sábado, 9 de junio de 2012

Juan Pablo II y la Eucaristía


Jesús está presente en la Eucaristía

¡No olvidéis que Jesús ha querido permanecer presente, personal y realmente, en la Eucaristía, misterio inmenso, pero realidad segura, para concretar de modo auténtico este amor suyo individual y salvífico!
-Roma, 11-III-1979-

¡Cristo vive!

Este mismo sacrificio redentor de Cristo se actualiza sacramentalmente en cada Misa que se celebra, quizá muy cerca de vuestros lugares de estudio y de trabajo. No es Jesús, por tanto, alguien que ha dejado de actuar en nuestra historia. ¡No! ¡Él vive! Y continúa buscándonos a cada uno para que nos unamos a Él cada día en la Eucaristía, también, si es posible, acercándonos -con el alma en gracia, limpia de todo pecado mortal- a la comunión.
-Buenos Aires, 11-IV-1987-

El momento de la despedida

¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman!

Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo es capaz de estos símbolos.

En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn. 13, l).

Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y su divinidad.
-Fortaleza (Brasil), 9-VII-1980-

Adorar a Cristo en el Sagrario

Cristo se queda en medio de nosotros. No sólo durante la Misa, sino también después, bajo las especies reservadas en el Sagrario. Y el culto eucarístico se extiende a todo el día, sin que se limite a la celebración del Sacrificio. Es un Dios cercano, un Dios que nos espera, un Dios que ha querido permanecer con nosotros. Cuando se tiene fe en esa presencia real, ¡qué fácil resulta estar junto a Él, adorando al Amor de los amores!, ¡qué fácil es comprender las expresiones de amor con que a lo largo de los siglos los cristianos han rodeado la Eucaristía!
-Lima, 15-VI-1988-

Jamás dejéis la misa dominical

Que vuestra fidelidad se manifieste especialmente en la participación litúrgica dominical y festiva: jamás dejéis la Santa Misa y, si os es posible, no dejéis jamás el encuentro con Cristo en la comunión eucarística.
-Velletri (Italia), 8-1X-1980-

Fuente: Web Católico de Javier
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miércoles, 6 de junio de 2012

Recuerdos de Don Estanislao


(…) Mi privilegio más grande fue el de poder estar durante treinta y nueve años al lado de Karol Wojtyla, primero como obispo metropolitano de Cracovia, y luego, a partir del 16 de octubre del año 1978, como Representante de Cristo en la tierra. Fui testigo cotidiano de su profunda fe, de su ardiente oración y de su incansable servicio a Dios y al ser humano. En él, todo se integró y concentró en ese servicio

El apostolado se volvió el contenido de su vida. Hizo realidad en su vida las palabras de San Pablo: “En realidad, ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor” (Romanos 14, 7-8). Juan Pablo II vivió y se empeñó para Dios y murió para Dios. Por esa razón, su vida, su servicio, y también su muerte bendita, enriquecieron a toda la Iglesia, consolidaron la fe de millones de hombres en el mundo entero. Y sigue invitando a la gente a la fe y a la santidad. El símbolo de su acción es la larga fila de todos los días a su tumba.

El contenido, el ideal de vida de Karol Wojtyla y Juan Pablo II fue Jesucristo. Él encontraba en el Maestro de Nazaret su identidad y su motivación más profunda para servir a los demás. Lo expresó en la primera encíclica de su pontificado, Redemptor hominis.

Igualmente la espiritualidad mariana del Papa fue profundamente cristológica. María lo condujo a su Hijo, pero también Jesús lo condujo a su Madre conforme al espíritu del Evangelio. Un símbolo particular mariano de Juan Pablo II fue el Rosario. Lo rezó constantemente. Me resulta difícil decir cuántas veces diarias. Con el Rosario “envolvía” diferentes asuntos que le concernían o le preocupaban, y muchas veces eran asuntos importantes y difíciles.

Juan Pablo II pasó a la historia del Rosario enriqueciéndolo con los misterios de luz. Porque quiso contemplar junto con María los misterios de la vida pública de Jesús. Como escribió en la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae: “Pasando de la infancia y de la vida en Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial “misterios de luz”.

En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es “la luz del mundo” (Juan 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el Evangelio del Reino. Por eso el Papa indicó a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios de luz–  de esta etapa de la vida de Cristo.

Además, otro signo de la piedad particular de Karol Wojtyla a María, desde los años más juveniles, fue el escapulario. Lo llevó durante toda la vida y se fue con él al otro mundo.

Tomado del libro “Juan Pablo II, su legado espiritual”
Escrito por Monseñor Estanislao Dziwisz
(secretario personal de Juan Pablo II por 39 años)
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miércoles, 30 de mayo de 2012

La Visitación de María a su prima Isabel


En el relato de la Visitación, Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de Su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios pare indicar la Resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7. 46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27­28; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

El texto evangélico refiere, además, que María realice el viaje "con prontitud" (Lc 1, 39). También la expresión "a la región montañosa" (Lc 1, 39), en el contexto de San Lucas, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: 'Ya reina tu Dios'!" (Is 52, 7).

Así como manifiesta San Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10, 15), así también San Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.

La dirección del viaje de la Virgen Santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la Misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el Modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: "Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que "cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno" (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a Su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y "quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: 'Bendita Tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno' " (Lc 1, 41­42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.

La exclamación de Isabel "con gran voz" manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de Su Hijo.

Isabel, proclamándola "Bendita entre las mujeres" indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que Ella es la que cree.

Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare ella su visita: "¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?" (Lc 1, 43). Con la expresión "mi Señor", Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. 1 R 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey­mesías (Sal 110, 1). El ángel había dicho de Jesús: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre" (Lc 1, 32). Isabel, "llena de Espíritu Santo", tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch 2, 34­36).

Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación la Virgen lleva el Cristo, que derrama el Espíritu Santo, a la madre del Bautista. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: "Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno" (Lc 1, 44). La intervención de María produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, esta destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

Beato Juan Pablo II
2 de octubre de 1996
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sábado, 26 de mayo de 2012

¡Ven Espíritu de amor y paz!

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino, guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva.

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo, ven y renueva la faz de la tierra. Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad, para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

¡Ven, Espíritu de amor y paz!

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia, haz que la riqueza de los carismas y ministerios contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo, y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados colaboren juntos en la edificación del único Reino de Dios.

Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz, suscita solidaridad para con los necesitados, da a los enfermos el aliento necesario, infunde confianza y esperanza en los que sufren, acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.

¡Ven, Espíritu de amor y paz!

Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón, orienta el camino de la ciencia y la técnica al servicio de la vida, de la justicia y de la paz. Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones. y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.

Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha, haznos dóciles a las muestras de tu amor y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos que Tú pones en el curso de la Historia.

¡Ven, Espíritu de amor y paz!

A Ti, Espíritu de amor, junto con el Padre omnipotente y el Hijo unigénito, alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Beato Juan Pablo II

Oración compuesta con ocasión del 2do. año del preparación al Jubileo del año 2000 dedicado al Espíritu Santo.



miércoles, 23 de mayo de 2012

Juan Pablo II, un gigante


Ciudad del Vaticano , 21 May. 12 (AICA) 

En el Salón Deskur de la sede del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales se proyectó el filme “Un Gigante”, dedicado a la figura de Juan Pablo II de Italo Moscati producido en colaboración con el Centro Televisivo Vaticano y la RAI, radio televisión italiana, que utiliza las imágenes en 3D de la beatificación del Papa Wojtyla, presidida por Benedicto XVI el 1º de mayo del 2011 en la Plaza de San Pedro, alternadas con imágenes en 2D que recorren la vida de Karol Wojtyla y su ministerio apostólico durante los casi 27 años de Pontificado.

El filme tiene una duración de 22 minutos y ya había sido presentado el pasado 14 de marzo durante una conferencia de prensa, fue transmitido el 1º de abril en el marco del séptimo aniversario de la muerte de Juan Pablo II, en un especial televisivo.

En la proyección participaron los cardenales Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, el arzobispo Claudio Maria Celli, presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, y el director del Centro Televisivo Vaticano,  padre Federico Lombardi, quien destacó que como comunicadores de realidades con significado religioso y espiritual es necesario ser muy sensibles a la relación entre una técnica comunicativa tendiente a caer en lo espectacular, y el mensaje profundo que el hecho quiere comunicar.

El padre Lombardi destacó que es una tarea decisiva el hacer que el mundo en 3D tenga la posibilidad de ofrecer en un futuro también espacio para una presencia religiosa.
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domingo, 20 de mayo de 2012

La Ascensión, misterio anunciado


En los misterios gloriosos del Rosario reviven las esperanzas del cristiano: las esperanzas de la vida eterna que comprometen la omnipotencia de Dios y las expectativas del tiempo presente que obligan a los hombres a colaborar con Dios. En Cristo Resucitado resurge el mundo entero y se inauguran los cielos nuevos y la tierra nueva que llegarán a cumplimiento a su vuelta gloriosa, cuando «la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado» (Ap 21, 4).

En la Ascensión de Cristo al Cielo, se exalta a la naturaleza humana que se sienta a la diestra de Dios, y se da a los discípulos la consigna de evangelizar al mundo. Además, al subir Cristo al Cielo, no se eclipsa de la tierra, sino que se oculta en el rostro de cada hombre, especialmente de los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los perseguidos...

Al infundir el Espíritu Santo en Pentecostés, dio a los discípulos la fuerza de amar y difundir la verdad, pidió comunión en la construcción de un mundo digno del hombre redimido y concedió capacidad de santificar todas las cosas con la obediencia a la voluntad del Padre celestial. De este modo encendió de nuevo el gozo de donar en el ánimo de quien da, y la certeza de ser amado en el corazón del desgraciado.

En la gloria de la Virgen elevada al Cielo, contemplamos entre otras cosas la sublimación real de los vínculos de la sangre y los afectos familiares, pues Cristo glorificó a María no sólo por ser inmaculada y arca de la presencia divina, sino también por honrar a su Madre como Hijo. No se rompen en el Cielo los vínculos santos de la tierra; por el contrario, en los cuidados de la Virgen Madre elevada para ser Abogada y protectora nuestra y tipo de la Iglesia victoriosa, descubrimos también el modelo inspirador del amor solícito de nuestros queridos difuntos hacia nosotros, amor que la muerte no destruye, sino que acrecienta a la Luz de Dios.

Y, finalmente, en la visión de María ensalzada por todas las criaturas, celebramos el misterio escatológico de una humanidad rehecha en Cristo en unidad perfecta, sin divisiones ya ni otra rivalidad que no sea la de aventajarse en amor uno a otro. Porque Dios es Amor.

Así es que en los misterios del Santo Rosario contemplamos y revivimos los gozos, dolores y gloria de Cristo y su Madre Santa, que pasan a ser gozos, dolores y esperanzas del hombre.

Beato Juan Pablo II
Ángelus . 6 de noviembre, 1983

Tomado de “El camino de María”
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jueves, 17 de mayo de 2012

A 92 años de su nacimiento



El 18 de Mayo de 1920, en Wadowice, cerca de Cracovia, Polonia, nació Karol Jósef Wojtyla, quien en Octubre de 1978 llegaría a ocupar el Trono de Pedro al ser elegido Papa, adoptando el nombre de Juan Pablo II.


En este modesto blog destinado a exaltar su memoria para aprender de su constante ejemplo de vida y santidad, queremos presentar a continuación tres videos acerca de su vida que fueron realizados en 1994 (once años antes de su muerte) por ABC News.

miércoles, 9 de mayo de 2012

25 años de la Visita de Juan Pablo II a Argentina


Con motivo de los 25 años de la segunda visita de Juan Pablo II a la Argentina, los Obispos realizaron una Misa de Acción de Gracias. El siguiente es el texto de la Homilía realizada por Mons. Héctor Luis Villalba, Arzobispo Emérito de Tucumán

La visita del Beato Juan Pablo II a nuestro país fue una gracia singular. Estuvo entre nosotros del 6 al 12 de abril de 1987. El magisterio y la actividad que desplegó nos llaman la atención. Recorrió diez diócesis y pronunció veintisiete discursos.

Su paso dejó una huella profunda. Su presencia y su palabra, a través de la radio y la televisión llegaron a todos los rincones. Nuestro Pueblo recorrió en su persona el Vicario de Cristo y ha escuchado de sus labios la palabra del Señor. El Papa vino a la Argentina para darnos nuevos motivos de esperanza.

Descubrimos los gestos de delicadeza del Papa, como cuando secó las lágrimas de aquel rostro con sus propias manos, al amor preferencial que tiene por los enfermos, los ancianos y los niños. Recibimos el testimonio del Papa orante.  Una oración constante, una oración que contagia. El papa, como Jesús, nos enseña a rezar.

Juntos a los gestos elocuentes, nos dejo su enseñanza. Juan Pablo II nos dijo que venía para “que la semilla del Evangelio penetre más profundamente en todos los ambientes de esta noble y fecunda tierra argentina”.

El 12 de abril nos habló a los obispos. Comenzó diciendo que “Este encuentro ya casi en las últimas horas de mi permanencia en vuestro país, quiere ser un momento análogo a aquél que Jesús quiso compartir con sus Apóstoles cuando después de la misión de los a las aldeas de Israel, los invitó a un lugar retirado, cerca de Betsaida para hacerles descansar y quedarse a solas con ellos: Vengan ustedes solos a un lugar desierto para descansar un poco. Hoy es el mismo Jesús quien nos convoca y nos reúne; el mismo Jesús está en medio de nosotros para guiarnos con su luz y su gracia”.

Nos dijo en esa oportunidad. “Quiero recordaros, en nombre del Señor, algo que está muy dentro de vuestro corazón sacerdotal: el presente y el futuro de la evangelización de Argentina está en vuestras manos”.

Y agregó el Papa: “la evangelización ha de apoyarse, como es su fundamento en vuestra unidad de Pastores, modelo y causa visible de la comunión eclesial recordad la plegaria del Señor Jesús que dirigió al Padre por los Apóstoles: Que todos sean uno: como tú Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Estas palabras contienen la voluntad divina de unidad para los Apóstoles y para los Sucesores, los Obispos: unidad de pensamiento, de palabra, de sentimiento y de acción entre todos los obispos, miembros de un mismo colegio, cuya cabeza visible es el Papa”.

El 10 de abril en el estadio de Vélez Sársfield tuvo lugar el encuentro con los sacerdotes, los consagrados y los agentes de pastoral de todo el país. En la homilía de la Misa nos dijo: “Iglesia en Argentina ¡Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor alborea sobre ti!” (cf. Is. 60,1).

Sin dudas que uno de los frutos de la visita del papa a la Argentina son Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. A menos de un mes de la partida del Papa, el 3 de mayo, se realiza la Asamblea Episcopal. En la declaración conclusiva: “Iglesia en Argentina ¡levántate!: Se decide proyectar líneas fundamentales para la nueva evangelización, con la participación de todo el Pueblo de Dios.

Fue  conmovedor como el domingo de Pascua de 2005, marcado por el sufrimiento, el Papa Juan Pablo II se asomó a la ventana de su escritorio en la Plaza San Pedro e  impartió, por última vez, su bendición.

Pidamos ahora, asomado a la ventana de la casa del Padre no bendiga desde el cielo.
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miércoles, 25 de abril de 2012


Dios, creador del cielo y de la tierra, Padre de Jesús y Padre nuestro

Bendito seas Señor, Padre que estás en el Cielo, porque en tu infinita Misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y Redentor. Gracias, Padre bueno, por el don de este año; haz que sea un tiempo favorable, el año del gran retorno a la casa paterna, donde Tú, lleno de Amor, esperas a tus hijos descarriados para darles el abrazo del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos con el traje de fiesta.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre Clemente, que en este año se fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo: que los discípulos de Cristo promuevan la justicia y la paz; se anuncie a los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir su amor de predilección a los pequeños y marginados.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre Justo, que este año sea una ocasión propicia para que todos los católicos descubran el gozo de vivir en la escucha de tu Palabra, abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la comunión fraterna partiendo juntos el pan y alabándote con himnos y cánticos espirituales.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre Misericordioso, que este año sea un tiempo de apertura, de diálogo y de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los miembros de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu Misericordia con todos.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre Omnipotente, haz que todos tus hijos sientan que en su caminar hacia Ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosamente la Virgen María, icono del Amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de la Iglesia.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

A Ti, Padre de la vida, Principio sin principio, suma Bondad y eterna Luz, con el Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y gratitud por los siglos sin fin. Amén.

Juan Pablo II
Oración para la celebración del Gran Jubileo del año 2000
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domingo, 22 de abril de 2012

María Mediadora


Entre los títulos atribuidos a María en el culto de la Iglesia, el capítulo VIII de la Lumen gentium recuerda el de «Mediadora». Aunque algunos padres conciliares no compartían plenamente esa elección (cf. Acta Synodalia III, 8, 163-164), este apelativo fue incluido en la constitución dogmática sobre la Iglesia, confirmando el valor de la verdad que expresa. Ahora bien, se tuvo cuidado de no vincularlo a ninguna teología de la mediación, sino sólo de enumerarlo entre los demás títulos que se le reconocían a María.

El mismo Concilio quiso responder a las dificultades manifestadas por algunos padres conciliares sobre el término «Mediadora», afirmando que María «es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61). Recordemos que la mediación de María es cualificada fundamentalmente por su maternidad divina. Además, el reconocimiento de su función de mediadora está implícito en la expresión «Madre nuestra», que propone la doctrina de la mediación mariana, poniendo el énfasis en la maternidad. Por último, el título «Madre en el orden de la gracia» aclara que la Virgen coopera con Cristo en el renacimiento espiritual de la humanidad.

La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo. En efecto, el Concilio, después de haberse referido a María «mediadora», precisa a renglón seguido: «Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador» (ib., 62). Y cita, a este respecto, el conocido texto de la primera carta a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2,5-6).

Así pues, lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia. «En efecto, todo el influjo de la santísima Virgen en la salvación de los hombres no tiene su origen en ninguna necesidad objetiva, sino en que Dios lo quiso así. Brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (ib.).

Al proclamar a Cristo único Mediador (cf. 1 Tm 2,5-6), el texto de la carta de san Pablo a Timoteo excluye cualquier otra mediación paralela, pero no una mediación subordinada. En efecto, antes de subrayar la única y exclusiva mediación de Cristo, el autor recomienda «que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres» (1 Tm 2,1). ¿No son, acaso, las oraciones una forma de mediación? Más aún, según san Pablo, la única mediación de Cristo está destinada a promover otras mediaciones dependientes y ministeriales. Proclamando la unicidad de la de Cristo, el Apóstol tiende a excluir sólo cualquier mediación autónoma o en competencia, pero no otras formas compatibles con el valor infinito de la obra del Salvador.

¿Qué es, en verdad, la mediación materna de María sino un don del Padre a la humanidad? Por eso, el Concilio concluye: «La Iglesia no duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la recomienda al corazón de sus fieles» (ib.).

María realiza su acción materna en continua dependencia de la mediación de Cristo y de él recibe todo lo que su corazón quiere dar a los hombres. La Iglesia, en su peregrinación terrena, experimenta «continuamente» la eficacia de la acción de la «Madre en el orden de la gracia».

Catequesis de Juan Pablo II (1-X-97) 
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sábado, 14 de abril de 2012

Domingo de la Misericordia Divina


En la meditación antes del rezo del Regina Coeli del Domingo 23 de abril de 1995, Juan Pablo II expresó:

«Hoy concluye la octava de Pascua, durante la cual la Iglesia repite con júbilo las palabras del salmo: «Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118, 24). Toda la octava es como un único día, el día nuevo, el día de la nueva creación. Venciendo la muerte Cristo creó un mundo nuevo (cf. Ap 21, 5). De la Pascua brotan para los creyentes novedad de vida, paz y alegría.

Sin embargo, la paz y la alegría de la Pascua no son sólo para la Iglesia: son para el mundo entero. La alegría es la victoria sobre el miedo, sobre la violencia y sobre la muerte. La paz es lo contrario de la angustia. Saludando a los Apóstoles atemorizados y desalentados por su pasión y muerte, el Resucitado les dice: «La paz con vosotros» (Jn 20, 19). Cuando Cristo se aparece a san Juan en la isla de Patmos, le dirige esta invitación: «No temas, soy Yo, el Primero y el Último, el que Vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 17-18).

La Pascua vence el miedo del hombre, porque da la única respuesta verdadera a uno de sus problemas mayores: la muerte. La Iglesia, anunciando la Resurrección de Jesús, quiere transmitir a la humanidad la fe en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. El anuncio cristiano es esencialmente evangelio de la vida.

«Dad gracias al Señor porque es bueno» (Sal 118, 1). Este domingo es, de modo particular, un día de acción de gracias por la bondad que Dios muestra al hombre en todo el misterio pascual. Por eso se le llama  Domingo de la Misericordia Divina. En su esencia, la Misericordia de Dios, como ayuda a comprender mejor la experiencia mística de Faustina Kowalska, revela precisamente esta verdad: el bien vence al mal, la vida es más fuerte que la muerte y el Amor de Dios es más poderoso que el pecado. Todo esto se manifiesta en el misterio pascual de Cristo. Aquí Dios se muestra como es: un Padre de infinita ternura, que no se rinde frente a la ingratitud de sus hijos, y que siempre está dispuesto a perdonar.

Debemos experimentar personalmente esta Misericordia, si queremos ser también nosotros misericordiosos. ¡Aprendamos a perdonar! Sólo el milagro del perdón puede interrumpir la espiral del odio y de la violencia, que ensangrienta el camino de tantas personas y de tantas naciones.

Que María obtenga a toda la humanidad este don de la Misericordia divina, para que los hombres y los pueblos, tan probados por enfrentamientos y guerras fratricidas, venzan el odio y adopten actitudes concretas de reconciliación y de paz"
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sábado, 7 de abril de 2012

Ha resucitado ¡Aleluya!


"Ha resucitado del sepulcro el Señor, que por nosotros fue colgado de la cruz" ¡Aleluya! Resuena alegre el anuncio pascual: ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! El que "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado", Jesús, el Hijo de Dios nacido de la Virgen María, "resucitó al tercer día, según las Escrituras" (Credo).

Este anuncio es el fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían a todos como rehenes. Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

"¡Paz a vosotros!" (Jn 20,19.20). Éste es el primer saludo del Resucitado a sus discípulos; saludo que hoy repite al mundo entero. ¡Oh Buena Noticia tan esperada y deseada! ¡Oh anuncio consolador para quien está oprimido bajo el peso del pecado y de sus múltiples estructuras! Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, proclamamos hoy la esperanza de la paz, de la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad.

"Pacem en terris....". "La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse sino se respeta fielmente el orden establecido por Dios" (Enc. Pacem in terris, Introd.). Con estas palabras comienza la histórica Encíclica, con la cual hace cuarenta años el beato Papa Juan XXIII indicó al mundo el camino de la paz. Son palabras actuales como nunca al alba del tercer milenio, tristemente oscurecido por violencias y conflictos.

Que se trunque la cadena del odio que amenaza el desarrollo ordenado de la familia humana. Que Dios nos conceda ser liberados del peligro de un dramático choque entre las culturas y las religiones. Que la fe y el amor a Dios hagan a los creyentes de cada religión valientes artífices de comprensión y perdón, pacientes constructores de un provechoso diálogo interreligioso, que inaugure un era nueva de justicia y de paz.

Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo repite a los hombres de nuestro tiempo: "¡Ánimo, soy yo, no temáis!" (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Aunque parezco muy oscuro el horizonte de la humanidad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la alegría pascual. Si un viento contrario obstaculiza el camino de los pueblos, si se hace borrascoso el mar de la historia, ¡que nadie ceda al desaliento y a la desconfianza! Cristo ha resucitado; Cristo está vivo entre nosotros; realmente presente en el sacramento de la Eucaristía, Él se ofrece como Pan de salvación, como Pan de los pobres, como Alimento de los peregrinos.

¡Oh divina presencia de amor, oh vivo memorial de Cristo nuestra Pascua, Tú eres viático para los que sufren y los que mueren, para todos eres prenda segura de vida eterna! María, primer tabernáculo de la historia, Tú, testigo silencioso de los prodigios pascuales, ayúdanos a cantar con la vida tu mismo "Magnificat" de alabanza y agradecimiento, porque hoy "ha resucitado del sepulcro el Señor, que por nosotros fue colgado de la cruz".

Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. Ha resucitado. ¡Aleluya!

Beato Juan Pablo II
Homilía 20-Abril-2003
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