domingo, 23 de febrero de 2025
San Juan Pablo II nos explica su vocación
A lo
largo de su pontificado, Juan Pablo II se ha referido en diversas ocasiones a
su vocación como sacerdote, a su designación como obispo y a su elección como
Papa, a lo que sintió y pensó en esos momentos. Ofrecemos una selección de
textos.
martes, 11 de febrero de 2025
Oración de San Juan pablo II ante la Virgen de Lourdes
¡Ave
María, Mujer humilde, bendecida por el Altísimo!
Virgen
de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros
nos unimos a tu cántico de alabanza
para
celebrar las misericordias del Señor,
para
anunciar la venida del Reino
y
la plena liberación del hombre.
¡Ave
María, humilde Sierva del Señor, Gloriosa Madre de Cristo!
Virgen
fiel, Morada Santa del Verbo,
enséñanos
a perseverar en la escucha de la Palabra,
a
ser dóciles a la Voz del Espíritu Santo,
atentos
a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y
a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave
María, Mujer del dolor, Madre de los vivientes!
Virgen
Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
Sed
nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos
a vivir y a difundir el Amor de Cristo,
a
detenernos contigo ante las innumerables cruces
en
las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave
María, Mujer de la fe, primera entre los discípulos!
Virgen
Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón
de la esperanza que habita en nosotros,
confiando
en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos
a construir el mundo desde adentro:
en
la profundidad del silencio y de la oración,
en
la alegría del amor fraterno,
en
la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa
María, Madre de los creyentes,
Nuestra
Señora de Lourdes,
ruega
por nosotros.
(Oración pronunciada por San Juan Pablo II en el Santuario de Lourdes)
jueves, 30 de enero de 2025
Don Bosco, padre y maestro de la juventud
El 24 de enero de 1989, el Papa Juan
Pablo II, ahora Santo, proclamó a Don Bosco como “Padre y Maestro de la
Juventud”, a continuación te compartimos la carta que envió su Santidad al
entonces Rector Mayor de la Congregación Salesiana, don Egidio Viganò.
Querido Egidio Viganò
Rector Mayor de la Sociedad Salesiana de San
Juan Bosco:
Está a punto de concluir el año del
centenario de la muerte de San Juan Bosco, fundador de esta Sociedad, y mi
mente está abierta a muchas memorias y recuerdos de los principales momentos de
celebración, que han marcado.
Hubo muchas reuniones con los jóvenes alumnos
de las escuelas salesianas de todo el mundo; pero es especialmente viva en mi
memoria que me hizo la peregrinación a los lugares de su fundador, visitados
con la intención y los sentimientos de agradecimiento a Dios, por haber dado a
la Iglesia un educador tan distinguido. Ya a principios de este año jubilar,
dirigí una carta, para poner de relieve la misión y el carisma particular de
Don Bosco y sus hijos espirituales en el arte de la formación de los jóvenes, y
también he recomendado a todos los que trabajan con los jóvenes a seguir
fielmente los caminos trazados por él, adaptándose a las necesidades y
características de nuestro tiempo.
Los problemas de la juventud hoy en día, de
hecho, confirman la pertinencia actual de los principios del método de
enseñanza, ideadas por San Juan Bosco que se centró en la importancia de la
prevención en los jóvenes el aumento de las experiencias negativas, la
educación positiva con valiosas propuestas y ejemplos de aprovechar la libertad
interior a los que están dotados, para establecer con ellos relaciones de
auténtica familiaridad, y estimular las capacidades nativas, basada en la
razón, la religión y la bondad.
Es mi deseo que los frutos de este año
conmemorativo duren mucho tiempo tanto en la Sociedad Salesiana como en la
Iglesia universal que, en Don Bosco ha reconocido y reconoce un modelo ejemplar
de un apóstol de los jóvenes. Por lo tanto, incluso si se acepta el voto de
muchos hermanos en el episcopado, a los sacerdotes salesianos y las Hijas de
María Auxiliadora, de sus antiguos alumnos y muchos de los fieles, en virtud de
lo mencionado, es mi deseo proclamar a San Juan Bosco, padre y maestro de la
juventud, estableciendo que por este título sea honrado e invocado, sobre todo
por sus hijos espirituales.
Confiando en que mi decisión ayudará a
promover cada vez más el culto del santo amado e inspirará a muchos imitadores
de su celo como educador, imparto a usted, a sus hermanos ya toda la Familia
Salesiana la Bendición Apostólica.
Desde el Vaticano, 24 de enero –la memoria de
San Francisco de Sales– año 1989, undécimo de mi Pontificado.
JUAN PABLO PP. II
domingo, 12 de enero de 2025
El Bautismo de Jesús
Hoy se celebra la fiesta del
Bautismo del Señor. Los Evangelios narran que Jesús fue a ver a Juan Bautista,
en el río Jordán, y quiso recibir de él el bautismo de penitencia.
Inmediatamente después, mientras estaba en oración, «bajó sobre él el Espíritu Santo
en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo;
yo hoy te he engendrado”» (Lucas 3,21-22).
Es la primera manifestación
pública de la identidad mesiánica de Jesús, después de la adoración de los
magos. Por este motivo, la liturgia pone en relación el Bautismo y la Epifanía,
con un salto cronológico de unos treinta años: el Niño, al que adoraron los
magos como rey mesiánico, es consagrado hoy por el Padre en el Espíritu Santo.
En el bautismo del Jordán ya
se perfila claramente el «estilo» mesiánico de Jesús: él viene como «Cordero de
Dios» para cargar sobre él y quitar el pecado del mundo (Cfr. Juan 1, 29. 36).
Así lo presenta el Bautista a los discípulos (Cfr. Juan 1, 36). Del mismo modo,
nosotros, que en Navidad hemos celebrado el gran acontecimiento de la
Encarnación, estamos invitados a mantener fija la mirada en Jesús, rostro
humano de Dios y rostro divino del hombre.
María Santísima es maestra
insuperable de contemplación. Si tuvo que sufrir humanamente al ver cómo Jesús
dejaba Nazaret, de su manifestación recibió nueva luz y fuerza para la
peregrinación de la fe. El Bautismo de Cristo constituye el primer misterio de
la luz para María y para toda la Iglesia. ¡Que ilumine el camino de todo
cristiano!
San Juan Pablo II
11 de enero 2004
domingo, 29 de diciembre de 2024
Oración a la Familia de San Juan Pablo II
Este Domingo de la Sagrada Familia es buen día para
contemplar nuestra vida y la de las personas que nos rodean. Contemplar
personas, familias, donde brilla el bien, el amor, la comprensión, la capacidad
de perdón, el respeto, la fortaleza ante las dificultades, la confianza en
Dios. Personas que son reflejo de la bondad, que transmiten cariño y alegría;
que disfrutan cuando pueden ayudar a los demás.
Todos conocemos a personas que son presencia de
Dios, como José y María, Simeón y Ana..., que buscan y se hacen preguntas,
inquietas, abiertas al asombro, capaces de acoger buenas noticias y de
compartirlas. Por ellas aprendemos a leer la vida cotidiana, a contemplar el Espíritu y nos demuestran que
es posible soñar con una humanidad formada por personas como ellas. Están ahí,
a tu lado. En ellas encontramos un eco
de Dios.
Alégrate por sus vidas. Agradece y bendice a Dios
por su presencia.
Oración de San Juan Pablo II a la Familia
“Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el
cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia
humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo,
"nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en
verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre
se renuevan.
Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las
obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del
mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la
familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el
amor.
Haz que el amor, corroborado por la gracia del
sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y
cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la
Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la
familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del
Espíritu santo. Amén”
domingo, 22 de diciembre de 2024
San Juan Pablo II ante la Navidad
En sus 27 años al frente de la barca de Pedro, San Juan Pablo II no ha
dejado de celebrar la fiesta de la Natividad del Señor. A lo largo de este
tiempo, ha escrito multitud de mensajes, pronunciado discursos y homilías
acerca del Misterio de la Navidad, como tiempo de paz. A su vez, ha denunciado,
de muy diversos modos, la injusticia y la violencia en todos los rincones del
mundo, así como la esperanza cristiana en que el nacimiento del Niño Dios
traiga la reconciliación a todos los hombres.
La mayoría de los mensajes de Navidad de San Juan Pablo II -incluidos
dentro de la tradicional bendición Urbi et Orbi, pronunciada por el Pontífice
en la balconada principal de la Basílica de San Pedro, a las doce de la mañana
del 25 de diciembre-, hacen referencia al nacimiento de Jesús como un símbolo
de «la ternura de Dios sembrada en el corazón de los hombres». «¡Hacía falta la
Navidad!», subraya en sus discursos, dedicados en varias ocasiones a los niños,
porque -como señaló en una carta enviada a los niños en las Navidades de 1994-
«la Navidad es la fiesta de un niño, de un recién nacido».
Pero, además del llamamiento a la esperanza, San Juan Pablo II no ha
perdido ocasión para denunciar los males que afectan a la humanidad y que
impiden que la alegría del Nacimiento sea vivida en plenitud en todos los
rincones del orbe. Ha mostrado su pesar por las guerras del Golfo, Bosnia u
Oriente Medio, por el hambre y la desnutrición en los países del Tercer Mundo,
por los genocidios y las catástrofes naturales, por los abusos y el desprecio
por la vida humana, en sus inicios y final. A continuación reproducimos algunos
de los pasajes claves de los mensajes navideños del Santo Padre.
«Día de extraordinaria alegría es la Navidad. Esta alegría ha inundado
los corazones humanos y ha tenido múltiples expresiones en la historia y en la
cultura de las naciones cristianas; en el canto litúrgico y popular, en la
pintura, en la literatura y en el campo del arte» (Mensaje Urbi et Orbi,
Navidad de 1997).
«Desde la noche de Belén hasta hoy, la Navidad continúa suscitando
himnos de alegría, que expresan la ternura de Dios sembrada en el corazón de
los hombres. En todas las lenguas del mundo se celebra el acontecimiento más
grande: el Emmanuel, Dios con nosotros para siempre». (Urbi et Orbi. Navidad de
1998).
«Dios, hecho hombre, nos da parte en su divinidad. Éste es el mensaje
de Navidad, mensaje de la noche de Belén, que resuena en este maravilloso día.
«La palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros». ¡Qué admirable
intercambio! El Creador recibe un cuerpo de la Virgen y, hecho hombre, nos da
parte en su divinidad» (Urbi et Orbi, Navidad de 1993).
«La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por eso es
vuestra fiesta! Vosotros [niños] la esperáis con impaciencia y las preparáis
con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena
de Belén. Parece que os estoy viendo: preparando una casa, en la parroquia, en
cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en
que nació el Salvador».
«Queridos niños: os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo
era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la
Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis
amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2.000 años. Los niños
manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son
los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al
nacimiento!» (Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994).
«Que el anuncio de la Navidad aliente a cuantos se esfuerzan por
aliviar la situación penosa del Medio Oriente respetando los compromisos
internacionales. Que la Navidad refuerce en el mundo el consenso sobre medidas
urgentes y adecuadas para detener la producción y el comercio de armas, para
defender la vida humana, para desterrar la pena de muerte, para liberar a los
niños y adolescentes de toda forma de explotación, para frenar la mano
ensangrentada de los responsables de genocidios y crímenes de guerra, para
prestar a las cuestiones del medio ambiente, sobre todo tras las recientes
catástrofes naturales, la atención indispensable que merecen a fin de
salvaguardar la creación y la dignidad del hombre» (Urbi et Orbi, Navidad
1998).
«Desde el pesebre, la mirada se extiende hoy a toda la humanidad,
destinataria de la gracia del «segundo Adán», aunque siempre heredero del
pecado del «primer Adán» Niños maltratados, humillados y abandonados, mujeres
violentadas y explotadas, jóvenes, adultos, ancianos marginados, interminables
comitivas de exiliados y prófugos, violencia y guerrilla en tantos rincones del
planeta. Pienso con preocupación en Tierra Santa, donde la violencia continúa
ensangrentando el difícil camino de la paz» (Urbi et Orbi, Navidad de 2000).
«No podemos olvidar hoy que las sombras de la muerte amenazan la vida
del hombre en cada una de sus fases e insidian especialmente sus primeros
momentos y su ocaso natural. Se hace cada vez más fuerte la tentación de
apoderarse de la muerte procurándola anticipadamente, casi como si se fuera
árbitro de la vida propia o ajena. Estamos ante síntomas alarmantes de la
«cultura de la muerte», que son una seria amenaza para el futuro. Pero, por más
densas que parezcan las tinieblas, es más fuerte aún la esperanza del triunfo
de la luz surgida en la Noche Santa de Belén» (Urbi et Orbi, Navidad de 2000).
«La respuesta de Dios se llama Evangelio. Tiene su principio en la
noche de Belén para convertirse después en testimonio de Aquel que nació precisamente
aquella noche [...]. Hermanos y hermanas: no nos encerremos en nosotros mismos
frente a Dios. No le impidamos que habite entre nosotros [...]. Su nombre es
Jesús, Dios que salva» (Urbi et Orbi, Navidad 1992).
domingo, 15 de diciembre de 2024
San Juan Pablo II: "Preparad los caminos del Señor"
«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»
(Lc 3, 4). Con estas palabras, hoy, segundo Domingo de Adviento, el Evangelio
nos exhorta a disponer el corazón para acoger al Señor que viene. Y la liturgia
de este día nos propone como modelo de esa preparación interior la figura
austera de Juan Bautista, que predica en el desierto invitando a la conversión.
Su testimonio sugiere que, para salir al encuentro
del Señor es preciso crear dentro de nosotros y a nuestro alrededor espacios de
desierto: ocasiones de renuncia a lo superfluo, búsqueda de lo esencial, y un
clima de silencio y oración.
San Juan Bautista invita, sobre todo, a volver a
Dios, huyendo con decisión del pecado, enfermedad del corazón del hombre, que
le impide la alegría del encuentro con el Señor.
El tiempo de Adviento es especialmente apto para
hacer experiencia del Amor divino que salva. Y es sobre todo en el Sacramento
de la Reconciliación donde el cristiano puede hacer esa experiencia,
redescubriendo a la luz de la palabra de Dios la verdad de su propio ser y
gustando la alegría de recuperar la paz consigo mismo y con Dios.
Juan en el desierto anuncia la venida del Salvador.
El desierto hace pensar también en muchas situaciones contemporáneas graves: la
indiferencia moral y religiosa, el desprecio hacia la vida humana que nace o
que se encamina a su última meta natural, el odio racial, la violencia, la
guerra y la intolerancia, son algunas de las causas de ese desierto de
injusticia, de dolor y de desesperación que avanza en nuestra sociedad.
Frente a ese escenario, el creyente, como Juan
Bautista, debe ser la voz que proclama la salvación del Señor, adhiriéndose
plenamente a su Evangelio y testimoniándolo visiblemente en el mundo.
En nuestros días, tiempo de nueva evangelización, es
urgente que los padres cristianos pongan atención especial en la educación de
sus hijos para ser testigos valientes del Salvador en el mundo de hoy.
Convirtiéndose en los primeros catequistas de sus hijos, pueden suscitar más
fácilmente en ellos un amor singular a la palabra de Dios, y adecuando
diariamente su vida al Evangelio, los estimulan en las decisiones coherentes y
generosas, que son propias de todo auténtico discípulo del Señor.
Oremos para que cada familia cristiana sea una
pequeña iglesia misionera y una escuela de evangelizadores. Encomendemos esta
misión de todos los núcleos familiares creyentes así como sus alegrías y
sufrimientos, a la Virgen Inmaculada, cuya solemnidad celebraremos el jueves
próximo. Que María sea nuestro ejemplo y nuestra guía, especialmente ejemplo y
guía de las familias.
San Juan Pablo II
4-diciembre-1994
domingo, 8 de diciembre de 2024
San Juan Pablo II y la Inmaculada Concepción de María
San
Juan Pablo II enseñaba lo siguiente en la Audiencia del 12 de junio de 1996:
"La definición dogmática de la Inmaculada Concepción":
"...La
convicción de que María fue preservada de toda mancha de pecado ya desde su
concepción, hasta el punto de que ha sido llamada toda santa, se fue imponiendo
progresivamente en la liturgia y en la teología. Ese desarrollo suscitó, al
inicio del siglo XIX, un movimiento de peticiones en favor de una definición
dogmática del privilegio de la Inmaculada Concepción."
"El
Papa Pío IX, hacia la mitad de ese siglo, con el deseo de acoger esa demanda,
después de haber consultado a los teólogos, pidió a los obispos su opinión
acerca de la oportunidad y la posibilidad de esa definición, convocando casi un
concilio por escrito. El resultado fue significativo: la inmensa mayoría de los
604 obispos respondió de forma positiva a la pregunta."
"Después
de una consulta tan amplia, que pone de relieve la preocupación que tenía mi
venerado predecesor por expresar, en la definición del dogma, la fe de la
Iglesia, se comenzó con el mismo esmero la redacción del documento. La comisión
especial de teólogos, creada por Pío IX para la certificación de la doctrina
revelada, atribuyó un papel esencial a la praxis eclesial. Y este criterio
influyó en la formulación del dogma, que otorgó más importancia a las
expresiones de lo que se vivía en la Iglesia, de la fe y del culto del pueblo
cristiano, que a las determinaciones escolásticas."
"Finalmente,
en el año 1854, Pío IX, con la Bula Ineffabilis Deus, proclamó solemnemente el
dogma de la Inmaculada Concepción:
«...Declaramos,
proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen
María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer
instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente,
en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está
revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por
todos los fieles»...".
.
Fuente: “El camino de María”
domingo, 1 de diciembre de 2024
Mensaje de Adviento de San Juan Pablo II
«Vayamos
jubilosos al encuentro del Señor» es un estribillo que está perfectamente en armonía
con el jubileo. Es, por decir así, un «estribillo jubilar», según la etimología
de la palabra latina jubilar, que encierra una referencia al júbilo. ¡Vayamos,
pues, con alegría! Caminemos jubilosos y vigilantes a la espera del tiempo que
recuerda la venida de Dios en la carne humana, tiempo que llegó a su plenitud
cuando en la cueva de Belén nació Cristo. Entonces se cumplió el tiempo de la
espera.
Viviendo
el Adviento, esperamos un acontecimiento que se sitúa en la historia y a la vez
la trasciende. Al igual que los demás años, tendrá lugar en la noche de la
Navidad del Señor. A la cueva de Belén acudirán los pastores; más tarde, irán
los Magos de Oriente. Unos y otros simbolizan, en cierto sentido, a toda la
familia humana. La exhortación que resuena en la liturgia de hoy: «Vayamos
jubilosos al encuentro del Señor» se difunde en todos los países, en todos los
continentes, en todos los pueblos y naciones. La voz de la liturgia, es decir,
la voz de la Iglesia, resuena por doquier e invita a todos al gran jubileo.
Nosotros
podemos encontrar a Dios, porque Él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho,
como el padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), porque es
Rico en Misericordia, Dives in Misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro
sin importarle de qué parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene
a nuestro encuentro, tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e
incluso si lo hemos evitado. Él sale primero a nuestro encuentro, con los
brazos abiertos, como un padre amoroso y misericordioso.
Si
Dios se pone en movimiento para salir a nuestro encuentro, ¿podremos nosotros
volverle la espalda? Pero no podemos ir solos al encuentro con el Padre.
Debemos ir en compañía de cuantos forman parte de «la familia de Dios». Para
prepararnos convenientemente al jubileo debemos disponernos a acoger a todas
las personas. Todos son nuestros hermanos y hermanas, porque son hijos del
mismo Padre celestial. (...)
En
el Evangelio [leemos] la invitación del Señor a la vigilancia. «Velad,
porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Y a continuación: «Estad
preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre»
(Mt 24, 42.44). La exhortación a velar resuena muchas veces en la liturgia,
especialmente en Adviento, tiempo de preparación no sólo para la Navidad, sino
también para la definitiva y gloriosa venida de Cristo al final de los tiempos.
Por eso, tiene un significado marcadamente escatológico e invita al creyente a
pasar cada día, cada momento, en presencia de Aquel «que es, que era y que
vendrá» (Ap 1, 4), al que pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta
es la esperanza cristiana. Sin esta perspectiva, nuestra existencia se
reduciría a un vivir para la muerte.
Cristo
es nuestro Redentor: Redentor del mundo y Redentor del hombre. Vino a nosotros
para ayudarnos a cruzar el umbral que lleva a la puerta de la vida, la «Puerta
Santa» que es Él mismo.
Que
esta consoladora verdad esté siempre muy presente ante nuestros ojos, mientras
caminamos como peregrinos hacia el gran jubileo. Esa verdad constituye la razón
última de la alegría a la que nos exhorta la liturgia: «Vayamos jubilosos al
encuentro del Señor». Creyendo en Cristo Crucificado y Resucitado, creemos
en la resurrección de la carne y en la vida eterna.
San Juan Pablo II
Extracto de la Homilía del Domingo I de Adviento.
Domingo 29 de noviembre de 1998, previo al Jubileo del
año 2000
domingo, 17 de noviembre de 2024
El Papa y el mendigo
Un
sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en
una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo.
Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que
conocía a aquel hombre. ¡Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el
mismo día que él! Ahora mendigaba por las calles.
El
sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo
había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido.
Al
día siguiente el sacerdote llegado de Nueva York tenía la oportunidad de
asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la
celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso
de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero
de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.
Un
día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la
que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió
a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el
mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de
asearse.
El
Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara
solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado,
respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "una vez
sacerdote, sacerdote siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de
presbítero", insistió el mendigo. "Yo soy el obispo de Roma, me puedo
encargar de eso", dijo el Papa.
El
hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara
su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II
le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente
del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.
domingo, 10 de noviembre de 2024
San Juan Pablo II en diez frases
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1. "No
tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo". (El 16 de octubre de 1978, día
de su elección como Papa)
2. "La
peor prisión es un corazón cerrado".
3. "Que
nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan
deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene
acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad”.
4. "La
familia es base de la sociedad y el lugar donde las personas aprenden por vez
primera los valores que les guían”.
5. "Dios
se deja conquistar por el humilde y rechaza la arrogancia del orgulloso".
6. "Ahora
más que nunca es urgente que seáis los centinelas del mañana, los vigías que
anuncian la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio, de la que ya se
ven los brotes". (Mensaje de Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial
de la Juventud. 25 de julio 2002)
7. "No
hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón". (Mensaje de Juan Pablo
II para la celebración de la XXXV Jornada Mundial de la Jornada Mundial de la
Paz. 1 de enero de 2002)
8. "Hoy
más que nunca la Iglesia necesita sacerdotes santos cuyo ejemplo diario de
conversión inspire en los demás el deseo de buscar la santidad".
9. "La
paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y
libertad".
10.
"Dejadme ir a la casa del Padre". (2 de abril de 2005. Sus últimas
palabras)
viernes, 1 de noviembre de 2024
En la Solemnidad de Todos los Santos
Queridos hermanos y
hermanas:
Con interés especial hoy os
pido a los que estáis aquí reunidos, para rezar conmigo el Ángelus [1 Nov 1978], que os
detengáis un momento a reflexionar sobre el misterio de la liturgia del día.
La Iglesia vive con una gran
perspectiva, la acompaña siempre, la forja continuamente y la proyecta hacia la
eternidad. La liturgia del día pone en evidencia la realidad escatológica, una
realidad que brota de todo el plan de salvación y, a la vez de la historia del
hombre, realidad que da el sentido último a la existencia misma de la Iglesia y
a su misión.
Por esto vivimos con tanta
intensidad la Solemnidad de todos los Santos, así como también el día de
mañana, Conmemoración de los Difuntos. Estos dos días engloban en sí de modo
muy especial la fe en la "vida eterna" (últimas palabras del Credo
apostólico). Si bien estos dos días enfocan ante los ojos de nuestra alma lo
ineludible de la muerte, dan también al mismo tiempo testimonio de la vida.
El hombre que está
"condenado a muerte", según las leyes de la naturaleza, el hombre que
vive con la perspectiva de la aniquilación de su cuerpo, este hombre desarrolla
su existencia al mismo tiempo con perspectivas de vida futura y está llamado a
la gloria.
La Solemnidad de todos los
Santos pone ante los ojos de nuestra fe a los que han alcanzado ya la plenitud
de su llamada a la unión con Dios. El día de la Conmemoración de los Difuntos
hace converger nuestros pensamientos en quienes, después de dejar este mundo,
en la expiación esperan alcanzar la plenitud de amor que requiere la unión con
Dios.
Se trata de dos días grandes
en la Iglesia que "prolonga su vida" de cierta manera en sus santos y
en todos los que se han preparado a esa vida sirviendo a la verdad y al amor.
Por ello los primeros días
de noviembre la Iglesia se une de modo especial a su Redentor, que nos ha
introducido en la realidad misma de esa vida a través de su Muerte y
Resurrección. Al mismo tiempo ha hecho de nosotros "un reino de sacerdotes"
para su Padre.
Por ello, a nuestra oración
común uniré una intención especial por las vocaciones sacerdotales en la
Iglesia de todo el mundo. Me dirijo a Cristo para que llame a muchos jóvenes y
les diga: "Ven y sígueme". Y pido a los jóvenes que no se opongan,
que no contesten "no". A todos ruego que oren y colaboren en favor de
las vocaciones.
La mies es grande. La
Solemnidad de todos los Santos nos dice precisamente que la mies es abundante.
No la mies de la muerte, sino la de la salvación; no la mies del mundo que
pasa, sino la mies de Cristo que perdura a través de los siglos.
San
Juan Pablo II
Ángelus 1 Nov
1978
Fuente: El
Camino de María
domingo, 27 de octubre de 2024
Oración a María Madre de la Esperanza
María,
Madre de la esperanza... ¡Camina con nosotros!
Enséñanos
a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único
Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices
de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por
nosotros que actuamos en la historia, convencidos de que el designio del Padre
se cumplirá.
Aurora
de un mundo nuevo... ¡Muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros!
Vela
por la Iglesia en el mundo: que sea trasparencia del Evangelio; que sea
auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir
el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.
Reina
de la Paz... ¡Protege la humanidad del tercer milenio!
Vela
por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como
fermento para la concordia del todo el mundo.
Vela
por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada
de Jesús.
Vela
por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa
común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.
María,
¡Danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia,
y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia.
Contigo
decimos «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida
por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.
San Juan Pablo II
Ecclesia in Europa, 125
sábado, 19 de octubre de 2024
El Santo Rosario
En el punto 17 de la Carta Apostólica "Rosarium Virginis Mariae", San Juan Pablo II, expresa que "La Virgen del Rosario continúa su obra de anunciar a Cristo". El siguiente es el texto completo de dicho punto:
"...El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador..."
domingo, 13 de octubre de 2024
Oración de San Juan Pablo II a Nuestra Señora del Pilar
¡Dios te salve María, Madre de Cristo y de la
Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra!
A tus cuidados confío esta tarde las necesidades
de todas las familias, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes,
los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de
los ancianos.
Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los
ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio,
la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los
religiosos y religiosas, la vida y empeño de cuantos trabajan por el Reino de
Cristo.
En tus manos pongo la fatiga y el sudor de quienes
trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el
esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su ciencia y
servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan
la verdad.
En tu Corazón dejo los anhelos de quienes,
mediante los quehaceres económicos, procuran honradamente la prosperidad de sus
hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la
opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores
sindicales o en el servicio del orden ciudadano, prestan su colaboración
honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia.
Virgen Santa del Pilar: Aumenta nuestra fe,
consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los
que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles
en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a
Dios. Y asiste maternalmente, oh María, a cuantos te invocan como Patrona de la
Hispanidad. Así sea.
San Juan
Pablo II - 1982
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