domingo, 19 de octubre de 2014

El Rosario: un tesoro que recuperar

Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.

Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.

Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.

Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el Rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.

¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario:

«Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para Ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el Cielo».

San Juan Pablo II
Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae

jueves, 16 de octubre de 2014

Mes del Rosario - El Ave María

Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave María, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave María, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del Cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos».

Repetir en el Rosario el Ave María nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de la profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48).

El centro del Ave María, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el Nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario.

Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando. Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave María, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

San Juan Pablo II  Carta Apostólica Rosarium virginis Mariae 

sábado, 11 de octubre de 2014

María es la mejor maestra

"...Encaminaos, pues, desde ahora, hacia la casa de la Madre de Cristo y Madre nuestra, para meditar, bajo su mirada amorosa, sobre el tema de la VI Jornada: "Habéis recibido un espíritu de hijos..." (Rm 8, 15).

¿Dónde se puede aprender mejor qué cosa significa ser hijos de Dios sino a los pies de la Madre de Dios? María es la mejor Maestra. A Ella ha sido confiado un papel fundamental en la historia de la salvación: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga4, 4).

¿Dónde, sino en su corazón maternal, se puede guardar mejor la herencia de los hijos de Dios prometida por el Padre? Llevamos este don en vasijas de barro. Nuestra peregrinación será, pues, para cada uno de nosotros, un gran acto de entrega confiada a María. Iremos a un santuario que, para el pueblo polaco, tiene un significado muy particular, como lugar de evangelización y de conversión, hacia el cual confluyen miles de peregrinos provenientes de todas las partes del país y del mundo. Desde hace más de 600 años, en el monasterio de Jasna Góra en Czestochowa, María es venerada en su icono milagroso de la Virgen Negra. En los momentos más difíciles de su historia, el pueblo polaco ha encontrado allí, en la casa de la Madre, la fuerza de la fe y la esperanza, la propia dignidad y la herencia de los hijos de Dios.

Para todos, jóvenes del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, la peregrinación a Czestochowa será un testimonio de fe ante el mundo entero. Será una peregrinación de libertad a través de las fronteras de las naciones que se abren cada vez más a Cristo, Redentor del hombre.

Con este mensaje quiero iniciar el camino de preparación espiritual ya sea a la VI Jornada mundial de la juventud, ya sea a la peregrinación a Czestochowa. Estas reflexiones quieren servir para iniciar este camino que es, sobre todo, de fe, de conversión y de vuelta a lo esencial en nuestra vida.

A vosotros, jóvenes de los países del Este europeo, dirijo una palabra de especial aliento. No faltéis a esta cita que se prevé, desde ahora, como un encuentro memorable entre las jóvenes Iglesias del Este y del Oeste. Vuestra presencia en Czestochowa constituirá un testimonio de fe de enorme significado.

Y vosotros, queridísimos jóvenes de mi amada Polonia, estáis llamados esta vez a dar hospitalidad a vuestros amigos que llegarán de todas las partes del mundo. Para vosotros y para la Iglesia de Polonia, este encuentro, al cual yo también acudiré, constituirá un don espiritual extraordinario en este momento histórico que estáis viviendo, tan lleno de esperanzas para el futuro.

Espiritualmente arrodillado ante la imagen de la Virgen Negra de Czestochowa, confío a su amorosa protección el entero desarrollo de la VI Jornada mundial de la juventud."

San Juan Pablo II
Mensaje para la VI Jornada Mundial de la Juventud.
Czestochowa – Polonia (1991)

lunes, 6 de octubre de 2014

San Juan Pablo II y el rezo del Rosario

"El Rosario es mi oración preferida. Oración maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta oración repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó de boca del ángel y de su prima Isabel. A estas palabras se asocia toda la Iglesia.

Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, una oración-comentario del último capítulo de la Constitución "Lumen Gentium" del Vaticano II, capítulo que trata de la admirable presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Sobre el fondo de las palabras "Dios te salve, María", pasan ante los ojos del que las reza los principales episodios de la vida de Cristo, con sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, que nos hacen entrar en comunión con Cristo, podríamos decir, a través del corazón de su Madre.

Nuestro corazón puede encerrar en estas decenas del Rosario todos los hechos que componen la vida de cada individuo, de cada familia, de cada nación, de la Iglesia y de la humanidad: los acontecimientos personales y los del prójimo y, de modo particular, de los que más queremos. Así, la sencilla oración del Rosario late al ritmo de la vida humana". (S.S. Juan Pablo II)

Cita del  del entonces Cardenal Bergoglio:

"Si no recuerdo mal, era 1985. Una noche fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era grande, veía al Santo Padre por la espalda y, poco a poco, me sumergí en la oración. No estaba solo. Oraba entre el pueblo de Dios al que yo pertenecía, y todos los que estaban allí, dirigidos por nuestro Pastor.

En el medio de la oración, me distraje, mirando la figura del Papa: su piedad, su devoción, ¡eran todo un testimonio! Y el tiempo se desvaneció, y empecé a imaginar el joven sacerdote, seminarista, el poeta, el trabajador, el niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba en ese momento, orando Ave María tras Ave María. Su testimonio me impactó. Sentí que este hombre, elegido para dirigir la Iglesia, había recorrido un camino de regreso hasta su Madre del Cielo, un proceso iniciado desde su infancia. Y allí me di cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a San Juan Diego: "No temas, ¿no soy acaso tu madre?" Comprendí así la presencia de María en la vida del Papa, que no dejó de testimoniar ni un instante. Desde entonces recito todos los días los quince misterios del Rosario". 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Testimonio de amor

Mensaje del Papa Juan Pablo II para la 
II Jornada Mundial de la Juventud 
Buenos Aires, 1987

El tema y contenido de esta Jornada Mundial pone ante nuestros ojos el testimonio del Apóstol San Juan cuando exclama: “Y nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”.

A este propósito, deseo recordaros un pensamiento que expuse en mi primera Encíclica: “El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”. ¡Y cuánto más podría destacarse dicha realidad para la vida de los jóvenes, en esta fase de especial responsabilidad y esperanza, del crecimiento de la persona, de definición de los grandes significados, ideales y proyectos de vida, de ansia de verdad y de caminos de auténtica felicidad! Es entonces cuando más se experimenta la necesidad de sentirse reconocido, sostenido, escuchado y amado.

Vosotros sabéis bien, desde lo profundo de vuestros corazones, que son efímeras y sólo dejan vacío en el alma las satisfacciones que ofrece un hedonismo superficial; que es ilusorio encerrarse en la caparazón del propio egoísmo; que toda indiferencia y escepticismo contradicen las nobles ansias de amor sin fronteras; que las tentaciones de la violencia y de las ideologías que niegan a Dios llevan sólo a callejones sin salida.

Puesto que el hombre no puede vivir ni ser comprendido sin amor, quiero invitaros a todos a crecer en humanidad, a poner como prioridad absoluta los valores del espíritu, a transformaros en “hombres nuevos”, reconociendo y aceptando cada vez más la presencia de Dios en vuestras vidas, la presencia de un Dios que es Amor; un Padre que nos ama a cada uno desde toda la eternidad, que nos ha creado por amor y que tanto nos ha amado hasta entregar a su Hijo Unigénito para perdonar nuestros pecados, para reconciliarnos con Él, para vivir con Él una comunión de amor que no terminará jamás.

La Jornada Mundial de la Juventud tiene, pues, que disponernos a todos a acoger ese don del Amor de Dios, que nos configura y que nos salva. El mundo espera con ansia nuestro testimonio de amor. Un testimonio nacido de una profunda convicción personal y de un sincero acto de amor y de fe en Cristo Resucitado. Esto significa conocer el amor y crecer en él.

San Juan Pablo II

lunes, 22 de septiembre de 2014

Juan Pablo II y Padre Pío: historia de una amistad

Hay hechos que nos llevan a pensar que Karol Wojtyla tuvo la suerte de poder ‘comprobar’ personalmente que Padre Pío era verdaderamente un hombre de Dios.

Sabemos que el futuro Papa conoció a Padre Pío en el verano de 1947. Karol Wojtyla era entonces sacerdote desde hacía ocho meses. Estudiaba en Roma. Estaba muy interesado en la teología mística. Era por lo tanto un apasionado de las obras de Santa Teresa de Avila y de San Juan de la Cruz.

Enviado a Roma para especializarse en teología, eligió para la tesis un argumento que lo llevaba a su pasión: La doctrina de la fe según San Juan de la Cruz. Y, mientras estudiaba en la ciudad eterna, supo que en la región de Puglia vivía un fraile que tenía en su cuerpo los estigmas, la típica señal mística, y decidió ir a verlo.

Al acabar el año escolástico 1946-47, Karol Wojtyla salió para San Giovanni Rotondo, donde encontró a Padre Pío.  Como es sabido, Padre Pío ‘veía’ el futuro. Entre las personas que testimoniaron durante el proceso de su beatificación, muchos han afirmado que poseía extraordinarias y verdaderas dotes de previsión. Su biografía está llena de episodios donde indica cómo iban a acabar los asuntos bélicos, o los sucesos referidos a sus interlocutores. ¿Qué le habrá dicho al joven Wojtyla?

En los días de su elección como Pontífice, en octubre de 1978, en Roma circulaban voces curiosas sobre aquel lejano encuentro con Padre Pío. Se decía que el fraile de los estigmas le predijo entonces que se convertiría en Papa. Recuerdo que un anciano sacerdote polaco me explicó aquellos días en Roma, que Karol Wojtyla en su juventud aludía a menudo a aquella profecía, y lo hacía bromeando, considerándola como una cosa imposible. Pero después de haberse convertido en arzobispo de Cracovia, y de haber sido nombrado cardenal, ya no habló más de ello, como si hubiera empezado a pensar que la profecía se iba a cumplir.

En mayo de 1981 tuvo lugar el famoso atentado a Juan Pablo II en la Plaza San Pedro. Y en aquella ocasión retornaron las voces de las previsiones proféticas de Padre Pío a Karol Wojtyla. Se decía que el religioso de San Giovanni Rotondo, en 1947, junto a la elección como Pontífice, también le predijo a Wojtyla el atentado. “Veo tu vestido blanco manchado de sangre”, le habría dicho. Pero tampoco de esto ha habido confirmaciones y quizás se trata sólo de pías leyendas. Queda el hecho de que Karol Wojtyla no olvidó nunca el encuentro con Padre Pío de 1947, y demostró siempre que tenía por aquel religioso la más gran consideración.

Una prueba inconfundible de esta incondicional estima la dio en 1962. Wojtyla era entonces un joven obispo. Estaba en Roma por el Concilio Vaticano II. Padre Pío, en aquel periodo estaba en el centro de las polémicas. Sus encarnizados detractores estaban interfiriendo contra él con acusaciones y calumnias. El Padre acababa de ser objeto de una ‘Visita apostólica’, ordenada por el Santo Oficio, al final de la cual se habían tomado severas medidas disciplinarias contra él. Mientras estaba en Roma, Wojtyla recibió una carta de Cracovia donde se le informaba que a una de sus colaboradoras, la doctora Wanda Poltawska, médica psiquiatra, con la que había trabajado mucho en el sector de la familia, se le había diagnosticado un tumor. Los médicos habían decidido operarla, pero no tenía muchas esperanzas. Wojtyla sintió un gran dolor. No sólo porque conocía bien a aquella mujer, sino porque la doctora Poltawska era joven y tenía cuatro niñas pequeñas. ¿La medicina no podía hacer nada? Y Wojtyla pensó en Padre Pío. Le escribió una carta explicándole el caso y pidiéndole que rezara por ella.

Hay un detalle muy significativo ligado a aquella carta, que me fue explicado por la persona que llevó la carta a Padre Pío, Angelo Battisti, que era un empleado de la Secretaría de Estado del Vaticano y a la vez era administrador de la ‘Casa Sollievo della Sofferenza’,el hospital fundado por Padre Pío. La carta escrita a mano por Wojtyla fue entregada a Battisti con el encargo de llevarla a Padre Pío. Battisti fue inmediatamente a San Giovanni Rotondo. Llegó al convento y fue a la celda del Padre y lo encontró sentado en una butaca, sumergido en la oración. “Le entregué la carta -me explicó Battisti-, y Padre Pío me dijo que la abriera y la leyera. La carta, con fecha del 17 de noviembre, estaba escrita a mano en latín y decía: «Venerable padre, te pido que reces por una madre de cuatro niñas, que vive en Cracovia, en Polonia, (durante la última guerra estuvo cinco años en un campo de concentración alemán) y ahora se encuentra en grave estado de salud, su vida corre peligro a causa del cáncer. Reza para que Dios, con la intervención de la beata Virgen, muestre misericordia por ella y por su familia. En Cristo. Karol Wojtyla».

Padre Pío escuchó mi lectura con la cabeza doblada sobre el estómago. Cuando acabé, se quedó en silencio, después se dirigió hacia mí y dijo que no podía decir que no”. Battisti, que sabía el valor profético de las palabras de Padre Pío, se quedó sorprendido. ¿Quién era ese Karol Wojtyla del que Padre Pío había dicho: “A éste no se le puede decir que no”? Cuando volvió al Vaticano pidió información pero nadie sabía quién era el joven obispo polaco.

Once días después, Battisti tuvo que volver otra vez a San Giovanni Rotondo con una nueva carta de Karol Wojtyla. También en esta ocasión encontró a Padre Pío en su celda rezando. Le dio la carta y Padre Pío dijo: “Abrela y lee”. Al igual que la precedente estaba escrita a mano y en latín. Decía: “Reverendo padre, la mujer que vive en Cracovia, madre de cuatro niñas, el día 21 de noviembre, antes de la operación, se curó repentinamente. Demos gracias a Dios. Y también a ti, padre venerable, te lo agradezco con todo mi corazón, en nombre de la propia mujer, de su marido y de toda su familia. En Cristo, Karol Wojtyla, Obispo capitular de Cracovia”. Y esta vez, después de haber escuchado la lectura de la carta, Padre Pío dijo: “Angiolino, guarda estas dos cartas que pueden ser útiles en el futuro”. De hecho, son el extraordinario documento de un milagro sorprendente del que fue testimonio directo un obispo que después se convirtió en Papa.

La admiración y la estima por Padre Pío crecieron en Karol Wojtyla. Después de la muerte del religioso, fue uno de los primeros que enviaron cartas a Roma para pedir la apertura de la causa de beatificación. Padre Pío murió en septiembre de 1968. Un año después, en noviembre de 1969, se iniciaron las prácticas para abrir el proceso de beatificación. En 1972 los frailes capuchinos pidieron a muchos obispos una ‘carta postulatoria’, para enviar a Roma y solicitar la causa. Muchos obispos respondieron, y lo hicieron por su propia cuenta, pero Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, implicó a todo el episcopado polaco, enviando a Roma un escrito oficial de la Conferencia Episcopal Polaca, donde se leía que “todos los obispos firmantes, arzobispos y cardenales, están convencidos de la santidad y de la especial misión de Padre Pío, algunos por haberlo visto con los propios ojos, otros por haberlo conocido a través de las palabras de quien lo escuchaba y escribía sobre él”. Y aquella carta, expresión de la entera Iglesia polaca, tenía una importancia especial.

En 1974, Karol Wojtyla, ya cardenal, fue a Italia y quiso ir a San Giovanni Rotondo. Celebró Misa en la iglesia de los Capuchinos y durante el sermón dijo que “tenía todavía en los ojos, al cabo de tantos años, la imagen de Padre Pío, su presencia, la santa misa por él celebrada en el altar lateral, el confesionario donde todavía oía sus palabras”. Y dijo también que “era impresionante, profundo, poder celebrar junto a la tumba del venerado padre, porque siempre, durante toda su vida, no hizo nada más que predicar la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo”.

Ya de Papa, Wojtyla no dejó nunca, cuando se presentaba la ocasión, de expresar con franqueza la propia devoción por Padre Pío. Un día, dirigiéndose a los componentes de un ‘Grupo de Oración’, dijo: “Moveros, si queréis que Padre Pío suba pronto a los altares”.

El 13 de octubre de 1979, recibió en audiencia en el Vaticano a los monaguillos del Seminario romano mayor. Uno recordó a Padre Pío y el Papa respondió con tono de orgullo: “Yo también estuve dos veces en San Giovanni Rotondo”.

Visitando una parroquia de Roma encontró a un joven salesiano y le preguntó: “¿Usted es sacerdote?”. “No, Santidad, soy un monaguillo de Foggia y le traigo recuerdos de los componentes de los ‘Grupos de oración de Padre Pío’ de aquella ciudad”. Y el Papa, estrechando la mano de aquel joven, dijo: “¡Ah, Padre Pío! Bien, ¡entonces vosotros me ayudaréis!”.

La señora Elena Caffaro, de Roma, una tarde formó parte del grupo de personas admitidas a rezar el Rosario con el Papa, en ocasión del primer sábado del mes, ceremonia que se transmitía en directo por Radio Vaticana. Al final del rosario, la señora fue a saludar al Papa y le dijo: “Santidad, acuérdese de Padre Pío”. El santo Padre respondió: “Yo le rezo siempre a Padre Pío, todos los días”.

Carlo Campanini, un popular cómico que era muy devoto de Padre Pío, me explicó que en 1981 asistió a la misa del Santo Padre en su Capilla privada. Después de la misa estuvo con el Pontífice y le mostró algunas fotografías donde estaba con Padre Pío. El Papa mostró mucho interés y dijo al actor: “Rece para que Padre Pío suba pronto a los altares”.

Monseñor Paolo Carta, que había sido obispo de Foggia, en un encuentro con Juan Pablo II, le dijo: “Soy testimonio de la Santidad de Padre Pío”. El Papa le contestó: “Ah, Padre Pío, que hombre de Dios. Una vez yo también fui a verlo y me confesó”.

En 1987, cuando el proceso estaba en pleno desarrollo pero iba lentamente, Juan Pablo II fue de visita a San Giovanni Rotondo. Le siguieron muchos periodistas y cámaras de televisión que recogían todos sus movimientos. Quiso ir a rezar a la cripta de la iglesia de los Frailes Capuchinos, a pesar de saber que lo iban a filmar, no dudó ni un momento en arrodillarse delante de la tumba de Padre Pío y quedarse algunos minutos en un profundo recogimiento.

Padre Pío ahora es santo. Papa Wojtyla celebró la última solemne ceremonia de su investidura oficial a la santidad el  16 de junio del 2002. Y lo hizo con un gran cansancio físico, porque ahora era él el estigmatizado. El sufrimiento se había alojado en todas las fibras de su cuerpo. Porque sabía que el propio sufrimiento, como el de Padre Pío, ligado a la Pasión de Cristo, son la aurora que precede al sol de la Resurrección.

Fuente: Blog Juan Pablo II

domingo, 14 de septiembre de 2014

Jesús y la Cruz

Cuando los soldados levanten la cruz, comenzará una agonía que durará tres horas. Es necesario que se cumpla también esta palabra: "Y Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí" (Jn 12, 32).

¿Qué es lo que "atrae" de este condenado agonizante en la cruz?
Ciertamente, la vista de un sufrimiento tan intenso despierta compasión. Pero la compasión es demasiado poco para mover a unir la propia vida a Aquél que está suspendido en la cruz.

¿Cómo explicar que, generación tras generación, esta terrible visión haya atraído a una multitud incontable de personas, que han hecho de la cruz el distintivo de su fe?
¿De hombres y mujeres que durante siglos han vivido y dado la vida mirando este signo?

Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor:
Del Amor divino, que ha llegado hasta del don total de sí mismo;
Del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua;
Del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

¡Que Cristo elevado en la Cruz nos atraiga también a nosotros, hombres y mujeres del nuevo milenio!

Bajo la sombra de la cruz, "vivimos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5,2).
Cristo elevado,
Amor crucificado,
llena nuestros corazones de Tu Amor,
para que reconozcamos en Tu Cruz
el signo de nuestra redención
y, atraídos por tus heridas,
vivamos y muramos Contigo,
que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.
R./. Amén

San Juan Pablo II
Semana Santa 2000

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¡Sed en Cristo luz del mundo!

Queridas familias cristianas: ¡Anunciad con alegría al mundo entero el maravilloso tesoro que, como iglesias domésticas, lleváis con vosotros! Esposos cristianos, en vuestra comunión de vida y amor, en vuestra entrega recíproca y en la acogida generosa de los hijos… ¡Sed en Cristo luz del mundo!

El Señor os pide que seáis cada día como la lámpara que no se oculta, sino que es puesta "sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa" (Mt 5,15). Sed ante todo "buena noticia para el tercer milenio" viviendo con empeño vuestra vocación.

El matrimonio que habéis celebrado un día, más o menos lejano, es vuestro modo específico de ser discípulos de Jesús, de contribuir a la edificación del Reino de Dios, de caminar hacia la santidad a la que todo cristiano está llamado.

Los esposos cristianos, como afirma el Concilio Vaticano II, cumpliendo su deber conyugal y familiar, "se acercan cada vez más a su propia perfección y a su santificación mutua"

San Juan Pablo II
IV Encuentro Mundial de las Familias
25 de Enero de 2003
Fuente: El Camino de María

miércoles, 27 de agosto de 2014

Virgen del Magníficat

Oh Virgen Santísima Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, con alegría y admiración nos unimos a tu Magníficat, a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios, «cuya Misericordia se extiende de generación en generación», por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos, por su nombre llamados por Dios a vivir en comunión de amor y de santidad con Él y a estar fraternalmente unidos en la gran familia de los hijos de Dios, enviados a irradiar la luz de Cristo y a comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo.

Virgen del Magníficat, llena sus corazones de reconocimiento y entusiasmo por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido, con humildad y magnanimidad, «la esclava del Señor», danos tu misma disponibilidad para el servicio de Dios y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones a las inmensas perspectivas del Reino de Dios y del anuncio del Evangelio a toda criatura.

En tu Corazón de Madre están siempre presentes los muchos peligros y los muchos males que aplastan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Pero también están presentes tantas iniciativas de bien, las grandes aspiraciones a los valores, los progresos realizados en el producir frutos abundantes de salvación.

Virgen valiente, inspira en nosotros fortaleza de ánimo y confianza en Dios, para que sepamos superar todos los obstáculos que encontremos en el cumplimiento de nuestra misión. Enséñanos a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana y en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Dios, de los nuevos cielos y de la nueva tierra.

Tú que junto a los Apóstoles has estado en oración en el Cenáculo esperando la venida del Espíritu de Pentecostés, invoca su renovada efusión sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres, para que correspondan plenamente a su vocación y misión, como sarmientos de la verdadera vid, llamados a dar mucho fruto para la vida del mundo.

Virgen Madre, guíanos y sostennos para que vivamos siempre como auténticos hijos e hijas de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria. Amén.

San Juan Pablo II

domingo, 24 de agosto de 2014

Oración a San Juan Pablo II

¡Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo dónanos tu bendición.
Bendice a la Iglesia, que tú has amado, servido y guiado, animándola a caminar con coraje por los senderos del mundo para llevar a Jesús a todos, y a todos a Jesús.
Bendice a los jóvenes, que fueron tu gran pasión. Concédeles volver a soñar, volver a mirar hacia lo alto para encontrar la luz que ilumina los caminos de la vida en la tierra.
Bendice a las familias, ¡bendice cada familia! Tú advertiste el asalto de Satanás contra esta preciosa e indisoluble chispita de cielo que Dios encendió sobre la Tierra. San Juan Pablo, con tu oración protege las familias y a cada vida que brota en la familia.
Ruega por el mundo entero, todavía marcado por tensiones, guerras e injusticias. Tú te opusiste a la guerra invocando el diálogo y sembrando el amor: ruega por nosotros, para que seamos incansables sembradores de paz.
Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo, donde te vemos junto a María, haz descender sobre todos nosotros la bendición de Dios. Amén
Cadenal Angelo Comastri 

martes, 19 de agosto de 2014

Soy todo tuyo, María

Virgen María, Madre mía.
Me consagro a ti y confío en tus manos toda mi existencia.
Acepta mi pasado con todo lo que fue.
Acepta mi presente con todo lo que es.
Acepta mi futuro con todo lo que será.

Con esta total consagración, te confío cuanto tengo y cuanto soy, 
todo lo que he recibido de Dios.
Te confío mi inteligencia,
Mi voluntad, mi corazón.

Deposito en tus manos mi libertad;
mis ansias y mis temores;
mis esperanzas y mis deseos;
mis tristezas y mis alegrías.

Custodia mi vida y todos mis actos para que le sea más fiel al Señor,
y con tu ayuda alcance la salvación.

Te confío ¡Oh María!
Mi cuerpo y mis sentidos
para que se conserven puro
y me ayuden en el ejercicio de las virtudes.

Te confío mi alma para que Tú la preserves del mal.
Hazme partícipe de una santidad, igual a la tuya.
Hazme conforme a Cristo, ideal de mi vida.

Te confío mi entusiasmo
y el ardor de mi juventud,
Para que Tú me ayudes
a no envejecer en la fe.

Te confío mi capacidad y deseo de amar,
Enséñame y ayúdame a amar como Tú has amado
y como Jesús quiere que se ame.

Te confío mi incertidumbres y angustias,
para que en tu corazón yo encuentre
seguridad, sostén y luz,
en cada instante de mi vida.

Con esta consagración
me comprometo a imitar tu vida.
Acepto las renuncias y sacrificios
que esta elección comporta,

Y te prometo, con la gracia de Dios
y con tu ayuda,
ser fiel al compromiso asumido.
Oh María, soberana de mi vida
y de mi conducta

Dispón de mí y de todo lo que me pertenece,
para que camine siempre junto al Señor
bajo tu mirada de Madre.

¡Oh María!
Soy todo tuyo
y todo lo que poseo te pertenece
Ahora y siempre.
Amén

San Juan Pablo II

viernes, 15 de agosto de 2014

San Juan Pablo II y la Asunción de María

El Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, manifestó:

"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio" (JP II, 2-julio-97).

"Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos" (JP II , Audiencia General del 9-julio-97).

Continúa el Papa: "María Santísima nos muestra el destino final de quienes ‘oyen la Palabra de Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial" (JP II, 15-agosto-97)

lunes, 11 de agosto de 2014

María Santisima, Mujer Eucarística

«Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios” (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino. “Feliz la que ha creído” (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en “tabernáculo” - el primer “tabernáculo” de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como “irradiando” su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el Rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

San Juan Pablo II
(Fuente: "El Camino de María")

viernes, 8 de agosto de 2014

De San Juan Pablo II a los sacerdotes

Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida.

Convertirse significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros y, llamándonos por nuestro nombre, ha dicho: “Sígueme”.

Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos “ministros del Cristo y administradores de los misterios de Dios”.

Convertirse significa dar cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente “de modo humano” y no “divino”.  Recordemos a este propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro.

Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas espirituales y dar alegremente, porque “Dios ama al que da con alegría”.

Convertirse quiere decir “orar en todo tiempo y no desfallecer”. La oración es en cierta manera la primera y última condición de la conversión, del progreso espiritual y de la santidad. Es la oración la que señala el  estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura.

La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a Él. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana.

sábado, 2 de agosto de 2014

¡No tengáis miedo!

«El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una oración fervorosa, humilde y confiada:

 ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en servidor, y lo sea, de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más aún, siervo de tus siervos.

¡Hermanos y hermanas! ¡No tengan miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!

¡Ayuden al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!

¡No tengan miedo! ¡Abran -aún más- abran de par en par las puertas a Cristo!

Abran a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengan miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación.

Permitan, pues, -se lo ruego, lo imploro con humildad y con confianza- permitan que Cristo hable al hombre.

¡Sólo El tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!

Mi pensamiento se dirige ahora hacia el mundo de lengua española, una porción tan considerable de la Iglesia de Cristo. A vosotros, hermanos e hijos queridos, llegue en este momento solemne el afectuoso saludo del nuevo Papa. Unidos por los vínculos de una común fe católica, sed fieles a vuestra tradición cristiana, hecha vida en un clima cada vez más justo y solidario, mantened vuestra conocida cercanía al Vicario de Cristo y cultivad intensamente la devoción a nuestra Madre, María Santísima.

Y me dirijo una vez más a todos los hombres, a cada uno de los hombres - ¡y con qué veneración el apóstol de Cristo debe pronunciar esta palabra: hombre! - ¡Recen por mí! ¡Ayúdenme para que pueda servirlos! Amén».

San Juan Pablo II
(Homilía 22 de octubre de 1978)