sábado, 27 de abril de 2024

Juan Pablo II: a 10 años de su canonización

Hoy, sábado 27 de abril, se cumplen diez años de la canonización de Juan Pablo II, elevado al rango de santo por el Papa Francisco al mismo tiempo que Juan XXIII.
 
Desde entonces, cada jueves por la mañana, exactamente a las 7h10 -para que pueda ser retransmitido por Radio Vaticano-, los polacos del Vaticano y los que peregrinan a Roma se reúnen para celebrar una Misa ante la tumba de Juan Pablo II, “su” Papa, el hombre que devolvió la dignidad a un pueblo aplastado por el yugo comunista.
 
Situar el legado de Juan Pablo II en Roma es, pues, ante todo reconocer las banderas rojas y blancas de los numerosos grupos polacos, visibles todos los días, y durante todos los Ángelus y audiencias generales. Para millones de polacos de todas las generaciones, la peregrinación a Roma es una experiencia ineludible, incluso para las personas de medios modestos que ahorran varios años para realizar este viaje tras las huellas de su Papa, que reinó durante más de un cuarto de siglo.
 
La Misa del jueves por la mañana ante la tumba de Juan Pablo II suele celebrarla el cardenal Konrad Krajewski, actual Prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. Sirvió íntimamente al Pontífice polaco como celebrante ceremonial papal durante los últimos años de su vida, cuando su enfermedad requería gran delicadeza e ingenio para ponerle los ornamentos litúrgicos y sostenerle físicamente durante las celebraciones. La mirada atenta y preocupada de monseñor Krajewski aún puede verse en muchas fotos de aquella época.
 
Juan Pablo II siguió siendo popular en el corazón de los romanos. En los alrededores del Vaticano y en la ciudad de Roma, el rostro de Juan Pablo II sigue apareciendo en muchas tiendas de recuerdos, comunidades religiosas y parroquias.
 
En abril de 2025, se celebrará el 20º aniversario de la muerte de Juan Pablo II. Esta conmemoración será sin duda la ocasión para que sus colaboradores más antiguos y el Papa le rindan un sentido homenaje al santo pontífice polaco.
 
Extractado de Aleteia. Autor Cyprien Viet

domingo, 21 de abril de 2024

Domingo del Buen Pastor y de las Vocaciones

“El Buen Pastor, según las palabras de Cristo, es precisamente el que "viendo venir al lobo", no huye, sino que está dispuesto a exponer la propia vida, luchando con el ladrón, para que ninguna de las ovejas se pierda. Si no estuviese dispuesto a esto, no sería digno del nombre de Buen Pastor. Sería mercenario, pero no pastor”
 
San Juan Pablo II
Audiencia General
Miércoles 9 de mayo de 1979
 
Coincidentemente con el Domingo del Buen Pastor, la Iglesia dedica este día a la Oración por las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas. La siguiente es una oración compuesta por san Juan Pablo II:
 
Padre Bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la posibilidad de descubrir, en tu voluntad, los rasgos de nuestro verdadero rostro.
 
Padre santo, Tú nos llamas a ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y con los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.
 
Padre misericordioso, da a la Humanidad extraviada, hombres y mujeres, que, con el testimonio de una vida transfigurada, a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial.
 
Padre nuestro, con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean testimonios valientes de tu infinita bondad.
 
¡Amén!

domingo, 14 de abril de 2024

Año 1944: Karol Wojtyla Salvado de un accidente

Era el 29 de febrero de 1944. Karol Wojtyła, estudiante de segundo año en un seminario secreto de la Facultad de Teología, regresaba de la fábrica Solvay después de un doble turno, de día y de noche.
 
Caminaba por la acera, cerca de la terminal del tranvía «3». Estaba cansado y no vio el camión alemán. Entonces se produjo un accidente. El auto lo enganchó con el guardabarros, pero el conductor no se dio cuenta de la situación y siguió adelante.
 
El hecho fue presenciado por una señora, Józefa Florek, que en ese momento viajaba en un tranvía.  Al principio, pensó que el golpe que estaba escuchando lo provocó algo que había caído del camión en movimiento. Pero no estaba segura.
 
Se bajó del tranvía y caminó hacia el lugar. Era temprano en la tarde en Cracovia, alrededor de las 3:00 pm.  En la calle entre Borek Fałęcki y Mateczny, vio a un joven que yacía en el suelo, con ropa de trabajador y zuecos. No se movía, no mostraba signos de vida.
 
Józefa se quedó sin saber qué hacer y lo único que le vino a la mente fue pararse entre los autos tirados y los autos que iban a toda velocidad por la carretera. Así que se colocó ahí de pie y lo protegió con su propio cuerpo. No sabía quién era ni qué había pasado.
 
Al poco tiempo, otro automóvil alemán, esta vez un automóvil de pasajeros, se detuvo en la calle. Ella se asustó porque de salió de él un oficial uniformado. Le ordenó que trajera agua de deshielo de la zanja. Ella trajo agua mezclada con lodo, y trataron de humedecer la boca del hombre que yacía allí y refrescarle la cabeza.
 
Al cabo de un rato, el oficial comprobó que el joven estaba vivo. Detuvo a un camión que transportaba madera y ordenó al conductor que llevara a la víctima al hospital. En efecto, en el libro de admisiones de la Clínica de Cirugía, con fecha 29 de febrero de 1944, se ingresa un paciente. «Wojtyla Karol b. 1920 residente en Cracovia, ul. Tyniecka 40».
 
Y aunque hubo un error en la dirección de la nota, el resto de los datos son ciertos. Józefa Florek y un oficial alemán desconocido salvaron al futuro Papa. También consta que el paciente padecía heridas en la cabeza y conmociones cerebrales.
 
El paciente pasó menos de dos semanas en el hospital, se registró el alta el 12 de marzo de 1944. Tras el accidente, Karol Wojtyła se recuperaba en casa de una familia escocesa de buenos amigos. Józefa guardó unas cartas en las que Wojtyła le agradecía haberle salvado la vida .
 
Muchos años después, cuando Karol Wojtyła era arzobispo en Cracovia, Franciszek Wójcik, un colega de trabajo en la fábrica de productos químicos Solvay, agregó algunos detalles del momento del accidente. Él escribió:
 
“Realicé las mismas funciones en Solvay que el arzobispo, solo que en un turno diferente. A menudo nos sustituíamos unos a otros, y el trabajo de algunos días lo hacía uno y luego el otro. Mientras tanto, yo ayudaba trabajando en casa y él necesitaba ese tiempo para estudiar. Estuve en el hospital, lo visité cuando estaba acostado en un accidente. Iba caminando del trabajo y un automóvil lo atropelló cerca de Mateczny. Después del hospital, volvió al trabajo. La comida era escasa, solo había rebanadas de pan secas. Pero él no se avergonzó, trajo café de la cocina y tomaba eso. En ese momento, la sala de calderas estaba bajo la supervisión del capataz Czaja. Recuerdo hasta el día de hoy que le debo al arzobispo el salario de un día, que él trabajó para mí…”
 
(Agmoesja Bugala en Aleteia - Imagen SobreHistoria.com)

domingo, 31 de marzo de 2024

La Virgen María en la Resurrección de Jesús

Es legítimo pensar que verosímilmente Jesús Resucitado se apareció a su Madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (ver Mc 16,1; Mt 28,1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que Ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la Resurrección, por Voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe.
 
La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.
 
En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el «¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera.
 
San Juan Pablo II
21 de mayo de 1997

domingo, 24 de marzo de 2024

Vía Crucis escrito por San Juan Pablo II

San Juan Pablo II escribió de su puño y letra las meditaciones del Vía Crucis para Semana Santa en ocasión del Jubileo del año 2000.
 
El texto completo lo pueden leer y/o imprimir desde la siguiente dirección:
http://www.santorosario.info/Cuaresma/ViaCrucis-JuanPabloII.htm
 
Oración:
Señor Jesucristo, Tú que en el momento de la agonía no has permanecido indiferente a la suerte del hombre y con tu último respiro has confiado con Amor a la Misericordia del Padre a los hombres y mujeres de todos los tiempos, con sus debilidades y pecados, llénanos a nosotros y a las generaciones futuras de tu Espíritu de Amor, para que nuestra indiferencia no haga vanos en nosotros los frutos de tu Muerte.
A Ti, Jesús Crucificado, Sabiduría y Poder de Dios, Honor y Gloria por los siglos de los siglos. Amén.
 
San Juan Pablo II

sábado, 16 de marzo de 2024

Oración a San Juan Pablo II

¡Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo dónanos tu bendición! Bendice a la Iglesia, que tú has amado, servido y guiado, animándola a caminar con coraje por los senderos del mundo para llevar a Jesús a todos y a todos a Jesús. Bendice a los jóvenes, que han sido tu gran pasión. Concédeles volver a soñar, volver a mirar hacia lo alto para encontrar la luz, que ilumina los caminos de la vida en la tierra.
 
Bendice las familias, ¡bendice cada familia! Tú advertiste el asalto de satanás contra esta preciosa e indispensable chispita de Cielo, que Dios encendió sobre la tierra. San Juan Pablo, con tu oración protege las familias y cada vida que brota en la familia.
 
Ruega por el mundo entero, todavía marcado por tensiones, guerras e injusticias. Tú te opusiste a la guerra invocando el diálogo y sembrando el amor: ruega por nosotros, para que seamos incansables sembradores de paz.
 
Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo, donde te vemos junto a María, haz descender sobre todos nosotros la bendición de Dios. Amén.
 
Cardenal Ángelo Comastri

domingo, 3 de marzo de 2024

San Juan Pablo II, un enamorado del Santo Rosario

San Juan Pablo II fue un gran enamorado del Rosario. Toda la vida lo promocionó de la mejor manera: “rezándolo” en público, en privado, en los grandes acontecimientos, sobre todos aquellos en los que se debía, por las malas circunstancias, invocar la paz.
 
Gracias a él, hoy miles de personas rezan el Rosario con frecuencia, quizás porque ha demostrado y enseñado cuánto hace bien tener esta buena práctica.
 
Lo podemos ver en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, enteramente dedicada a esta oración, y en donde agregó los “Misterios de la luz”.
 
“Tenemos que redescubrir la profundidad mística encerrada en la sencillez de esta oración, tan querida por la tradición popular”, anunció el 16 de octubre del 2002 al presentar la carta.
 
De esta carta y de otras intervenciones del santo padre a los fieles, hemos extraídos algunas de las frases más significativas sobre esta estimada oración del santo Rosario:
 
“El Rosario es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos”.
 
“Recorrer con María las decenas del Rosario, es como ir a la escuela de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender sus mensajes”.
“En el Rosario hacemos lo que hace María, meditamos en nuestro corazón los misterios de Cristo”.
 
“El Rosario es la oración en la que, con la repetición del saludo del Ángel a María, tratamos de sacar nuestras consideraciones sobre el misterio de la redención  partiendo de la meditación de la Virgen”.
 
“En la oración del Rosario nos unimos a la Virgen como los Apóstoles congregados en el cenáculo después de la ascensión de Cristo”.
 
“La plegaria del Rosario es oración del hombre en favor del hombre: es la oración de la solidaridad humana, oración colegial de los redimidos, que refleja el espíritu y las intenciones de la primera redimida: María”.
 
“El Rosario es la oración que indica la perspectiva del reino de Dios y orienta a los hombres para recibir los frutos de la redención”.
 
“En los misterios del santo Rosario contemplamos y revivimos los gozos, dolores y gloria de Cristo y su Madre Santa, que pasan a ser gozos, dolores y esperanzas del hombre”.
 
“El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana”.
 
“El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo” 

domingo, 25 de febrero de 2024

San Juan Pablo II explica la Transfiguración del Señor

Los Evangelios -y todo el Nuevo Testamento- dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, “engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado” luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio (y de todo el Nuevo Testamento), en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo.
 
Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos, primero en la narración del Bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración. 
 
La teofanía de la Transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. “Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos...”.  Esta transfiguración va acompañada de la “aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús”. Y cuando, superado el “susto” ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo (“bueno es estarnos aquí”), “se formó una nube... y se dejó oír desde la nube una voz: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5).
 
La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la Transfiguración en el monte Tabor, confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16, 16). Confirma en cierto modo “desde el exterior” lo que el Padre había ya “revelado desde el interior”. Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo -“Este es mi Hijo amado: escuchadle”-, parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que “mientras bajaban del monte” Jesús les ordenará: “No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9). La teofanía en el monte de la Transfiguración del Señor se halla así relacionada con el conjunto del misterio pascual de Cristo.
 
El Hijo del Hombre que se acerca a su “hora” pascual, es Aquel de quien la voz de lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración: “Mi Hijo... amado... en quien tengo mis complacencias... el elegido”. En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre el Hijo. El autor de la segunda Carta de Pedro, recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe pasa consolar a los cristianos en un momento de dura persecución: “(Jesucristo)... al recibir de Dios Padre honor y gloria, de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que hablaba) en estos términos: 'Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias'. Y esta voz bajada del Cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo” (2 Pe 1, 16-18).
 
San Juan Pablo II
Audiencia General. 27 de mayo de 1987

domingo, 21 de enero de 2024

El santo favorito de San Juan Pablo II

Fueron muchos los santos que tuvieron influencia en la vida de san Juan Pablo II, pero uno de ellos tenía un lugar especial en su corazón...
 
San Juan Pablo II es un santo actual y muy querido en todo el mundo. Durante su vida, si bien fue influenciado por muchos santos, hubo uno que tenía un lugar especial en su corazón. Seguramente no adivinarás de quién se trata.
 
El joven Karol Wojtyla
Durante su juventud, cuando aún no era sacerdote, conoció las obras de san Juan de la Cruz. Un hombre muy piadoso, llamado Jan Tyranowski, fue el responsable de mostrar al joven Karol las numerosas obras del santo.
 
Después, ya ordenado sacerdote, fue enviado a Roma para seguir estudiando. Su tesis doctoral fue, precisamente, sobre las obras del reformador del Carmelo
 
Más datos interesantes en este video: https://dai.ly/x8riyqw

Fuente: Aleteia

sábado, 6 de enero de 2024

Fiesta de la Epifanía del Señor


«La luz brilla en las tinieblas, 
pero las tinieblas no la acogieron» 
(Jn 1, 5).

Toda la liturgia habla hoy de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.

En su búsqueda espiritual, el ser humano ya dispone naturalmente de una luz que lo guía: es la razón, gracias a la cual puede orientarse, aunque a tientas (cf. Hch 17, 27), hacia su Creador. Pero, dado que es fácil perder el camino, Dios mismo vino en su ayuda con la luz de la revelación, que alcanzó su plenitud en la encarnación del Verbo, Palabra eterna de verdad.

La Epifanía celebra la aparición en el mundo de esta luz divina, con la que Dios salió al encuentro de la débil luz de la razón humana. Así, en la solemnidad de hoy, se propone la íntima relación que existe entre la razón y la fe, las dos alas de que dispone el espíritu humano para elevarse hacia la contemplación de la verdad, como recordé en la reciente encíclica Fides et ratio.

Cristo no es sólo luz que ilumina el camino del hombre. También se ha hecho camino para sus pasos inciertos hacia Dios, fuente de vida. Un día dijo a los Apóstoles: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14, 6-7). Y ante la objeción de Felipe añadió: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre. (...) Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14, 9.1 1). La epifanía del Hijo es la epifanía del Padre.

¿No es éste, en definitiva, el objetivo de la venida de Cristo al mundo? El mismo afirmó que había venido para «dar a conocer al Padre», para «explicar» a los hombres quién es Dios y para revelar su rostro, su «nombre» (cf. Jn 17, 6). La vida eterna consiste en el encuentro con el Padre (cf. Jn 17, 3). Por eso ¡cuán oportuna es esta reflexión, especialmente durante el año dedicado al Padre!

La Iglesia prolonga en los siglos la misión de su Señor: su compromiso principal consiste en dar a conocer a todos los hombres el rostro del Padre, reflejando la luz de Cristo, Lumen gentium, luz de amor, de verdad y de paz. Para esto el divino Maestro envió al mundo a los Apóstoles, y envía continuamente, con el mismo Espíritu, a los obispos, sus sucesores.

Conscientes de esta tarea apostólica y misionera, que compete a todo el pueblo cristiano, pero especialmente a cuantos el Espíritu Santo ha puesto como obispos para pastorear la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28), vamos como peregrinos a Belén, a fin de unirnos a los Magos de Oriente, mientras ofrecen dones al Rey recién nacido.

Pero el verdadero don es él: Jesús, el don de Dios al mundo. Debemos acogerlo a él, para llevarlo a cuantos encontremos en nuestro camino. Él es para todos la epifanía, la manifestación de Dios, esperanza del hombre, de Dios, liberación del hombre, de Dios, salvación del hombre.

Cristo nació en Belén por nosotros. Venid, adorémoslo. Amén.

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Solemnidad de la Epifanía del Señor
6 de enero de 1999

domingo, 31 de diciembre de 2023

Oración de San Juan Pablo II a la familia

“Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu santo. Amén”

domingo, 3 de diciembre de 2023

¿Por qué viene el Señor? Meditaciones de Adviento

Vivir de la Iglesia
Vuelvo a tocar el tema del Adviento siguiendo el ritmo de la liturgia que nos introduce en la vida de la Iglesia del modo más sencillo y, a la vez, más profundo. El Concilio Vaticano II, que nos ha dado una doctrina rica y universal sobre la Iglesia, atrajo nuestra atención también hacia la liturgia. A través de ésta no sólo conocemos qué es la Iglesia, sino que experimentamos día a día de qué vive. También nosotros vivimos de ella, pues somos la Iglesia: «La liturgia… contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina» (Sacrosanctum Concilium 2).
 
La liturgia del Adviento
La Iglesia ahora está viviendo el Adviento, y por ello nuestros encuentros de los miércoles se centran en este período litúrgico. Adviento significa «venida». Para penetrar en la realidad del Adviento, hasta ahora hemos procurado mirar en dirección de quién es el que viene y para quién viene. Hemos hablado, por lo tanto, de un Dios que al crear el mundo se revela a Sí mismo: un Dios Creador. Y el miércoles pasado hablamos del hombre. Hoy seguiremos adelante para hallar respuesta más completa a la pregunta: ¿por qué el «Adviento»?, ¿por qué viene Dios?, ¿por qué quiere venir hasta el hombre?
 
La liturgia del Adviento se funda principalmente en textos de los profetas del Antiguo Testamento. En ella habla casi todos los días el profeta Isaías. En la historia del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, él era un «intérprete» particular de la promesa que este pueblo había recibido de Dios hacía tiempo en la persona del fundador de su estirpe: Abraham. Como todos los demás profetas, y quizá más que todos, Isaías reforzaba en sus contemporáneos la fe en las promesas de Dios confirmadas por la alianza al pie del monte Sinaí. Inculcaba sobre todo la perseverancia en la expectación y la fidelidad: «Pueblo de Sión, el Señor vendrá a salvar a los pueblos y hará oír su voz majestuosa para dar gozo a vuestro corazón» (cf. Is 30, 19.30).
 
Cuando Cristo estaba en el mundo aludió una y otra vez a las palabras de Isaías. Decía claramente: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21).
 
Los primeros capítulos del libro del Génesis
La liturgia del Adviento es de carácter histórico. La expectación de la venida del Ungido (Mesías) fue un proceso histórico. De hecho impregnó toda la historia de Israel, que fue elegido precisamente para preparar la venida del Salvador.
 
Pero en cierto modo nuestras consideraciones van más allá de la liturgia diaria del Adviento. Volvamos, pues, a la pregunta fundamental: ¿Por qué viene Dios” ¿Por qué quiere venir al hombre, a la humanidad? Busquemos respuestas adecuadas a estas preguntas; y busquémoslas en los orígenes mismos, es decir, antes de que comenzara la historia del pueblo elegido.
 
Por lo tanto, buscando una respuesta a la pregunta ¿«por qué» el Adviento?, debemos volver a leer otra vez atentamente toda la descripción de la creación del mundo, y en particular de la creación del hombre. Es significativo (y ya he tenido ocasión de aludir a ello) cómo cada uno de los días de la creación termina comprobando: «vio Dios ser bueno»; y después de la creación del hombre: «…vio ser muy bueno». Esta comprobación se enlaza con la bendición de la creación, y sobre todo con la bendición explícita del hombre.
 
En toda esta descripción está ante nosotros un Dios que se complace en la verdad y en el bien, según la expresión de San Pablo (cf. 1 Cor 13, 6). Allí donde está la alegría que brota del bien, allí está el amor. Y sólo donde hay amor existe la alegría que procede del bien. El libro del Génesis, desde los primeros capítulos, nos revela a Dios, que es amor (si bien esta expresión la utilizará San Juan mucho más tarde). Es amor porque goza con el bien. Por consiguiente, la creación es a la vez donación auténtica: donde hay amor, hay don.
 
Dios Salvador
Qué relación tiene todo esto con el Adviento, podemos preguntarnos con razón. Contesto: El Adviento se delineó por vez primera en el horizonte de la historia del hombre cuando Dios se reveló a Sí mismo como Aquel que se complace en el bien, que ama y da. En este don al hombre, Dios no se limitó a «darle» el mundo visible —esto está claro desde el principio—, sino que al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como «se da a sí mismo» a otro hombre: de persona a persona; es decir, darse a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a la participación en su vida. Esto se lleva a efecto de modo palpable en las relaciones entre familiares: marido, mujer, padres, hijos. He aquí por qué los profetas se refieren muy a menudo a tales relaciones para mostrar la imagen verdadera de Dios.
 
El orden de la gracia es posible sólo «en el mundo de las personas». Y se refiere al don que tiende siempre a la formación y comunión de las personas; de hecho, el libro del Génesis nos presenta tal donación. En él, la forma de esta «comunión de las personas» está delineada ya desde el principio. El hombre está llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere estar cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad (con su mismo Ser).
 
Para todo ello es necesaria la Venida de Dios y la expectación del hombre: la disponibilidad del hombre.
 
Sabemos que el primer hombre, que disfrutaba de la inocencia original y de una particular cercanía de su Creador, no mostró tal disponibilidad. La primera alianza de Dios con el hombre quedó interrumpida, pero nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se quebrantó el orden de la gracia, y por eso el Adviento dura siempre.
 
La realidad del Adviento está expresada, entre otras, en las palabras siguientes de San Pablo: «Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4).
 
Este «Dios quiere» es justamente el Adviento y se encuentra en la base de todo Adviento.
 
San Juan Pablo II

domingo, 26 de noviembre de 2023

¡Venga tu Reino!

Amadísimos hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos recuerda que la verdad sobre Cristo Rey constituye el cumplimiento de las profecías de la antigua alianza.
 
El profeta Daniel anuncia la venida del Hijo del hombre, a quien dieron "poder real, gloria y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin" (Dn 7, 14). Sabemos bien que todo esto encontró su perfecto cumplimiento en Cristo, en su Pascua de muerte y de resurrección.
 
La solemnidad de Cristo, Rey del universo, nos invita a repetir con fe la invocación del Padre nuestro, que Jesús mismo nos enseñó: "Venga tu reino".
 
¡Venga tu reino, Señor! "Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz".
 
Hemos escuchado en el evangelio la pregunta que Poncio Pilato hace a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" (Jn 18, 33). Jesús responde, preguntando a su vez: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" (Jn 18, 34). Y Pilato replica: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?" (Jn 18, 35).
 
En este momento del diálogo, Cristo afirma: "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí" (Jn 18, 36).
 
Ahora todo es claro y transparente. Frente a la acusación de los sacerdotes, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, una realeza divina y espiritual. Pilato le pide una confirmación: "Conque, ¿tú eres rey?" (Jn 18, 37). Aquí Jesús, excluyendo cualquier interpretación errónea de su dignidad real, indica la verdadera: "Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (Jn 18, 37).
 
Él no es rey como lo entendían los representantes del Sanedrín, pues no aspira a ningún poder político en Israel. Por el contrario, su reino va más allá de los confines de Palestina. Todos los que son de la verdad escuchan su voz (cf. Jn 18 37), y lo reconocen como rey. Este es el ámbito universal del reino de Cristo y su dimensión espiritual.
 
La solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, nos invita a repetir con fe: "¡Venga tu Reino!"
 
San Juan Pablo II
(Extracto de la homilía en la celebración de 1997)

domingo, 12 de noviembre de 2023

Consagración de Argentina a la Virgen de Luján por San Juan Pablo II

1. ¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del Redentor!
Ante tu imagen de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, Patrona de Argentina, me postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida, cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la Palabra, con tu cooperación maternal.
 
2. ¡Dichosa tú porque has creído!
En el día del triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan de Él la salvación. Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.
 
3. ¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!
Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.
Te encomiendo y te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.
Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la Vida.
Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.
 
4. ¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!
Te encomiendo a todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad y entre la juventud.
Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.
Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia saladora en nuestro mundo Aquel que, por tu amor de Madre, es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos.
Amén.
 
San Juan Pablo II
Buenos Aires, Argentina
Domingo 12 de abril de 1987

domingo, 5 de noviembre de 2023

¡Caminemos con esperanza!

¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar?
 
El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza « que no defrauda » (Rm 5,5).
 
¡Caminemos con esperanza! Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan Eucarístico y de la Palabra de Vida. Cristo Resucitado nos convoca cada Domingo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día «primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos para «exhalar» sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.
 
¡Caminemos con esperanza! Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como «Estrella de la nueva evangelización». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante Ella, del cariño filial de toda la Iglesia.
 
Que Jesús Resucitado, que también nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús «al partir el pan» (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su Rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio:«¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20,25).
 
San Juan Pablo II
Enero de 2001