miércoles, 29 de febrero de 2012

Reliquia del Beato Juan Pablo II en Argentina

Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco, Argentina), 29 Feb. 12 (AICA) 

La parroquia San Bernardo, de la localidad del mismo nombre y perteneciente a la diócesis de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco, posee desde el 25 de febrero una reliquia de primer grado del beato Juan Pablo II.

La misma consiste en una gota de sangre del pontífice polaco que fue depositada en un relicario dentro del templo parroquial.

Una multitud de fieles de la localidad y provenientes de distintos puntos de la provincia se dieron cita para el acontecimiento que contó con la presencia del obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña, monseñor Hugo Nicolás Barbaro, y un grupo numeroso de sacerdotes.

Tras la bienvenida a los peregrinos, a las 19.30 se rezó un Rosario para recordar en forma especial al Beato. Más tarde, el clero y los fieles pudieron venerar la reliquia.

A las 21: 37, hora de la muerte de Juan Pablo II, se encendieron cirios y se realizó un momento de silencio. Finalmente se proyectó la película: “Juan Pablo II: Los estaba buscando”.

El párroco de San Bernardo, presbítero Ireneo Kliche, definió el acontecimiento como “un compromiso con nuestra fe”.

Fuente: AICA
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domingo, 26 de febrero de 2012

Sólo Cristo puede liberar al hombre

«Jesús (...) fue llevado por el Espíritu al desierto, y tentado allí por el diablo durante cuarenta días» (Lc 4, 1-2). Antes de comenzar su actividad pública, Jesús, llevado por el Espíritu Santo, se retira al desierto durante cuarenta días. Allí, como leemos hoy en el Evangelio, el diablo lo pone a prueba, presentándole tres tentaciones comunes en la vida de todo hombre: el atractivo de los bienes materiales, la seducción del poder humano y la presunción de someter a Dios a los propios intereses.

La lucha victoriosa de Jesús contra el tentador no termina con los días pasados en el desierto; continúa durante los años de su vida pública y culmina en los acontecimientos dramáticos de la Semana Santa. Precisamente con su muerte en la Cruz, el Redentor triunfa definitivamente sobre el mal, liberando a la humanidad del pecado y reconciliándola con Dios. Parece que San Lucas quiere anunciar, ya desde el comienzo, el cumplimiento de la salvación en el Gólgota. En efecto, concluye la narración de las tentaciones mencionando a Jerusalén, donde precisamente se sellará la victoria pascual de Jesús.

La escena de las tentaciones de Cristo en el desierto se renueva cada año al comienzo de la Cuaresma. La liturgia invita a los creyentes a entrar con Jesús en el desierto y a seguirlo en el típico itinerario penitencial de este tiempo cuaresmal, que ha comenzado el miércoles pasado con el austero rito de la ceniza.

«Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 9).  Las palabras del apóstol Pablo, que acabamos de escuchar, ilustran bien el estilo y las modalidades de nuestra peregrinación cuaresmal. ¿Qué es la penitencia sino un regreso humilde y sincero a las fuentes de la fe, rechazando prontamente la tentación y el pecado, e intensificando la intimidad con el Señor en la oración?

En efecto, sólo Cristo puede liberar al hombre de lo que lo hace esclavo del mal y del egoísmo: de la búsqueda ansiosa de los bienes materiales, de la sed de poder y dominio sobre los demás y sobre las cosas, de la ilusión del éxito fácil, y del frenesí del consumismo y el hedonismo que, en definitiva, perjudican al ser humano.

Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que nos pide claramente el Señor para entrar en el clima auténtico de la Cuaresma. Quiere que en el desierto de estos cuarenta días aprendamos a afrontar al enemigo de nuestras almas, a la luz de su palabra de salvación. Pidamos al Espíritu Santo que vivifique nuestra oración, para que estemos dispuestos a afrontar con valentía la incesante lucha de vencer el mal con el bien.

Queridos hermanos y hermanas, al comienzo del itinerario cuaresmal volvemos a las raíces de nuestra fe para prepararnos, con la oración, la penitencia, el ayuno y la caridad, a participar con corazón renovado interiormente en la Pascua de Cristo.

Que la Virgen Santísima nos ayude en esta Cuaresma a compartir con dignos frutos de conversión el Camino de Cristo, desde el desierto de las tentaciones hasta Jerusalén, para celebrar con Él la Pascua de nuestra redención.

Homilía en la Santa Misa del 1er. Domingo de Cuaresma. 
1 de marzo de 1998
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miércoles, 22 de febrero de 2012

Juan Pablo II y el Miércoles de Ceniza

El Miércoles de Ceniza se abre una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para vivir el misterio pascual, o sea, el recuerdo de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Este tiempo vigoroso del Año Litúrgico se caracteriza por el mensaje bíblico que puede ser resumido en una sola palabra: "matanoeiete", es decir "Convertíos".

Este imperativo es propuesto a la mente de los fieles mediante el rito austero de la imposición de ceniza, el cual, con las palabras "Convertíos y creed en el Evangelio" y con la expresión "Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás", invita a todos a reflexionar acerca del deber de la conversión, recordando la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.

La sugestiva ceremonia de la Ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz indefectible de su verdad. Una valoración que implica una conciencia cada vez más diáfana del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia.

Sinónimo de "conversión" es así mismo la palabra "penitencia"... Penitencia como cambio de mentalidad. Penitencia como expresión de libre y positivo esfuerzo en el seguimiento de Cristo.

B. Juan Pablo II
16-2-1983
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domingo, 19 de febrero de 2012

El amigo judío de Juan Pablo II

Hay ocasiones en las que sí que es necesario abrir el libro de la Historia para buscar los párrafos mal escritos y volver a elaborarlos. Lo hizo Juan Pablo II y no sólo con aquel reconocimiento conmovedor en el Jubileo del año 2000, cuando apoyado con la frente en los pies de un judío torturado pidió perdón, en nombre de todos los cristianos, por el daño provocado por nuestros pecados, especialmente por aquellos cometidos al socaire de nuestro título de “poseedores de la fe verdadera”.

Ya de seminarista, cuando en Varsovia existía un ghetto mortal para los hijos de Abraham, y no eran pocos los católicos que delataban a los judíos que no llevaban la estrella de David cosida a la ropa, o a aquellos que se escondían como conejos en madriguera, achacándoles todos los males de la sufrida Polonia, Wojtyla no podía borrar de sus recuerdos a aquel amigo de la niñez, Jerzy Kluger, junto al que creció con la naturalidad de saber que compartían una vastísima raíz común que se hunde en la memoria de los tiempos, en ese mítico monte en el que Yahvé premió la obediencia de un anciano con la generación de un pueblo nuevo, doce tribus escogidas a las que debemos, entre otras cosas, la fidelidad con la que nos ha llegado la Sagrada Escritura.

Jerzy Kluger, el judío polaco que fue amigo de toda la vida del extinto papa Juan Pablo II, y quien perdió parte de su familia en los campos de concentración nazis, murió a los 90 años de edad en una clínica de Roma.

Kluger, quien era un año menor que Juan Pablo II -fallecido en 2005-  era uno de los últimos amigos vivientes de la niñez del extinto pontífice. Kluger tenía cinco años cuando conoció a Karol Wojtyla, quien se ordenaría sacerdote dos décadas después en su patria, predominantemente católica, y después cardenal de Cracovia. Wojtyla fue elegido Papa en 1978 y se convirtió en el primer pontífice oriundo de Polonia.

Ambos jugaban fútbol, compartían la banca en la escuela y vivían en casas separadas una de la otra por una plaza en Wadowice. Kluger tenía el mote de "Jureck" y el futuro Papa "Lolek". Kluger recordaba las travesías audaces de natación que hacía de joven con Wojtyla en las temporadas de calor en el río Skawa. En el invierno, ambos solían escalar hasta la cima de una montaña local para descender con esquíes.

Cuando falleció Juan Pablo II, Kluger dijo que el extinto Papa siempre tuvo una pasión personal por la justicia social.

Los esfuerzos que emprendió Juan Pablo II para la mejora de las relaciones entre el Vaticano y los judíos, incluida una histórica visita a la principal sinagoga de Roma, constituyen un hito de su legado papal.

Que Yahvé lo tenga en el seno de Abraham.
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domingo, 12 de febrero de 2012

Una distinción para este blog



Ayer, 11 de febrero, en feliz coincidencia con el día de celebración de la Virgen de Lourdes, he recibido la comunicación que informa que este blog “Juan Pablo II inolvidable” ha sido seleccionado entre las mejores webs del catolicismo, distinción hecha por catolicos.35webs.com “por la excelencia de su contenido y por su buen diseño”.

Comparto esta alegría con todos los lectores y elevo una oración de agradecimiento a la Santísima Virgen de Lourdes que me protege y orienta; y al Beato Juan Pablo II, cuya vida y ejemplo me han marcado para siempre y en cuyo homenaje comencé a escribir este blog en la Navidad del año 2009.

Gracias…. Seguiré sembrando con alegría y entusiasmo renovado a través de internet.

Felipe de Urca
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sábado, 11 de febrero de 2012

Oración a Nuestra Señora de Lourdes

¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,
para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.

¡Ave María, humilde Sierva del Señor,
Gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, Morada Santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la Voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
Sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el Amor de Cristo,
a detenernos Contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.

¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos!
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes,
Nuestra Señora de Lourdes,
ruega por nosotros.

Oración del Beato Juan Pablo II en el Santuario de Lourdes el 14 de agosto de 2004
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sábado, 4 de febrero de 2012

Que todos sean uno...

El Santo Padre Juan Pablo II, como Cristo el Señor hace dos mil años, siempre durante su pontificado elevó al Padre esta ferviente súplica: «¡Que todos sean uno (Ut unum sint)… para que el mundo crea!».

Como incansable artesano de la reconciliación, el amado Beato trabajó desde el inicio de su pontificado por lograr la unidad y reconciliación de todos los cristianos entre sí, sin que ello signifique de ningún modo claudicar a la Verdad: «El diálogo -dijo Juan Pablo II a los Obispos austriacos, en 1998-, a diferencia de una conversación superficial, tiene como objetivo el descubrimiento y el reconocimiento común de la verdad. (…) La fe viva, transmitida por la Iglesia universal, representa el fundamento del diálogo para todas las partes. Quien abandona esta base común elimina de todo diálogo en la Iglesia, la posibilidad de convertirse en diálogo de salvación. (…) nadie puede desempeñar sinceramente un papel en un proceso de diálogo si no está dispuesto a exponerse a la verdad y a crecer en ella».

Próximos a cumplir siete años de su partida al Cielo, cercanos también al primer año de su beatificación, recordemos al Gran Juan Pablo II con una oración y renovemos nuestro compromiso para ser apóstoles incasables del diálogo que conduce a la unidad, para que de verdad “todos seamos uno para que el mundo crea…” Jn 17, 21.
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miércoles, 1 de febrero de 2012

La presentación de Jesús en el Templo

Queridos hermanos y hermanas:  
 
Según el Evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la Infancia de Jesús, la Revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en la Presentación del Niño Jesús en el templo (cf. Lc 2, 22-38).

Escribe el evangelista que “cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (cf. Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, que así volvía a la vida de su familia y de su pueblo, estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (cf. Ex 13, 2. 12-13. 15; Lv 12, 6-8; Nm 18, 15). Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe: “He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías. 

Aquel hombre, que esperaba “la consolación de Israel”, es decir el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el encuentro con “el que había de venir”. En efecto, leemos que “estaba en él el Espíritu Santo”, es decir, actuaba en él de modo habitual y “le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (Lc 2, 26).  

Según el texto de Lucas, aquella espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del Espíritu Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día en que María y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón, “movido por el Espíritu” (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no sólo le preanunció el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al templo; también lo movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le concedió reconocer en el Niño Jesús, Hijo de María, a Aquel que esperaba.

Lucas escribe que “cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, Simeón le tomó en brazos y bendijo a Dios” (Lc 2, 27-28). En este punto el evangelista pone en boca de Simeón el “Nunc dimittis”, cántico por todos conocido, que la liturgia nos hace repetir cada día en la hora de Completas, cuando se advierte de modo especial el sentido del tiempo que pasa. Las conmovedoras palabras de Simeón, ya cercano a “irse en paz”, abren la puerta a la esperanza siempre nueva de la salvación, que en Cristo encuentra su cumplimiento: “Han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32). Es un anuncio de la evangelización universal, portadora de la salvación que viene de Jerusalén, de Israel, pero por obra del Mesías-Salvador, esperado por su pueblo y por todos los pueblos.

El Espíritu Santo, que obra en Simeón, está presente y realiza su acción también en todos los que, como aquel santo anciano, han aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier tiempo. Lucas nos ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la “profetisa Ana” que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones” (Lc 2, 37). Era, por tanto, una mujer consagrada a Dios y especialmente capaz, a la luz de su Espíritu, de captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este sentido era “profetisa” (cf. Ex 15, 20; Jc 4, 4; 2 R 22, 14). Lucas no habla explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo en ella; con todo, la asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar de Jesús: “Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Como Simeón, sin duda también ella había sido movida por el Espíritu Santo para salir al encuentro de Jesús.

Las palabras proféticas de Simeón (y de Ana) anuncian no sólo la venida del Salvador al mundo, su presencia en medio de Israel, sino también su sacrificio redentor. Esta segunda parte de la profecía va dirigida explícitamente a María: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a Ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).
 
No se puede menos de pensar en el Espíritu Santo como inspirador de esta profecía de la Pasión de Cristo como camino mediante el cual Él realizará la salvación. Es especialmente elocuente el hecho de que Simeón hable de los futuros sufrimientos de Cristo dirigiendo su pensamiento al Corazón de la Madre, asociada a su Hijo para sufrir las contradicciones de Israel y del mundo entero. Simeón no llama por su nombre el sacrificio de la Cruz, pero traslada la profecía al Corazón de María, que será “atravesado por una espada”, compartiendo los sufrimientos de su Hijo.

Las palabras, inspiradas, de Simeón adquieren un relieve aún mayor si se consideran en el contexto global del “Evangelio de la Infancia de Jesús”, descrito por Lucas, porque colocan todo ese período de vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se entiende mejor la observación del evangelista acerca de la maravilla de María y José ante aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él” (Lc 2, 33).

Quien anota esos hechos y esas palabras es el mismo Lucas que, como autor de los Hechos de los Apóstoles, describe el acontecimiento de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María, después de la Ascensión del Señor al cielo, según la promesa de Jesús mismo. La lectura del “Evangelio de la Infancia de Jesús” ya es una prueba de que el evangelista era particularmente sensible a la presencia y a la acción del Espíritu Santo en todo lo que se refería al misterio de la Encarnación, desde el primero hasta el último momento de la vida de Cristo. 

Catequesis del Beato Juan Pablo II año 1990
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miércoles, 25 de enero de 2012

Santa María, Reina de la Paz

Oración de Juan Pablo II
en el Santuario de Chiquinquirá, Colombia.
1986

¡Dios te salve, María!

Te saludamos con el Ángel:

Llena de gracia. El Señor está contigo!

Te saludamos con Isabel:

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¡Feliz porque has creído a las promesas divinas!

Te saludamos con las palabras del Evangelio:

Feliz porque has escuchado la Palabra de Dios y la has cumplido.
¡Tú eres la llena de gracia!

Te alabamos, Hija predilecta del Padre.
Te bendecimos, Madre del Verbo Divino.
Te veneramos, Sagrario del Espíritu Santo.
Te invocamos; Madre y Modelo de toda la Iglesia.
Te contemplamos, imagen realizada de las esperanzas de toda la humanidad.

El Señor está contigo!

Tú eres la Virgen de la Anunciación, el Sí de la humanidad al misterio de la salvación.
Tú eres la Hija de Sión y el Arca de la nueva Alianza en el misterio de la Visitación.
Tú eres la Madre de Jesús, la que lo mostraste a los pastores y a los sabios de Oriente.
Tú eres la Madre que ofrece a su Hijo en el templo, lo acompaña hasta Egipto y lo conduce a Nazaret.
Tú eres la Virgen de los caminos de Jesús, de la vida oculta y del milagro de Caná.
Tú eres la Madre Dolorosa del Calvario y Virgen gozosa de la Resurrección.
Tú eres la Madre de los discípulos de Jesús en la espera y en el gozo de Pentecostés.

Bendita Tú eres...!

Porque creíste en la Palabra del Señor,
Porque esperaste en sus promesas,
Porque fuiste perfecta en el amor.
Por tu caridad presurosa con Isabel,
Por tu bondad materna en Belén,
Por tu fortaleza en la persecución,
Por tu perseverancia en la búsqueda de Jesús en el templo,
Por tu vida sencilla en Nazaret,
Por tu intercesión en Caná,
Por tu presencia maternal junto a la Cruz,
Por tu fidelidad en la espera de la Resurrección,
Por tu oración asidua en Pentecostés.
Por la gloria de tu Asunción a los cielos,
Por tu maternal protección sobre la Iglesia,
Por tu constante intercesión por toda la humanidad.

Santa María, Madre de Dios!   Queremos consagrarnos a Ti.

Porque eres Madre de Dios y Madre nuestra.
Porque tu Hijo Jesús nos confió a Ti.
Porque has querido ser Madre de la Iglesia.

Santa María, Madre de Dios!  Nos consagramos a Ti:

Los obispos, que a imitación del Buen Pastor velan por el Pueblo de Dios.
Los sacerdotes, que han sido ungidos por el Espíritu.
Los religiosos y religiosas, que ofrendan su vida por el Reino de Cristo.
Los seminaristas, que han acogido la llamada del Señor.
Los esposos cristianos en la unidad e indisolubilidad de su amor con sus familias.
Los seglares comprometidos en el apostolado.
Los jóvenes que anhelan una sociedad nueva.
Los niños que merecen un mundo más pacífico y humano.
Los enfermos, los pobres, los encarcelados, los perseguidos, los huérfanos, los desesperados, los moribundos.

Ruega por nosotros pecadores!

Madre de la Iglesia, bajo tu patrocinio nos acogemos y a tu inspiración nos encomendamos.

Te pedimos por la Iglesia, para que sea fiel en la pureza de la fe, en la firmeza de la esperanza, en el fuego de la caridad, en la disponibilidad apostólica y misionera, en el compromiso por promover la justicia y la paz entre los hijos de esta tierra bendita.

Te suplicamos que toda la Iglesia se mantenga siempre en perfecta comunión de fe y de amor, unida a la Sede de Pedro con estrechos vínculos de obediencia y de caridad.

Te encomendamos la fecundidad de la nueva evangelización, la fidelidad en el amor de preferencia por los pobres y la formación cristiana de los jóvenes, el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la generosidad de los que se consagran a la misión, la unidad y la santidad de todas las familias.

Ahora y en la hora de nuestra muerte!

¡Virgen Santísima, Madre nuestra! Ruega por nosotros ahora. Concédenos el don inestimable de la paz, la superación de todos los odios y rencores, la reconciliación de todos los hermanos.

Te lo pedimos a Ti, a quien invocamos como Reina de la Paz. Que cese la violencia y la guerrilla. Que progrese y se consolide el diálogo y se inaugure una convivencia pacífica. Que se abran nuevos caminos de justicia y de prosperidad.

Ahora y en la hora de nuestra muerte!

Te encomendamos a todas las víctimas de la injusticia y de la violencia, a todos los que han muerto en las catástrofes naturales, a todos los que en la hora de la muerte acuden a ti como Madre. Sé para todos nosotros Puerta del cielo, vida, dulzura y esperanza, para que, juntos, podamos contigo glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén!

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sábado, 21 de enero de 2012

La Confesión explicada por Juan Pablo II

Permanecemos evidentemente perplejos ante el abandono del Sacramento de la Penitencia por parte de muchos fieles y haremos todo lo posible por instruir y persuadir a todos de la necesidad de recibir el perdón de Dios de forma personal, ferviente y frecuentemente (Alocución, 15.VII.83).

Nadie puede cancelar el pasado. Ni aún el mejor psicólogo puede librar al hombre del peso del pasado. Sólo la Omnipotencia de Dios puede, con su amor creador, construir con nosotros un nuevo comienzo: ésta es la grandeza del Sacramento del perdón (Homilía, 26.VI.88). No se limita a olvidar el pasado, como si se extendiera sobre él un velo efímero, sino que nos lleva a un cambio radical de la mente, del corazón y de la conducta. La confesión sacramental no constituye una represión, sino una liberación. Tened pues la valentía del arrepentimiento. ¡Esto os hará libres! (Alocución, 5.IV.79).

Gracias al amor y misericordia de Dios, no hay pecado por grande que sea que no pueda ser perdonado; no hay pecador que sea rechazado. Toda persona que se arrepienta será recibida por Jesucristo con perdón y amor inmenso (Alocución, 29.IX.79). "Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve que no necesitan penitencia" (Lucas, 15,7).

Este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere, mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado: "Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos" (Juan. 20, 22). Es ésta una de las novedades evangélicas más notables.

El Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa in persona Christi, en la persona de Cristo. Confesamos nuestros pecados a Dios mismo, aunque en el confesonario los escucha el hombre-sacerdote (Homilía, 16.III.80). Por otra parte, los miembros del Pueblo de Dios, con instinto sobrenatural, saben reconocer en sus sacerdotes a Cristo mismo, que los recibe y perdona, y agradecen de corazón la capacidad de acogida, la palabra de luz y consuelo con que acompaña la absolución de sus pecados (Alocución, 30.XI.83).

"La confesión, hijos míos, es la manifestación más hermosa del Poder y del Amor de Dios. Un Dios que perdona... ¡¿no es una maravilla?! Es un Sacramento que limpia, purifica, enaltece y diviniza: que nos da fuerza para salir adelante en los caminos de la tierra, que nos pone en condiciones de ser eficaces " (San Josemaría).

Fuente: Catholic.net
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sábado, 14 de enero de 2012

Benedicto XVI y Juan Pablo II

Días antes de la beatificación de Juan Pablo II, le proyectaron al Papa Benedicto XVI el documental "Peregrino vestido de blanco", sobre el pontificado del hoy beato Juan Pablo II. El Papa comentó que Karol Wojtyla "nos sigue acompañando desde el Cielo".

Luego de ver el documental, Benedicto XVI señaló que Juan Pablo II se distinguió por dos "puntos cardinales en su vida y su ministerio: la oración y el celo misionero… Juan Pablo II ha sido un gran contemplativo y un gran apóstol de Cristo. Dios lo eligió para la sede de Pedro y lo conservó buen tiempo para introducir a la Iglesia en el tercer milenio. Con su ejemplo nos ha guiado a todos en este peregrinaje y ahora nos sigue acompañando desde el Cielo".

El Papa agradeció a los realizadores del documental y señaló que es una válida contribución para mejor conocer a su predecesor, en la que se puede apreciar diversos testimonios y entrevistas, además de una rica documentación.

Por su parte, Mons. Sławomir Oder, sacerdote polaco, que fue postulador de la causa de beatificación de Juan Pablo II, concedió en el mismo tiempo una entrevista donde consideraba que era un verdadero regalo de Dios encargarse de esa tarea consistente en investigar y certificar todo aquello que hace relación a la vida del Papa.

Comentó en la entrevista que, en el tiempo en que se estudiaba la beatificación de Wojtyla, llegaban al Vaticano muchísimas cartas, algunas reclamando que aún no se le nombre santo. Por ejemplo, escribían: “Es inútil, están ustedes perdiendo el tiempo, ¡es santo, lo saben todos!”. Ciertamente, dice Monseñor, la santidad de Juan Pablo II es algo en la que todos estamos de acuerdo, pero es preciso hacer las investigaciones pertinentes para que las generaciones futuras tengan las pruebas de esa santidad. Ahora podemos decir que lo conocemos mejor.

En otras cartas, dice, sorprende la sencillez de las personas. Para dirigirlas solo ponen en el sobre: “A Juan Pablo II, Roma”. Aunque la mejor ha sido la de un niño que se la envió al Cielo escribiendo: “Juan Pablo II. El Paraíso”. También hemos recibido muchas de no cristianos, que percibían la santidad del Papa.

Le preguntan si siendo un Papa tan bueno, ¿acaso tenía defectos? Responde Monseñor Oder: “¿Defectos? Bueno, imagino que sí, como todos. Algunos dicen que era demasiado transparente. Recuerdo el problema que se creó cuando una periodista logró fotografiarlo mientras se lanzaba a la piscina de Castel Gandolfo. Cuando le informaron, dijo: «¿De verdad? ¿Y dónde lo podré ver publicado?». Y es que le daba igual. Otros sostienen que podía parecer que daba signos de inquietarse, pero era evidente que tenía un gran dominio de sí.

Comenta Mons. Oder que Benedicto XVI trabajó 25 años al lado de Juan Pablo II. Así que, si no hubiera sido elegido Papa, seguramente podría haber sido el testigo más importante del proceso de beatificación. Referido a dicho proceso, siempre decía: «Trabajad rápido, pero sobre todo... ¡trabajad bien!»”.

Extractado de un artículo del Pbro. José Martínez Colín
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miércoles, 11 de enero de 2012

Juan Pablo II en Guatemala

El siguiente escrito es una gentileza del señor Mariano Galvez, que lo ha hecho para conmemorar la visita realizada por Juan Pablo II a ciudad de Guatemala el 30 de julio de 2002 para la canonización de Pedro de Bethancourt el 30 de julio de 2002.


Paseo la mirada y donde hubiese millares de conterráneos, hay vacío. No mucho tiempo ha. Hubo miles de oraciones juntas. Motivadas por un anciano que dice sus discursos sentado. Discursos que son Padre Nuestros profundos. Un anciano que a veces tiene que sostenerse la cabeza con la mano. Quizá porque esta es símbolo de esperanza para millones. Y esto pesa. O quizá simplemente porque es un anciano.

Su voz se expresa en variados lenguajes. Su expresión la entienden diferentes culturas. Porque viene de los rincones puros del ser. Porque las palabras están dichas en el lenguaje universal de la esperanza. Esperanza de encontrar algo, largo tiempo, ha, perdido: ¡La Paz!

Vinieron de todos los países de la Patria Grande. La Centro América utópica de Morazán, Barrios. La que lucho unida, una sola en contra del filibustero. Y aun de más lejos. Entre otros lugares, de unas islas que tienen nombre de pájaro. De donde vino tiempo ha, un hombre de escasas proporciones físicas. Que con humildad, sembrando caridad cristiana, se hizo grande espiritualmente.

Traían rosarios de oraciones. Un solo nombre las iniciaba: Juan Pablo. De Juan El Bautista y Pablo El Perseguidor Convertido. Dos nombres simbolizando una unión rara. De procedimientos diferentes; un solo propósito: Un camino mejor para la raza humana.

Se juntaron. Columnas de diferente color. Afluentes humanos al río que brotase dos mil y pico años ha. Y se juntaron en un lugar bendito de Dios: MI PATRIA, Guatemala. Para pedir por lo que tanto anhelamos. Una paz basada en la igualdad. Una paz deseada por los hombres de buena voluntad. Amantes de sus semejantes. Una paz con los mismos derechos y las mismas responsabilidades sin distinción de raza, política, religión, cultura. Una paz basada en las enseñanzas de ÉL. Quien nos dejara el axioma: Yo soy la luz y el que me sigue (mis enseñanzas), vivirá por siempre!

Se han ido. Esta solo el lugar, pero... Subiendo las faldas de los volcanes de Pacaya, Agua, Fuego; tomando por el Cañón de Palin, repetido por las golondrinas de Escuintla, va el rumor: Padre Nuestro que estas en los cielos... En lenguaje Maya toma las curvas de la Interamericana. Descansa en la ciudad de Las Perpetuas Rosas, acariciando la tumba del hoy santo, pero ayer hombre y por ello más nuestro. El Xocomil de Atitlan le impulsa con más fuerza. El frio de Totonicapán lo estremece, pasando por Olintepeque, el rojo atardecer recuerda la sangre de nuestros ancestros sacrificados al igual que en Xinabajul, cuando musita: Santificado sea tu nombre...Se riega por las calientes tierras del oriente. Santa Rosa de Lima lo ve pasar. Jutiapa, Jalapa, tierras bravías lo repiten con fuerza. Al igual que La Fragua y la Perla de Oriente: Venga a nos el tu reino, hagase tu voluntad aqui en la tierra asi como en el cielo...
Las Verapaces repiten la plegaria. El Río Dulce lo lleva mecido en un catamarán. Livinsgton le pone color. En el Gran Templo, el sacrificio hoy es espiritual: El Pan Nuestro de cada dáa dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Se va extendiendo fuera de nuestras fronteras. Hacia el planeta todo: No nos dejes caer en tentación, mas líbranos de todo mal. ¡AMEN!

Ha caído la noche. Está medio oscuro. O medio claro. Un hombre de escasas proporciones, de vestir humilde, pasa a mi lado -Buenas noches, Hermano-. Automáticamente, respondo buenas noches. Pienso dentro de mí: Un evangelista que anda perdido. Al doblar la esquina el individuo. Oigo el sonido de una campanilla. Se escucha una voz que dice: "Acordaos hermanos, que una alma tenemos y si la perdemos no la recobramos".


Biografía del Hermano Pedro de San José Bethencourt (1626-1667) tomada de la página oficial del Vaticano, clic acá
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martes, 3 de enero de 2012

El Santísimo Nombre de Jesús

El 3 de enero la Iglesia celebra el Santísimo Nombre de Jesús.  Al respecto el Beato Juan Pablo II expresó lo siguiente en uno de los párrafos de la Audiencia General del 14 de enero de 1987 cuyo título era "Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador":

"...En el plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un Nombre que alude a la salvación: 'Dios libera', porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador. Lo atestiguan algunas frases que se encuentran en los llamados Evangelios de la infancia, escritos por Lucas: '...nos ha nacido... un Salvador' (Lc 2, 11), y por Mateo: 'Porque salvaría al pueblo de sus pecados' (Mt 1, 21). Son expresiones que reflejan la verdad revelada y proclamada por todo el Nuevo Testamento. Escribe, por ejemplo, el Apóstol Pablo en la Carta a los Filipenses: 'Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un Nombre, sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble la rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor (Kyrios, Adonai) para gloria de Dios Padre' (Flp 2, 9-11).

La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que dieron de El los Apóstoles, que proclamaron 'En ningún otro hay salvación, pues ningún otro Nombre nos ha sido dado bajo el Cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos' (Hech 4, 12)..."

Texto tomado de
El Camino de María
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