En los últimos
años de su pontificado, cuando su salud estaba muy deteriorada, varias veces le
preguntaron al papa Juan Pablo II por qué no renunciaba... Y la respuesta de él siempre era la misma: “SI
CRISTO NO SE BAJÓ DE LA CRUZ, YO NO ME BAJARÉ DE LA MÍA”
viernes, 14 de septiembre de 2018
miércoles, 29 de agosto de 2018
San Juan Pablo II habla sobre Santa Rosa de Lima
Queridísimos hermanos y hermanas, reanudando nuestra
peregrinación espiritual por los santuarios del continente americano, con
motivo del V Centenario de la evangelización, vamos hoy a Lima, capital del
Perú, para visitar el templo dedicado a santa Rosa.
Joven mestiza, enamorada de Cristo y de su cruz, Rosa
representa una primicia de santidad florecida en América precisamente en el
alba del anuncio del Evangelio. El santuario dedicado a ella, meta de
constantes peregrinaciones, lo forman la iglesia, el jardín y la casa en la
cual vivió y murió el 24 de agosto de 1617, cuando tenía poco más de 30 años.
Muy jovencita aún Rosa vistió el hábito de la Tercera
Orden de Santo Domingo. En el jardín de su casa ella misma construyó una
ermita, donde se dedicó a la oración y a la penitencia, realizando notables
progresos en el camino de la virtud y de la contemplación de los misterios
divinos. La ermita se transformó en un grandioso templo, recientemente
inaugurado.
Primera santa de América, Rosa de Lima, con su vida
sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre
los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida
evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido
y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio.
La próxima Conferencia de Santo Domingo ha de recordar
a las santas y santos latinoamericanos y proclamar con énfasis que el fruto más
luminoso de la evangelización es la santidad. Que la Iglesia en América Latina,
en continuidad con estos quinientos años de fe que celebramos, siga siendo
madre de numerosos y fieles discípulos de Cristo.
Lo pedimos a María, que ha sido la primera
evangelizadora de ese continente rico de posibilidades y esperanzas para la
difusión del mensaje evangélico.
San Juan Pablo II
(Fuente Aciprensa)
martes, 14 de agosto de 2018
La Asunción de María en la catequesis de San Juan Pablo II
En la línea de
la bula Munificentissimus Deus, de mi
venerado predecesor Pío XII, el concilio Vaticano II afirma que la Virgen
Inmaculada «terminado el curso de su vida en la tierra fue llevada en cuerpo y
alma a la gloria del cielo» (Lumen gentium, 59).
Los padres
conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos
que mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con
su cuerpo. Se trata de una creencia milenaria, expresada también en una larga
tradición iconográfica, que representa a María cuando «entra» con su cuerpo en
el cielo.
El dogma de la
Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En
efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá
lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó
por singular privilegio.
El 1-Nov-1950,
al definir el dogma de la Asunción, Pío XII no quiso usar el término
«resurrección» y tomar posición con respecto a la cuestión de la muerte de la
Virgen como verdad de fe. La bula Munificentissimus
Deus se limita a afirmar la elevación del cuerpo de María a la gloria
celeste, declarando esa verdad «dogma divinamente revelado».
¿Cómo no notar
aquí que la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del
pueblo cristiano, el cual, afirmando el ingreso de María en la gloria celeste,
ha querido proclamar la glorificación de su cuerpo?
El primer
testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos
apócrifos, titulados «Transitus Mariae»,
cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II-III. Se trata de
representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan
una intuición de fe del pueblo de Dios.
[…] En mayo de
1946, con la encíclica Deiparae Virginis
Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los obispos y,
a través de ellos a los sacerdotes y al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y
la oportunidad de definir la asunción corporal de María como dogma de fe. El
recuento fue ampliamente positivo: sólo seis respuestas, entre 1.181,
manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado de esa verdad.
Citando este
dato, la bula Munificentissimus Deus
afirma: «El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia
proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la asunción corporal
de la santísima Virgen María al cielo (...) es una verdad revelada por Dios y
por tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia»
(AAS 42 [1950], 757).
La definición
del dogma, de acuerdo con la fe universal del pueblo de Dios, excluye
definitivamente toda duda y exige la adhesión expresa de todos los cristianos.
Después de
haber subrayado la fe actual de la Iglesia en la Asunción, la bula recuerda la
base escriturística de esa verdad.
El Nuevo
Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su
fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la santísima
Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde la
prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la
misión de su Hijo y, sobre todo en su asociación al sacrificio redentor no
puede por menos de exigir una continuación después de la muerte. María,
perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su
destino celeste en alma y cuerpo.
La citada bula Munificentissimus Deus, refiriéndose a
la participación de la mujer del Protoevangelio en la lucha contra la serpiente
y reconociendo en María a la nueva Eva, presenta la Asunción como consecuencia
de la unión de María a la obra redentora de Cristo. Al respecto afirma: «Por
eso, de la misma manera que la gloriosa resurrección de Cristo fue parte
esencial y último trofeo de esta victoria, así la lucha de la bienaventurada
Virgen, común con su Hijo, había de concluir con la glorificación de su cuerpo
virginal» (AAS 42 [1950], 768).
La Asunción es,
por consiguiente, el punto de llegada de la lucha que comprometió el amor
generoso de María en la redención de la humanidad y es fruto de su participación
única en la victoria de la cruz.
San Juan Pablo
II
Año 1997
miércoles, 1 de agosto de 2018
María, Reina del Santo Rosario
El Santo
Rosario es una oración que se refiere a María unida a Cristo en su misión
salvífica.
Al mismo tiempo
es una oración a María, nuestra mejor Mediadora ante el Hijo.
También el
Rosario es una oración que de modo especial rezamos con María, lo mismo que
oraban juntos con Ella los Apóstoles en el Cenáculo, preparándose para recibir
el Espíritu Santo.
Al respecto San
Juan Pablo II expresaba lo siguiente en su alocución del 28 de octubre de 1981.
Al rezar el
Santo Rosario, penetramos en los misterios de la vida de Jesús, que son, a la
vez, los misterios de su Madre.
Esto se
advierte muy claramente en los misterios gozosos, comenzando por la
Anunciación, pasando por la Visitación y el Nacimiento en la noche de Belén, y
luego por la Presentación del Señor, hasta su encuentro en el Templo, cuando
Jesús tenía ya 12 años.
Aunque pueda
parecer que los misterios dolorosos no nos muestran directamente a la Madre de
Jesús -con excepción de los dos últimos: el Vía Crucis y la Crucifixión-, sin
embargo, ¿podemos pensar que estuviese espiritualmente ausente la Madre, cuando
su Hijo sufría de modo tan terrible en Getsemaní, en la flagelación y en la
coronación de espinas?
Y los misterios
gloriosos son también misterios de Cristo, en los que encontramos la presencia
espiritual de María, el primero entre todos el Misterio de la Resurrección. Al
hablar de la Ascensión, la Sagrada Escritura no menciona la presencia de María,
pero, ¿pudo no estar ella presente, si inmediatamente después leemos que se
hallaba en el Cenáculo con los mismos Apóstoles, que habían despedido poco
antes a Cristo que subía al cielo? Con ellos se prepara María a la venida del
Espíritu Santo y participa en la misma el día de Pentecostés. Los dos últimos
misterios gloriosos orientan nuestro pensamiento directamente a la Madre de
Dios, cuando contemplamos su Asunción y Coronación en la gloria celeste.
Que María,
«Reina del Santo Rosario», nos ayude a meditar en nuestro corazón y a
comprender con nuestra inteligencia, los distintos textos sobre el Santo
Rosario.
martes, 26 de junio de 2018
Oración a la Virgen del Perpetuo Socorro
Te invocamos
Oh Virgen del
Perpetuo Socorro,
Madre Santa del
Redentor,
socorre a Tu
pueblo,
que anhela
resurgir.
Da a todos el
gozo de trabajar
por la
construcción del Reino
en consciente y
activa solidaridad
con los más
pobres,
anunciando de
modo nuevo y valiente
el Evangelio de
Tu Hijo.
Él es
fundamento y cima
de toda
convivencia humana
que aspire a
una paz verdadera,
estable y
justa.
Como el Niño
Jesús,
que admiramos
en este venerado Icono,
también
nosotros
queremos
estrechar Tu mano derecha.
A Ti no te
falta poder ni bondad
para
socorrernos
en las más
diversas necesidades
y
circunstancias de la vida.
La hora actual
es Tu Hora
Ven, pues, en
ayuda nuestra
y sé para todos
socorro,
refugio y
esperanza Amén.
San Juan Pablo II
Santuario
de San Alfonso
Junio
de 1991
domingo, 3 de junio de 2018
"Adoremos, postrados, tan gran Sacramento"
Hoy la Iglesia
muestra al mundo el Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo. E invita a adorarlo:
“Venite, adoremus, Venid, adoremos” La mirada de los creyentes se concentra en
el Sacramento, donde Cristo se nos da totalmente a sí mismo: cuerpo, sangre,
alma y divinidad. Por eso siempre ha sido considerado el más santo: el
"santísimo Sacramento", memorial vivo del sacrificio redentor.
En la
solemnidad del Corpus Christi volvemos a aquel "jueves" que todos
llamamos "santo", en el que el Redentor celebró su última Pascua con
los discípulos: fue la última Cena, culminación de la cena pascual judía e
inauguración del rito eucarístico. Por eso, la Iglesia, desde hace siglos, ha
elegido un jueves para la solemnidad del Corpus Christi, fiesta de adoración,
de contemplación y de exaltación. Fiesta en la que el pueblo de Dios se
congrega en torno al tesoro más valioso que heredó de Cristo, el sacramento de
su misma presencia, y lo alaba, lo
canta, lo lleva en procesión por las calles de la ciudad.
En la santa
Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros. En
el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los
evangelios, que los discípulos encontraron y siguieron, que vieron crucificado
y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando:
"Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28; cf. 20, 17-20).
En el
Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la
profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su
tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con
nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos
el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf.
Jn 20, 21-23).
En su cuerpo y
en su sangre se manifiesta el rostro invisible de Cristo, el Hijo de Dios, con
la modalidad más sencilla y, al mismo tiempo, más elevada posible en este
mundo. A los hombres de todos los tiempos, que piden perplejos: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21),
la comunidad eclesial responde repitiendo el gesto que el Señor mismo realizó
para los discípulos de Emaús: parte el pan. Al partir el pan se abren los ojos
de quien lo busca con corazón sincero. En la Eucaristía la mirada del corazón
reconoce a Jesús y su amor inconfundible, que se entrega "hasta el
extremo" (Jn 13, 1). Y en él, en ese gesto suyo, reconoce el rostro de
Dios.
Con este pan
nos alimentamos para convertirnos en testigos auténticos del Evangelio.
Necesitamos este pan para crecer en el amor, condición indispensable para
reconocer el rostro de Cristo en el rostro de los hermanos.
San
Juan Pablo II
Corpus Christi 2001
miércoles, 30 de mayo de 2018
San Juan Pablo II y la Visitación de María
"...Es
siempre sugestivo este momento de fe y devoto homenaje a María Santísima con
que concluye el mes de mayo, mes mariano" -expresó San Juan Pablo II en la Audiencia General del
31 de mayo de 2000-. En este acontecimiento -continuó San Juan Pablo II-, se
refleja una "Visitación" más profunda: la de Dios a su pueblo,
saludada por el júbilo del pequeño Juan, el mayor entre los nacidos de mujer
(cf. Mt 11, 11) ya desde el seno materno. Así, el mes mariano concluye bajo el
signo del "gaudium", segundo misterio "gozoso", es decir,
de la alegría, del júbilo..."
¡Dichosa Tú que
has creído!
Tú que has
creído con fe rebosante de alegría en la Anunciación, Visitación, Natividad,
Presentación en el Templo y Encuentro en el Templo.
Tú que has
creído con fe impregnada de dolor en toda la Pasión de Getsemaní, flagelación,
coronación de espinas, Via Crucis y al pie de la Cruz del calvario.
Tú que has
creído con la fe de una gloria incipiente en la glorificación de tu Hijo, en la
Resurrección, Ascensión y Pentecostés.
Tú, cuya fe se
cumplía en la Asunción.
¡Madre nuestra
adornada con la corona de la gloria celestial, ruega por nosotros!
(San Juan Pablo
II. Ángelus 14-octubre-1984) Fuente: El Camino de María
sábado, 19 de mayo de 2018
Ven, Espíritu de amor y de paz
Esta oración fue compuesta por San Juan Pablo II con ocasión del
segundo año de preparación al Jubileo del año 2000.
Espíritu Santo, dulce huésped del alma, muéstranos el sentido profundo
del gran Jubileo y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con la fe, en la
esperanza que no defrauda, en la caridad que no espera recompensa.
Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios, memoria y
profecía de la Iglesia, dirige la Humanidad para que reconozca en Jesús de
Nazaret el Señor de la gloria, el Salvador del mundo, la culminación de la
Historia.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu creador, misterioso artífice del Reino, guía la Iglesia con la
fuerza de tus santos dones para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva.
Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo, ven y
renueva la faz de la tierra. Suscita en los cristianos el deseo de la plena
unidad, para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad del género humano.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia, haz que la riqueza
de los carismas y ministerios contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo, y
que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados colaboren juntos en
la edificación del único Reino de Dios.
Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz, suscita
solidaridad para con los necesitados, da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren, acrecienta en todos el
compromiso por un mundo mejor.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón, orienta el
camino de la ciencia y la técnica al servicio de la vida, de la justicia y de
la paz. Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones. y que las
diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.
Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne en el seno de la
Virgen, mujer del silencio y de la escucha, haznos dóciles a las muestras de tu
amor y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos que Tú pones en el
curso de la Historia.
Ven, Espíritu de amor y de paz.
A Ti, Espíritu de amor, junto con el Padre omnipotente y el Hijo
unigénito, alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
sábado, 12 de mayo de 2018
San Juan Pablo II salvado por la Virgen de Fátima
El 13 de mayo de 1981 san Juan Pablo II sintió haber
sido milagrosamente salvado de la muerte gracias a la intervención de “una mano
maternal”, como él mismo dijo, y todo su pontificado estuvo marcado por lo que
la Virgen había preanunciado en Fátima.
En 1982, un año
después, en el primer aniversario del atentado de Alí Agca, el Pontífice polaco
viajó a Portugal para dar las gracias a María Santísima por haberle salvado la
vida y para ofrecerle aquella bala que debía haberle llevado a la muerte.
El fatídico
atentado se produjo a las cinco y diecisiete minutos de la tarde del 13 de
mayo, cuando Karol Wojtyla celebraba la audiencia general de los miércoles. El
terrorista turco, que se encontraba en la Plaza de San Pedro, le disparó cuatro
tiros, de los cuales dos le alcanzaron.
Uno le hirió en
la mano izquierda, le perforó el bajo vientre, atravesó el hueso sacro y se
incrustó en el suelo del vehículo papal. El proyectil pasó a pocos milímetros
de la arteria aorta y le rozó la espina dorsal. El otro proyectil le rozó un
codo e hirió a dos mujeres.
Cuando Juan
Pablo II visitó a Alí Agca en la cárcel, éste le preguntó por qué no había
muerto si él era un buen tirador y había apuntado al pecho. “Porque usted no
tuvo en cuenta a la Virgen de Fátima”, le respondió el Pontífice polaco.
Los médicos del
Papa Wojtyla y su secretario –en cuyos brazos se había desplomado cuando
recibió el impacto de las balas– coincidieron en señalar que fue algo
milagroso. Pocos días más tarde, el mismo Juan Pablo II fue más explícito al
respecto cuando dijo: “Una mano disparó y otra guió la bala”.
El Pontífice
polaco regresó a Fátima el 13 de mayo de 1991 para conmemorar el décimo
aniversario del intento de asesinato. Durante su peregrinación volvió
nuevamente a agradecer a la Virgen su mediación maternal.
Juan Pablo II
acudió por tercera vez a Fátima para beatificar a Francisco y Jacinta Marto en
el 2000. Estando allí, ante más de medio millón de fieles, ordenó desvelar el
tercer secreto escrito por sor Lucía, uno de los tres pastorcillos a los que se
les apareció la Virgen en 1917, referido a un “obispo vestido de blanco”.
- Zenit
lunes, 7 de mayo de 2018
Consagración de Argentina a la Virgen de Luján por San Juan Pablo II
1. ¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del
Redentor!
Ante tu imagen
de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, Patrona de Argentina, me
postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria
querida, cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes
de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en
la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los
jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y
de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la
historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que
abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la
Palabra, con tu cooperación maternal.
2. ¡Dichosa tú porque has creído!
En el día del
triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado
como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los
humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas,
y esperan de Él la salvación. Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen
del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida
siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.
3. ¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!
Te acogemos en
nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y
en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque
eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.
Te encomiendo y
te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las
esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las
familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la
plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin
desfallecimiento los valores del espíritu.
Te encomiendo a
todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que
la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes
ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la
Vida.
Haz que
Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a
Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.
4. ¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!
Te encomiendo a
todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores
del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad
y entre la juventud.
Haz que, con la
ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de
Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.
Haz que, como
Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia
saladora en nuestro mundo Aquel que, por tu amor de Madre, es para siempre el
Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su
resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos.
Amén.
San
Juan Pablo II
Buenos Aires, Argentina
Domingo 12 de abril de 1987
martes, 1 de mayo de 2018
San Juan Pablo II y la Virgen María
Al iniciarse el
Mes de María, recopilamos diez reflexiones breves sobre Ella, de San Juan Pablo
II, el papa que tan devoto fuera de le Santísima Virgen:
“En el rostro
materno de María los cristianos reconocen una expresión particularísima del
amor misericordioso de Dios que, con la mediación de una presencia materna,
hace comprender mejor su propia solicitud y bondad de Padre”.
“En el Verbo
encarnado y en María Santísima la distancia infinita entre el Creador y la
criatura se ha transformado en máxima cercanía. Ellos son el espacio santo de
las misteriosas bodas de la naturaleza divina con la humana, el lugar donde la
Trinidad se manifiesta por vez primera y donde María representa a la humanidad
nueva, dispuesta a reanudar, con amor obediente, el diálogo de la alianza”.
“María nos
enseña que para llevar al mundo la paz y la alegría es preciso acoger antes en
el corazón al Príncipe de la paz y fuente de la alegría: Jesucristo”.
María, la
Virgen Madre de Dios y de los hombres, no sólo es un modelo que se debe imitar,
sino también una dulce presencia de Madre y Hermana en la que se puede confiar”.
“La sublime
belleza de la Virgen inmaculada, reflejo de la de Cristo, es para todos los
creyentes prenda de la victoria de la gracia divina sobre el pecado y la muerte”.
“Madre de la
Iglesia, tú eres la inmaculada sensibilidad del corazón humano, con respecto a
todo lo que se refiere a Dios”.
“¡Contemplemos
siempre a María, modelo insuperable! Ella es la ‘memoria’ contemplativa de la
Iglesia, que vive con el deseo de unirse a más profundamente a su Esposo para
influir aún más en nuestra sociedad”.
“María es madre
de la gracia divina. Encomendaos a ella con plena confianza. Resplandeceréis
con la belleza de Cristo”.
“Si Cristo es
la estrella que lleva a Dios, María es la estrella que lleva a Jesús”.
“Que María,
Reina del cielo y de la tierra, nos ayude a hacer de nuestra vida un cántico de
alabanza y fidelidad a Dios, santo y misericordioso”.
sábado, 14 de abril de 2018
Oración de san Juan Pablo II por Siria y Oriente Medio
Dios de
infinita misericordia y bondad,
con corazón
agradecido te invocamos hoy en esta
tierra que en
otros tiempos
recorrió San
Pablo.
Proclamó a las
naciones la verdad de que en
Cristo Dios
reconcilió al mundo consigo.
Que tu voz
resuene en el corazón
de todos los
hombres y mujeres,
cuando los
llames a seguir
el camino de
reconciliación y paz,
y a ser
misericordiosos como Tú.
Señor, tú
diriges palabras de paz
a tu pueblo y a
todos
los que se
convierten a ti de corazón.
Te pedimos por
los pueblos de
Oriente Medio.
Ayúdales a
derribar las barreras
de la
hostilidad y de la división
y a construir
juntos un mundo
de justicia y
solidaridad.
Señor, Tú creas
cielos nuevos
y una tierra
nueva.
Te encomendamos
a los jóvenes
de estas
tierras.
En su corazón
aspiran
a un futuro más
luminoso;
fortalece sus
decisión de ser hombres
y mujeres de
paz y heraldos
de una nueva
esperanza para sus pueblos.
Padre, tú haces
germinar
la justicia en
la tierra.
Te pedimos por
las autoridades civiles
de esta región,
para que se
esfuercen por satisfacer
las justas
aspiraciones de sus pueblos
y eduquen a los
jóvenes
en la justicia
y en la paz.
Impúlsalos a
trabajar generosamente
por el bien
común y a respetar
la dignidad
inalienable de toda persona
y los derechos
fundamentales que derivan de la
imagen y
semejanza del Creador
impresa en todo
ser humano.
Te pedimos de
modo especial
por la
autoridades de
esta noble
tierra de Siria.
Concédeles
sabiduría, clarividencia
y
perseverancia;
no permitas que
se desanimen
en su ardua
tarea de construir
la paz
duradera,
que anhelan
todos los pueblos.
Padre
celestial, en este lugar
donde se
produjo la conversión
del apóstol San
Pablo,
te pedimos por
todos los que creen
en el evangelio
de Jesucristo.
Guía sus pasos
en la verdad y en el amor.
Haz que sean
uno, como Tú eres uno
con el Hijo y
el Espíritu Santo.
Que testimonien
la paz que supera todo
conocimiento y
la luz que triunfa
sobre las
tinieblas de la hostilidad,
del pecado y de
la muerte.
Señor del cielo
y de la tierra,
Creador de la
única familia humana,
te pedimos por
los seguidores
de todas las
religiones.
Que busquen tu
voluntad en la oración
y en la pureza
del corazón,
y te adoren y
glorifiquen tu santo nombre.
Ayúdales a
encontrar en ti la fuerza
para superar el
miedo y la desconfianza, para que
crezca la
amistad
y vivan juntos
en armonía.
Padre
misericordioso,
que todos los
creyentes encuentren
la valentía de
perdonarse unos a otros,
a fin de que se
curen las heridas del pasado y no
sean un
pretexto
para nuevos
sufrimientos en el presente.
Concédenos que
esto se realice
sobre todo en
Tierra Santa,
esta tierra que
bendijiste
con tantos
signos de tu Providencia
y donde te
revelaste como Dios de amor.
A la Madre de
Jesús,
la
bienaventurada siempre Virgen María,
le encomendamos
a los hombres
y a las mujeres
que viven en la tierra
donde vivió
Jesús.
Que, al seguir
su ejemplo,
escuchen la
palabra de Dios
y tengan
respeto y compasión
por lo demás,
especialmente
por los que son
diversos de ellos.
Que, con un
solo corazón y una sola mente,
trabajen para
que todo el mundo sea
una verdadera
casa para todos sus pueblos.
¡Paz! ¡Paz!
¡Paz!
Amén.
San
Juan Pablo II
miércoles, 7 de marzo de 2018
El Padrenuestro explicado por San Juan Pablo II
1. "Padre nuestro, que estás en el Cielo"
Invocar a Dios
como Padre significa reconocer que su amor es el manantial de la vida. En el
Padre celestial el hombre, llamado a ser su hijo descubre «haber sido elegido
antes de la constitución del mundo, para ser santo e irreprensible en su
presencia por la caridad» (Ef,1,4). El Concilio Vaticano II recuerda que
«Cristo... en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de
su vocación» (Gaudium et spes, 22). Para la persona humana la fidelidad a Dios
es garantía de fidelidad a sí mismo y, de esta manera, de plena realización del
propio proyecto de vida.
Toda vocación
tiene su raíz en el Bautismo, cuando el cristiano, "renacido por el agua y
por el Espíritu" (Jn 3,5) participa del acontecimiento de gracia que a las
orillas del río Jordán manifestó a Jesús como "hijo predilecto" en el
que el Padre se había complacido (Lc 3,22). En el Bautismo radica, para toda
vocación, el manantial de la verdadera fecundidad. Es necesario, por tanto, que
se preste especial atención para iniciar a los catecúmenos y a los pequeños en
el redescubrimiento del Bautismo, y conseguir establecer una auténtica relación
filial con Dios.
2. "Santificado sea tu Nombre"
La vocación a
ser "santos, porque Él es santo" (Lv 11,44) se lleva a cabo cuando se
reconoce a Dios el puesto que le corresponde. En nuestro tiempo, secularizado y
también fascinado por la búsqueda de lo sagrado, hay especial necesidad de
santos que, viviendo intensamente el primado de Dios en su vida, hagan
perceptible su presencia amorosa y providente.
La santidad,
don que se debe pedir continuamente, constituye la respuesta más preciosa y
eficaz al hambre de esperanza y de vida del mundo contemporáneo. La humanidad
necesita presbíteros santos y almas consagradas que vivan diariamente la
entrega total de sí a Dios y al prójimo; padres y madres capaces de testimoniar
dentro de los muros domésticos la gracia del sacramento del matrimonio,
despertando en cuantos se les aproximan el deseo de realizar el proyecto del
Creador sobre la familia; jóvenes que hayan descubierto personalmente a Cristo
y quedado tan fascinados por él como para apasionar a sus coetáneos por la
causa del Evangelio.
3. "Venga a nosotros tu Reino"
La santidad
remite al "Reino de Dios", que Jesús representó simbólicamente en el
grande y gozoso banquete propuesto a todos, pero destinado sólo a quien acepta
llevar la "vestidura nupcial" de la gracia.
La invocación
"venga tu Reino" llama a la conversión y recuerda que la jornada terrena
del hombre debe estar marcada por la búsqueda del reino de Dios antes
y por encima de cualquier otra cosa. Es una invocación que invita a dejar el
mundo de las palabras que se esfuman para asumir generosamente, a pesar de
cualquier dificultad y oposición, los compromisos a los que el Señor llama.
Pedir al Señor
"venga tu Reino" conlleva, además, considerar la casa del Padre como
propia morada, viviendo y actuando según el estilo del Evangelio y amando en el
Espíritu de Jesús; significa, al mismo tiempo, descubrir que el Reino es una
"semilla pequeña" dotada de una insospechable plenitud de vida, pero
expuesta continuamente al riesgo de ser rechazada y pisoteada.
Que cuantos son
llamados al sacerdocio o a la vida consagrada acojan con generosa disponibilidad
la semilla de la vocación que Dios ha depositado en su corazón. Atrayéndoles a
seguir a Cristo con corazón indiviso, el Padre les invita a ser apóstoles
alegres y libres del Reino. En la respuesta generosa a la invitación, ellos
encontrarán aquella felicidad verdadera a la que aspira su corazón.
4. "Hágase tu voluntad"
Jesús dijo:
"Mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió y acabar su obra"
(Jn, 4,34). Con estas palabras, él revela que el proyecto personal de la vida
está escrito por un benévolo designio del Padre. Para descubrirlo es necesario
renunciar a una interpretación demasiado terrena de la vida, y poner en Dios el
fundamento y el sentido de la propia existencia. La vocación es ante todo don
de Dios: no es escoger, sino ser escogido; es respuesta a un amor que precede y
acompaña. Para quien se hace dócil a la Voluntad del Señor la vida llega a ser
un bien recibido, que tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y
don.
5. "Danos hoy nuestro pan de cada día"
Jesús hizo de
la Voluntad del Padre su alimento diario (cfr Jn, 4,34), e invitó a los suyos a
gustar aquel pan que sacia el hambre del espíritu: el pan de la Palabra y de la
Eucaristía.
A ejemplo de
María, es preciso aprender a educar el corazón a la esperanza, abriéndolo a
aquel "imposible" de Dios, que hace exultar de gozo y de
agradecimiento. Para aquellos que responden generosamente a la invitación del
Señor, los acontecimientos agradables y dolorosos de la vida llegan a ser, de
esta manera, motivo de coloquio confiado con el Padre, y ocasión de continuo
descubrimiento de la propia identidad de hijos predilectos llamados a
participar con un papel propio y específico en la gran obra de salvación del
mundo, comenzada por Cristo y confiada ahora a su Iglesia.
6. "Perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden"
El perdón y la
reconciliación son el gran don que ha hecho irrupción en el mundo desde el
momento en que Jesús, enviado por el Padre, declaró abierto "el año de
gracia del Señor" (Lc 4,19). El se hizo "amigo de los pecadores"
(Mt 11,19), dio su vida "para la remisión de los pecados" (Mt 26,28)
y, por fin, envió a sus discípulos al último confín de la tierra para anunciar
la penitencia y el perdón.
Conociendo la
fragilidad humana, Dios preparó para el hombre el camino de la misericordia y
del perdón como experiencia que compartir -se es perdonado si se perdona- para
que aparezcan en la vida renovada por la gracia los rasgos auténticos de los
verdaderos hijos del único Padre celestial.
7. "No nos dejes en la tentación, y líbranos del
mal"
La vida
cristiana es un proceso constante de liberación del mal y del pecado. Por el
sacramento de la Reconciliación el poder de Dios y su santidad se comunican
como fuerza nueva que conduce a la libertad de amar, haciendo triunfar el bien.
La lucha contra
el mal, que Cristo libró decididamente, está hoy confiada a la Iglesia y a cada
cristiano, según la vocación, el carisma y el ministerio de cada uno. Un rol
fundamental está reservado a cuantos han sido elegidos al ministerio ordenado:
obispos, presbíteros y diáconos. Pero un insustituible y específico aporte es
ofrecido también por los Institutos de vida consagrada, cuyos miembros «hacen
visible, en su consagración y total entrega, la presencia amorosa y salvadora
de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión» (Vita consecrata, 76).
¿Cómo no
subrayar que la promoción de las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida
consagrada debe llegar a ser compromiso armónico de toda la Iglesia y de cada
uno de los creyentes? A éstos manda el Señor: «Rogad al Dueño de la mies para
que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2).
Conscientes de
esto, nos dirigimos unidos en la oración al Padre celestial, dador de todo
bien:
Padre bueno, en
Cristo tu Hijo nos revelas tu Amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces
la posibilidad de descubrir en tu Voluntad los rasgos de nuestro verdadero
rostro.
Padre santo, Tú
nos llamas a ser santos como Tú eres santo. Te pedimos que
nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y
los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.
Padre
misericordioso da a la humanidad descarriada hombres y mujeres que, con el
testimonio de una vida transfigurada a imagen de tu Hijo, caminen alegremente
con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial.
Padre nuestro,
con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de
María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean
valientes testimonios de tu infinita bondad.
¡Amén!
Fuente: El Camino de María
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