por parte de Stalin.
Fueron tan amigos que un día el comisario político Lebedev convocó al oficial
soviético: «Camarada mayor, ¿qué hace usted con ese seminarista? ¿Piensa
ignorar las órdenes de Stalin? ¿La disposición del 23 de agosto de 1940 sobre
los oficiales, maestros y seminaristas polacos no le convence?».
Sirotenko respondió: «No
puedo fusilarlo. Es demasiado útil. Sabe idiomas y conoce la ciudad». Y añade:
El comisario sabía que era verdad, pero no quería correr riesgos. De modo que
me dijo que la responsabilidad era mía».
Después, salieron los
primeros carros de prisioneros hacia Siberia, personas que no volverían nunca
más. Los seminaristas de la cantera Solvay estaban entre los primeros de la
lista. Sirotenko, sin embargo, les salvó la vida. La misma excusa volvió a
convencer a Lebedev.
Ahora al mayor no le gusta
reconocer que sabía lo que significaba partir al destierro. «Escribí una orden
en la que, por exigencias relativas a las operaciones militares que tenían
lugar en Cracovia, Wojtyla y los demás no deberían ser deportados».
Cuando en 1978 fue elegido Papa
un cierto Karol Wojtyla, Sirotenko era el único que conocía ese nombre en
Rusia, a excepción del KGB. Cuando Sirotenko cumplió 85 años, recibió una carta
del Papa Juan Pablo II en la que le felicitaba por sus 85 años. El viejo
profesor de historia y antiguo oficial de la Armada Roja miró la carta y dijo:
«Los dos hemos tenido una vida muy intensa».

domingo, 27 de junio de 2021
Oración a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Te invocamos
Oh Virgen del Perpetuo
Socorro,
Madre Santa del Redentor,
socorre a Tu pueblo,
que anhela resurgir.
Da a todos el gozo de
trabajar
por la construcción del
Reino
en consciente y activa
solidaridad
con los más pobres,
anunciando de modo nuevo y
valiente
el Evangelio de Tu Hijo.
Él es fundamento y cima
de toda convivencia humana
que aspire a una paz
verdadera,
estable y justa.
Como el Niño Jesús,
que admiramos en este
venerado Icono,
también nosotros
queremos estrechar Tu mano
derecha.
A Ti no te falta poder ni
bondad
para socorrernos
en las más diversas
necesidades
y circunstancias de la vida.
La hora actual es Tu Hora
Ven, pues, en ayuda nuestra
y sé para todos socorro,
refugio y esperanza Amén.
San Juan Pablo II
Santuario
de San Alfonso
Domingo
30-junio-1991
sábado, 12 de junio de 2021
San Juan Pablo II y el Inmaculado Corazón de María

«Madre de los hombres y de
los pueblos, Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes
maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo
directamente a tu Corazón y abraza con el Amor de la Madre y de la Esclava del
Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya
entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la
familia humana a la que, con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque
para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la
justicia y de la esperanza».
(San
Juan Pablo II. «Acto de consagración». Basílica de Santa María la Mayor)
María dio a luz a Aquel que
es nuestra reconciliación; Ella estaba al pie de la Cruz cuando, en la Sangre
del Hijo, Dios reconcilió "con Él
todas las cosas" (Col 1,20); ahora, glorificada en el cielo, tiene -como
recuerda una plegaria litúrgica- "un corazón lleno de misericordia hacia
los pecadores, que, volviendo la mirada a su caridad materna, en Ella se
refugian e imploran el perdón de Dios..."
(San
Juan Pablo II. Ángelus. Domingo 3 de septiembre de 1989)
domingo, 6 de junio de 2021
Corpus Christi: un misterio de pan y de vino
El
jueves 22 de junio de 2000 en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo,
San Juan Pablo II celebró Ia Santa Misa
ante miles de personas en la basílica de San Juan de Letrán. En su homilía
expresó:
"La institución de la
Eucaristía, el sacrificio de Melquisedec y la multiplicación de los panes es el
sugestivo tríptico que nos presenta la liturgia de la Palabra en esta
solemnidad del Corpus Christi.
El libro del Génesis nos
habla de Melquisedec, "rey de Salem" y "sacerdote del Dios
altísimo", que bendijo a Abraham y "ofreció pan y vino" (Gn 14,
18). A este pasaje se refiere el Salmo 109, que atribuye al Rey Mesías un
carácter sacerdotal singular, por consagración directa de Dios: "Tú eres
sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec". La víspera de su muerte
en la cruz, Cristo instituyó la Eucaristía. También él ofreció pan y vino, que
"en sus santas y venerables manos" (Canon romano) se convirtieron en
su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos en sacrificio. Así cumplía la profecía de la
antigua Alianza, vinculada a la ofrenda del sacrificio de Melquisedec.
Precisamente por ello, -recuerda la carta a los Hebreos- "él (...) se
convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado
por Dios sumo sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Hb 5, 7-10).
"El relato evangélico
de la multiplicación de los panes nos ayuda a comprender mejor el don y el
misterio de la Eucaristía. Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos
al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los
fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Todos comieron hasta saciarse e
incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado. Se trata
de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso
histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para
los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se
confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del
divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de
generación en generación..."
sábado, 8 de mayo de 2021
San Juan Pablo II en Luján (Argentina)
¡Dios te salve, María, llena
de gracia, Madre del Redentor!
Ante tu imagen de la Pura y
Limpia Concepción, Virgen de Luján, Patrona de Argentina, me postro en este día
aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida, cuyas
miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de
Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la
evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los
jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y
de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la
historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que
abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la
Palabra, con tu cooperación maternal.
Dichosa Tú porque has
creído!
En el día del triunfo de
Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por
los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y
pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan
de En la salvación. Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del
Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida
siempre, como Tú, en la Cruz y en la Gloria, a su Señor.
Madre de Cristo y Madre de
la Iglesia!
Te acogemos en nuestro
corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la Cruz. Y en cuanto
discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la
Madre del Redentor y Madre de los redimidos. Te encomiendo y te consagro,
Virgen de Luján, la Patria Argentina, las esperanzas y anhelos de este pueblo,
la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en
santidad,
los jóvenes para que
encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que
cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu. Te encomiendo a todos
los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la
violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes
ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la
Vida. Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su
corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.
Dios te salve, Virgen de la
Esperanza!
Te encomiendo a todos los
jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores
del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad
y entre la juventud. Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de
responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una
colaboración fiel. Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad;
para que sean presencia salvadora en nuestro mundo Aquel que, por tu amor de
Madre, es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de
su Cruz y de su Resurrección está ya para siempre Contigo.
San Juan Pablo II
Domingo 12 de
abril de 1987
domingo, 2 de mayo de 2021
En el MES DE MARÍA, evocamos VIRGO FIDELIS de San Juan Pablo II
"...De entre tantos
títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de
los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen
fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son las dimensiones de
esa fidelidad?
La primera dimensión se
llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el
sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. “Quomodo fiet?
-¿Cómo sucederá esto? ”, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el
Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de
rara belleza y extraordinario contenido espiritual: “buscar el Rostro del
Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y
generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta,
para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es
la respuesta.
La segunda dimensión se
llama acogida, aceptación. El “quomodo fiet” se transforma, en los labios de
María, en un “fiat”. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento
crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás
comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de
misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo.
Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón
así como “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Es el momento en el que el hombre se abandona
al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma,
a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser
habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa
aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser
al misterio que se revela.
Coherencia, es la tercera
dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la
propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones
antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la
coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.
Pero toda fidelidad debe
pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta
dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o
algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser
coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la
tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo
de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación encuentra su plenitud en
el “fiat” silencioso que repite al pie de la Cruz. Ser fiel es no traicionar en
las tinieblas lo que se aceptó en público.
De todas les enseñanzas que
la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de
fidelidad..."
San
Juan Pablo II
Homilía en la Catedral de
México. 26 de enero de 1979
domingo, 25 de abril de 2021
San Juan Pablo II nos invita a pedir por buenos pastores
“El Buen Pastor, según las
palabras de Cristo,es precisamente el que
"viendo venir al lobo",no huye, sino que está
dispuesto a exponer la propia vida,luchando con el ladrón, para
que ninguna de las ovejas se pierda.Si no estuviese dispuesto a
esto,no sería digno del nombre de
Buen Pastor.Sería mercenario, pero no
pastor” San Juan Pablo IIAudiencia General
Coincidiendo con el Domingo
del Buen Pastor, la Iglesia dedica este día a la Oración por las Vocaciones
Sacerdotales y Religiosas. La siguiente es una oración compuesta por San Juan Pablo II:
Padre Bueno, en Cristo tu
Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la
posibilidad de descubrir, en tu voluntad, los rasgos de nuestro verdadero
rostro.
Padre santo, Tú nos llamas a
ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia
ministros y apóstoles santos que, con la palabra y con los sacramentos,
preparen el camino para el encuentro contigo.
Padre misericordioso, da a
la Humanidad extraviada, hombres y mujeres, que, con el testimonio de una vida
transfigurada, a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás
hermanos y hermanas hacia la patria celestial.
Padre nuestro, con la voz de
tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos
ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean testimonios valientes de
tu infinita bondad. ¡Amén!
lunes, 8 de marzo de 2021
A ti mujer (carta de San Juan Pablo II a las mujeres)
A ti mujer:
Te doy gracias, mujer-madre,
que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto
de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que
viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento,
punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias,
mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante
una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y
mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida
social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias,
mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social,
económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación
que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento,
a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación
de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias,
mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de
Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios,
ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta
«esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer
con su criatura.
Te doy gracias, mujer...
¡Por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad
enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las
relaciones humanas.
(San Juan Pablo II – 1995)
sábado, 27 de febrero de 2021
Oración a María Madre de la Esperanza
María, Madre de la
esperanza... ¡Camina con nosotros!
Enséñanos a proclamar al
Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos
serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia,
constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que
actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
Aurora de un mundo nuevo...
¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
Vela por la Iglesia en el
mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión;
que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza
para la paz y la alegría de todos.
Reina de la Paz... ¡Protege
la humanidad del tercer milenio!
Vela por todos los
cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para
la concordia del todo el mundo.
Vela por los jóvenes,
esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
Vela por los responsables de
las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten
la dignidad y los derechos de todos.
María, ¡Danos a Jesús! ¡Haz
que lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la
Iglesia, y de la humanidad.
Él vive con nosotros, entre
nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos «Ven, Señor
Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros
corazones dé frutos de justicia y de paz.
San
Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125
martes, 19 de enero de 2021
viernes, 1 de enero de 2021
Santa María Madre de Dios
La contemplación del
misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a
dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a
reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya
desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del
patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada
solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad
cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el
Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de
Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos,
aunque en ellos se habla de la “Madre de Jesús” y se afirma que él es Dios (Jn
20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del
Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 2223).
Ya en el siglo III, como se
deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a
María con esta oración: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no
desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh
siempre Virgen gloriosa y bendita” (Liturgia de las Horas). En este antiguo
testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotokos,
“Madre de Dios”.
En el siglo IV, el término
Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La
piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya
había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia. Por ello se
comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando
Nestorio puso en duda la legitimidad del título “Madre de Dios”. En efecto, al
pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que
sólo era correcta doctrinalmente la expresión “Madre de Cristo”. Lo que indujo
a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de
la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos
naturalezas ―divina y humana― presentes en él. El concilio de Éfeso, en el año
431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y
de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de
Dios.
Así pues, al proclamar a
María “Madre de Dios”, la Iglesia desea afirmar que ella es la “Madre del Verbo
encarnado, que es Dios”. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad,
sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella
la naturaleza humana. La maternidad es una relación entre persona y persona:
una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su
seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado
según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es
Madre de Dios.
Cuando proclama a María
“Madre de Dios”, la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y
en la Madre. Esta unión aparece ya en el concilio de Éfeso; con la definición
de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en
la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre
la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los
tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han
convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su
amor a la Virgen.
San Juan Pablo II
martes, 8 de diciembre de 2020
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Meditación del jueves 8 de diciembre de 1994Solemnidad de la Inmaculada
Concepción La Iglesia contempla hoy con gratitud y asombro las
maravillas realizadas por el Señor en María, la Mujer a la que el pueblo
cristiano aclama con las palabras de la antigua antífona: «Toda hermosa eres,
María; no hay en Ti mancha del pecado original».
El misterio de gracia y de hermosura que envuelve a la
Virgen Madre tiene su origen en la Ternura de Dios que, ya desde el primer
instante de su existencia la preservó del pecado original y de sus
consecuencias, preparándola para convertirse en la digna Madre de su Hijo. De
ese modo, el Señor puso a María por encima de todas las demás criaturas,
haciéndola llena de gracia, espejo admirable de su santidad.
La Inmaculada es el signo de la fidelidad de Dios, que
no se rinde ante el pecado del hombre. Su plenitud de gracia nos recuerda
también las inmensas posibilidades de bien de belleza, de grandeza y de gozo
que están al alcance del hombre cuando se deja guiar por la Voluntad de Dios, y
rechaza el pecado.
A la luz de la Mujer que el Señor nos regala como
Abogada de gracia y Modelo de santidad, aprendemos a huir siempre del pecado.
Pidamos a la Virgen que nos conceda la alegría de vivir bajo su mirada materna
con pureza y santidad de vida.
San Juan Pablo II
domingo, 29 de noviembre de 2020
Mensaje de Adviento de San Juan Pablo II
«Vayamos jubilosos al
encuentro del Señor» es un estribillo que está perfectamente en armonía con el
jubileo. Es, por decir así, un «estribillo jubilar», según la etimología de la
palabra latina iubilar, que encierra una referencia al júbilo. ¡Vayamos, pues,
con alegría! Caminemos jubilosos y vigilantes a la espera del tiempo que
recuerda la venida de Dios en la carne humana, tiempo que llegó a su plenitud
cuando en la cueva de Belén nació Cristo. Entonces se cumplió el tiempo de la
espera.
Viviendo el Adviento,
esperamos un acontecimiento que se sitúa en la historia y a la vez la
trasciende. Al igual que los demás años, tendrá lugar en la noche de la Navidad
del Señor. A la cueva de Belén acudirán los pastores; más tarde, irán los Magos
de Oriente. Unos y otros simbolizan, en cierto sentido, a toda la familia
humana. La exhortación que resuena en la liturgia de hoy: «Vayamos jubilosos al
encuentro del Señor» se difunde en todos los países, en todos los continentes,
en todos los pueblos y naciones. La voz de la liturgia, es decir, la voz de la
Iglesia, resuena por doquier e invita a todos al gran jubileo.
Nosotros podemos encontrar a
Dios, porque Él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho, como el padre de la
parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), porque es Rico en Misericordia,
Dives in Misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro sin importarle de qué
parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene a nuestro encuentro,
tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e incluso si lo hemos
evitado. Él sale primero a nuestro encuentro, con los brazos abiertos, como un
padre amoroso y misericordioso.
Si Dios se pone en
movimiento para salir a nuestro encuentro, ¿podremos nosotros volverle la
espalda? Pero no podemos ir solos al encuentro con el Padre. Debemos ir en
compañía de cuantos forman parte de «la familia de Dios». Para prepararnos
convenientemente al jubileo debemos disponernos a acoger a todas las personas.
Todos son nuestros hermanos y hermanas, porque son hijos del mismo Padre
celestial. (...)
En el Evangelio [leemos] la
invitación del Señor a la vigilancia. «Velad, porque no sabéis qué día vendrá
vuestro Señor». Y a continuación: «Estad preparados, porque a la hora que menos
penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24, 42.44). La exhortación a velar
resuena muchas veces en la liturgia, especialmente en Adviento, tiempo de
preparación no sólo para la Navidad, sino también para la definitiva y gloriosa
venida de Cristo al final de los tiempos. Por eso, tiene un significado
marcadamente escatológico e invita al creyente a pasar cada día, cada momento,
en presencia de Aquel «que es, que era y que vendrá» (Ap 1, 4), al que
pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta es la esperanza cristiana. Sin
esta perspectiva, nuestra existencia se reduciría a un vivir para la muerte.
Cristo es nuestro Redentor:
Redentor del mundo y Redentor del hombre. Vino a nosotros para ayudarnos a
cruzar el umbral que lleva a la puerta de la vida, la «Puerta Santa» que es Él
mismo.
Que esta consoladora verdad
esté siempre muy presente ante nuestros ojos, mientras caminamos como
peregrinos hacia el gran jubileo. Esa verdad constituye la razón última de la
alegría a la que nos exhorta la liturgia: «Vayamos jubilosos al encuentro del
Señor». Creyendo en Cristo Crucificado y Resucitado, creemos en la resurrección
de la carne y en la vida eterna.
San
Juan Pablo II
Extracto de la Homilía del
Domingo I de Adviento.
Domingo 29 de noviembre de
1998
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